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La Nación y el Mundo

Héroes anónimos de la otra España

Gabriel García

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Ramón Soliva “El brujo”

La de Ramón Soliva Vidal es una de esas historias que erizan la piel. Muchos de los acontecimientos que rodean su biografía pueden parecer propios del cine de acción, y sin embargo tenemos el privilegio de que su legado recaiga sobre nuestra memoria. Su trayectoria se abre camino, fusil contra fusil, desde los empedrados caminos de la sierra del Montsent, hasta las exuberantes colinas del Escambray, de los caudales del Ebro a las gélidas aguas del río Moscova. Obrero, soldado, comandante, exiliado, desterrado, habiendo pasado de héroe a marginado, sería convocado para participar en una última misión. Una misión como agente secreto de la que penderá en buena medida el equilibrio del mundo.

Nacido en el seno de una familia muy humilde, en el prepirenaico pueblo de Torre de Capdella, electricista de profesión y obrero de la FECSA, desde muy joven compagina la acción sindical clandestina con labores de organización política, dedicadas a consolidar el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) en la zona del Segur. Tiene 24 años cuando estalla la sublevación franquista y decide enrolarse en las MAOC (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas), la fuerza militar creada espontáneamente en los inicios de la contienda por el pueblo para repeler la intentona golpista. Entra por primera vez en combate en el Frente de Aragón, en la Sierra de Alcubierre, donde junto a sus compañeros es capaz de detener numerosas incursiones del bando sublevado.

Su desempeño en las sucesivas escaramuzas le llevará a ascender meteóricamente numerosos grados en la escala militar, pasando desde soldado raso a Mayor Jefe de la 45 división, en el ya profesionalizado Ejército Popular de la República. Muchas veces ascendiendo inmediatamente tras la caída en combate de su superior al mando. Al frente de esta división–a la que sus enemigos bautizarían como “la bruja” por su gran operatividad nocturna–participaría en todas las grandes batallas que le quedaban a la contienda: Brunete, Teruel y Ebro. En estos dos últimos escenarios desempeñaría un papel determinante jugando el rol de “último hombre en pie”. Sus tropas serían las responsables de defender el repliegue definitivo de las fuerzas republicanas ante el avance enemigo, quedando en numerosas ocasiones cercados y en inferioridad. Por sus méritos en combate sería galardonado con la Medalla de la Libertad. Volverá a tener que jugar ese papel tras la caída de Cataluña en 1938. Sus hombres serán los encargados de contener la ofensiva fascista para garantizar la evacuación a Francia de miles de personas, civiles, militares, líderes políticos y sindicales e incluso del propio gobierno de la República. Salvaguardada la retirada a Francia, y sin tiempo que perder, tan sólo un día después, embarca junto a sus mejores hombres rumbo al Levante con el propósito de reforzar la última línea de defensa de la segunda República: Madrid. La ciudad que había resistido el cerco de las tropas fascistas durante casi tres años. Sin embargo, la situación política es convulsa, entre el 5 y el 12 de marzo de 1939 un complot, encabezado por el Teniente Coronel Casado, realiza un golpe de mano en el que son apresados todos los líderes decididos a continuar la resistencia, y la ciudad es entregada a Franco. Con las defensas de la ciudad colapsando, Ramón consigue escapar junto a un buen número de compañeros en el último momento, justo cuando las fuerzas franquistas les pisan los talones. A punta de pistola, encañonando al piloto que pretendía desertar, escapa en el último avión que despega rumbo a Orán (Argelia). Su combate por España terminaba allí, su destino como el de tantos luchadores por la libertad era incierto, ninguno se podía imaginar que la guerra para ellos sólo acababa de comenzar.

Nada más aterrizó en Orán y fue apresado por las fuerzas coloniales francesas, e ingresado en un campo de concentración para refugiados políticos provenientes de la guerra de España. El trato de las autoridades francesas con los exiliados españoles sería de todo menos digno. Los presos pertenecientes al Partido Comunista y al Ejército Popular de la República van a ser tratados como moneda de cambio en la batalla diplomática en ciernes entre las potencias occidentales, la Unión Soviética, y el Eje. Ramón, irreductible, junto con otro grupo de oficiales republicanos comienza a tramar un plan de fuga. No obstante, justo cuando estaban a punto de ejecutar su plan, interviene el Comisariado del Pueblo de Asuntos Exteriores de la URSS, el cual en un gesto de solidaridad internacional otorga la ciudadanía soviética a los reclusos. Ramón Soliva junto con otro importante grupo de exiliados son trasladados a la Unión Soviética donde son recibidos como héroes del mundo libre, con desfiles, discursos y conciertos. Después de una breve estancia en un centro sanitario, rehabilitándose de los estragos de la guerra y el presidio, se incorpora a la célebre academia Frunze para oficiales, donde acabaría graduándose con honores, siendo el mejor expediente de su promoción. Por desgracia la muerte, el sufrimiento, el dolor y las dificultades de la guerra no tardarían en volver a su vida.

