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Madre América: México

Cuba y el asesinato de Madero

Sergio Guerra Vilaboy

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Al prestigioso general del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo, llegado a tierras mexicanas en julio de 1910 en calidad de ministro de Cuba, le correspondió ser testigo del estallido de la revolución, la caída de la dictadura de Porfirio Díaz y el ascenso de Francisco I. Madero a la presidencia.  A pesar de su condición diplomática, el principal representante de la isla en la capital mexicana manifestó en público su regocijo por la deposición de Díaz y saludó en forma entusiasta a Madero en ocasión de su entrada triunfal a la ciudad de México.

Pero fue el sexto ministro de Cuba en México, Manuel Márquez Sterling, quien le tocó presenciar la crisis final del gobierno de Madero  y hacer loables esfuerzos por salvar su vida durante los días convulsos de la Decena Trágica, en febrero de 1913. Tras el derrocamiento de Madero por la componenda de los generales porfiristas Victoriano Huerta y Félix Díaz, fraguada en la legación de Estados Unidos por su máximo representante Henry Lane Wilson, Márquez Sterling pretendió sacar de México al presidente depuesto en el crucero Cuba, a la sazón anclado en Veracruz por instrucción del mandatario José Miguel Gómez.

Según el testimonio del propio Márquez Sterling en su libro Los últimos días del presidente Madero, al conocer el presidente mexicano sus intenciones, le expresó el 19 de febrero de 1913: “Estoy muy agradecido a las gestiones de ustedes- y señalándome añadió: acepto el ofrecimiento del crucero Cuba para marcharme. Es un país, la Gran Antilla, por el que tengo profunda simpatía. Entre un buque yanqui y uno cubano, me decido por el cubano. De allí surgió el compromiso, para mí muy honroso, de llevar al señor Madero en automóvil a la estación del ferrocarril y de allí a Veracruz.”.

El asesinato de Madero tuvo gran repercusión en Cuba. El periódico liberal La Noche, en su edición del 23 de febrero de 1913, puso en grandes titulares: “Madero ha sido muerto esta mañana. Fueron asesinados el presidente y el ex vicepresidente de México. ¡Un atentado a la civilización humana!”. Al día siguiente, El Triunfo, otro periódico cubano vinculado al presidente Gómez, señalaba: “Madero y Suárez asesinados. Último acto de la tragedia o primero de otra más horrible.”, mientras el renombrado diario La Discusión vaticinaba un “movimiento de protesta mundial ante hechos tan abominables […]”.

A altas horas de la noche del 1 de marzo de 1913, arribaron a La Habana en el crucero Cuba la familia del ex presidente Madero –su viuda, padres, hermanas y su tío Ernesto y su hermano Julio-, la que fue recibida por las autoridades cubanas y los diputados mexicanos Serapio Rendón, Adrián Aguirre Benavides –ex asesor jurídico de Madero- y Víctor Moya, junto a una gran multitud de habaneros que los acompañó después desde el puerto hasta el hotel Telégrafo. El periódico cubano La Discusión, publicó un amplio reportaje de estos acontecimientos y también dio a conocer una nota, firmada por el padre y el tío del presidente mexicano asesinado, Francisco y Ernesto Madero respectivamente, agradeciendo el respaldo del pueblo, el gobierno y la prensa de Cuba.

Con anterioridad, se había organizado un extraordinario acto público en el céntrico Campo de Marte, donde hoy se encuentra el Parque de la Fraternidad, para esperar a los familiares de Madero, en el que hicieron uso de la palabra el diputado yucateco Serapio Rondón –quien poco después regresó a México y fue asesinado por sus valientes denuncias contra Huerta en el congreso mexicano- y el general de la guerra de independencia Enrique Loynaz del Castillo, ex ministro cubano en México. Luego los participantes salieron en manifestación por las calles de la capital cubana hasta el Palacio Presidencial -antiguo de los Capitanes Generales- para exigir al gobierno la inmediata ruptura de relaciones con el régimen golpista de Huerta. En este sitio, Loynaz arengó a los manifestantes con las siguientes palabras: “Hemos llegado aquí movidos por el sentimiento del deber, por un generoso sentimiento de fraternidad hacia el pueblo hispanoamericano que está más cerca de nosotros, hacia aquel qué en horas de desgracia para Cuba, estuvo cerca de nuestros corazones. Hemos llegado ante el representante del gobierno cubano, y le hemos expuesto que el pueblo de Cuba siente hondamente lo sucedido en la vecina República, que desea que el gobierno cubano rompa sus relaciones con el gobierno impuesto en México por la traición, el asesinato y la cobardía.”

