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La política en Yucatán

Introspección histórica: la violencia cotidiana y los orígenes de la Guerra de Castas

Mario Alejandro Valdez

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Mural de don Fernando Castro Pacheco. Palacio de Gobierno.

Según la narrativa tradicional, la Guerra de Castas inició el 30 de julio de 1847, cuando campesinos armados, dirigidos por Cecilio Chí, el batab de Tepich, masacraron a los pobladores blancos y mestizos de este pueblo. De ahí que el penúltimo día de julio sea tomado como el aniversario de dicha conflagración, pero la realidad es mucho más compleja. En esta introspección nos proponemos comenzar una serie de reflexiones sobre la violencia como un elemento fundamental en la historia política de Yucatán, a contracorriente de la visión propalada por la Historia Oficial, que afirma que nuestra región, desde los tiempos de los antiguos mayas, se ha caracterizado por su paz y armonía. El discurso, que parte de la idea de unos idealizados mayas que vivían en una sociedad en la que prevalecía el respeto e incluso la igualdad de género, continúa vigente hasta nuestros días, en los que los algunos de los actuales actores políticos se vanaglorian de las bondades de nuestra vida social, tan distante de los violentos y cotidianos espectáculos que conmueven un día sí y otro también a otras regiones de México.

Por nuestra parte, sostenemos que estas ideas constituyen una falacia: si bien hoy en día la violencia en Yucatán parece contenida, y se distingue tanto cuantitativa como cualitativamente de la que se vive en el resto del país y en buena parte de Centroamérica, ello no siempre ha sido así. Nuestra región ha pasado por ciclos de enorme y reiterada violencia, y la posibilidad de que ello vuelva a ocurrir está latente. Para ejemplificar nuestro planteamiento hemos escogido precisamente la coyuntura del origen de la Guerra de Castas, uno de los conflictos sociales más graves, violentos y prolongados en toda la historia de nuestra América, y que tuvo por escenario principal el Oriente de Yucatán.

El proceso empezó mucho antes del emblemático 30 de julio de 1847. Fue en el verano de 1834 cuando Agustín Acereto, un importante líder criollo de Valladolid, recorrió las poblaciones del Oriente, invitando a los campesinos a levantarse para lograr la anulación de los impuestos personales. Miles le respondieron, pero cuando la revuelta fue derrotada, regresaron a sus tierras rumiando su fracaso y frustración. Unos pocos años después, en 1839, fue Santiago Imán, un caudillo de Tizimín, quien agitó la región con las mismas promesas, logrando el mismo apoyo y, ahora sí, una victoria fulgurante. Pero las promesas quedaron en el olvido, lo mismo que ocurrió en las temporadas de sublevación de 1842, 1843, 1844 y 1846. Un nuevo levantamiento a fines de este último año, dirigido por un tal Domingo Barret, obtuvo de nuevo un apoyo multitudinario, pero esta vez los resultados fueron muy diferentes.

Fue el 15 de enero de 1847 cuando miles de campesinos, en unión de cientos de vecinos de Valladolid, atacaron la gran ciudad oriental. Logrado el triunfo, los líderes criollos dieron permiso-como era costumbre-para embriagueces y excesos, pero esta vez los rebeldes se volvieron incontrolables, y convirtieron su desenfreno en un feroz ataque dirigido a algunas de las familias y las figuras principales de aquella orgullosa y estratificada sociedad. Acaudalados padres de familia, jovencitas recién salidas de la adolescencia y hasta el viejo vicario de Valladolid, el explosivamente racista Padre Manuel López Constante, perecieron ante la algarabía de la multitud, dirigida aparentemente por el comerciante mestizo Bonifacio Novelo. Cuando todo aquello terminó, las élites de todo Yucatán hervían en alarma, y Bonifacio y sus lugartenientes fueron encarcelados fugazmente. Su escape, unos días después, marcó el surgimiento de una numerosa facción, por un lado rebelde al gobierno, y por otro aliada de las comunidades orientales.

A nivel estatal se confrontaban los grupos representados por Santiago Méndez, que defendía los intereses de la ciudad de Campeche, y por Miguel Barbachano, ligado a las élites de la ciudad de Mérida. Pero a nivel micro regional, los batabo’ob del Oriente y del Sur Oriente comenzaron a movilizarse por su cuenta y con sus propios objetivos, coincidiendo con los que ya preconizaba Bonifacio Novelo. En ese contexto ocurrió la detención y posterior fusilamiento de Manuel Antonio Ay, batab de Chichimilá, y los fallidos intentos por detener a Cecilio Chí y a Jacinto Pat, batabo’ob de Tepich y Tihosuco, respectivamente. El ataque de Chí a Tepich el 30 de julio en realidad fue reactivo a una brutal incursión de soldados gubernamentales durante la tarde del 28.