En 1941 la Alemania Nazi declara la guerra a la Unión Soviética. En un primer momento las autoridades soviéticas no desean la incorporación de los héroes españoles al ejército rojo. Consideran que los exiliados españoles, que residen en el país en calidad de refugiados, han saldado con creces su compromiso con la causa antifascista, y que el futuro les reserva importantes esfuerzos en la liberación de su propio país. Sin embargo, el avance del frente hasta el corazón de Rusia fuerza la movilización total. Ramón combate entonces en la defensa de Moscú, ejerciendo labores de enlace entre el Estado Mayor y las líneas del frente situadas a las afueras de la capital. Repelida la ofensiva nazi, cambiadas las tornas de la guerra, es evacuado junto con el resto de españoles hacia el oriente, en concreto a la ciudad Taskent en la actual Uzbekistan.

Las capacidades como hombre de acción y líder militar “del Brujo” no pasan inadvertidas para el alto mando soviético. A principios de 1944 se abre el segundo frente, la guerra está decidida, y el gobierno soviético- que se sabe triunfante-prepara la fase posterior al conflicto. En ese momento es reclutado para tareas de inteligencia y desplazado rápidamente al Occidente donde previo contacto con los partisanos de Tito, se incorpora a la resistencia francesa. Regresaría a la URSS en 1949, momento en que el escenario internacional ha cambiado sustancialmente y los planes de invasión contra Franco han sido desestimados por los Aliados. Momento en que además aflora un gran conflicto al interior del PCE y el PSUC del que sale mal parado. Es apartado de los puestos de responsabilidad y cae en el ostracismo. Ramón entonces se retira a un pueblito cerca de Moscú donde a sus 37 años y tras dos guerras a sus espaldas vuelve a dedicarse a labores de electricista como ingeniero técnico. Esta sería su situación hasta 1959, cuando de nuevo los servicios de inteligencia y el ministerio de exteriores llamarían a su puerta con una última proposición: la posibilidad de embarcarse en una nueva misión, esta vez a las órdenes de un hasta entonces prácticamente desconocido Fidel Castro.

En las navidades del año 1959 Fidel Castro, por intermediación de algunos líderes del PSP, realiza los primeros contactos confidenciales con la Unión Soviética, en las que el PCE juega un papel importantísimo como interlocutor. De esos primeros contactos resulta la solicitud formal de la incorporación de los primeros técnicos y especialistas en materia militar y económica hacia la incipiente revolución cubana. En un momento en que ni al gobierno cubano ni a la URSS les conviene establecer una relación directa abiertamente. Por eso, además de por razones idiomáticas y culturales, ambas direcciones revolucionarias acuerdan que sean los “hispanosoviéticos” (como serían rebautizados los españoles refugiados en la Unión Soviética) quienes fuesen los elegidos para cumplir aquella tarea. Dolores Ibárruri ipso facto convoca a dos de los más distinguidos héroes de la resistencia: al célebre Francisco Ciutat y a nuestro Ramón Soliva. Entre marzo y abril de 1960, evadiendo el estricto control de los servicios de inteligencia británicas y estadounidenses, que ya entonces monitorizaban los movimientos de la URSS en lo que hasta entonces había sido su “patio trasero” llegan al país directamente para entrevistarse con la alta dirección de la revolución. Después de una conversación con Fidel, que según testimonios se prolongó durante más de doce horas, Ramón rebautizado como “Roberto Roca,” se incorpora al ejército oriental a las órdenes de Raúl, con quien desarrollaría una profunda amistad.

A partir de ese momento “Roca” se descartaría como asesor especialista, desempeñando un papel crucial en la profesionalización del nuevo ejército cubano, que debía armar unas auténticas Fuerzas Armadas de entre los restos del triunfante Ejército Rebelde. Los pormenores de su actividad en la Mayor de las Antillas quedarían para siempre reservados, mantenidos en la confidencialidad de su prudente y humilde silencio. Ramón se llevaría a la tumba los detalles de su participación en el intento de invasión mercenaria en Playa Girón, o en la lucha contra bandidos en el Escambray. Moriría en 1973 de regreso a su Cataluña natal tan sólo dos años más tarde, habiendo ofrecido su vida entera a la gesta de la solidaridad internacional.