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Madre América: México

Huertistas en La Habana

Sergio Guerra Vilaboy

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Tras la caída de la dictadura de Victoriano Huerta, el gobierno cubano, presidido desde el año anterior por el general conservador Mario García Menocal, acogió con generosa hospitalidad a sus partidarios. Entre los huertistas llegados a La Habana figuraban el poeta Salvador Díaz Mirón, que había tenido que abandonar la dirección de El Imparcial de México, y el ex diplomático Federico Gamboa, recibido por el subsecretario de Estado de Cuba y varias veces por el propio mandatario cubano. Entre los asilados también figuraban José María Lozano, secretario de Estado de Huerta, el escritor y poeta Luis G. Urbina –que se radicó por unos meses en La Habana (1915-1916) y después fue corresponsal de El Heraldo de Cuba en Madrid-, el compositor Manuel M. Ponce y el médico y periodista Luis Lara Pardo.

Gamboa fue durante varios meses presidente del Círculo Mexicano de La Habana o Casino Mexicano de La Habana, fundado en 1918 por 84 emigrados, un club aristocrático privado de ricos mexicanos refugiados en la isla, entre ellos el ingeniero e historiador revisionista Francisco Bulnes, José María Lozano, Antonio de la Peña, antiguo secretario de la presidencia mexicana, y el parlamentario y periodista Francisco M. de Olaguíbel, ex subsecretario de Relaciones Exteriores. Los partidarios de Huerta también fundaron en La Habana un Centro Mexicano de Auxilios Mutuos, del que fue presidente el general Carlos Rincón Gallardo, duque de Regla y marqués de Guadalupe.

Entre los más prominentes exiliados huertistas en Cuba figuraban también los generales Manuel Mondragón –llegado a La Habana en 1917- y Aureliano Blanquet. Este último desembarcó en la capital cubana a mediados de enero de 1919 y llegó a organizar una expedición –financiada por el ex gobernador de Veracruz, también refugiado en Cuba, Teodoro Dehesa, y los yucatecos José León del Valle, Luis Rosado Vega y Manuel Irigoyen Lara- para luchar contra los constitucionalistas. Los complotados, entre los cuales figuraban los generales Juan Montaño y Enrique González y los coroneles Francisco Traslosheros y Luis Acosta, salieron en una embarcación del puerto de Bahía Honda, Pinar del Río, el 16 de marzo de 1919, aventura que costó la vida a Blanquet.

En su mayoría, los recién llegados eran destacados miembros del clero, la política, el ejército o la intelectualidad, comprometidos con la sangrienta dictadura de Huerta, como el ex gobernador de Yucatán, coronel Abel Ortiz Argumedo, este último trasladado a la isla en el crucero Cuba en mayo de 1915 con toda su inmensa fortuna, además de fondos estatales, federales y de particulares. El coronel Ortiz Argumedo, con el apoyo de la oligarquía henequera yucateca, había derrocado con anterioridad al gobierno constitucionalista en la península para impedir las reformas sociales, aunque en marzo de 1915 fue derrotado por las fuerzas del general Salvador Alvarado. En la misma embarcación de la marina de guerra cubana –el crucero Cuba-, arribaron a la isla decenas de yucatecos acaudalados y residentes cubanos que huían del avance de las fuerzas carrancistas sobre la península mexicana. Entre los emigrados yucatecos se encontraban también Avelino Montes y Olegario Molina Solís, los principales propietarios del henequén.

Otros encumbrados yucatecos refugiados en Cuba fueron el arzobispo de Yucatán, Martín Trischler–también estuvo asilado en La Habana el arzobispo de México José Morra-, y el general Prisciliano Cortés, que había sido gobernador del estado de Yucatán durante el régimen huertista. Unos de los partidarios de Ortiz Argumedo, Temístocles Correa, ex jefe político de Tizimín, intento organizar otra expedición armada. Entre los involucrados en este grupo de conspiradores yucatecos que actuaba en La Habana estaba también el ex gobernador Eleuterio Ávila.

Algunos de los exiliados huertistas, enemigos jurados de Carranza, fundaron en La Habana la revista mensual conservadora América española (1917), dirigida por el militante católico michoacano Francisco Elguero Iturbide, devenido entre 1916 y 1919 colaborador del periódico habanero Diario de la Marina, donde publicó más de 300 artículos en su columna Efemérides históricas y apologéticas.  En el mismo diario conservador escribían los emigrados políticos Querido Moheno, abogado chiapaneco y ex ministro de Estado de Huerta, el periodista José Elgueró y los ya mencionados Francisco M. de Olaguíbel, Antonio de la Peña y Reyes y Federico Gamboa, quien también fue subdirector de la revista habanera La reforma social. Esta última publicación, fundada en 1914 por Orestes Ferrara, publicó varios artículos contrarios a la Constitución mexicana de 1917.

