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Madre América: Argentina

El 25 de mayo de los argentinos y de América Latina

René Villaboy

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En la hoy emblemática Plaza de Mayo de Buenos Aires, se erige el viejo edificio del Cabildo, justo frente a la Casa Rosada-; sede del poder ejecutivo de esa nación sudamericana. Allí, tuvieron lugar- hace ya 209 años-los acontecimientos que precipitaron el proceso de luchas por la independencia en la capital del entonces Virreinato del Río de la Plata. El 25 de mayo de 1810, los criollos porteños aprovechando el desconcierto socio-político generado por la ocupación napoleónica a España, la ausencia del legítimo rey, Fernando VII, y el clima de contradicciones que comenzaban a separar a los españoles de ambas orillas del Atlántico decidieron tomar en sus manos las riendas del gobierno local.

Desde hacía días antes de aquella jornada fundacional de mayo de 1810, varios sectores de la población bonaerense presionaron para la formación de una junta de gobierno local; semejante a las que se instituían en toda España; como resultado de la lucha contra los ocupantes franceses, y también en varios territorios de la América hispana. La élite criolla-integrada por estancieros, productores de carne salada, y comerciantes- que conducía aquellas manifestaciones sociales, asistió al cabildo abierto que finalmente presionó al Virrey, Baltasar Cisneros, para que renunciara a su cargo y con ello diera paso a una nueva administración local. Así quedó establecida la Junta de gobierno de Buenos Aires, integrada en su inmensa mayoría por nacidos en América. Se cumplía con ello una de las mayores aspiraciones de las aristocracias criollas : hacer coincidir su ascendente poder económico con la participación efectiva y directa en el poder político, sin alterar la estructura social vigente.

Pero la Junta de Mayo fue desde el inicio un reflejo de la diversidad ideológica y política que caracterizó a los criollos americanos. En su seno se concentraron al mismo tiempo grupos conservadores que reducían sus anhelos a la toma del gobierno y sectores democráticos y radicales que aspiraban que en América rigieran los principios de libertad e igualdad enarbolados por la Revolución Francesa de 1789. Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan José Castelli, fueron algunos de los representantes de aquella intelectualidad progresista que imprimió la esencia revolucionaria al gobierno de mayo de 1810 y que tuvo que enfrentarse desde el mismo salón de sesiones al propio presidente Cornelio Saavedra. En cambio, ambos sectores por razones contrapuestas no abogaron desde el principio, ni abiertamente, por la ruptura con España, sino por un autogobierno al que cada cual añadió sus propios pensamientos políticos y sociales.

La junta de mayo como muchas otras de sus semejantes en América dejó al pueblo “esperando en la plaza”. O lo que es lo mismo, no incluyó en su legislación las demandas de los amplios sectores marginados de la libertad, la propiedad y la riqueza. Libre Comercio y preferencias a los criollos para ocupar cargos, fueron las normativas que el gobierno porteño se apresuró en disponer, ignorando las numerosas problemáticas de un vasto territorio diferenciado no solo por los ríos, ciudades y los paisajes sino por una palpable diversidad étnica, racial y sobre todo social. No puedo, por el contrario, dejar de destacar que frente a esta regla general hubo en el seno de aquel primer gobierno criollo de Buenos Aires intenciones revolucionarias, redistributivas y democráticas como las de Moreno con su Plan de Operaciones, las disposiciones en favor de los pueblos originarios tomadas por Castelli en las ruinas de Tiahuanaco en 1811, o el Reglamento para el gobierno de los 30 pueblos de Misiones enarbolado por Belgrano en el Paraguay. Pero todas ellas se desvanecieron frente a la reacción oligárquica que fue apagando la luz encendida por la Revolución de Mayo. Y, sobre todo, frente a las luchas intestinas, tapizadas por sentimientos centralistas o federalistas, que marcaron el proceso de liberación anticolonial en las tierras del Plata.

A 209 años del establecimiento del primer gobierno criollo en la capital del entonces virreinato, y cuando los argentinos celebran el día de una independencia que en rigor no fue proclamada hasta 1816, los acontecimientos de mayo siguen aportando lecciones para toda América Latina.  Una de ellas sin dudas es que las revoluciones sin pueblo siempre terminan en el fracaso o en el mejor de los casos pierden el rumbo y olvidan su punto de partida. Tal vez por eso aún conviven día y noche el edificio del cabildo y la Casa Rosada en la misma Plaza de Mayo.

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La guerra gaucha de Güemes

Sergio Guerra Vilaboy

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Este 17 de junio es el bicentenario de la muerte de Martín Miguel de Güemes, el único general argentino caído en combate durante la guerra de independencia. Al frente de guerrillas populares o montoneras, en Salta y Jujuy, con la llamada guerra gaucha, impidió la reconquista española del antiguo Virreinato del Rio de la Plata.

