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Notas al margen

Caravanas

Manuel Tejada Loría

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La pandemia actual evidenció las frágiles, tambaleantes y anodinas bases donde reposa la sociedad mexicana. Lo único sólido siguen siendo las falsas creencias y prejuicios de lo que añoramos ser, fuera de eso, nuestros modos de resolver una contingencia de tal magnitud han sido poco eficaces. Atónitos o impertérritos, no hemos comprendido que la actualidad no impone nuevas normalidades sino fragua escenarios que requieren modos diferentes de pensar y sobre todo de actuar.

Las ciudades están doblegadas ante un sistema que para mantenerse en pie requiere de un consumo constante de productos y servicios, quizá muchos de ellos, innecesarios. Aunque permanecer en casa siga siendo el mejor modo de abatir el número de contagios, resulta imperante el que miles de personas ocupen las calles y avenidas de la ciudad, pues su movilización es garantía de consumo. La economía se mantiene y los gobiernos respiran ¿pero a qué costo? ¿Habrá otra manera de subsistir sin tener que arriesgar la vida transitando en las ciudades? Quizá las posibles respuestas estén en ámbitos distintos a las metrópolis.

La pandemia puso también sobre la mesa el problema filosófico que implica la libertad. ¿Qué hacemos con nuestra libertad para contrarrestar el avance del virus y la multiplicación de contagios? Se prefiere ignorar o evitar cualquier reflexión individual, y la lógica que se impone, sigue siendo la única aprendida en siglos de condicionamiento: la del consumo desmedido. En esa medida nuestra libertad y, por ende, nuestra capacidad de decisión, se la cedemos a los gobiernos en turno. Ellos deciden hoy si salimos y a qué hora dejar de hacerlo. Insisto: ¿tan sugestiva es la vida urbana? ¿Desde cuándo el permanecer en un sitio, que no es otro que nuestro domicilio, la casa donde vivimos, se volvió objeto de repulsión y hartazgo?

En la medida en que no hemos aprendido a estar con nosotros mismos, a cultivar nuestra vida interior, esa que no depende de estar con alguien más, de asistir a una fiesta o a un café, esa que no requiere de la televisión o celular para entretenerse, de las redes sociales y el internet, sino más bien, de su capacidad de abstracción y ocio creativo, en esa medida, nos sentimos encarcelados y hartos. Entonces la calle o, mejor dicho, el consumo, clama nuestra ansiosa presencia.

Bajo esa lógica de consumo un fenómeno social ha sido la aparición de las caravanas vehiculares para festejar cualquier cosa. La gente comenzó a organizarse para visitar a familiares o amigos, principalmente infantes, con motivo de algún cumpleaños, y ante la imposibilidad de reunirse y permanecer en el sitio, asistían al mismo tiempo en caravanas vehiculares, tocando el claxon y haciendo bulla. Los festejados, como si fueran gobernantes en balcón de palacio, saludan desde las puertas de sus domicilios, recibiendo los obsequios de los fugaces visitantes.

Así emergieron proveedores que adaptaron sus servicios para ahora amenizar esta práctica de pandemia. Se adornan los autos que participan, unas botargas bailan mientras ocurre el desfile, un animador narra entre chistes y ocurrencias la procesión, se sirven platillos, se toman fotos, y hasta se instalan unos arcos que cruzan la calle de escarpa a escarpa, parecidos a los arcos triunfales tan usados a lo largo de nuestra historia por diversas culturas, sólo que, en vez de estar adornados con motivos simbólicos (como en la época porfiriana), son arcos con personajes de Walt Disney o superhéroes. La caravana vehicular desfila por debajo de estos arcos tocando el claxon cumpliendo con el nuevo ritual. 

Pues bien, esta práctica, viralizada en pocos sectores de la sociedad, fue adoptada por algunas escuelas para celebrar las graduaciones del fin de ciclo escolar. Las notas de prensa en redes sociales que dan cuenta sobre padres de familia que acondicionan triciclos, bicicletas o hasta cajas de cartón, para asistir y participar en las caravanas escolares de fin de curso parecen sacadas de un México irreal. En un país donde estos transportes de tracción humana son de uso popular, ¿qué tendría de “curioso” o “extraño” su utilización? ¿No más bien existe una actitud discriminatoria al destacar lo otro (la utilización de un triciclo o bicicleta) de lo que se cree es único y normal (la tenencia de un vehículo motorizado)?

