Madre América: Puerto Rico
El 30 de octubre puertorriqueño
Publicado
hace 6 añosen
La realidad colonial de Puerto Rico, ese sometimiento centenario a la voluntad de otros pueblos, con el beneplácito de los gobernantes de turno, ha desconectado el país de los reclamos y reinvindicaciones sociales que han ocurrido a lo largo de su historia. El silencio obligado hacia sucesos relevantes ha llevado a construir una memoria colectiva pobre, infantil y sometida. La historia que se narra, producto de un discurso oficial pro-colonial, omite deliberadamente todo hecho histórico que no se acomode al beneplácito de quienes controlan las estructuras gubernamentales. Pero eso no es exclusivo del colonialismo. Parte de la construcción de los Estados y la homogenización colectiva reside en resaltar ciertos valores y omitir otros. El problema reside en cuando estos valores van desfasados de la realidad histórico-cultural del país en cuestión. Puerto Rico, desde la invasión estadounidense, vive un proceso constante de transculturación que ha encontrado fuertes nichos de resistencia, entre ellos, el idioma.
En momentos que el país, durante el siglo XX, se vio azotado por una política de asimilación al punto que se restringió el uso del español y el uso de la bandera puertorriqueña en favor del inglés y el pabellón estadounidense, respectivamente. El afán asimilador fue tal por parte del gobierno colonial puertorriqueño que en 1948, el Senado Insular de Puerto Rico, controlado por el Partido Popular Democrático y Luis Muñoz Marín, aprobó la abominable Ley 53, mejor conocida como Ley de la Mordaza contra el independentismo y, quizás, la puertorriqueñidad misma. Esta ley se criminalizó mostrar o tener la bandera puertorriqueña en cualquier lugar, incluso en la privacidad del hogar. Igualmente, la ley prohibió so pena de delito hablar en contra del gobierno de los Estados Unidos, hablar a favor de la independencia para Puerto Rico e incluso imprimir, publicar, vender o exhibir cualquier material que buscase paralizar o destruir el gobierno u organizar cualquier sociedad, grupo o asamblea de gente con fines desapegados al gobierno colonial.
Cualquiera que fuera acusado y hallado culpable de desobedecer la ley podría ser sentenciado a diez años de prisión, una multa de 10 000 dólares o ambas. El acorralamiento arraigó en las voces disidentes, las cuales ganaron una gran fuerza que se movió más allá de simples principios socio-culturales. La necesidad de reafirmación ante las imposiciones del otro encontró una causal política que encontró oídos en los reclamos del pueblo: El Partido Nacionalista. Sin embargo, también se encontró con una fuerte oposición de aquellos que favorecían la sumisión y la entrega, o simplemente no apoyaban el camino hostil que parecía tomar las reafirmaciones político-culturales. La visión de que solo la independencia puede preservar la idiosincrasia fue construyendo toda una armadura ideológica reaccionaria que entendía en la armas la consagración de un deber: preservar lo puertorriqueño.
Con ello en mente, además de alcanzar el derecho inalienable a la libertad, grupos de puertorriqueños se alzaron contra los dictámenes coloniales y el control que buscaba redefinirnos y asimilarnos a la metrópolis a cualquier precio. Un 30 de octubre de 1950, varios levantamientos simultáneos estremecieron el país. San Juan, Mayaguez, Jayuya y Utuado, entre otros, fueron testigos de acciones armadas que buscaban llamar la atención mundial sobre la situación colonial de Puerto Rico. Fue en Jayuya donde Blanca Canales proclamó la II República, izando la bandera puertorriqueña, acción prohibida en ese momento. El Palacio de Santa Catalina, en San Juan, fue atacado por varios nacionalistas que intentaron asesinar al gobernador colonial para deslegitimizar el proceso que daría paso al actual estatuto colonial del país. El hervidero fue tal que se activaron las fuerzas militares para controlar la situación y “restaurar” la soberanía estadounidense en la isla. Como si esto fuera poco, días después, el 1 de noviembre, dos nacionalistas atacaron la Casa Blair, en aquel momento, residencia del presidente Harry S. Truman, para asesinarlo. Aunque no asesinaron al presidente, los sucesos agravaron la crisis y llamaron la atención mundial sobre los hechos y hostilidades políticas que se vivían en el país.