Estos años fueron los de mayor entrada de mexicanos a Cuba, que alcanzó su altura máxima entre 1915 y 1917, en correspondencia con la etapa más convulsa de la lucha armada en México. Para huir de las persecuciones religiosas en Yucatán, viajaron también a Cuba 56 sacerdotes y monjas en 1915.  Según los datos del censo, en Cuba se duplicó la presencia de residentes mexicanos entre 1907 y 1919, año este último en que residían en la isla 3, 469 mexicanos.

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El exilio maderista en Cuba

Sergio Guerra Vilaboy

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Los principales periódicos cubanos de principios del siglo XX, El Mundo, La Discusión, La Prensa, Diario de La Marina y El Día, se hicieron eco de los acontecimientos que estremecían a México desde La Decena Trágica de febrero de 1913, aunque muchos seguían en sus informaciones las pautas impuestas por la gran prensa de Estados Unidos. Una de las principales fuentes noticiosas de esos periódicos era entonces la agencia norteamericana Associated Press (AP). En cambio, diarios liberales como El Triunfo y Cuba reflejaron los sucesos mexicanos con mayor objetividad. Como escribió Márquez Sterling en su libro Los últimos días del presidente Madero: “La tragedia mexicana fue un acontecimiento mundial que produjo, en Cuba, extraordinaria sensación. Madero, traicionado, había estremecido a nuestro pueblo. Madero, mártir, lo indignó”.

El gobierno de José Miguel Gómez no sólo retiró a su ministro en México el 30 de marzo de 1913 y se negó a reconocer al régimen espurio de Victoriano Huerta –en la práctica no hubo representación de ese rango, hasta 1919, en ninguna de las dos capitales-, sino que además abrió las puertas a los refugiados que huían de la despiadada represión. Entre los destacados políticos, militares e intelectuales maderistas que arribaron a Cuba ese mismo mes estaban los periodistas Solón Argüello y Matías Oviedo, que el 8 de marzo ofrecieron una conferencia sobre los trágicos sucesos mexicanos en el teatro habanero Politeama.

El 4 de marzo de 1913, el periódico El Mundo de La Habana, en el artículo “El éxodo de los mexicanos”, invitaba a esta conferencia e incluía noticias sobre la llegada a La Habana de otros conspicuos maderistas, como Elías Ramírez, secretario particular del asesinado mandatario de México, y su hermano Julio Ramírez, Rafael J. Hernández, ex secretario de Gobernación, Luis Meza Gutiérrez, ex director de Instrucción Pública, y el cubano Guillermo Carricarte que había estado al servicio de Madero. También pasaron por La Habana, José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán.

En realidad, la llegada masiva de refugiados políticos y de personas que huían del recrudecimiento de la represión y de la difícil situación creada en México con el reinicio de los enfrentamiento armados, se produjo después de la caída del gobierno de Madero. A ello contribuyó que Cuba estaba ubicada en el camino natural de los revolucionarios mexicanos que deseaban entrar por la frontera norte, donde Venustiano Carranza encabezaba la resistencia a los huertistas, a la que llegaban vía Nueva Orleans tras hacer escala en La Habana.

En ese contexto, y en respuesta al llamado de Carranza –hasta entonces gobernador de Coahuila, que había asumido la dirección del constitucionalismo como continuador de Madero– para luchar contra la dictadura huertista, un grupo de exiliados mexicanos en La Habana fundó, en abril de 1913, una Junta Revolucionaria. Su objetivo principal era “estudiar los elementos con que se cuenta para la organización de expediciones, compra de armas y parque”.

El primer presidente de esta junta asentada en La Habana fue Demetrio Bustamante, aunque en febrero de 1914 Carranza lo sustituyó por Juan Zubarán Capmany, hermano del secretario de gobernación de su gabinete. Poco después, el propio Carranza designó a Salvador Martínez Alomía como enviado diplomático en Comisión Especial ante el gobierno de Cuba, con el propósito de obtener el reconocimiento de la isla al movimiento constitucionalista. Pero la situación cambiaría abruptamente con la derrota y huida del general Huerta en julio de 1914 –acontecimiento celebrado por la mayoría de la prensa liberal habanera–, que casi coincidió con el cambio de gobierno en Cuba, que pasó a manos de los conservadores.

