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Madre América: Colombia

La Violencia en Colombia: una historia sin fin

Sergio Guerra Vilaboy

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La situación de Colombia se ha ido complicando desde la llegada a la presidencia de Iván Duque en noviembre de 2018, quien suspendió las negociaciones con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y comenzó a incumplir los acuerdos de paz con la Fuerzas Armadas Revolucionarias-Ejército del Pueblo (FARC-EP), conseguidos en La Habana por su predecesor Juan Manuel Santos.

Nos referimos al Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera en Colombia, firmados en septiembre de 2016 por el propio presidente Santos y el comandante Rodrigo Londoño (Timochenko), quien desde hacía un lustro ocupaba la jefatura de las FARC-EP tras la muerte en un bombardeo de Alfonso Cano. Este tratado permitió la desmovilización de la FARC-EP y la entrega de todo su armamento a la Organización de Naciones Unidas (ONU), convirtiéndose en un partido político denominado Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (FARC), para conservar sus siglas.

Las FARC surgieron del semillero del bogotazo, la espontánea sublevación popular del 9 de abril de 1948 desatada por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Este carismático líder liberal era un obstáculo a la creciente derechización del país y la violación de los derechos de la población. Desde entonces se abrió el periodo de la historia colombiana conocido como la violencia, que mediante la intimidación, secuestros y asesinatos masivos, se propuso aplastar al liberalismo radical y las organizaciones democráticas. Mientras el gobierno se subordinaba totalmente a Estados Unidos. Los perseguidos por la reacción, liberales, socialistas, comunistas y otros sectores, respondieron con huelgas, paros y la organización de guerrillas, así como las llamadas zonas de auto-defensas campesinas.

Una de las más conocidas surgió a fines de los cincuenta en las montañas de Tolima, donde miles de familias encontraron refugio protegidos por grupos armados liberales y comunistas. En las zonas de autodefensa orientadas por estos últimos, se adoptaron fórmulas administrativas propias de un Estado en guerra y reglamentaciones socialistas, como ocurrió en Marquetalia y El Pato. Más tarde, bajo el impacto de la Revolución Cubana, guerrillas de autodefensa campesina se trasformaron en movimientos armados de liberación nacional. Ese fue el caso de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), fundadas en 1964 y ligadas inicialmente al Partido Comunista.

Por otro lado, en enero de 1965, nutrida por jóvenes estudiantes e intelectuales, surgió el Ejército de Liberación Nacional (ELN), encabezado por Fabio Vázquez Castaño –sustituido en 1973 por Nicolás Rodríguez (Gabino)-, que se estableció entonces en el valle medio del Magdalena. Al ELN se incorporó el sacerdote Camilo Torres, caído en combate ese mismo año. En 1967, surgió el Ejército Popular de Liberación (EPL), de inspiración maoísta, hoy todavía activo, y tres años después el Movimiento 19 de Abril (M-19), con miembros de las FARC y del partido Alianza Nacional Popular (ANAPO), que pactó su desmovilización (1990).

Desde los años ochenta, las FARC varió su estrategia, añadió Ejército del Pueblo a su nombre y devino en la más poderosa de todas las organizaciones político-militares, con más de sesenta frentes diferentes y unos 17 mil guerrilleros, el triple de todas las demás.  La hostilidad desembozada del gobierno de Iván Duque contra las FARC, que ha llegado al extremo de asesinar a más de doscientos de sus antiguos combatientes  –como ocurrió en los noventa con los desmovilizados del M-19-, han puesto en solfa los acuerdos de La Habana en medio del anuncio del próximo arribo de tropas élites del ejército de los Estados Unidos con el argumento de la lucha contra el narcotráfico.

Eso explica la reaparición de las guerrillas llamadas FARC-EP Segunda Marquetalia, encabezadas por Iván Márquez, quien dejó su curul en el congreso colombiano y se ha sublevado con muchos de sus ex compañeros de guerrilla, a los que habían antecedido los seguidores del comandante Gentil Duarte. Acorde a las últimas noticias, ambas fuerzas ya suman más de siete mil combatientes y pudieran reunificarse bajo el programa del fundador de las FARC Manuel Marulanda Vélez (Tiro Fijo), fallecido en 2008, para impedir la repetición de la trágica historia del M-19, en un país donde la violencia parece no tener fin. 

