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La Nación y el Mundo

Grupos violentos seguidores de Trump irrumpen en el Capitolio en Washington

Héctor Hernández Pardo

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Sumario: Impiden continuar sesión del Congreso. Decretan toque de queda en la capital norteamericana. El alcalde de Nueva York califica el hecho como intento fallido de golpe de estado. Joe Biden dice que es una vergüenza para el país este suceso y un oscuro momento de su historia.

Actos vandálicos sin precedentes en la historia de Estados Unidos, protagonizados por grupos violentos partidarios de Donald Trump, interrumpieron importante sesión del Congreso de Estados Unidos que debía certificar victoria electoral del demócrata Joe Biden. Todos los medios locales e internacionales han reportado este inusitado asalto al Capitolio de Washington, sede del Congreso, en que se reportaba al menos un muerto y decenas de heridos y arrestados.

La Guardia Nacional fue movilizada para neutralizar a los partidarios del magnate inmobiliario, en tanto las autoridades de la capital decretan el toque de queda desde el anochecer.

En Informe Fracto veníamos alertando sobre la posibilidad de hechos violentos en Estados Unidos luego que el actual Jefe de la Casa Blanca iniciará su estrategia de no reconocer los resultados electorales, sin pruebas calificará de fraude el triunfo del candidato demócrata y estimulará con palabras y conducta a milicias armadas ultranacionalistas y racistas.

Lo ocurrido ahora en la capital norteamericana lo confirma. Se ha venido sembrando por el presidente Trump odio, división, discordia, intolerancia, fanatismo. Se está recogiendo la cosecha.

La sociedad norteamericana registra graves enfermedades político-sociales que, para muchos observadores imparciales, nunca dejaron de existir, pero que la conducta egocéntrica, negligente e imperial del actual mandatario las ha llevado a más altas expresiones. Dramáticos conflictos raciales, impunidad de sectores neofascistas, la mentira como arma usual en la política de gobierno, la criminalización de los emigrantes.

Todo en medio de una pandemia muy mal enfrentada por el jefe de gobierno, que tiene al país en vilo, y una crisis económica latente en el escenario nacional.

El alcalde de Nueva York no dudó en calificar a los hechos del Capitolio como un intento fallido de golpe de estado, en tanto Joe Biden llamó a Trump a pronunciarse contra esas acciones violentas, que consideró una vergüenza para el país y una página oscura de la historia en Norteamérica.

Casi todos los gobiernos aliados de Estados Unidos, y los que no lo son, han manifestado su condena a esos acontecimientos, y también la mayoría de las figuras políticas norteamericanas que ven en los sucesos del Capitolio una muy mala señal sobre el futuro del sistema que siempre se ha pretendido presentar como un ejemplo ante el mundo.

Lo que nadie duda es que a la nueva Administración, que asumirá el 20 de enero, las cosas no le serán fáciles. Porque lo que ha fomentado Trump, a ciencia cierta no sé sabe cómo acabará.

Madre América

Ocupación de Lima por el ejército chileno

Sergio Guerra Vilaboy

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Lima, la llamada Ciudad de los Reyes, fue tomada el 17 de enero de 1881 por el ejército de Chile, que la ocupó por dos años y nueve meses. El episodio formaba parte de la Guerra del Pacífico (1879-1883), conflicto de Perú y Bolivia con Chile por los valiosos yacimientos salitreros del desierto de Atacama.

El caliche o salitre, un mineral de gran demanda como fertilizante, era sacado desde mediados del siglo XIX de la provincia peruana de Tarapacá y la boliviana de Antofagasta. Esta última, que constituía la única salida al mar de Bolivia, la extracción del mineral la realizaban empresas de Chile con trabajadores de su propio país, dada la poca población del territorio.  

En 1873 la crisis financiera derivada del agotamiento del guano, hasta entonces principal producto de exportación de Perú, condujo al gobierno de Lima a decretar el estanco del salitre y dos años después a expropiar todos los yacimientos del mineral en Tarapacá, pertenecientes en su mayoría a peruanos y chilenos. Afectada también por problemas económicos, Bolivia impuso en febrero de 1878 un impuesto a las compañías salitreras chilenas que operaban en Antofagasta, que se negaron a pagarlo. 

Ante el desacato, el 14 de febrero del año siguiente el gobierno boliviano expropió las salitreras, pero la respuesta de Chile fue ocupar manu militari Antofagasta, lo que desencadenó la guerra. La contienda arrastró a Perú, que atravesaba un conflicto similar con el país austral y tenía un tratado secreto de alianza con La Paz. De inmediato los chilenos bloquearon el puerto peruano de Iquique, asiento de una parte importante de los efectivos aliados.

