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Madre América: Bolivia

Bolivia y la Revolución Democrática Latinoamericana

Juan J. Paz y Miño Cepeda

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Después de su proceso independentista, la primera mitad del siglo XIX en la República de Bolivia fue inestable y bajo constantes amenazas de sus vecinos. Con el caudillo militar Andrés de Santa Cruz y Calahumana (1829-1839), primer presidente de origen indígena (en realidad, mestizo) y Protector de la Confederación Peruano-Boliviana (1836-1839), se logró imponer el orden y la institucionalización del Estado, con la profesionalización del ejército, la reestructuración de los organismos seccionales, la nueva legislación civil y penal, el arreglo y severa vigilancia de las finanzas públicas. Fue un esfuerzo modernizante y reformista temprano, beneficiado por una economía estable y creciente, basada en la diversificación agrícola y minera, los convenios y aperturas comerciales, la extensión de carreteras y otras inversiones públicas, el impulso a la educación general, incluyendo la universitaria con apoyo para estudios en Europa. A Santa Cruz le correspondió defender la Confederación, cuya derrota le obligó a salir del país, llegando a establecerse en Ecuador: primero en Guayaquil y luego en Quito.

Siguieron años de inestabilidad e incluso la pérdida del territorio boliviano que permitía su salida al mar, debido a la Guerra del Pacífico (Chile contra Bolivia y Perú, 1879-1884), claramente económica, por la disputa de territorios ricos en salitre, que pasaron bajo la jurisdicción del victorioso Chile. Al iniciarse el siglo XX, la economía minera dio un giro, al pasar de la plata al estaño, que se convirtió en el centro de las exportaciones y del poder de los “barones del estaño”. Los liberales, que desplazaron a los conservadores y sus “patriarcas de la plata”, lograron cierta “modernización” proto-capitalista del país, aunque sin superar las miserables condiciones de vida y de trabajo de la mayoritaria población indígena nacional, sometida al régimen de las haciendas. Sin embargo, a partir de la década de 1920, la legislación social y laboral, motivada por el ascenso de las luchas obreras y campesinas, así como la labor social e ideológica de los nuevos partidos de la izquierda política, e incluso con varios de los gobiernos militares nacionalistas y reformistas de los 30 y los 40, se inició en Bolivia el largo camino para la superación del régimen oligárquico, un proceso compartido con otros países como Ecuador, en el cual la Revolución Juliana de 1925 también sentó las bases para superar el Estado oligárquico.

La Guerra del Chaco (1932-1935) con Paraguay, desangró tanto a Bolivia como a su vecino, por un territorio cuyo manto de horror escondió los intereses de las gigantes petroleras imperialistas Shell y Standard Oil. Desde entonces, en Bolivia se agudizaron los conflictos entre las crecientes clases trabajadoras y la elite oligárquica, profundamente racista y cada vez más antidemocrática. De hecho, esos sectores trataron de impedir e inmediatamente desconocieron el triunfo electoral de Víctor Paz Estenssoro, del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), lo cual provocó la Revolución Nacionalista (1952), una impresionante jornada popular, incluso respaldada por las armas, que retornó del exilio a Paz Estenssoro. Su presidencia (1952-1956) ejecutó un programa radical: nacionalización del estaño, estatización de minas, reforma agraria, soberanía frente a las compañías extranjeras, voto universal, reforma educativa, promoción de inversiones, bienes y servicios públicos. Le sucedió Hernán Siles Zuazo (1956-1960), quien afrontó una economía débil, pero continuó con el proyecto reformador. La Revolución Boliviana logró poner fin al dominio económico de la “rosca minero-feudal” de la plata y del estaño, favoreciendo incluso la formación de una burguesía chola (cunumis), proveniente de sectores populares emergentes.