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Madre América: Colombia

La toma de Bogotá por lo artesanos en abril de 1854

Sergio Guerra Vilaboy

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En la República de Colombia, denominada hasta 1863 con su nombre colonial de Nueva Granada, seguían en vigor después de la independencia el viejo monopolio fiscal, los gravámenes a cada transacción comercial y el estanco del tabaco. Las rentas estancadas y los derechos de aduanas constituían, después del fin del tributo indígena, las fuentes principales del exiguo presupuesto estatal, dedicado en su mayor parte al mantenimiento de un Ejército sobredimensionado y al pago de la deuda externa.

Ante el brusco descenso de las entradas fiscales, los continuos déficits en la balanza comercial y la creciente falta de circulante, el gobierno del General Tomás Cipriano de Mosquera, extendido de 1845 a 1849, buscó nuevos recursos financieros. Para impulsar el comercio exterior fomentó desde 1847 la libre navegación por el Magdalena, abolió el estanco y redujo las tarifas aduaneras.

Estas disposiciones favorecieron una mayor afluencia de manufacturas extranjeras en Nueva Granada, lo que causó estragos en las tradicionales producciones autóctonas, en particular en la meseta central andina y la ciudad de Bogotá, centro de un tercio de las artesanías nacionales. Ante la creciente competencia de los artículos importados, los trabajadores capitalinos, encabezados por el sastre Ambrosio López, el zapatero José María Vega y el herrero Miguel León, fundaron en noviembre de ese año la Sociedad Democrática de Bogotá.

En poco tiempo la asociación artesanal se convirtió en la más nutrida del país, influida por algunos preceptos del socialismo utópico francés. En esas condiciones, se inició en 1849 la revolución liberal neogranadina con el ascenso a la presidencia de José Hilario López, elegido por un atemorizado congreso que cedió ante las airadas presiones de los artesanos en la propia sede del legislativo. En el gobierno, los liberales decretaron la expulsión de los jesuitas, la libertad de prensa, la extinción de censos, la abolición del diezmo y de la esclavitud (1851). Además, prohibieron toda actividad a las órdenes religiosas, separaron la Iglesia del Estado e introdujeron otras reformas democráticas en la Constitución de 1853, proceso denominado en la historia de Colombia como la revolución del medio siglo

Pero los liberales, representantes del sector agrario-comercial exportador, no cumplieron sus promesas de subir los aranceles de aduana y proteger las producciones autóctonas, por lo que los artesanos se sintieron traicionados. Convertidos en enemigos irreconciliables de los liberales extremistas o radicales, conocidos como gólgotas, partidarios del laissez faire y de disminuir al máximo al Estado y el Ejército, los artesanos, vestidos con la ruana tradicional, se enfrentaron en peleas callejeras con los cachacos, ricos jóvenes liberales que usaban casacas importadas de tartán escocés. Las contradicciones clasistas subieron de tono cuando los miembros de la Sociedad Democrática decidieron ocupar el poder en Bogotá. Para conseguirlo, se aliaron a los liberales moderados, llamados draconianos, y a un sector militar, afectado por la drástica disminución de los efectivos del Ejército dispuesta por los gólgotas aliados a los conservadores.

El 17 de abril de 1854, los artesanos se armaron y junto al cuerpo de húsares, encabezado por el General José María Melo, un antiguo oficial de Bolívar, depusieron al gobierno y derogaron la Constitución liberal, aunque el movimiento no tuvo éxito en el resto del país. En cambio, los conservadores y liberales se unieron y organizaron un poderoso cuerpo militar, puesto a las órdenes del ex Presidente Mosquera.

Aislada en el altiplano de Bogotá, la república artesana estaba condenada al fracaso. La capital fue sitiada en diciembre y, tras arduos combates, ocupada. Melo fue desterrado a México, donde se unió a los partidarios de Benito Juárez, hasta que fue capturado por los conservadores y fusilado en Chiapas en junio de 1860; mientras más de doscientos artesanos, hechos prisioneros con las armas en la mano, eran enviados a realizar trabajos forzados en las selvas de Chagres (Panamá), donde murieron víctimas de la fiebre amarilla y el paludismo.

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Madre América: Colombia

¡Mataron a Gaitán, Mataron a Gaitán!

Germán Rodas Chaves

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El día viernes 9 de abril de 1948 Jorge Eliécer Gaitán, el líder liberal radical colombiano, cuyas convicciones nacionalistas y progresistas fueron indiscutibles, había programado su actividad con la misma rigurosidad de siempre.