Si bien no es una cuestión de ensalzar la violencia, se vuelve necesario estar conscientes de los hechos históricos que han transformado la historia del país y permanecen, en la memoria de muchos, en el olvido y la ignorancia. Nos cuentan una historia de beneficencia y resignación que se aleja de la lucha y el reclamo justo. Un afán de presentar a un puertorriqueño dócil que no es capaz de reclamar lo injusto y levantarse. Esa historia del derrotado que muchos imputan intentado minimizar al país. Cada generación tiene la responsabilidad de reescribir la historia. Adelante.
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Jasmine Camacho Quinn y los múltiples rostros de la nacionalidad puertorriqueña
Publicado
hace 5 añosen
agosto 12, 2021
Por mi talento pude haber formado parte
del equipo de Estados Unidos.
No tengo dudas, pero decidí representar
esa parte (puertorriqueña) de mí.
Mi mamá no pudo representar
a Puerto Rico y quería que yo sí pudiera.
Verle la cara de felicidad
de que represento a Puerto Rico
es lo mejor.
Jasmine Camacho Quinn
Yo sería borincano aunque naciera en la Luna.
“Boricua en la Luna”, Juan Antonio Corretjer
La nación la representan quienes la afirman,
no quienes la niegan.
Pedro Albizu Campos
Jasmine Camacho Quinn no surge de la nada. A esta joven puertorriqueña de veinticuatro años, nacida y criada en Carolina del Sur, hija de la emigrante puertorriqueña oriunda de Trujillo Alto, doña Ana María Camacho, y ganadora de una medalla de oro para Puerto Rico en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020-21, le precede la azarosa historia que ha vivido nuestro Pueblo durante buena parte del siglo veinte y hasta nuestros días.
El proceso de transformación social, económica y política implementado en Puerto Rico a partir de la segunda mitad de la década de 1940, tuvo como una de sus consecuencias principales la emigración masiva de población puertorriqueña a Estados Unidos.
En 1947 la legislatura colonial dominada por el Partido Popular Democrático (PPD) aprobó la Ley de Incentivos Industriales, que dio paso a la denominada “Operación Manos a la Obra”. De esa manera se abrieron las puertas del País a los inversionistas extranjeros, proveyéndoles jugosos incentivos y echando a andar lo que el entonces gobernador colonial Luis Muñoz Marín y el Director de la Compañía de Desarrollo Industrial, Teodoro Moscoso, denominaron la industrialización de Puerto Rico, hoy en quiebra.
Esta decisión implicó la virtual expulsión del País de cientos de miles de puertorriqueños y puertorriqueñas, que no tendrían cabida en el nuevo modelo “industrial”. Fueron lanzados a su suerte, a enfrentar el racismo, la discriminación cultural y lingüística, la pobreza, el frío y la desesperanza en Estados Unidos. Muchos de los emigrantes fueron campesinos, desempleados, trabajadoras de la aguja, obreros de la tierra y trabajadores no diestros, con cuya fuerza de trabajo los Barones del azúcar habían amasado inmensas fortunas durante la primera mitad del siglo veinte, tras la invasión de 1898, en una economía colonial de monoproducción azucarera. Cargaban con su pobreza a los guetos de la costa este, a las fincas y a enfrentar las condiciones de vida más deplorables. De nada valió la ciudadanía estadunidense, impuesta a los puertorriqueños y puertorriqueñas en 1917.
Uno de los objetivos más crueles e insensibles de los administradores coloniales como parte de su macabra visión neomaltusiana, era que esa gran porción de nuestra población fuera desapareciendo progresivamente- su lengua, su cultura e idiosincrasia- integrándose desde la desigualdad y la discriminación a la sociedad estadounidense y rompiendo todo vínculo esencial con su Patria puertorriqueña. Comprarían pasaje de ida sin posibilidades de retorno; como si conforme subían al barco o al avión que les conduciría al norte, habrían de ser borrados para siempre de la lista de la puertorriqueñidad.