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Resonancia continental de la Revolución Mexicana

Sergio Guerra Vilaboy

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La Revolución Mexicana, iniciada en 1910 y coronada con las radicales transformaciones del periodo cardenista (1934-1940), produjo un extraordinario impacto en América Latina, dominada entonces por regímenes antidemocráticos, plegados al capital extranjero y las oligarquías locales. Las consignas agraristas y de reivindicación nacional, primero, y la reforma agraria y la nacionalización del petróleo, después, concitaron grandes expectativas en el hemisferio, acompañadas de una gran ola de solidaridad y el despertar de sentimientos revolucionarios en vastos sectores populares.

La huella del imaginario mexicano puede encontrarse en la gesta de Augusto César Sandino en Nicaragua y en otros movimientos revolucionarios de la época y se expresó en la fundación de nuevas organizaciones obreras, campesinas y estudiantiles, entre ellas las ligas antiimperialistas y federaciones anticlericales. Varios procesos latinoamericanos de la primera mitad del siglo XX fueron marcados de manera directa por la impronta revolucionaria de México y, muy en concreto, por la reforma agraria y la expropiación de empresas extranjeras, como pudo advertirse en Cuba, durante la revolución del treinta y en la constitución adoptada en la isla en 1940, en cuyo articulado está la huella de la carta magna mexicana de 1917.

A ello contribuyó que, desde los años veinte, México se convirtiera en refugio de muchos perseguidos políticos de América Latina, como fue el caso del joven revolucionario cubano Julio Antonio Mella. Otro líder estudiantil exiliado en México fue el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, quien al calor de la Revolución Mexicana fundó en 1924 la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), de pretensión continental. Haya de la Torre llegó a considerar que “la Revolución Mexicana aparece y queda en la historia de las luchas sociales como el primer esfuerzo victorioso de un pueblo indoamericano contra la doble opresión feudal e imperialista.”

También los socialistas argentinos Alfredo Palacios y José Ingenieros, así como el pensador marxista peruano José Carlos Mariátegui, externaron sus simpatías por la Revolución Mexicana. Este último, incluso, hizo una síntesis histórica de ese proceso en un artículo de enero de 1924 titulado “México y la Revolución”. Otros trabajos suyos sobre el tema fueron “La reacción en México” (1926), “La guerra civil en México” (1927), “Obregón y la Revolución Mexicana” (1928), “La lucha eleccionaria en México” (1929), entre otros. Según la reseña periodística de la conferencia dictada por Mariátegui en la Universidad Popular de Lima, publicada en el periódico peruano La Crónica, el martes 25 de diciembre de 1923: “Mariátegui expuso los orígenes de la Revolución Mexicana. Explicó la importancia sustantiva de la cuestión agraria en los últimos acontecimientos de la historia de México. Y se ocupó de los aspectos social y económico de la Revolución.  Finalmente expuso los diversos aspectos del movimiento social y proletario de México y concluyó invitando a los trabajadores a saludar en la Revolución Mexicana el primer albor de la transformación del mundo hispano-americano.”

La influencia de la Revolución Mexicana trascendió más allá del ámbito político y social. El reconocimiento del elemento mestizo e indígena como componente esencial en la formación nacional de América Latina impregnó diferentes manifestaciones de la cultura, expresión de lo cual fue, por ejemplo, el muralismo mexicano, e impulsó también novedosas investigaciones etnológicas, encaminadas al conocimiento de las preteridas poblaciones autóctonas del hemisferio. Gracias al clima creado por el proceso revolucionario de México, a fines de los años veinte y principios de los treinta, se desarrolló en los países latinoamericanos una nueva novelística, que enfatizó en la crítica social. Una muestra de ello fue el creciente interés por reflejar en la literatura los problemas nacionales y, en particular, el tema de la explotación del campesinado. Las campañas educativas masivas, como las impulsadas por José Vasconcelos al frente de la Secretaría de Educación Pública de México, quedaron como referentes que luego fueron imitados en varios lugares del hemisferio.

Cuba fue, por su cercanía y lazos históricos, unos de los países latinoamericanos donde mayor repercusión causó desde sus inicios la Revolución Mexicana. Además, el territorio cubano fue una especie de caja de resonancia de los acontecimientos mexicanos y en la Mayor de las Antillas encontraron refugio varias oleadas de políticos y ciudadanos comunes de México, acorde a las distintas etapas por la que atravesó el proceso revolucionario de este país.

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