Aquel viernes se dedicó en su despacho, ubicado en el centro de Bogotá, desde las 8:30 hasta las 11 de la mañana a atender su actividad profesional. De  11 a 12 recibió a varios políticos y a dirigentes gaitanistas. Luego, concedió un breve tiempo a varios ciudadanos cuyo interés radicaba en hacerle llegar quejas y opiniones referentes a la tensa situación colombiana de aquellos días.

A la una de la tarde salió de su oficina para atender la invitación a almorzar que le había hecho Plinio Mendoza Neira en el Hotel Continental. Debido a esta circunstancia canceló el almuerzo en su residencia.  Mendoza pasó a recoger a Gaitán desde su oficina, quien junto a Alejandro Vallejo, subdirector del diario La Jornada, Jorge Padilla, tesorero del movimiento gaitanista en Bogotá y el médico y senador por Cundinamarca, Pedro Eliseo Cruz, partieron hacia el Continental.

Gaitán advirtió a sus amigos que debía regresar con puntualidad a las 3 de la tarde para atender una cita importante con el joven cubano Fidel Castro Ruz, -a quien ya había conocido unos días antes- estudiante de la Universidad de La Habana, que había llegado a Colombia con oportunidad del Congreso de Estudiantes Latinoamericanos que en esos mismos días se desarrollaba en Bogotá y cuya realización había sido programada de manera paralela –a manera de una acción contestataria- a la Conferencia Panamericana.

Al salir del edificio donde funcionaba la oficina de Gaitán, Mendoza le tomó del  brazo al líder colombiano y avanzaron en primera fila, en tanto los otros tres acompañantes, a pocos pasos, los seguían sabiendo de la premura de Jorge Eliécer para atender la invitación de aquel día.

Habían caminado unos pocos minutos cuando sonaron tres disparos, casi en ráfaga y, luego, un cuarto disparo. Gaitán cayó al piso pesadamente.  Cruz fue el primero en arrodillarse junto a Gaitán para socorrer al líder colombiano quien estaba boca arriba sangrando profusamente de su cabeza.  Gaitán estaba en el tránsito a la muerte. 

Poco a poco, la poblada fue arremolinándose alrededor del moribundo en medio de la consternación de sus acompañantes y el murmullo creciente de “mataron a Gaitán”, aquella frase que se expandió en Bogotá, y luego en toda Colombia, y que habría de convulsionar a los humildes de aquella patria que habían puesto toda su confianza en el intrépido hombre que con su discurso vibrante y sus propuestas a favor del pueblo había logrado movilizar la conciencia de miles y miles de colombianos.

El agresor de Gaitán fue desarmado y conducido por dos policías a la droguería “Granada”, ubicada a pocos metros del atentado. Uno de los gendarmes que lo aprendió le conminó que revelara el nombre de los que habían organizado la conjura, pues, -le dijo-, “usted ya no tiene nada que perder, porque es hombre muerto.” El asesino –un desconocido- no habló. Luego fue sacado por una multitud del lugar del escondite y, posteriormente, arrastrado por una de las calles bogotanas donde pereció en manos de una poblada que sabía que tal hombre había matado las ilusiones de todo un país.

Vendrían luego las horas del “bogotazo”, aquellas jornadas violentas en las que el pueblo enfurecido arremetió contra todo aquello que les hacía intuir que formaba parte del orden establecido y del poder.

Los sucesos de ese día  se constituyeron en una especie de metamorfosis entre la angustia a la frustración, expresada esta realidad en la violencia que, adicionalmente, cuestionó a todos aquellos que tuvieron relación con el partido conservador que entonces gobernaba Colombia.

El pueblo que se había movilizado para castigar el crimen político, no obstante, no respondió, en momento alguno, a una directriz liberal. Su movilización fue espontanea, constituyó una respuesta –sin orden, sin planificación y sin dirección política, como diría Fidel Castro, testigo privilegiado de tal circunstancia- que sólo denotó desconcierto social.

De manera inmediata al asesinato de Gaitán, pasadas los primeros días de tensión que se había provocado por la movilización popular, liberales y conservadores intentaron una salida negociada a la crisis social. Procuraron -sin decirlo- un pacto de supervivencia de la realidad institucional del país. Los conservadores, más hábiles y con la fortaleza de la hegemonía económica, consolidaron rápidamente el poder y, en los siguientes meses al asesinato de Gaitán, lograron la elección presidencial a favor de su candidato Laureano Gómez, tanto más que el candidato liberal se retiró de la contienda electoral

Luego, este mismo régimen conservador inició la persecución a los gaitanistas y a los liberales radicales que, a contrapelo, optaron por la lucha armada para defenderse, dando inicio a una guerra que fue cambiando de matices, de tácticas y de objetivos –así como de actores- y que ha desangrado a Colombia por más de medio siglo.