Es el cuadro desgarrador que nos ofrecen los grandes escritores puertorriqueños René Marqués en su obra de teatro La Carreta y Pedro Juan Soto, en su novela Ardiente fuego, fría estación.
Quienes se quedaran en Puerto Rico, aseguraban los artífices del Estado Libre Asociado (ELA) -fundado-impuesto en 1952- se beneficiarían del cuerno de la abundancia que estaba por venir. Varias décadas después aquella burbuja colapsó. Los hijos y nietos de muchas de las familias que habían tenido que emigrar desde mediados de siglo veinte, se vieron forzados a seguir sus pasos. Hoy los encontramos en todo el territorio de Estados Unidos; la población puertorriqueña en ese país es superior a la de los residentes en Puerto Rico.
Somos definitivamente una Nación dividida; fruto y consecuencia de la imposición colonial, sus intereses mezquinos y sus fracasos estrepitosos. A la vez, somos una Nación unida por nuestros sentimientos patrióticos, porque reconocemos que somos originarios de un mismo lugar, dueños y dueñas legítimos de una Isla Nación caribeña, antillana y latinoamericana que se llama Puerto Rico.
Emigración puertorriqueña a Estados Unidos 1940-1999
Década Habitantes
1940-49 145,010
1950-59 446,693
1960-69 221,763
1970-79 260,683
1980-89 490,562
1990-99 325,875
2000-09 439,915
2010-19 607,000
Total (aprox.) 1940-2019 2,937, 501
Fuente: Censo de Estados Unidos
Contrario al cálculo hecho por los colonialistas, anexionistas y sus subordinados, los/las boricuas en Estados Unidos se han aferrado a su nacionalidad, a su bandera y a sus valores fundacionales, que les han servido de asidero en aquella sociedad insensible; en aquella trituradora social, cultural y humana. Desde la desigualdad y la discriminación han abierto espacios identitarios y trincheras de afirmación y resistencia en todos los órdenes de sus vidas.
La geografía humana puertorriqueña se ha ido expandiendo poco a poco. Ha dejado de ser 100 (millas) por 35. Donde quiera que hay un/una boricua está Puerto Rico, lo mismo en Nueva York que en la Florida, en Virginia o en Carolina del Sur.
Las segundas, terceras y cuartas generaciones de puertorriqueños y puertorriqueñas inevitablemente han ido integrándose lingüística y culturalmente a aquel país en el que han nacido y se han criado. Pero eso no ha sido impedimento para que la Nación puertorriqueña haya prevalecido en la identidad y la conciencia de los millones de compatriotas que residen en Estados Unidos.
Hay un ejemplo elocuente de esto que decimos. Cuando a principios de la década de 1990 un grupo de prisioneros y prisioneras políticos puertorriqueños en Estados Unidos fueron excarcelados por el presidente Bill Clinton, la mayoría de ellos y ellas decidieron trasladarse a Puerto Rico, donde fueron recibidos con los brazos abiertos. Al llegar al aeropuerto internacional de Isla Verde, donde les esperaba una multitud entusiasta, fueron entrevistados por el ejército de periodistas allí presentes. Una primera cosa se hizo evidente. A algunos de ellos y ellas se les hacía difícil articular sus palabras en español sin recurrir continuamente al inglés.
Años después, tuve la oportunidad de conversar sobre este tema con algunas de las exprisioneras políticas, quienes me confirmaron que, en efecto, ellas pensaban, se comunicaban y soñaban -y con frecuencia siguen pensando, comunicándose y soñando- en inglés; pues prácticamente todas sus vidas se habían desarrollado en Chicago o en alguna otra ciudad estadounidense.