Desde muy joven sirvió en el ejército real en la provincia de Salta, donde había nacido en 1785. En la lucha contra las invasiones inglesas a Buenos Aires (1806-1807) dirigió una impresionante carga de caballería que permitió apoderarse del barco enemigo Justine, encallado en la costa fluvial. Derrotados los británicos, regresó a Salta convertido en oficial del Cuerpo de Granaderos de Santiago Liniers, surgido durante la guerra contra los ingleses.

Tras la deposición del virrey en Buenos Aires en 1810, Güemes se incorporó al Ejército del Norte, creado por la Junta de Mayo para incorporar el Alto Perú a su jurisdicción. Al mando de tropas, combatió a los realistas en la Quebrada de Humahuaca (Jujuy) y en los valles de Tarija y Lípez, destacándose en la batalla de Suipacha el 7 de noviembre de ese año. Obligado el ejército patriota a replegarse del Alto Perú, tras la derrota de Huaqui el 19 de junio de 1811, Güemes hizo con sus gauchos la famosa guerra de recursos para dejar sin abastecimientos al enemigo, que le permitió recuperar Tarija a principios del año siguiente, hasta que fue trasladado a Buenos Aires.

Reincorporado al Ejército del Norte, comandado desde enero de 1814 por el general José de San Martín, estuvo a la vanguardia con la caballería. Al igual que su prestigioso jefe, Güemes era partidario de proclamar la independencia de España, pues el timorato gobierno de Buenos Aires seguía jurando fidelidad a Fernando VII. La base de su ascendente popularidad entre los gauchos provenía de la expropiación de ganado y de liberarlos del pago de arriendos a los ricos estancieros, cuando comenzaba a ser llamado protector de los pobres.

Con ellos pudo organizar sólidas guerrillas en el valle de Lerma, en su natal Salta, integrada con esos diestros jinetes mestizos, expertos en el duro trabajo del cuidado de ganado en las llanuras, verdaderos protagonistas de la conocida guerra gaucha, que hizo la vida imposible a los realistas. Las primeras hazañas de estos aguerridos hombres casi coincidieron con la decisión de San Martín de cambiar la jefatura del Ejército del Norte por la oscura gobernación de Cuyo, en octubre de 1814.

El Libertador había decidido variar su estrategia, convencido que el camino altoperuano para llegar a Lima y derrotar de manera definitiva a los españoles era inviable, porque lo que se propuso usar a Chile como trampolín, tal como confesara en una carta secreta: “La patria no hará camino por este lado del norte que no sea una guerra defensiva, y nada más; para esto bastan los valientes gauchos de Salta…” Con esa finalidad, nombraría a Güemes, en enero de 1820, general en jefe del Ejército de Observación sobre Perú.

Como preveía San Martín, la tercera ofensiva rioplatense al Norte, iniciada en febrero de 1815 bajo la dirección del general José Rondeau, fue derrotada por los realistas el 29 de noviembre de ese año en Sipe Sipe. La retirada del Alto Perú del maltrecho ejército, dejó sólo a las montoneras gauchas de Güemes, respaldadas por la población más humilde de Salta –que ese mismo año lo había elegido gobernador de la provincia-, como único valladar ante los colonialistas. Incluso algunos patriotas altoperuanos, como Juana de Azurduy, tuvieron en 1818 que buscar refugio en Salta.

Además de combatir la avalancha enemiga enviada por el virrey de Lima, Güemes, que proclamó la federación en Salta, tuvo que enfrentar la hostilidad del régimen centralista de Buenos Aires, acentuada desde 1819 ante el temor que se convirtiera en otro Artigas. Poco después de ser sustituido como gobernador en 1821, Güemes fue herido por los realistas, cuando resistía la novena y última ofensiva española sobre Salta. Reunido con sus oficiales y casi moribundo, le transfirió el mando al coronel francés Jorge Enrique Vidt para que liquidara a los invasores, antes de expirar el 17 de junio en la Cañada de la Horqueta. La guerra guacha fue decisiva no sólo para consolidar la independencia del Río de la Plata, sino también para asegurar la retaguardia del ejército de San Martín, posibilitando la emancipación de Chille y el inició de la liberación de Perú.