Madre América

Italianos en Cuba

Sergio Guerra Vilaboy

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La presencia de Italia en Cuba comenzó justo con el primer viaje al continente americano de Cristoforo Colombo, natural de Génova. A lo largo de más de cinco siglos, varios miles de italianos visitaron o se establecieron en la mayor de las Antillas, aunque esa emigración nunca alcanzó la magnitud de Argentina u otros países de América Latina.

El imponente Castillo del Morro, la construcción que identifica a La Habana, fue diseñado, junto con otras fortalezas coloniales, por el ingeniero militar de Gatteo (Romagna) Juan Bautista Antonelli. Desde principios del siglo XIX, decenas de artistas del territorio de la actual Italia se radicaron en Cuba, contratados para embellecer iglesias, plazas y edificios, de lo que dan fe las esculturas de Giuseppe Gaggini y Ugo Luis, inauguradas entre 1836 y 1838, así como el majestuoso Teatro Sauto de Matanzas (1863), construido por Daniel Dall’ Aglio. Por esa época, también laboró en La Habana Antonio Meucci, el verdadero inventor del teléfono, mientras Giuseppe Garibaldi pasaba de incógnito por la isla. Náufragos italianos fundaron en 1605, en el deshabitado extremo occidental de Cuba, la villa de Mantua, en alusión a Mantova (Lombardía), consagrada a la romana Virgen de las Nieves, convertida después en patrona de los tabaqueros de Vuelta Abajo, lo que explica la abundancia de los apellidos Ferrari, Zaballo, Pesana, Fiallo, Pittaluga y muchos otros en esa región.

Durante las guerras por la independencia, varios italianos se incorporaron al Ejército Libertador, como hizo constar el sabio cubano Fernando Ortiz, quien se carteaba con Cesare Lombroso, en su libro Los mambises italianos (1909). Uno de los más connotados fue el estudiante napolitano Oreste Ferrara, que sirvió bajo las órdenes de Máximo Gómez y alcanzó el grado de coronel, tal como él mismo cuenta en Una mirada sobre tres siglos. Memoria (1975), escrita en Roma, donde falleció. En las primeras décadas del siglo XX, Ferrara se distinguió en Cuba como abogado, periodista, historiador, político y diplomático, aunque por sus servicios a las dictaduras de Gerardo Machado y Fulgencio Batista debió exiliarse varias veces. Por esa razón, no pudo disfrutar mucho tiempo de su lujoso palacete Dolce Dimora, de estilo renacentista florentino, ubicado a un costado de la Universidad de La Habana.

La tradición de contratar artistas italianos continuó en el siglo XX para erigir obras, al estilo de la colosal estatua bajo techo del Capitolio Nacional de Angelo Zanelli o monumentos a héroes nacionales, como el de Antonio Maceo realizado por Domenico Boni. También operarios de Potenza, entre otros los hermanos Garofalo y los Amalfi, trabajaron en los veinte en las minas de Matahambre (Pinar del Rio), al igual que en 1858 lo habían hecho sus compatriotas de Livorno en las del cobre del oriente cubano. Fue precisamente en 1920, cuando el famoso cantante Enrico Caruso dio sus memorables recitales en la isla.

El primer intento de Benito Mussolini de hacer propaganda en Cuba–después llegó a financiar radios y periódicos-, fue con la visita del barco Italia (1924), que provocó la protesta pública de Julio Antonio Mella, quien después en México, junto a su compañera Tina Modotti, continuaría denunciado sus crímenes. Durante la Segunda Guerra Mundial, nueve italianos, en su mayoría comerciantes y profesionales, fueron apresados por simpatizar con el fascismo. El empresario Amadeo Barletta, que había huido a Argentina para evitar ser encarcelado, tras regresar a Cuba en 1946 se convirtió, además de cónsul honorario de Italia, en dueño de un poderoso banco, del periódico El Mundo, de un importante canal de televisión y representante de la General Motors, en un moderno edificio de su propiedad en la céntrica Rampa de El Vedado.