El retorno de Paz Estenssoro (1960-1964), coincidió con el destape de la “guerra fría” en América Latina, motivada por el triunfo de la Revolución Cubana (1959), de modo que en 1964 un golpe militar se orientó por la liquidación del “comunismo”. Siguieron años de gobiernos militares anticomunistas (en 1967 es derrotada la guerrilla dirigida por Ernesto Che Guevara), aunque entre 1970-1971 el general Juan José Torres resultó un paréntesis efímero por su orientación “izquierdista” y antimperialista, comparable con los gobiernos del “socialismo peruano” del general Juan Velasco Alvarado (1968-1975) y del “Nacionalismo Revolucionario” del general Guillermo Rodríguez Lara (1972-1976) en Ecuador, quienes lograron, en estos dos países, un tipo de desarrollismo de vertiente social, que permitió superar definitivamente el régimen oligárquico característico de buena parte del siglo XX latinoamericano.

El coronel Hugo Bánzer (1971-1978) dio el golpe de Estado que instaló una dictadura hermanada con el terrorismo que implantaron las dictaduras militares del Cono Sur de la época. Esa política fue revivida por el general Luis García Meza (1980-1981), hasta que en 1982 Bolivia logra iniciar los gobiernos constitucionales. Increíblemente es Víctor Paz Estenssoro (1985-1989) quien dio inicio a la carrera neoliberal en Bolivia, continuada por los gobernantes posteriores, al mismo ritmo de lo que también ocurría en casi toda Latinoamérica, de la mano del FMI, el BM y el Consenso de Washington. Pese a los reformismos de otros momentos históricos, en Bolivia la situación de los indígenas, pobladores, campesinos, mineros, trabajadores y capas medias, no había logrado mejoras estructurales y definitivas; pero el neoliberalismo arrasó con los avances sociales y aceleró la hegemonía económica y política de elites rentistas, aliadas con los intereses del capital transnacional y diferenciadas por sus poderes regionales.

El gobierno de Evo Morales (2006-2019), primer presidente indígena (aymara) liquidó el neoliberalismo heredado, impulsó una economía social inédita, que pasó a ser ejemplar en América Latina por su crecimiento y dinamia, pero sobre todo, desarrolló políticas de amplio beneficio popular (miles de bolivianos salieron de la miseria, la pobreza y el desempleo), sobre la base del reconocimiento a la plurinacionalidad del país y la guía de los principios del Buen Vivir, consagrados por la Constitución de 2009. Estos logros, internacionalmente reconocidos por entidades como la CEPAL, pero también por el mismo FMI, el BM y las NNUU, desplazaron el antiguo poder de los clanes ricos, las elites propietarias y las “burguesías cholas”, que nunca perdonaron el camino seguido por el “indio comunista”. En 2008 los prefectos de la región de la Media Luna (Santa Cruz, Tarija, Beni, Pando) encabezaron la agresiva desobediencia civil, con la amenaza de una guerra interna. En internet han quedado las imágenes de los ataques y agresiones a los “indios de mierda”, con los que las elites supuestamente “blancas” pretendían hacer notar quiénes son los “señores”.

Las elecciones de 2019 se transformaron en la oportunidad para que, a través del golpe de Estado interno y las maniobras con apoyo internacional (OEA a la cabeza), se impusiera la renuncia de Morales (el Vicepresidente y los colaboradores), su salida del país con asilo político inicial en México y la instauración del gobierno de Jeanine Áñes, quien recuperó el dominio del Estado para las derechas económicas y políticas, bajo inspiración del neoliberalismo (y la Biblia, a su modo). Se implantó la directa represión a los movimientos sociales (ha sido sangrienta la que sufrieron los indígenas), el autoritarismo y la política de persecución a Evo, al Movimiento al Socialismo (MAS) y a todo izquierdismo progresista. Los acelerados retrocesos económicos y sociales, que multiplicaron la pobreza y el desempleo incluso por la crisis de la pandemia por el coronavirus, no han podido ocultarse y constan en los informes que también han difundido las entidades internacionales antes mencionadas.

