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Madre América: Perú

Túpac Amaru II y el miedo a la revolución en el Perú

René Villaboy

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El 4 de noviembre de 1780 los andes peruanos se estremecieron socialmente, al completarse el estallido de la insurrección indígena y mestiza más trascendente que conoció el Virreinato del Perú. Aquel día, José Gabriel Condorcanqui- quien se hizo renombrar y pasar a la historia como Túpac Amaru II- inició un movimiento que por sus alcances y radicalismo trastocó para siempre a las elites políticas y económicas de ese territorio. El Perú después de aquello nunca más ha querido saber de sublevaciones, de cambios bruscos en el orden establecido y, menos aún de revoluciones con participación popular e indígena. De ahí que, desde Lima partieran los ejércitos realistas para aplastar con sangre y fuego los focos independentistas en resto de Sudamérica durante la primera década del siglo XIX. A la capital peruana que aún exhibe una estatua del conquistador español Francisco Pizarro tuvo que llevar José de San Martín la independencia por mar, y luego completarla Simón Bolívar después de las batallas Junín y Ayacucho de 1824.

En 1742 el entonces importante Virreinato fue escenario del alzamiento de Juan Santos Atahualpa, líder de un movimiento que aspiró con las armas en la mano el restablecimiento del antiguo imperio de los Incas.  Si bien aquella insurrección sobrevivió por casi una década, no tuvo la repercusión ni el alcance de la estalló años después. Los cambios políticos-administrativos introducidos por los Borbones se perfilaron hacia la segunda mitad del Siglo XVIII. Los corregidores, históricas figuras de la burocracia colonial española, aumentaron en esas fechas sus facultades y, sobre todo, lograron ilimitadas prerrogativas sobre la población indígena que se concentraba en las zonas andinas. Sectores indígenas que mental e ideológicamente no culpaban al Rey -como cabeza del poder colonial- de las arbitrariedades que cometían sus funcionarios en las colonias. 

Contra los desmanes de los corregidores y alcaldes-que removieron abusivamente el sistema de repartimientos, los resguardos, la mita y sobre todo la recaudación de impuestos – se levantaron los hermanos Tomás, Dámaso y Nicolás Katari en agosto de 1780. Este movimiento que se extendió al vecino Alto Perú-hoy Bolivia- y que estuvo protagonizado también por descendientes de las castas dominantes quechuas, cobró, en cambio, una mayor repercusión con el levantamiento del 4 de noviembre de ese mismo año. Ese día José Gabriel Condorcanqui, Curaca de Tungasuca, y posible descendiente del último Inca de Vilcabamba, Túpac Amaru, se alzó en contra de las arbitrariedades de los funcionarios locales y redimió la restauración del Tahuantinsuyo.

Renombrado como Túpac Amaru II-Condorcanqui- logró reunir a decenas de miles de indígenas, e incorporó además a los afrodescendientes que allí también sentían el peso de la opresión colonial.  Su mujer, Micaela Bastidas, se convirtió desde la arrancada de la rebelión en una de sus principales lugartenientes. 

Una de las primeras acciones del caudillo indígena fue la captura y el posterior “ajusticiamiento” del corregidor de Tinta, Antonio Arriaga, al tiempo que legisló la abolición de los tributos, los repartimientos, la mita y el diezmo. Su proclamación como “Inca, Rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y continentes de los Mares del Sud” desconoció de hecho la soberanía de la corona de Madrid. Durante meses las huestes del Inca insurgente lograron importantes victorias militares y pudo desplazarse por la región hasta llegar a sitiar al Cuzco en enero de 1781.

En cambio, las rivalidades ancestrales entre los grupos indígenas andinos- que incluían a familiares y allegados de los líderes de la insurrección-, estimuladas por las huestes realistas, la inexperiencia militar y el improvisado armamento de los seguidores de Túpac Amaru devinieron en causas para que la impactante rebelión no pudiera desbordar sus objetivos iniciales y sobre todo consolidarse como movimiento precursor de la independencia. El Ejército español tomó prisionero a Condorcanqui el 6 de abril de 1781, luego de reconocer que sus cómplices eran el opresor y el oprimido, murió descuartizado en la plaza pública en mayo de ese año. Desde aquel suceso la revolución, los indígenas y la insurrección han dejado traumado al Perú después de 239 años.

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