Con la Revolución, la presencia italiana en Cuba ha seguido siendo muy notable, desde la incorporación del partisano italiano Gino Doné Paró a la expedición del Granma, hasta los aportes del cineasta Cesare Zavatini al nuevo cine cubano o el trazo maestro de los arquitectos italianos Vitorio Garatti y Roberto Gottardi en la singular construcción de la Universidad de las Artes, única en su tipo. 

Muestra actual de esa intensa relación histórica tejida entre Cuba e Italia es la realización periódica de una semana de la cultura italiana en La Habana y los concurridos cursos de la Sociedad Dante Alighieri, cuya sede cubana fue inaugurada en 1994 por el desaparecido Eusebio Leal. Para indagar en estas seculares tradiciones comunes, un grupo de historiadores de las universidades de La Habana y Turín, encabezados por la doctora Laura Gaffuri, se han empeñado en un ambicioso proyecto conjunto para buscar otras facetas y perspectivas de la rica historia compartida entre nuestros dos pueblos.

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Madre América: Cuba

Atajar la mentira con pensamiento y verdad

Raciel Guanche Ledesma

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Las redes sociales vuelven a ser por estos días un escenario propenso a la tergiversación para esparcir odio,  rencores y opulentas falsedades. Ciertamente parecen escenas belicistas que conducen por medio del enfoque digital hacia la confrontación. Y sí que lo es porque acaso se necesitan armas para subvertir lo más preciado de una sociedad: sus valores e ideas.

En plena modernidad quien piense que dentro de ese entramado de conexiones, videos, textos y supuestas verdades “absolutas” no se dirime una fuerte contienda, se engaña. Y es que en un mundo polarizado por las nuevas tecnologías pareciera como si los destinos o la suerte de millones viajase entre las redes con una única verdad posible, con la más retorcida e inverosímil de las realidades.

Por supuesto que para Cuba este panorama es siempre retador. Desde el triunfo revolucionario de enero en 1959, la guerra mediática contra el proceso social socialista, sus dirigentes y el pueblo todo ha sido un hecho constante que sólo varía en métodos, pero con directrices muy bien definidas que apuestan a socavar ese pensamiento que mantiene unido a su pueblo durante tanto tiempo.

Sin embargo, en la Cuba actual, que transita por la plena efervescencia informática, gracias a la decidida voluntad del Estado por desarrollar plataformas y espacios digitales, existe como en ningún otro momento histórico una ofensiva que es ya declarada dentro del ciberespacio.

Se trata de una red manipuladora de discursos vanidosos en redes sociales que persigue a través de las minorías internas y del consuelo paternalista del norte, procurar el caos para conducir a otro tipo de revoluciones edulcoradas con matiz neoliberal dentro de la verdadera y única Revolución social vigente en Cuba.

Quizás todavía haya quien piense que es imposible manipular al unísono a cientos de personas con apenas trastocar una palabra o imagen. No obstante, la realidad de los últimos tiempos demuestra que en este mundo tan frontal y de primicias en redes, donde emergen además no muy casuísticamente periodistas “independientes” y relatores aficionados, existe una intención mayor detrás de algunas noticias sensacionalistas.

La maquinaria que funciona paralela a estos hechos, en ocasiones muy bien camuflada y en otras no tanto, es tan potente que puede incluso crear la escena o propiciar con una chispa “audaz” la acción indicada para dar el zarpazo que anhelan y luego arremeter con total desparpajo dentro de medios y redes sociales.

En tiempos en que la moda de las selfis, las directas con los móviles y las filmaciones forman parte ya de nuestra cultura cotidiana, pudiera parecer que todo en el ciberespacio es casual. Pero lo aparentemente fortuito llega a tener en distintos casos, desde un financiamiento hasta el objetivo directo de provocar. Y todo, por supuesto, con el inequívoco fin de manipular en primera instancia una realidad y a los sujetos que se desenvuelven en ella.

Pero los personajes que andan prestos a ese juego mediático con segundas intenciones, se escudan esencialmente en un derecho de “libertad” que es finito y del cual abusan sin reconocer sus deberes. Para todo existen límites de privacidad a los que debemos atenernos con respeto constitucional. Sin embargo, ciertos individuos violan ese espacio, orquestan un show hasta de lo intrascendente e intentan después sacar provecho del acto. Así funciona una parte de la poderosa industria digital que genera sus propios espectáculos y a la vez los sirve en bandeja a quienes mejores pagan. Lo cierto es que la verdad navega hoy incoherente entre esos discursos hostiles que, en apariencia no tienen partidos políticos, pero sí una intención bárbara de fragmentar y desunir.