Así, una región sin registro de actividades bélicas durante siglos, se convirtió en el epicentro de la violencia en todo Yucatán. En las siguientes semanas a aquel 30 de julio de 1847, miles de pobladores de las regiones mencionadas se levantaron en armas y marcharon contra las villas y ciudades yucatecas, provocando un creciente pavor que se mantuvo por los siguientes meses. Muertos los grandes líderes de los orígenes-con excepción del eterno Bonifacio Novelo, que murió de anciano casi un cuarto de siglo después de los acontecimientos reseñados-, la rebelión se trasladó geográficamente a las selvas y sabanas del extremo oriental de la península- principalmente en lo que hoy es el Estado de Quintana Roo-, pero mantuvo su dinámica de violencia cotidiana sobre las regiones de Valladolid y Peto durante unos 30 años más. El ciclo de violencia consuetudinaria sólo se fue cerrando hacia 1876, cuando un anciano Crescencio Poot dejó los ataques armados para privilegiar las negociaciones con Belice, por el lado de los rebeldes, y Francisco Cantón, el más importante caudillo militar vallisoletano, abandonó el negocio de la guerra para incursionar en las más productivas vetas del Ferrocarril y la Hacienda Henequenera.

Muchos años después, en 1910, arruinado económicamente y desplazado políticamente, Cantón recurrió de nuevo a la violencia política en lo que se ha dado en llamar primera chispa de la Revolución Mexicana. Su movimiento fue aplastado furiosamente, y algunos de los líderes sobrevivientes se refugiaron entre los descendientes de los rebeldes de la Guerra de Castas. Pagaron con su vida la osadía. Los tiempos violentos habían pasado, siendo sus muertes de las últimas provocadas por la violencia política en la región. Cuando llegó la Revolución Mexicana a Yucatán, el ciclo de la violencia había concluido, y salvo contadas excepciones-que abordaremos en su momento-, Valladolid y su región se mantuvieron en paz por las siguientes décadas.  

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Introspección histórica: Bartolomé García Correa ¿traidor al socialismo o baluarte de la institucionalidad? (III)

Mario Alejandro Valdez

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En diciembre de 1978 falleció, a la edad de 85 años, el profesor Bartolomé García Correa en la pequeña ciudad de Tecomán, en el Estado de Jalisco. Pese a que durante la primera mitad de su vida el antiguo maestro rural apenas y salió de los límites de la península de Yucatán, toda su madurez y senectud la pasó fuera de su terruño, expirando su último suspiro a más de dos mil kilómetros de distancia de su Umán natal. ¿Por qué un político que estuvo entre la élite del poder durante casi 20 años, y fuera el hombre fuerte durante el Maximato se afincó en aquellos lares? La respuesta la tenemos en una de las tradiciones de los tiempos de la Revolución Institucionalizada: tras dejar el gobierno del Estado, Boxpato fue defenestrado, acusado públicamente-aunque sin consecuencias judiciales-de crímenes horrendos y una corrupción escandalosa, y condenado a un exilio dorado. Don Bartolomé era, sin duda, un hombre muy inteligente, e invirtió en la mencionada localidad de Jalisco justo al tiempo del boom algodonero. Así, el apasionado político del período 1911-1940, dio paso al próspero agricultor, aunque seguramente para consolidar su nueva posición también hizo uso de sus dotes persuasivas y sus relaciones con el poder.

¿Efectivamente Boxpato fue un criminal y un corrupto? Digamos que fue un hombre de su tiempo, que no se tentó el corazón para utilizar la violencia para el logro de sus fines, y que manifestó un apetito voraz por la apropiación de los dineros públicos y las ganancias a partir de actividades ilegales. En cuanto a lo primero, no se distinguió de ninguno de los políticos de su época, Felipe Carrillo Puerto incluido, aunque sí dio varios pasos más allá, al organizar gavillas que actuaban como auténticos gánsteres bajo sus órdenes. Carrillo Puerto y otros líderes socialistas utilizaron una violencia más focalizada, individualizada y de coyuntura, en tanto que Bartolomé, al estilo de las turbas del líder obrero Luis N. Morones, mantenía grupos paramilitares en funcionamiento permanente, algo que pocas veces se volvería a ver en la entidad, pues el gobierno federal se reservó a partir de la década de 1940, la potestad en el uso extralegal de la fuerza.