En inglés se hicieron independentistas, y se organizaron para luchar por una Patria distante, y se expusieron por el amor a esa Patria, y en inglés estuvieron dos décadas encarcelados y encarceladas en prisiones estadounidenses. Y regresaron a su Patria a continuar batallando.
Desde Puerto Rico, la idea generalizada de lo que significa ser puertorriqueño o puertorriqueña ha tenido que ir transformándose; o simplemente tiene que transformarse. Uno de los componentes esenciales tradicionales de la nacionalidad y la cultura puertorriqueñas, concebido históricamente como una suerte de contraseña ineludible, es el español. Esa lengua llegó a esta tierra como instrumento de conquista de los europeos hace más de cinco siglos y se transformó en vernáculo, en lengua nacional, conforme surgió Puerto Rico como una nación caribeña y latinoamericana.
Ha sido-y sigue siendo- heroica la lucha por la defensa del español frente a la agresión cultural de los nuevos colonialistas y los anexionistas, no ya como una lucha lingüística, sino en defensa de nuestra existencia misma como nación. Quienes se obstinan en imponer el inglés en Puerto Rico, no aspiran a que seamos más cultos, a que seamos bilingües ni nada por el estilo. Su objetivo es que no seamos, que desaparezcamos, que nos asimilemos y reneguemos de los que somos para convertirnos en una caricatura del colonialista.
Por cinco décadas, desde la invasión de 1898, el colonialismo estadounidense impuso el idioma inglés como única lengua en el sistema de educación puertorriqueña. La intención era evidente, quebrar nuestra nacionalidad ya forjada, destruir nuestra cultura y acelerar el proceso de asimilación. Aquel operativo, que se mantuvo por casi cinco décadas, fracasó estrepitosamente, ante la resistencia mostrada por nuestro Pueblo y la fortaleza de nuestra cultura y nacionalidad.
La realidad victoriosa es quePuerto Rico sigue siendo, más de 123 años después de la invasión militar estadounidense de 1898, una nación hispanohablante, con una cultura, unos valores y una idiosincrasia singular.
Al mismo tiempo, en este momento histórico debemos asumir la significación que tiene para el Pueblo puertorriqueño la lengua inglesa y la diversidad social, cultural y humana que le acompaña, desde una perspectiva renovada, diferente.
La realidad histórica, política y social de más de 123 años de colonialismo estadounidense nos ha hecho ser un Pueblo bilingüe, pero no asimilado.
Involuntariamente bilingüe, si se quiere. Pero lo cierto es que una cantidad enorme de compatriotas forzados a emigrar ha desarrollado sus vidas en Estados Unidos por décadas. Para muchos, su vernáculo es el inglés, no el español. En este caso, no porque en Puerto Rico los colonialistas y anexionistas hayan logrado imponer esa lengua como instrumento para la anexión y la negación de lo que somos, sino porque el colonialismo les ha obligado a abandonar su Nación e irse a vivir a otra nación donde se habla esa lengua, a concebir y criar allí sus hijos e hijas, sus nietos y nietas y a forjar sus existencias.
En inglés se afirman puertorriqueños y puertorriqueñas orgullosamente. Como ha hecho Jasmine Camacho Quinn, nuestra medallista olímpica.
¿Cuál, entonces, ha de ser el hilo conductor, el eslabón que une, el denominador común que nos hace puertorriqueños y puertorriqueñas? ¿Por qué Jasmine Camacho Quinn es tan puertorriqueña como la dorada tenista Mónica Puig, como la maravillosa tenismesista utuadeña Adriana Díaz, como nuestro Héroe Nacional Oscar López Rivera, o como el querido dirigente viequense Ismael Guadalupe?
En lo fundamental es un asunto de afirmación o negación, como bien lo dejara establecido Don Pedro Albizu Campos –La Nación la representan quienes la afirman, no quienes la niegan-.
Hemos de tener siempre presente que la contradicción primera del colonialismo es una de carácter existencial. Una vez le conquista, por lo general violentamente, el colonizador no reconocerá en el colonizado un sujeto histórico sino un objeto, una cosa de la que podrá disponer a su antojo. De ahí que la lucha del colonizado y la colonizada es, primero que todo, la lucha por su existencia individual y colectiva.