En medio de esas condiciones, las elecciones que se convocaron para octubre de 2020 activaron la lucha política, en la cual actuaron medios de comunicación, las manipulaciones legales y electorales, el intervencionismo gubernamental y las campañas derechistas para impedir el triunfo del binomio del MAS. Todo resultó infructuoso, pues Luis Arce Catacora y David Choquehuanca alcanzaron un aplastante triunfo con el 52% de los votos en primera vuelta.

El proceso electoral y sus resultados han producido un fenómeno de singular importancia en América Latina, porque no sólo significan el retorno del progresismo, sino la configuración de una inédita revolución democrática, que merece ser analizada y comprendida desde otras perspectivas. De la tradicional “política en las calles”, impedida por la pandemia o por la represión, se ha pasado a la movilización electoral de los sectores populares y clases medias, que asumieron, con plena conciencia, sus votos a favor de un proyecto político específico de cambio social y económico, contra el neoliberalismo y el dominio político de las burguesías y oligarquías racistas y clasistas. Un fenómeno que rebasó todos los esfuerzos oficiales e internacionales por impedir que se produzca. Además, no implica el “retorno” de Evo Morales -como han combatido los opositores-, sino la renovación en las personalidades y fuerzas políticas, con la intención de recuperar y dar continuidad a los logros que alcanzó el gobierno de Evo, pero también con el interés de responder al pronunciamiento colectivo para superar los errores y pulir el camino de construcción de una nueva sociedad.

Es tan significativo este giro en la política latinoamericana, que Bolivia pone de manifiesto una realidad que podría extenderse a otros países de la región: el triunfo de las fuerzas progresistas y democráticas, de las izquierdas de avanzada social, ha descolocado a las derechas económicas y políticas más radicales, a tal punto que ellas han pasado a cuestionar la propia democracia y a recelar de los procesos electorales; apelan al intervencionismo con golpes blandos o duros, y abiertamente manifiestan no estar dispuestas a reconocer a los adversarios, en quienes ven un peligro para la “nación” y una amenaza para la “sociedad”.

Con mucha razón, las expectativas latinoamericanas han puesto sus miras sobre Ecuador, país en el cual las elecciones de febrero de 2020 podrían ratificar la tendencia marcada por Bolivia o detenerla al menos temporalmente, porque el siglo XXI ha pasado a definir la democracia por la activa incorporación política de los sectores populares, su ascenso electoral y la confrontación directa con las elites del poder económico neoliberal.

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La revolución boliviana de 1952

Sergio Guerra Vilaboy

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La revolución boliviana de 1952 irrumpió como rayo luminoso en el oscuro panorama continental dominado por el macartismo, la guerra fría, y el repliegue de las fuerzas progresistas. La enclaustrada república andina era uno de los países más atrasados y empobrecidos de América Latina, dependiente de la exportación minera, controlada por los barones del estaño, esto es, la gran oligarquía criolla atada al capital foráneo que inspiró a Augusto Céspedes su novela Metal del diablo (1946).

El desconocimiento del triunfo del candidato presidencial del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), Víctor Paz Estenssoro, en las elecciones de 1951 fue la chispa que prendió la sublevación popular del 9 de abril del año siguiente, encabezada por los mineros. Después de tres días de sangrientos combates en La Paz, el ejército tuvo que capitular, algo que sólo había ocurrido una vez en la historia latinoamericana (México, 1910-1914), remplazado por milicias obreras y campesinas devenidas en el efímero Ejército de la Revolución.

Después que cayó la junta militar, el gobierno de Paz Estenssoro firmó varias leyes sociales, entre ellas un aumento salarial del 40%, y otorgó la plena ciudadanía a los indígenas al implantar el sufragio universal. Por otro lado, se vertebraba la combativa Confederación Obrera de Bolivia (COB), que exigía la recuperación del estaño, y se organizaban los primeros sindicatos rurales–del que saldría en 1954 la Confederación Nacional de los Trabajadores Campesinos (CNTCB)-con la consigna de la tierra a quien la trabaja, incitando a los pueblos originarios marginados a ocupar las grandes haciendas.

