Madre América: Honduras
Morazán y el fin de la unión centroamericana
Publicado
hace 6 añosen
La Federación del Centro de América, surgida en 1824 después de la independencia de España (1821) y de su separación de México (1823), se extinguió en forma definitiva hace ahora 180 años, a pesar de los esfuerzos titánicos del hondureño Francisco Morazán por evitarlo. Ese fue el resultado de más de tres lustros de inestabilidad y guerras fratricidas encendidas por las luchas entre la vieja aristocracia señorial –asentada en Guatemala-, aliada a la Iglesia en defensa de los privilegios heredados de la época colonial, y los sectores emergentes, menos comprometidos con el viejo régimen, ubicados en El Salvador y otros estados federados.
Las contradicciones elitistas no sólo generaron conflictos en el Estado de Guatemala, sino también en toda la América Central. Ante las arbitrariedades del presidente de la Federación, Manuel José Arce, los liberales salvadoreños y hondureños se sublevaron e invadieron la tierra del quetzal. Tras la derrota de los rebeldes en Arrazola, la guerra se volcó sobre territorio salvadoreño, invadido el 12 de mayo de 1828 por los efectivos federales guiados por el general Manuel Arzú.
Después de algunos altibajos, la unidad centroamericana y un moderado programa de transformaciones liberales lograron imponerse, gracias al tesón de un general hondureño hasta entonces desconocido: Francisco Morazán. El 6 de julio de 1828, Morazán ganó la batalla de la hacienda de Gualcho y liberó la angustiada plaza de San Salvador. A continuación, reorganizó a sus partidarios en el Ejército Aliado Protector de la Ley y pasó a la ofensiva en enero de 1829 con un golpe demoledor a las fuerzas federales, comandadas por el general Antonio Aycinena, que le abrió las puertas de Guatemala.
Después de su victoria, Morazán se consolidó en el poder. Los principales jefes enemigos fueron encarcelados y el gobierno de Guatemala pasó a Juan Barrundia, mientras su hermano José Francisco ocupaba en forma provisional la presidencia de toda la América Central, en sustitución de Arce, el depuesto mandatario de la Federación. Promulgadas las primeras disposiciones anticlericales, entre ellas la abolición del fuero eclesiástico y la supresión de órdenes religiosas, Morazán fue electo en 1829 presidente de toda Centroamérica, cargó que ocuparía por una década.
La manzana de la discordia fueron entonces las reformas liberales del nuevo mandatario del Estado de Guatemala: Mariano Gálvez. A partir de 1836, el flamante gobernante suprimió el diezmo, restableció el registro civil y dictó una ley agraria que afectaba las grandes haciendas de la añeja élite señorial y los derechos ancestrales de los pueblos originarios sobre sus tierras. La amenaza a las comunidades autóctonas despertó airadas protestas indígenas, estimuladas por la propia aristocracia terrateniente y el clero.
Al final estalló un gran levantamiento en el oriente de Guatemala, nutrido de indígenas, a cuyo frente figuraba un caudillo ladino: Rafael Carrera. La rebelión conservadora fue contrarrestada por los efectivos de Morazán, así como por los escasos seguidores del presidente Gálvez, quien finalmente huyó a México. En 1840, al grito de ¡Viva la religión y mueran los extranjeros!, los seguidores de Carrera entraron a sangre y fuego en Quezaltenango, donde fusilaron a muchos de sus adversarios.
El triunfo conservador en Guatemala, el Estado más importante de América Central, acabó con la Federación, desvertebrada en las repúblicas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica. El lamentable desenlace se confirmó con la derrota de Morazán el 19 de marzo de 1840. Tras nuevos enfrentamientos armados en los meses siguientes y un frustrado intento de reunificación, que costó la vida al propio Morazán en 1842, la unión desapareció para siempre. José Martí, que conocería de cerca esta cruda realidad medio siglo después, escribió en sus Notas sobre Centroamérica: “Morazán fue muerto y la unión se deshizo, demostrando una vez más que las ideas, aunque sean buenas, no se imponen ni por la fuerza de las armas, ni por la fuerza del ingenio. Hay que esperar que hayan penetrado en las muchedumbres.”
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