La modernidad sigue demostrando cuán vulnerables podemos ser ante este tipo de hechos que crecen a diario. En estos tiempos retadores, no queda otra alternativa que andar convencidos bajo esa luz martiana que  alerta: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”.

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Madre América: Colombia

El bogotazo

Sergio Guerra Vilaboy

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Las causas de la espontánea sublevación popular ocurrida el 9 de abril de 1948, conocida como el bogotazo, tienen que ver con la derechización que vivía Colombia bajo el gobierno conservador de Mariano Ospina. Presionado por los sectores más intolerantes de la oligarquía y Estados Unidos, este mandatario enrareció desde fines de los años cuarenta el ya tenso ambiente político con persecuciones macartistas, una mayor represión en las zonas rurales y la liquidación de las organizaciones obreras, catalogadas de comunistas y anticristianas.

La mayoría liberal en el parlamento, guiada por Jorge Eliécer Gaitán, un líder carismático comprometido con la defensa de las causas populares, rompió desde junio de 1947 con el gobierno y convocó a la movilización nacional contra la espiral de violencia. Gaitán se venía radicalizando después de las elecciones de mayo de 1946, de lo que era prueba su lenguaje antimperialista y los llamados a la lucha de los trabajadores. En la multitudinaria marcha del silencio, el 7 de febrero de 1948, llegó a desafiar al régimen conservador cuando advirtió que “un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa”.

El auge de la lucha popular, y las consignas revolucionarias agitadas por Gaitán, alarmaban a las elites, que sólo buscaba un incidente para aumentar la represión. Este pretexto fue el bogotazo. El 9 de abril de 1948, cuando en Bogotá sesionaba la IX Conferencia Panamericana, partera de la Organización de Estados Americanos (OEA), Gaitán fue asesinado en las calles de la capital colombiana por un oscuro fanático conservador nombrado Juan Roa Sierra. El airado pueblo de la ciudad, volcado automáticamente a las calles, ajustició de inmediato al criminal y se lanzó al asalto del Palacio Presidencial, pues por instinto responsabilizó al gobierno con lo ocurrido. Ante la frustración de las ansias renovadoras de la población, que se canalizaban en torno a Gaitán, se desató entonces una anárquica insurrección urbana (el bogotazo), con apoyo de la principal central sindical e incluso de la policía, que puso al gobierno al borde del colapso. Entre los que se unieron al levantamiento popular estaba un joven universitario cubano, Fidel Castro, que se encontraba en Bogotá para una reunión estudiantil continental en contra de la creación de la OEA.

En algunos sitios, como en Barrancabermeja, se formaron juntas revolucionarias que por varias semanas desafiaron a las autoridades, mientras por todas partes brotaban bandas armadas para vengar a las víctimas y defenderse de la represión. Para intentar acallar al pueblo, el presidente Ospina, luego de reunirse con la directiva liberal en el virtualmente sitiado Palacio Presidencial, nombró algunos ministros del partido opositor en su gabinete, que hicieron llamados a la calma.

El bogotazo abre el periodo de la historia de Colombia conocido como “la violencia”, que dejó un saldo de miles de muertos. También el bogotazo facilitó los planes de la ultraderecha, pues el presidente Ospina, rompió relaciones con la Unión Soviética y tras la retirada de los ministros liberales del gabinete (mayo de 1949), clausuró el congreso (noviembre), suspendió las garantías constitucionales y traspasó el poder (7 de agosto de 1950), en unos comicios sin oposición, a un correligionario de ideología fascista: Laureano Gómez, quien regresó de la España de Franco.

Bajo un estado de sitio perpetuo se implantó una verdadera dictadura, que sirvió para aplastar, mediante la intimidación y otros métodos brutales -hubo secuestros y asesinatos masivos-, al liberalismo radical y las organizaciones de izquierda, mientras el gobierno establecía un estado corporativo de partido único, calcado del falangismo español, mediante una impuesta reforma constitucional.

El gobierno fascista de Gómez subordinó totalmente los intereses nacionales a la política de Estados Unidos, una de cuyas peores expresiones fue el envío de tropas a la Guerra de Corea, convirtiendo a Colombia en el único país latinoamericano que lo hizo. Los perseguidos por la reacción, liberales, socialistas, comunistas y otros sectores, respondieron con huelgas y paros, mientras las zonas rurales se inundaban de guerrillas que combatían la represión gubernamental, situación que se prolonga hasta hoy.

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