Los primeros enfrentamientos bélicos fueron por el dominio del Pacífico, que Chile consiguió al vencer a la flota peruana en la batalla naval frente a Mejillones, el 8 de octubre de 1879, donde capturó al monitor Huáscar, que todavía hoy exhibe como trofeo de guerra en uno de sus puertos. A continuación, se desarrolló la guerra de posiciones, de la que pronto se retiró Bolivia, mientras tropas chilenas ocupaban las provincias peruanas de Tarapacá, Arica y Tacna.

Para poner fin al conflicto armado, el 15 de noviembre de 1880 zarpó de Arica un poderoso ejército chileno, guiado por el general Manuel Baquedano, con el propósito de ocupar la capital peruana y rendir a su gobierno. Un primer contingente desembarcó cerca de Pisco, seguido de otro que lo hizo por la caleta de Curuyaco, mientras El Callao quedaba bloqueado por mar. Para evitar la captura de la escuadra en ese puerto, Perú destruyó el resto de su armada, incluyendo la corbeta Unión y el monitor Atahualpa.

Después de sobrepasar, entre el 13 y el 15 de enero, las defensas peruanas en el balneario de Chorrillos y en Miraflores, organizadas por el presidente Nicolás de Piérola, los militares chilenos se apoderaron de esos poblados, entonces fuera del perímetro urbano de la capital, con la que se enlazaba por un ferrocarril desde 1858. La retirada del mandatario de Perú a los Andes, seguido por una parte de los residentes de la capital, favoreció las agresiones contra la numerosa población china, acusada de colaborar con los chilenos, que entraron sin mayor dificultad en Lima en la tarde del 17 de enero. Todavía la guerra se prolongaría por dos años más en el resto del país, hasta que la resistencia nacional fue quebrada en Huamachuco con la derrota de las montoneras de Andrés Avelino Cáceres, cuando las prósperas plantaciones azucareras del litoral norte habían sido destruidas por los invasores.

Después de la ocupación de Lima, las tropas chilenas se apoderaron de los principales edificios públicos, como la Biblioteca Nacional y la Universidad de San Marcos, llevándose a su país miles de documentos, obras de arte y libros –algunos no fueron devueltos hasta principios del siglo XXI-, junto con maquinarias y otros bienes que consideraron botín de guerra. Para tratar de justificar esta guerra de conquista, el historiador chileno Diego Barros Arana publicó en 1880 su Historia de la Guerra del Pacífico. Cuando José Martí la leyó hizo esta anotación: “El libro de Barros Arana ha sido escrito para demostrar que ha tenido razón Chile, pues ése es precisamente el libro que convence de que no ha tenido razón Chile. Pues que tal sinrazón se ampara para defender la ocupación –injusta fue ésta y no racional- ni defendible. Cuando se va más allá de la razón para defender algo, es que no se halla dentro de la razón manera de defenderlo.”

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Madre América

Joven cubana en la zona roja hospitalaria

Raciel Guanche Ledesma

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Cuando supe la noticia de que Marlén Corrales Morejón estaba  laborado en la zona roja de un hospital que atiende a pacientes positivos al Covid-19 en Pinar del Río, Cuba, me  sorprendió. Y no fue porque considerara que esta joven médico con apenas tres años de graduada no estuviera apta para esa tarea, sino todo lo contrario, era más bien una especie de grato asombro en medio de este combate sanitario que aún libra al unísono ese territorio y toda la Isla.

A Marlén la conozco desde hace un buen tiempo, cuando los fines de semanas casi habituales visitaba de niño a mis familiares en un pequeño poblado del municipio Minas de Matahambre, perteneciente a esa provincia, la más occidental de Cuba. Es allá precisamente donde están sus raíces y donde atesora como bien espiritual el amor materno, aunque hoy vive sin agradarle mucho los aires citadinos en la capital provincial.

Con estos antecedentes quise conocer un poco más sobre su experiencia de trabajo dentro de la zona roja, la cual calificó “de muy enriquecedora y a la vez difícil”. Lo cierto es que su postura valerosa ha sido también la suerte de muchos galenos en este país que, con tan poco, hacen del desafío un triunfo para todos.