Entonces, será hijo o hija de esta tierra puertorriqueña toda persona que la afirme honestamente como suya, que la ame genuinamente y que tenga la voluntad de defenderla en su integridad esencial, a representarla y a ostentarla con orgullo; que quiera lo mejor para ella, que se estremezca y llore de alegría por sus triunfos; que sufra y llore por sus desgracias.
En el idioma que sea. Del género o raza que sea. Haya nacido donde haya nacido. Hasta en la Luna, tal como lo estableció nuestro Poeta Nacional, Juan Antonio Corretjer.
La afirmación de la Nación puertorriqueña que representa la medalla de oro olímpica de Jasmine, constituye una extraordinaria victoria para un Pueblo que ha enfrentado el colonialismo por más de cinco siglos; que ha estado-y sigue estando- sometido a criminales procesos de desaparición y exterminio; que ha visto amenazada, impugnada y ninguneada a cada instante su existencia por enemigos insensatos y perversos.
No sólo Jasmine Camacho Quinn no surge de la nada, sino que aparece en nuestro escenario nacional en un momento singular.
Durante los pasados años marcados por huracanes, sismos, quiebra económica y pandemia, ha surgido con fuerza renovada en el imaginario colectivo puertorriqueño un personaje solidario, sensible y combativo, dispuesto a dar la mano y a defender los intereses de nuestra Nación: la Diáspora. No son otros y otras que nuestros compatriotas residentes en Estados Unidos, que están allá y están acá al mismo tiempo. Que no sólo han mostrado por décadas identidad y sentido de pertenencia, batallando como gato boca’rriba, sino que reclaman su derecho incuestionable a participar y a decidir como el que más sobre cuanto acontece en su Patria; como debe ser.
Probablemente nunca antes en estos 123 años de tribulaciones coloniales han sido más fuertes los lazos que unen al Pueblo puertorriqueño todo, en su amplitud y diversidad.
Quienes han deseado nuestra desaparición están iracundos. Quienes han prendido velas para que la Nación puertorriqueña desaparezca en el “melting pot” estadounidense están consternados. Quienes han hecho hasta lo indecible para borrarnos del mapa planetario están fuera de quicio.
Desde Tokio una joven mujer puertorriqueña afrodescendiente, nacida y criada en las entrañas del monstruo, hija de doña Ana María, lo ha dejado claro, en letras doradas, en la propia lengua del dominador, de la que nos hemos ido apropiando para afirmarnos, no para negarnos:
Aquí estamos, en victoria. Aquí están, con profunda alegría, los múltiples rostros de la nacionalidad puertorriqueña. ¡Celebremos!
Madre América: Puerto Rico
Cuentos pa’l camino y otros colonialismos…
Publicado
hace 5 añosen
mayo 12, 2021
Cuando García Márquez creó Macondo, ese espacio del nítido realismo mágico latinoamericano, parece haberse equivocado de lugar. Las noticias que saltan en la prensa colonial puertorriqueña, en ocasiones parten del aparato represor mediante cesura, y parecen un listado de ficción. El gobierno, en lugar de hacer un trabajo que amerite el estruendoso “honorable”, nos muestra las paupérrimas y cuestionables decisiones de quienes dirigen. Si su labor es servir al País, ¿por qué nos encontramos constantemente con una vorágine de despropósitos? Primero, el fatulo contrato para privatizar el servicio de energía eléctrica; luego la privatización de los servicios de transporte marítimo para las islas-municipio de Culebra y Vieques y, finalmente, la hipócrita enmienda laboral del Partido Popular que en el mandato 2016-2020, se desgarraba las vestiduras por los trabajadores. Quitar derechos para que más abracen la pobreza, mientras otros se enriquecen, a costa de un ideal y la ilusión de quienes les votan, no es servir, es servirse. Que miles de compatriotas tengan que emigrar por no encontrar una plaza de trabajo digna gracias a los despropósitos coloniales, es inaceptable. No todos tenemos la suerte, o privilegio, de que se nos creen puestos de trabajo o tener una genealogía de estirpe envidiable para ser acomodados e puestos de trabajo. El cuento neoliberal de que la privatización es la solución a los males lo venimos escuchado desde la época de Roselló padre (1993-2000) y los servicios en nada han mejorado, pero si ha encarecido, esa es la verdadera cara del gobierno privativo, para quien pueda pagarlo.