En este sentido ¿no le dan razón al presidente cuando afirma que es necesario repensar nuestra condición de clase? Lo cierto es que de las tantas formas que pueden existir para que en un contexto de pandemia se realice un fin de curso significativo, se eligió una de las más excluyentes: “la caravana vehicular”. ¿Tan cómodos estamos frente a nuestras prioridades que no nos damos cuenta de tanta incongruencia? Y entre tanto, algunos medios venden la “ternura” clasista de ver un triciclo adornado entre tanto automotor que, seguramente, a más de un padre de familia, tiene angustiosamente endeudado.

No podemos seguir limitando nuestra capacidad de respuesta ante escenarios que requieren de inteligencia, compromiso colectivo y solidaridad. Mientras la lógica del consumismo siga condicionando nuestras respuestas, estamos cerrando las posibilidades de supervivencia y nuestra capacidad humana de preocuparse y ocuparse por los demás, en vez de, por supuesto, solo juzgar.

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Notas al margen

Este México que ves

Manuel Tejada Loría

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Ciertamente implica una gran disyuntiva para este tiempo de pandemia, implementar una educación basada en nuevas tecnologías como internet, plataformas digitales, redes sociales, la misma señal televisiva, cuando antes, no se han resuelto problemas fundamentales como el hambre, la falta de trabajo, y por ende, de servicios básicos como agua potable o electricidad. La filosofía, las ciencias sociales, tendrían que estar buscando propuestas firmes.

La emergencia sanitaria por el Covid-19 ha sido una cruel radiografía de una realidad mexicana sostenida con alfileres: la vulnerabilidad de un sistema de salud sin pies ni cabeza, que nunca comprendió que la mejor forma de mantener la salud de millones de mexicanos era la educación y sobre todo, la prevención; un sistema educativo que nunca acabó de entender el impacto y las posibilidades de la tecnología para el mejoramiento de la educación, y que quedó en grandes pantallas y equipos de cómputo arrumbados en un puñado de escuelas, obviamente, sin servicio de internet; un sistema económico que canaliza más recursos a los que más tienen, y que deja en completa indefensión a los desposeídos, como antes, como ahora.

Este es el México que ante sus millones de obesos, diabéticos e hipertensos, nada puede hacer frente a la letalidad del virus. Un país donde el magisterio ha tenido que sacar adelante un sistema incapaz de garantizar una educación de calidad para todos, y que con remiendos y parches, intenta que la tasa de deserción escolar no siga incrementándose; una nación que para sobrevivir tiene que reactivar antes la economía, que velar por la salud de sus ciudadanos.

Aún entre estas ruinas palpables y sufribles para todos, no se debe desestimar la esperanza en tiempos de zozobra.

Es un acto de verdadera heroicidad quienes forman parte de los servicios médicos públicos y privados, que intentan salvar vidas en el frente de esta extraña batalla derivada por la pandemia. Si para nosotros, salir al trabajo o realizar alguna diligencia implica un reto para tratar de no contagiarse, imaginemos lo que diariamente enfermeros, doctoras, camilleros y especialistas de la salud, enfrentan al estar en las áreas de atención a pacientes con Covid-19. Un acto de verdadera valentía, de compromiso con la vocación médica, y de heroicidad, pues no pocos son los que han perdido la vida salvando la de otros.

Por las redes sociales, y por conocidos, también podemos dar cuenta del gran esfuerzo que algunas maestras y maestros están realizando durante la emergencia sanitaria. Van contra viento y marea: contra el desconocimiento de las tecnologías imperantes, para algunos; contra la burocracia que no siempre los respalda en su también heroica y titánica labor, para otros.

Pero ahí están, siguen firmes en su labor y apoyo, algunos incluso trasladándose a los domicilios de alumnos que no tienen manera de ver los cursos televisados, o que carecen de lo más básico como para tener una conexión a internet. Son maestras y maestros parte de una estirpe realmente comprometida. Que fácil ha de ser componer el país desde la comodidad de un frío gabinete, con el grato olor de las hojas impresas. Pero no. Estos pedagogos, con creatividad e inteligencia, ante la crisis sanitaria, están dando más de sí para continuar apoyando a otros, cumpliendo lo que alguna vez señaló el poeta Jaime Torres Bodet cuando fue funcionario de gobierno: “No solo con aulas prefabricadas se fomenta la educación de un pueblo. Más importante que el aula es el profesor”.

No ver también esta realidad, aunque suene a verdad de Perogrullo, más que omisión, es negarla.

Desde casa también ha sido evidente el compromiso con la educación. Mamás, papás, hermanos y abuelos, apoyando en un momento crucial de la vida del país. ¿No hay mayor signo de esperanza que la preocupación por el otro? Desde este punto, la deserción escolar no puede ser una alternativa. Como tampoco continuar con las mismas taras que han hecho de nosotros, estas ruinas que somos.

Twitter: @eccetexas

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