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Madre América: Colombia

Colombia: la fuerza pasada y presente de sus mujeres

René Villaboy

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El pasado fin de semana la patria de Gabriel García Márquez vivió una histórica jornada electoral. Si bien en las urnas colombianas no se decidía la permanencia o ruptura en el poder ejecutivo del actual mandatario, Iván Duque, como ocurrió simultáneamente en Argentina o en Uruguay, ese día las fuerzas sociales de Colombia asestaron importantes derrotas a la derecha política que ha copado los espacios públicos en los años más recientes. La elección de más de mil alcaldes, 32 gobernadores, y otro importante número de concejales, diputados a las asambleas departamentales y ediles municipales, tuvo resultados sin dudas trascendentes. Uno de ellos, señalado recurrentemente por los medios y los analistas, es la pérdida de la hegemonía por parte de la maquinaria partidista liberal y conservadora, de otras fuerzas tradicionales y sobre todo del expresidente y factótum colombiano Álvaro Uribe Vélez. Esto se deduce luego de la irrupción con votos y con cargos electos de nuevas o reagrupadas fuerzas y coaliciones políticas. Simbólicamente Guillermo Torres, alias Julián Conrado Marín, excombatiente y músico de las antiguas insurgentes FARC-EP-devenidas partido Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, quedó aclamado como nuevo alcalde del Turbaco, municipio de poco más de 70 mil habitantes en el caribeño Departamento de Bolívar.

En cambio, lo más trascendente de estos comicios colombianos del pasado domingo 29 de octubre, sin sombra de dudas es el triunfo de la senadora Claudia Nayibe López Hernández (nacida en 1970), de Alianza Verde, como alcaldesa de Bogotá. Resultando así la primera fémina electa por voto popular para el segundo puesto político más importante de Colombia, después del inquilino del Palacio de Nariño.

Las muchas rupturas de Claudia López no se reducen a su condición de mujer, en una sociedad católica, tradicionalista y conservadora. Su origen humilde, su ejemplo de ser emprendedora y llegar hasta los más altos grados académicos que incluyen maestría y doctorado en prestigiosas universidades de los Estados Unidos, pero sobre todo su ascendente carrera política, con un coherente discurso en contra de la corrupción, a favor de la trasparencia, la equidad y la inclusión social, la sitúan en una prometedora opción para garantizar la lucha por una paz verdadera en esa nación sudamericana. A lo anterior se añade su orientación sexual, una cuestión privada que trasciende mediáticamente al espacio público dentro del contexto moral que predomina en los círculos de poder latinoamericanos.

Como una suerte de analogía y por cuestiones del azar, el próximo 14 de noviembre se cumplen 202 años del fusilamiento de la mítica neogranadina Policarpa Salavarrieta Ríos “La Pola”, la mujer que fundó la nación colombiana en su proceso de independencia en contra del colonialismo español. Enjuiciada por un Consejo de Guerra y condenada por traición a la metrópoli española, Policarpa, cuyos orígenes y biografía están llenos de discusiones, de certezas y fabularios, fue en su época centro de atención y críticas por su abierta ruptura con los modelos femeninos decimonónicos. No ganó elecciones, no bordó banderas ni pañuelos, no se ganó la trascendencia donando joyas, no esperó al marido mientras cuidaba a los hijos, pero si se fue al combate por la libertad.  Mediante su labor de espionaje simbolizó a muchas otras hijas de la patria de Camilo Torres que se enrolaron en la lucha contra España.

No sabemos a ciencia cierta cómo hará Claudia López para implementar las mejoras que solucionarán temas candentes como la seguridad ciudadana, la desigualdad social la movilidad, la infraestructura de la ciudad y los alrededores, la perdurabilidad de los acuerdos de paz y muchas otras cuestiones que serán centro para la figura que gobernará desde el próximo año. Pero si decimos que su triunfo del domingo último fue una redención histórica para la Pola, la colombiana que se disuelve en cuentos, anécdotas y novelas de la Cadena Caracol. Por lo pronto la Madre América celebra que la López esté en el Palacio Liévano.

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