Desbordado por los acontecimientos, el MNR tuvo que llevar a la práctica medidas más radicales, comenzando por la expropiación de la gran minería en octubre de 1952. Pese a que Paz Estenssoro proclamó con demagogia la llamada Acta de Independencia Económica, en realidad el país siguió dependiendo de las fundiciones de Inglaterra y Estados Unidos, que imponían a Bolivia las cuotas y precios de exportación.

En agosto de 1953 se promulgó la reforma agraria, que sólo afectó una porción de las tierras de los grandes hacendados enfeudados para fomentar la pequeña propiedad campesina. En una década se repartieron casi tres millones de hectáreas a una quinta parte de la población rural. Al no transformar las arcaicas estructuras del agro boliviano, los beneficiados quedaron atados a una economía de subsistencia, mientras que a los trabajadores agrícolas sin tierras sólo les quedaba la opción de colonizar el despoblado oriente.

La visita a Bolivia en 1953 de Milton Eisenhower, hermano del presidente norteamericano, inició la neutralización de la revolución boliviana por Estados Unidos con la firma de un convenio de asistencia económica, que otorgó jugosas concesiones a empresas estadounidenses. La política entreguista fue continuada por el gobierno de Hernán Siles, quien en 1956 aceptó un plan neoliberal del Fondo Monetario Internacional (FMI), que conllevó la devaluación de la moneda, el fin de los controles y subsidios estatales, junto a la congelación de los sueldos de los trabajadores. Paralelamente, el país fue invadido por un enjambre de “asesores” norteamericanos y se restablecía el ejército profesional.

En 1960 Paz Estenssoro regresó a la presidencia y consiguió reelegirse cuatro años después, con una política cada vez más moderada. El 6 de noviembre de 1964 fue desalojado del poder, mediante un incruento golpe de Estado, dirigido por el general derechista René Barrientos, que dio vuelta atrás a la historia de Bolivia, poniendo punto final a una revolución que ya estaba muerta. Che Guevara, quien sólo tres años después daría su vida por la verdadera liberación de este agobiado país, comentó al conocer el derrocamiento de Paz Estenssoro: “En todo caso, para gente como ésta, que no sabe caer con dignidad, vale la pena recordar lo que le dijo, creo que la madre del último califa de Granada a su hijo que lloraba al perder la ciudad: Haces bien en llorar lo que no supiste defender como hombre.”

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Suicidio del presidente German Busch en Bolivia

Sergio Guerra Vilaboy

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En notas anteriores de Madre América relatamos la historia de dos presidentes nacionalistas que se mataron, acosados por la oligarquía aliada al capital extranjero. Nos referimos a José Manuel Balmaceda y Getulio Vargas, inmolados en Chile (1891) y Brasil (1954). La de hoy la dedicamos a otro presidente latinoamericano suicidado, quizás menos conocido, el coronel boliviano Germán Busch, que se quitó la vida en 1939.

El trágico desenlace de este mandatario de Bolivia está relacionado con la Guerra del Chaco (1931-1936), que había enfrentado a su país con Paraguay por los yacimientos petrolíferos en la zona fronteriza. Terminada la sangrienta contienda fratricida, la prensa internacional reveló el siniestro papel jugado por el monopolio estadounidense Standard Oil Company para empujar a la guerra al gobierno de La Paz, así como sus violaciones de los contratos y fraudes al fisco boliviano. Las revelaciones estremecieron al país, que había perdido miles de hombres en la contienda y una parte de su territorio.

