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Afganistán

Los talibanes regresan al poder

José Ignacio De Smedt

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Que los talibanes y la anarquía se apoderen nuevamente de Afganistán, no es un suceso de otra galaxia. Veinte años atrás eran dueños y señores del país y regían a su pueblo bajo leyes dictatoriales que ahora, según se colige, volverán a instaurarse.

La historia parece rebobinar su casete en ese país árabe. Un 26 de septiembre de 1996, las fuerzas talibanes entraron en Kabul, la capital, implantando un emirato islámico, lo que produjo gran impacto en la comunidad internacional hasta su caída tras la invasión militar orquestada por Estados Unidos y la OTAN en octubre de 2001.

Ahora después de una guerra relámpago, emulando la blitzkrieg nazi, que ha neutralizado en pocas semanas los poderes estatales del Gobierno de Ashraf Ghani, el grupo islamista ha retomado el lugar que les pertenece. La velocidad de las maniobras ha dejado boquiabiertos al propio gobierno yanqui, quien ha visto caer su careta de “guerra contra el terrorismo”. Según el presidente norteamericano Joe Biden, sus tropas superan en número a las de los insurgentes, pero en realidad es otro berrinche de mal perdedor propio del Tío Sam.

Cuando el tan largo conflicto humanitario al fin se acerca a una tregua, quizás parcial, quizás duradera, queda una estela de miles de muertos y otro tanto de desplazados, sin contar el centenar de civiles que se hallan a merced de los extremistas. ¿Qué pasará ahora? Nadie sabe a ciencia cierta, aunque los nuevos dirigentes se han presentado como  personas moderadas, asegurando no buscar venganza sino paz,  es probable que los ciudadanos recelan esas expresiones dado que las imágenes dicen más que mil palabras y excusas.

Gente desesperada por huir agarrándose a las ruedas de un avión, agolpándose para escapar en el próximo vuelo, son algunas de las trágicas postales recibidas, que ilustran la grave crisis humanitaria que se vive. ¿A qué huyen? A la instauración nuevamente de un califato islámico en el que la mujer no tiene ninguna libertad. Los avances dados en cuestión de derechos humanos- si alguno- ahora vuelan por los aires.

En aquella época las mujeres no podían ir a la escuela, ni trabajar fuera del hogar. No podían enseñar ninguna parte de su cuerpo, ni siquiera los tobillos, y al salir a la calle debían estar acompañadas por un familiar varón, entre muchas otras restricciones. También fue prohibida la música, les cortaban las manos a los ladrones y se lapidaba a los adúlteros.

Aún no hay nada claro. Los talibanes se han comprometido a construir un gabinete inclusivo, y para realizar su proyecto negocian con otras facciones, incluyendo políticos del régimen recién derrotado. En medio de esta suerte de holocausto e incertidumbre vividos en el Medio Oriente, Estados Unidos, “garante de la paz y la libertad”, ahora huye del territorio afgano, nuevamente con el rabo entre las patas, mientras el jefe de la Casa Blanca se limita a esconder, como el avestruz, la cabeza en un hueco.

Biden ha reafirmado su decisión de retirar las tropas, añadiendo que no iba a sacrificar más vidas por una causa que no vale, aunque no reconozca legítimamente a los nuevos inquilinos. ¿Qué le habrá llevado a esta decisión? Eso sólo lo saben los documentos clasificados del Despacho Oval.  

A la presidencia norteña apenas le queda resignarse como en Saigón o Girón, al nuevo jaque mate recibido, aunque públicamente por cuestión de orgullo no admitan la derrota, y digan que no quieren derramar más sangre. Nosotros, como espectadores de la historia, sólo nos queda observar de los sucesos y sacar conclusiones. ¿La paz será eterna en el territorio árabe? ¿Respetarán los talibanes su palabra de paz? Ya veremos qué pasara.

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