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Día de la Lealtad peronista

Sergio Guerra Vilaboy

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El 17 de octubre de 1945 una extraordinaria movilización popular en la capital de Argentina, exigió y obtuvo la excarcelación de su líder, Juan Domingo Perón, detenido por el gobierno militar de turno, fecha que se conmemora como Día de la Lealtad. Desde el derrocamiento del presidente Hipólito Irigoyen en 1930 por el general José F. Uriburu, que inauguró la llamada “década infame”, una serie de mandatarios derechistas se sucedieron en el poder mediante el “fraude patriótico”.

El último de ellos fue Ramón S. Castillo, desplazado en 1943 por los generales Arturo Rawson y Pedro P. Ramírez, que temían cediera a la presión de Estados Unidos y variara la neutralidad del país en la Segunda Guerra Mundial. Con el apoyo de ultranacionalistas y católicos, se clausuró el congreso, se cerraron periódicos, intervinieron universidades, fueron disueltos partidos, implantada la enseñanza religiosa y perseguidos comunistas y dirigentes sindicales. También durante el gobierno de Ramírez, un desconocido coronel de 48 años, Juan Domingo Perón, comenzó a escalar posiciones desde un anodino Departamento de Trabajo, que no tardaría en convertir en Secretaria de Estado, promoviendo medidas sociales que, junto a su habilidad como mediador en conflictos laborales y su política en favor de los más pobres, le dieron gran popularidad.

En enero de 1944 Estados Unidos aumentó su presión diplomática sobre Argentina y una escuadra norteamericana bloqueó el puerto de Buenos Aires hasta obligar al gobierno del general Ramírez a romper con el Eje y comprometerse a convocar a elecciones. Al mes siguiente, una junta militar, encabezada por el general Edelmiro J. Farrel, se hizo del poder y en marzo de 1945 declaró la guerra a las potencias del Eje e incautó las propiedades alemanas y japonesas, por lo que Inglaterra y Estados Unidos restablecieran sus relaciones diplomáticas. En ese gobierno militar, el coronel Perón ocupó la vicepresidencia, junto con las carteras de Guerra y Trabajo, lo que le permitió continuar su labor asistencial con aumentos salariales, seguro social y el Estatuto del peón, ampliando su influencia sobre sobre el movimiento obrero al desplazar a dirigentes comunistas y socialistas. Los recursos procedentes de las ventas de cereales y carnes a los aliados, permitieron a Perón seguir esa política redistributiva que afianzaron su imagen popular y permitieron a varios sindicatos proclamarlo, a mediados de 1945, su candidato a la presidencia de la república.

A esa posibilidad se opuso la elite conservadora, la ultraderecha y también fuerzas democráticas, antifascistas y de izquierda, todas alentadas por el nuevo embajador de Estados Unidos Spruille Braden, nombrado por el gobierno de Harry S. Truman para aplicar una línea dura contra el gobierno militar argentino. En ese cargado ambiente, el general Eduardo Avalos, jefe de la guarnición capitalina, y un grupo de altos oficiales enemigos de Perón, lo arrestaron el 12 de octubre. Sus más fieles colaboradores, encabezados por la artista Eva Duarte, con quien poco después se casaría, movilizaron en pocos días a decenas de miles de obreros, que prácticamente se adueñaron de Buenos Aires. La enorme multitud de descamisados o cabecitas negras, en alusión a su procedencia del empobrecido interior mestizo, inundó el 17 de octubre la plaza de Mayo. Acorralada, la junta militar puso en libertad a Perón y le pidió que calmara a los manifestantes, lo que hizo desde el balcón de la propia Casa Rosada.

La liberación fortaleció su candidatura a la presidencia por el recién creado Partido Laborista. Su opositor era José P. Tamborini, postulado por la Unión Democrática, una heterogénea coalición que incluía desde la derecha oligárquica hasta el Partido Comunista. El abierto respaldo de Spruille Braden a este aspirante, cuyos partidarios lanzaron la consigna Tamborini o Hitler, condujo a sus contrincantes a replicar con la de Braden o Perón. Los comicios de 1946 dieron la victoria a este último con el 55% de los votos, abortando los planes de sus opositores y Estados Unidos. La política de beneficio popular y de independencia política desarrollada por Perón en sus dos mandatos consecutivos, interrumpidos por un golpe militar derechista en septiembre de 1955, consolidaron al peronismo como la primera fuerza política nacional hasta hoy, de la que emergieron los Kirchner y el actual presidente Alberto Fernández.