Respecto del tema de la corrupción, la discusión es un poco más compleja. La historiografía e incluso la memoria histórica del pueblo reconocen en Salvador Alvarado y Felipe Carrillo Puerto dos auténticos baluartes de honestidad, escrupulosos hasta la obsesión en el manejo de las finanzas públicas. Es particularmente conocido el celo en este tema de Alvarado, quien no dudó en encarcelar a varias decenas de sus colaboradores por nimios actos irregulares; de Carrillo Puerto se admite su honorabilidad personal, pero se sospecha -sin pruebas definitivas- de malversación por parte de varios de sus más cercanos colaboradores, familiares inclusive. ¿Y Boxpato como pinta? Todo parece indicar que fue un individuo muy hábil, muy prudente, pero, sobre todo, muy corrupto. Aun en los tiempos del combate frontal al tráfico de alcohol, García Correa tuvo la astucia de controlar su distribución ilegal, muy probablemente con la complicidad de un importante grupo de hacendados henequeneros, con quienes desde los tiempos de Alvarado estableció una firme alianza. Las evidencias indican que Alvarado, un prohibicionista convencido, investigó las denuncias contra don Bartolomé, pero éste logró siempre salir limpio. Para los tiempos de Carrillo Puerto, es probable que Felipe utilizara su característico pragmatismo para hacerse de la vista gorda ante las actividades de quien se mostraba aliado e incluso subordinado, y así creció el imperio ilegal de Boxpato hasta el fin de su mandato gubernamental.

Pero en el tema en el que dio grandes batazos e inauguró toda una época fue en el manejo de las finanzas henequeneras. Aquí también las evidencias señalan que se sirvió con la cuchara grande de los recursos que recibía y manejaba la cooperativa Henequeneros de Yucatán, dividiendo por supuesto con algunos de los hacendados más privilegiados, con graves daños contra la institución, la actividad misma y, sobre todo, las condiciones de vida de decenas de miles de trabajadores henequeneros. Centenares de millones de aquellos no devaluados pesos pasaron por las arcas gubernamentales en aquellos tiempos, y un significativo porcentaje de ellos directo al bolsillo del antiguo profesor rural.

Así se entiende que, después de entregar el poder a César Alayola Barrera, en febrero de 1934, García Correa hubiera salido de Yucatán para no volver a vivir jamás en su propia tierra. Senador de la República durante el cardenismo, Boxpato aprovechó aquel interregno para colocar su cuantiosa fortuna, y su vida entera, en la pequeña ciudad de Tecomán. Ahí reposan sus restos, las consecuencias de su obra política continuaron-y continúan-en Yucatán.

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Introspección histórica: Bartolomé García Correa ¿traidor al socialismo o baluarte de la institucionalidad? (II)

Mario Alejandro Valdez

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En febrero de 1930, Bartolomé García Correa tomó posesión como Gobernador de Yucatán, el primero emanado del Partido Nacional Revolucionario (PNR), el Partido Único fundado por impulso de Plutarco Elías Calles, un año antes. Su gobierno, aún con muchas de las características de la etapa armada de la Revolución Mexicana-confrontaciones violentas, discursos incendiarios, fundación y desarrollo de instituciones estatales novedosas-, manifiesta claramente algunas de las tendencias que veremos establecerse durante los siguientes noventa años.

México estaba formalmente en paz en aquel febrero de 1930. Seis meses antes había concluido La Cristiada, la formidable rebelión católica contra la Constitución de 1917, que devastó la mitad del país de 1926 a 1929. El conflicto surgido por el asesinato del Gral. Álvaro Obregón ya había sido desactivado, y los escasos brotes armados contra el Partido Único habían sido derrotados. En Yucatán, esporádicos enfrentamientos violentos ocurrieron aún a lo largo de la década de 1930. Dos fueron especialmente graves durante el período bartolista: el primero se produjo en octubre de 1931, cuando un grupo de hombres armados atacó las instalaciones de El Diario de Yucatán, el rotativo financiado por la oligarquía henequenera, y que actuaba como su vocero. Con la destrucción de sus instalaciones, el gobierno de García Correa logró detener la circulación del periódico por poco más de un año pues, amparado por la Suprema Corte de Justicia, el periódico de Carlos Ricardo Menéndez González volvió a las calles en la primavera de 1933. El segundo conflicto violento ocurrió en el pueblo de Opichén, en donde los bartolistas agredieron a personas afines a Gualberto Carrillo Puerto, con saldo de varios muertos. Ambos hechos serían con posterioridad utilizados por los enemigos políticos de García Correa para sacarlo por completo de circulación al término de su mandato.