En medio de la frustración nacional, agravada por la crisis económica de posguerra, que despertaron protestas, huelgas y manifestaciones, se agudizaron las contradicciones intestinas de la rosca, la reducida élite de los grandes propietarios de minas, enfrentada por las cuotas de exportación asignadas a Bolivia por un Comité Internacional del Estaño (CIE). El grupo liderado por Carlos V. Aramayo, rival de la Patiño Mines, alentó a los militares a derrocar al gobierno, sin comprender que entre la joven oficialidad había calado el rechazo a la vieja oligarquía, sentimiento forjado en las logias surgidas en los propios campamentos de prisioneros bolivianos en Paraguay.  El 17 de mayo de 1936 miembros de la logia Mariscal Santa Cruz, encabezados por el coronel Germán Busch, derrocaron al presidente José Luis Tejada Sorzano y lo sustituyeron por el coronel David Toro, sepultando la llamada “República Liberal”.

Bajo presión de los militares nacionalistas, Toro decretó las primeras disposiciones contra la Standard Oil Company, así como varias medidas sociales y políticas insólitas en la historia del país. Fueron disueltos los partidos de la oligarquía y se autorizó el funcionamiento del Partido Socialista de Gobierno, dirigido por militares y civiles de la nueva “generación del Chaco”. Además, se permitió desde agosto de 1936 la formación de sindicatos y surgió la Confederación Sindical de Trabajadores de Bolivia (CSTB).

El 21 de diciembre de 1936, Toro aprobó la creación de Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB), decreto firmado en la casa del millonario Aramayo. Presionado por la oficialidad joven, Toro fue aún más lejos: dictó el 13 de marzo de 1937, la “Resolución Suprema” que cancelaba las concesiones de la Standard Oil en Bolivia y disponía la nacionalización de todas sus propiedades: 31 pozos de petróleo, dos destilerías y siete millones de hectáreas, medida entonces sin precedente en la historia latinoamericana, pues sólo al año siguiente Lázaro Cárdenas adoptaría una disposición similar en México. Cuatro meses después de la expropiación petrolera boliviana, el coronel Busch desplazó a Toro en el gobierno, desgastado por sus vínculos con la rosca y en medio de un extendido movimiento huelguístico.

Busch, que al parecer se inclinaba más por el consorcio Patiño, convocó a una convención que lo proclamó presidente de la República y emitió una constitución de inspiración nacionalista (1938). La nueva carta magna establecía el derecho del Estado sobre las riquezas naturales del país, aludía a la función social de la propiedad, y reconocía a los campesinos sus tierras comunales. Además, Busch promulgó el primer Código de Trabajo y creó el Banco Minero, encargado de proteger y fomentar la pequeña minería.

Enfrentado al congreso, dominado por grupos oligárquicos que promovían medidas liberales sobre impuestos y transferencias de divisas, el coronel Busch disolvió el legislativo, asumió poderes dictatoriales en abril de 1939 y dispuso la entrega al Estado todas de las divisas provenientes del estaño. Era más de lo que podía soportar la rosca. El ejército lo abandonó y el 23 de agosto de ese año fue hallado muerto de un balazo en su residencia particular en La Paz. Poco antes había declarado: “Sé que el paso es sumamente grave para mi gobierno y que numerosos peligros me acechan. Más no importa, estoy luchando por el pueblo boliviano y si caigo habré caído con una gran bandera: la libertad económica de Bolivia”.

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Villarroel, el presidente boliviano colgado

Sergio Guerra Vilaboy

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En Bolivia las transformaciones derivadas del fin de la Segunda Guerra Mundial fueron tan complejas como en Argentina, con el ascenso de Juan Domingo Perón. En el país andino el proceso de apertura democrática comenzó en diciembre de 1943, cuando jóvenes oficiales asociados en logias, apoyados por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), liderado por Víctor Paz Estenssoro, derrocaron al gobierno oligárquico pronorteamericano y nombraron presidente al mayor Gualberto Villarroel.  Pero los Estados Unidos acusaron al MNR de inclinaciones “pro-nazis”, sobre todo porque el nuevo gobierno se oponía a los bajos precios del estaño que consideraban la contribución de Bolivia a la causa aliada. En enero de 1944 Washington logró que todos los países del hemisferio –con la excepción de Argentina- aprobaran una declaración que catalogaba a los miembros del régimen boliviano de “francamente hostiles a los propósitos de la defensa interamericana”.