Como ella, otros cientos de jóvenes médicos se han sumado a la contingencia sanitaria desde que se registró el primer caso de Covid-19 a inicios del mes de abril de 2010 en Pinar del Río. Sin embargo muchos nos preguntamos aún cuánto temor sienten quienes realizan esta altruista labor o cómo manejan su proximidad al contagio en el vínculo directo con los pacientes positivos.

¿Miedos o retos?

En el caso específico de Marlén, quien cursa el tercer año en la especialidad de Medicina Interna, llegar hasta la zona roja fue todo un reto profesional. Un día mientras trabajaba, le informaron sobre la necesidad de la provincia para que nuevos galenos se incorporaran rápido a la batalla y no dudó en aceptar, según cuenta.

Pero ante los grandes desafíos y esta pandemia lo constituye sin dudas, siempre puede aflorar algún tipo de miedo. Sin embargo esta joven médico dice no haber sentido temores, porque, como ella misma refiere: “ya estaba adaptada a trabajar con pacientes posibles Covid-19 en una sala de respiratorio”. Aunque también reconoce que en ese momento salieron a flote otro tipo de inseguridades, estas relacionadas a la distancia física y temporal con su familia, de la que nunca se había separado por tanto tiempo.

La zona roja y sus días

Ya dentro de la zona roja las exigencias profesionales se redoblan al igual que las medidas de seguridad. Tal vez por eso el día a día de esta joven pinareña como los de tantos otros galenos que la acompañaron en la labor fueron en extremo agotadores y sacrificados.

Sobre las ocho de la mañana comenzábamos el trabajo con los pacientes positivos y a la vez que entrabas en esa función no podías salir más, sobre todo, para cumplir con las lógicas medidas de protección”, cuenta esta médico egresada de la Facultad de Ciencias Médicas, Ernesto Che Guevara, en la occidental provincia.

El seguimiento esmerado a los pacientes es otro de los aspectos importantes para poder alcanzar una recuperación segura en ellos. Ese espíritu de constancia siempre primó en Marlén durante los catorce días que estuvo laborando en una de las salas de alto riesgo con personas positivas que presentaban además algunas comorbilidades.

“Cada mañana teníamos que tomar los signos vitales a los pacientes, revisar todos los resultados de sus pruebas médicas y continuar el seguimiento hasta cerca de las dos de la tarde cuando almorzábamos”, comenta esta gentil muchacha con aires complacientes.

Pero las jornadas de trabajos no se completaba sólo en un período matutino, además, “en la tarde había que continuar informando las altas médicas a los pacientes y si nos tocaba guardia ese día, debíamos hacer encuestas a los nuevos ingresos que iban llegando a la institución de salud”, dice.

Sin dudas que la exigencia se fue convirtiendo para estos médicos en una rutina que demandó sacrificio en cada momento. Para Marlén, aparte del racional rigor de trabajo, lo más importante era establecer ese vínculo recíproco con los pacientes que tributara a una mejor atención.

Es por eso que afirma que los cuidados eran mutuos, tanto por el servicio médico que allí estaba como de las personas positivas al Covid-19. “Por lo general todos comprendían el complejo escenario que vivimos y existía un respeto, aunque habían otros, los menos, que no siempre eran esmerados con sus propias medidas de protección y eso también lo tuvimos que afrontar con severidad”, comenta

Pero si un factor es determinante para sobrellevar estas jornadas de rigor ese será sin dudas la unidad del equipo de trabajo. En el caso de Corrales Morejón y los demás compañeros, en su gran mayoría jóvenes, pudieron llagar a compenetrarse al máximo para cumplir una tarea que califican como “un deber”.

Nos ayudábamos unos a los otros y si teníamos que levantarnos más médicos durante las guardias, lo hacíamos sin reproches, porque fue así como nos enseñaron siempre en la carrera y es esa una de las principales fortalezas del sistema de salud cubano, nuestro compañerismo”, dice sin titubear en lo absoluto.

Una situación única también vivió ese personal sanitario. El parto de dos mujeres sospechosas de Covid-19 después de 70 años sin realizar este tipo de operaciones en la instalación hospitalaria, fue un hecho inédito. Según la propia Marlén, sería una de las cosas que más le marcó por la sensibilidad del momento, a pesar de no estar vinculada directamente con el importante suceso.

Lo cierto es que cada una de las vivencias personales y colectivas era sentida como un logro indiscutible de todos. Cada vida salvada, afirma, “representó un triunfo para los que allí estábamos y un aliciente extra para continuar este duro pero hermoso camino que es la medicina”.