En cuanto a la retórica, es sabido que Boxpato gustaba de los discursos fuertes, en los que descalificaba a la reacción, aunque ello se reflejó escasamente en acciones concretas. Lo cierto es que-como veremos más adelante-García Correa estableció una firme alianza con los hacendados más poderosos, iniciando una política que se prolongaría hasta los últimos días de hegemonía del Partido Único. Los encendidos discursos quedaron como simples anécdotas, sin un sustento real.

Finalmente, el gobierno de Don Bartolomé se caracterizó por el surgimiento y desarrollo de instituciones novedosas. También en este aspecto destacan dos acciones: la reorganización de la empresa estatal Henequeneros de Yucatán, la cual, fundada en 1925, fue reestructurada durante el gobierno de Boxpato, entregándole la dirección ni más ni menos que a Alberto Montes Molina, nieto del célebre Casta Divina Olegario Molina Solís. La institución, heredera de la muy exitosa Comisión Reguladora del Mercado de Henequén, que alcanzara su mejor momento durante el gobierno de Salvador Alvarado, y de la abrumada Comisión Exportadora de Henequén, de Felipe Carrillo Puerto, mostró así un nuevo cariz que caracterizaría por muchos años a las empresas gubernamentales: manejo favorable a los intereses empresariales y mucha, pero mucha corrupción; García Correa también ha pasado a la historia por haber ordenado la fundación del Diario del Sureste, formalmente una empresa editorial privada, pero en realidad un periódico semi-oficial, cuyo arranque, el 20 de noviembre de 1931, no sólo conmemoró el 21 aniversario de la gesta de Francisco I. Madero, sino también ocurrió pocas semanas después del ataque contra El Diario de Yucatán. Es pertinente reconocer, a pesar de estos conflictivos orígenes, que Diario del Sureste fue por muchos años un periódico digno, en el que escribían las mejores plumas del país y del Estado, y que diera la batalla alcotidiano de Menéndez González, que si bien tuvo cierta calidad, nunca pudo escapar a sus compromisos con sus financiadores, manifestando casi siempre una visión reduccionista, reaccionaria y en ocasiones plagada de ignorancia.

Por los rasgos anteriormente comentados, reconocemos al gobierno de Bartolomé García Correa como emanado de la Revolución Mexicana, pero también encontramos en su gestión elementos característicos de la etapa de institucionalización del movimiento, que paulatinamente se fue apartando de los compromisos populares para dar paso a una indudable alianza con los dueños del poder económico. De ello nos ocuparemos en la próxima introspección.

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Introspección histórica: Bartolomé García Correa ¿traidor al socialismo o baluarte de la institucionalidad?

Mario Alejandro Valdez

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En el verano de 1911, el joven profesor Bartolomé García Correa, un afromestizo de clase media, natural del pueblo de Umán, tomó una decisión de gran importancia: a pesar de proceder de una familia acomodada y más bien conservadora, estimó que los tiempos del cambio habían llegado, y se unió al triunfante tren de la Revolución Mexicana, representado en Yucatán en aquel entonces por José María Pino Suárez. Pronto sus dotes personales y sus recursos económicos lo convirtieron en uno de los principales líderes de Umán, una localidad situada a una decena de kilómetros de la ciudad de Mérida, y en cuya jurisdicción se ubicaban varias de las haciendas henequeneras más importantesde la entidad. Poco a poco su nombre comenzó a sonar, y su participación en el triunfo de Pino Suárez sobre el candidato conservador Delio Moreno Cantón fue notable. García Correa comenzó a manejar en su discurso político dos construcciones que nada tenían que ver con la realidad: se presentaba como maderista de los primeros tiempos, así como descendiente -y por tanto representante- de campesinos mayas. Pero la ocurrente habla yucateca, nutrida por el maya y el castellano, desde un principio rechazó su pretendido origen indígena y lo identificó con el sobrenombre de Boxpato, es decir, pato negro, en alusión al color de su piel y a su característica forma de caminar.

Así, desde el principio de su carrera política, Boxpato combinó dos características que rara vez se conjuntan: el atrevimiento y la inteligencia. Su discurso atrevido, al proclamarse sin bases como opositor al porfirismo, le valió notoriedad; pero, cuando la caída y asesinatos de Madero y Pino Suárez, su inteligencia lo llevó a hacerse ojo de hormiga, sobreviviendo en este ostracismo voluntario la negra noche de los 500 días del dominio de los golpistas. Muy oportunamente, García Correa regresó a la vida pública en la primavera de 1915, uniéndose desde los primeros días al régimen de Salvador Alvarado.