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Memoria de la última dictadura argentina

René Villaboy

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Algo habrán hecho, era la frase popularmente utilizaba cuando en Argentina se produjeron miles de detenciones arbitrarias y actos de violaciones de derechos humanos, durante la cruenta dictadura cívico militar que gobernó el país entre 1976 y 1983.  Precisamente un 24 de marzo de aquel año nefasto se inició una de las etapas más tristes de la historia contemporánea de esa nación. Ese día la Junta de altos oficiales de las diferentes ramas militares, depuso al gobierno de la primera mujer presidenta de la Argentina, María Estela Martínez de Perón. Durante 7 años el terrorismo de estado bañó de crímenes, sangre, fuego y miedo a la patria de San Martín. Miles de heridos y asesinados y más de 30 mil desparecidos son algunas de los lamentables costos humanos que dejó aquel régimen autodenominado Proceso de Reconstrucción Nacional. En cambio, los resultados psicológicos, morales, éticos e históricos de todo aquello son hasta hoy incalculables.

El “gorilazo” de 1976 en el país rioplatense, fue parte de una estrategia de golpes militares que bajo la doctrina de seguridad nacional de los Estados Unidos se establecieron en el cono sur desde 1964. En Brasil se iniciaron estos regímenes, y luego los uniformados fueron ocupando el poder en Bolivia, Uruguay, Chile y otros estados más. La llamada Operación Condor, que actuó como maquinaria de cohesión de todas las dictaduras de estos años, llegó a la Argentina tardíamente pero tuvo en ese país un escenario propicio para una eficiente puesta en práctica.

 La situación política en aquella nación se había polarizado significativamente desde el regreso a Buenos Aires procedente de Madrid, del líder histórico líder nacionalista Juan Domingo Perón en 1972. Perón se colocó al frente de las luchas sociales fundando el Frente Justicialista de Liberación, con apoyo de otros sectores y organizaciones. Impedido de ser candidato, por el régimen de facto vigente, el peronismo postuló como candidato a las elecciones presidenciales a Héctor Cámpora, quien se impuso en marzo de 1973 con la tentadora oferta de ¡Cámpora al gobierno, Perón al poder! El gobierno justicialista impulsó numerosas medidas de corte nacionalista, liberó a los presos políticos, legalizó el Partido Comunista y en política exterior restableció relaciones con Cuba. En cambio, las disputas internas entre los diferentes sectores que apoyaron al mandatario no tardaron en estallar. Presionado por los enfrentamientos políticos y seguro de una victoria de Perón, Cámpora renunció a su cargo.

De esta manera el binomio de Perón y su esposa María Estela como vicepresidenta lograron ganar en las elecciones de 1974, pero el histórico líder falleció en julio de ese mismo año.  Entonces afloraron más las divisiones entre la izquierda peronista y el sector derechista del justicialismo. Este último encabezado por un hombre de mucho poder dentro del gobierno de la viuda de Perón, José López Rega, creador de la Alianza Anticomunista Argentina (AAA). Bajo las órdenes de López Rega se reprimió a las organizaciones sociales y a los sectores progresistas. A esta tendencia opresiva del gobierno de Isabelita se añadió el impacto de una profunda crisis económica que sumió al país desde 1975 en la inflación, la disminución de salarios y las medidas de ajuste.

En medio de este clima, para evitar un “mal mayor,” las Fuerzas Armadas derrocaron a la administración en marzo de 1976 e inició la dictadura militar. Encabezada por una Junta cuya dirección recayó en el general Jorge Rafael Videla, hasta 1981, y luego por varios altos oficiales que se turnaron en la Casa Rosada, la dictadura argentina estableció diabólicas y sistemáticas prácticas de secuestros, torturas y ejecuciones. Los golpistas aplicaron los manuales de la tristemente célebre Escuela de las Américas para apagar de la subversión interna. Como resultado de la criminalización de las protestas sociales y la disidencia interna, el régimen de facto llenó sus cárceles de jóvenes líderes y militantes de las principales agrupaciones sindicales, estudiantiles, comunistas, peronistas y de muchas otras tendencias. Miles de niños recién nacidos fueron arrancados de sus madres y luego y entregados en adopción a oficiales, y adeptos del régimen. Esta ilegitima acción de la Junta Militar motivó la creación de las valerosas Madres de la Plaza de Mayo.

Para desviar la atención de los crímenes de lesa humanidad que se practicaban a diario, la dictadura argentina se enfrascó en un conflicto suicida, la Guerra de las Malvinas en 1982, conflicto que también llevó a la muerte a cientos de argentinos y a miles dejó heridos y mutilados. En cambio, la ola civilista que se desarrollaba en Latinoamérica, el rechazo internacional a las violaciones de derechos humanos, la clandestina pero incesante lucha social y las contradicciones internas entre los mandos de la Junta militar dieron paso al retorno de la democracia en 1983.  Finalizó así aquella larga noche que se convirtió en siete años de terror, detenciones y muerte, pero las profundas heridas causadas por la dictadura aún siguen abiertas y no se olvidan en la Argentina.

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