Muchas historias como estas, cargadas de ternura y sacrificio quedan aún por contarse de este difícil período. Sin embargo, la experiencia profesional de Marlén Corrales Morejón bien pudiera ser la de tantos otros hombres y mujeres de batas blancas cubanos que, ante lo adverso del momento, han sabido sobreponerse a la situación para colmar de esperanzas a todo un pueblo.

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Madre América: Puerto Rico

Senado de Puerto Rico: mayoría femenina es solo un paso

Edwin Sierra González

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La nueva Legislatura Colonial ha comenzado sus funciones, y con ello, el beneplácito, sin duda alguna, de que la composición mayoritaria del Senado, compuesto por 27 miembros, es de catorce mujeres puertorriqueñas. Un paso valiente e histórico que ha dado lugar a otro hecho igualmente celebrado: la Comisión de Asuntos de la Mujer en este cuerpo legislativo estará compuesta exclusivamente por mujeres, aunque esta decisión es debatible. Se avanza, sin embargo, habrá que ver si será suficiente.

Aunque la alegría arrope a ciertos movimientos sociales del país y otros se sientan amenazados, el verdadero impacto de esta victoria electoral de las mujeres está por verse. El hecho de que las mujeres dominen la Cámara Alta, no es, lamentablemente, una garantía, y mucho menos un indicio, de que Puerto Rico avanzará en las causas y derechos de igualdad para la mujer. Hemos sido gobernados por mujeres y grandes lideresas le han dado la batalla a un sistema desigual, pero igualmente por otras que han sido cómplices del patriarcado enfermizo e intolerable que ciega vidas y sueños. De las primeras, tenemos hoy en la Asamblea damas de la talla de Mariana Nogales, María de Lourdes Santiago y Ana Irma Rivera Lassén. Mujeres de academia y calle, mujeres que no se limitan en su deber, sino que lanzan a favor de los desprotegidos y los oprimidos del sistema. Mujeres cuya sabiduría y academia van en pos del país y sus intereses, aún en el fragor de la lucha, como las protestas del Verano del 19. Del otro, damas de interpretación cerrada, fundamentalismos severos y alineados con el poder, como la ex mandataria Wanda Vázquez, quien en su momento fue Procuradora de la Mujer, pero cuya gestión fue de dudoso alcance y eficacia. O la ex senadora Nayda Venegas, derrotada en los pasados comicios, quien se caracterizó por defender y apoyar las posturas del ex presidente estadounidense, Donald Trump, a pesar de los desplantes y humillaciones de este hacia la isla y ser ella una mujer negra.

A pesar de lo que mujeres como las primeras puedan aportar en beneficio del país y la lucha femenina, no es sólo en el elemento femenino donde debe residir la esperanza, sino en la capacidad de liberar sus mentes de las ataduras sociales que siglos de colonialismo y eurocentrismo nos han impuesto. De nada vale ser una mujer empoderada que ocupa posiciones de Estado, cuando su mente es presa del sistema y solo reproduce los males de la inequidad, la desigualdad y el patriarcado tóxico. Como profesor en múltiples escenarios educativos y contextos, he sido testigo de la lucha por romper las cadenas sociales de la mediocridad e inferioridad, que son fuertísimas, porque en ocasiones, quienes las sufren, las justifican e incluso romantizan. Es por ello el ideario novelesco de los culebrones donde la protagonista sufre capítulos interminables y todo “vale la pena”, haciendo del dolor un elemento indispensable para el triunfo, no así con el esfuerzo. Es así como las mujeres, desde su inconsciente, reproducen patrones peligrosos e incluso, ante la ausencia de una figura masculina en el hogar.

Requerimos mujeres que se paren en la brecha y que se atrevan a romper los estereotipos y no a sostenerlos. No hacen falta mujeres que se vuelvan verdugos de sus congéneres, sino ilustradoras de un camino de posibilidades, progreso, igualdad y triunfos. Las senadoras que ahora comienzan a andar en ese hemiciclo, desde las conservadoras, hasta las progresistas, tienen la oportunidad única de forjar un país más justo, pero solo el tiempo dirá cual es el verdadero valor de esta Cámara de Mujer. El género no garantiza el cambio, el diálogo, el conocimiento y una mente abierta, sí. El país y las mujeres puertorriqueñas les estarán mirando fijamente para evaluar su proceder. No se admite nada por debajo de lo que se aspira en el siglo XXI. Es momento de hacer sentir orgullosas a todas aquellas mujeres que han luchado y dieron hasta la vida para que a ustedes, mujeres, se les pueda llamar Honorables Senadoras. 

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