Acorralado, Villarroel sacó de su gabinete al MNR, a la vez que persiguió a los residentes japoneses y alemanes, invitó a colaborar a los llamados “políticos independientes” y recibió a una misión norteamericana. Los reconocimientos diplomáticos comenzaron entonces a llegar. Dispuesto a encontrar un lugar entre los presidentes “democráticos” americanos, el presidente boliviano llamó a elecciones el 2 de julio de 1944. El triunfo del MNR –aplastante en Oruro y Potosí- sobre la derechista Unión Democrática resultó arrollador. Integrado mayoritariamente por diputados del MNR, el nuevo congreso eligió a Villarroel como presidente de la república. A continuación, se dictaron leyes progresistas y se reconoció a la Unión Soviética (URSS). Además, se expropiaron los yacimientos auríferos de una acaudalada familia de la elite minera, conocida como la rosca, y se fundó la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), que pronto sería la más fuerte y combativa organización obrera.

Además, el ministro de Hacienda, Paz Estenssoro, aumentó el porcentaje de divisas que debía entregar los grandes exportadores de minerales y preparó el primer Plan de Desarrollo Económico. Al concluir el primer congreso indígena en abril de 1945, Villarroel decretó la supresión oficial de los servicios personales que todavía debían realizar los pueblos originarios. También ofreció a los campesinos una reforma agraria, pues dijo: “No somos enemigos de los ricos, pero somos más amigos de los pobres”. Todas estas conquistas sociales fueron recogidas en el texto de la constitución aprobada en 1945.

Entonces vino la segunda andanada de Estados Unidos, que suspendió el intercambio comercial y canceló las negociaciones sobre las ventas de estaño. A la vez, la oposición arreciaba su compaña contra el gobierno y la Unión Democrática se convertía en el Frente Democrático Antifascista, aglutinando partidos de derecha e incluso uno de izquierda, todos plegados a la política estadounidense. Carentes de divisas, desacreditado a nivel internacional por las campañas norteamericanas, impotente para resolver la escasez de alimentos, el gobierno de Villarroel se fue quedando sin apoyo, sobre todo en las zonas urbanas. El 13 de junio de 1946, un comando, financiado por los barones del estaño, atacó el cuartel de Calama y la base aérea de El Alto. Frustrados los asaltos, el gobierno expropió los diarios La Razón y Última Hora. Después, el 8 de julio, los maestros fueron a la huelga. Cuando los estudiantes se sumaron al paro, la Universidad fue ocupada por el ejército.

Una manifestación salida del barrio aristocráticode Sopocachi, el 19 de julio, fue dispersada a balazos y las calles aledañas a la Plaza Murillo quedaron salpicadas de cadáveres. Finalmente, el domingo 21 se produjo el desenlace. El presidente fue obligado a expulsar a los ministros del MNR, primero, y después a renunciar. Cuando Villarroel preparada su dimisión, llegó frente al Palacio Quemadouna manifestación opositora a la cual se habían sumado militares. A las dos de la tarde, cuando el edificio era asaltado por la multitud, individuos armados ametrallaron al presidente y a varios de sus ayudantes. El cadáver de Villarroel fue arrastrado hasta uno de los balcones, lanzado a la vía pública y colgado en una de las farolas de la Plaza Murillo. Esta tragedia, contada por Augusto Céspedes en El presidente colgado, una historia boliviana (1966), cuanto se nos parece al reciente derrocamiento de Evo Morales y a los peligros que estuvo expuesto ante la furia desatada por la extrema derecha en el país que alguien llamara El Prometeo de los Andes.

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