Don Salvador fue un hombre de notable inteligencia y gran perseverancia, pero no demasiada intuición. De este modo, la afilada retórica de Boxpato sedujo a Alvarado, quien lo nombró agente de propaganda en Umán, encargado de proclamar las nuevas leyes y la justicia revolucionaria, precisamente en algunas de las haciendas henequeras más grandes, productivas y explotadoras. De acuerdo con testimonios orales, García Correa aprovechó perfectamente la oportunidad que le brindó Alvarado, y estableció alianzas de facto con algunos de los hacendados más poderosos de la región. Haciendo de nuevo gala de su oportunismo, para 1917 Boxpato entendió que el hombre del futuro era Felipe Carrillo Puerto, y se unió a los esfuerzos del motuleño por construir un partido político de raigambre campesina, maya y popular, que impulsara desde las bases la transformación revolucionaria de Yucatán.

Felipe, como en todos los casos, aceptó la alianza, si bien hay claras evidencias de que nunca confió en el umanense, pero ciertamente nunca lo bloqueó, y Boxpato fue ganando poder y ampliando sus recursos económicos en el período 1918-1923, volviendo a hacerse ojo de hormiga, probablemente con el apoyo de sus amigos hacendados, cuando el zamarripazo de 1919, la violenta represión ordenada por Carranza contra el socialismo yucateco. Mientras Felipe y sus más cercanos colaboradores tuvieron que huir para salvar la vida, García Correa se refugió en el monte, sin que nadie lo buscara o persiguiera, pese a ser ya uno de los líderes más prominentes del Partido Socialista.

Boxpato repitió el truco en diciembre de 1923, cuando el golpe de estado delahuertista y el asesinato de Felipe y algunos de sus más cercanos colaboradores. Y volvería a salir de su escondite muy a tiempo para alzarle el brazo al gobernador interino José María Iturralde Traconis, pese a ser rivales en el interior del partido. En aquella coyuntura, estableció una relación directa y muy fructífera con Plutarco Elías Calles, quien a partir de diciembre de 1924 se convertiría en el presidente de la república. Bartolomé se convirtió entonces en el líder principal del Partido Socialista del Sureste, y en esa posición, en vez de reclamar para sí el gobierno del estado, nuevamente mostró su sabiduría política al aceptar -algunos piensan que incluso él le sugirió a Calles el nombre que de todas maneras tenía en mente- la candidatura de Álvaro Torre Díaz, un conservador, muy católico y muy amigo de los hacendados y, por supuesto, de don Plutarco, el jefe del país.

El cuatrienio de Torre Díaz fue en extremo complicado: por un lado, el conflicto religioso conocido como La Cristiada había estallado en gran parte de México, y estaba latente en Yucatán; por otro lado, los hacendados henequeneros, afectados por una grave crisis y la competencia internacional, también presionaban por apoyos económicos, el cese del control gubernamental de las exportaciones de fibra y el fin de la Reforma Agraria, que Carrillo Puerto había impulsado en Yucatán como ningún otro gobernante en el resto del país. En ese contexto, García Correa fue el hombre que contuvo las presiones populares ante la crisis, negoció con los hacendados y maquilló con sus discursos la extinción de la entrega de tierras. El conflicto religioso, por otra parte, fue gestionado en la región con pinzas y nunca estalló, siendo Yucatán una zona atípica en la que ni el gobierno persiguió con dureza las expresiones privadas del culto, ni los católicos militantes realizaron auténticas acciones de oposición al gobierno.

En este sentido, cuando el país se sacudió con el asesinato del presidente electo Álvaro Obregón, Boxpato, al que Calles ya había hecho Senador de la República, se convirtió en uno de los líderes convocados para enfrentar la crisis política. La solución, sugerida por Calles y admitida por los líderes regionales fue la fundación del Partido Único. El joven profesor de Umán, que en el verano de 1911 había apostado por una Revolución entonces naciente, había triunfado sin ninguna duda, y se sentaba en la mesa de los más poderosos. Sólo unos meses después del nacimiento formal del Partido, García Correa renunciaba al Senado para aceptar la candidatura al gobierno de Yucatán. Su atrevimiento e inteligencia le habían permitido llegar a la cúspide. ¿Cómo se comportó estando ahí? Será el tema de la próxima introspección…

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