Como si la ola privatizadora todopoderosa fuese poco, salen nuevos ataques de la Junta de Control Fiscal extranjera, que hinca sus colmillos sobre la Universidad de Puerto Rico y la educación pública en general. Más recortes y aumentos, millones a la deriva en un país que se hunde en la ignorancia y que prueba de ello es la manera en la que votan. En 2017, antes del huracán María, que destrozó el país y de cuyos estragos aún nos estamos recuperando, salieron artículos periodísticos sobre el costo de estudios en el sistema público universitario y su repercusión más allá de las “ayudas” que proporciona el sistema. En momentos en que se pretende trastocar fuertemente la UPR otra vez, es importante que pongamos conciencia respecto a lo que está sucediendo. Históricamente, se ha repetido hasta la saciedad el bajo costo de los estudios en la Universidad de Puerto Rico en comparación con otros sistemas públicos estadounidenses, lo que es un hecho. Sin embargo, las declaraciones del Consejo de Educación Superior de Puerto Rico deben poner en perspectiva estas aseveraciones que de tanto repetirse, las personas las toman por absolutas. El organismo rector ha señalado lo costoso del sistema público cuando se toma en cuenta el ingreso familiar: mientras una familia estadounidense debe destinar entre 30 a 40 por ciento del ingreso para la educación universitaria, las familias puertorriqueñas deben invertir casi 65% por ciento del mismo, o sea, el doble. En la actualidad debe ser más. Igual es nuestra brecha salarial. Muchas voces se rasgarán las vestiduras arguyendo que las “ayudas” cubren ese coste, pero no podemos perder de perspectiva que el costo de vida ha aumentado estrepitosamente, en comparación con los salarios y que la vida estudiantil conlleva más que una matrícula y el tope de la “ayuda” varía por año. Para el año fiscal que ha de cerrar este próximo 30 de junio, el tope estipulado fue de $6,345.00, mientras que en 2017 era de $5,818.00 dólares, un tope que no le aplica a todo el mundo. Según datos provistos por la Oficina de Asuntos Estudiantiles de la UPR y el Censo de EE.UU., sólo el 50% recibe ese tope y un 20% algún apoyo económico, mientras que el 30% se costea sus estudios. El 50% que la recibe en su totalidad es porque su condición es precaria y no pueden aportar nada. Mientras tanto, el otro 50% de nuestra población de grado pública no tiene asegurada su matrícula de estudios y esto es peligroso, sumamente peligroso, dado los recortes propuestos por Junta de Control y aumentos en el costo de vida proyectados por nuevos impuestos. ¿Qué precios estamos dispuestos a pagar ante la posible desarticulación de la universidad pública? Y no es sólo una cuestión económica, pues el país se vacía con los profesionales que se van. Entonces, ¿Quienes han de sustituirlos si le cortamos las alas a un 50% de nuestra población estudiantil? Esto no es cuestión de ser dramático, es ser realista. Olvidémonos de EE.UU. un segundo. Si desde allá no hay dinero para la deuda, tampoco vendrán los futuros profesionales que nuestra sociedad necesita. Entre los que se van y los que no puedan seguir estudiando, la combinación es alarmante. Hoy son los médicos, ¿Y mañana? El Consejo de Educación advierte que y cito: “un aumento en el costo de estudio, sin considerar las subvenciones, podría significar una enorme reducción de la población que pueda tener acceso a la educación superior”. Nuestro país se empobrece cada vez más y a la Junta Invasora y a “nuestros “líderes” no parece importarles. Los ahorros que querramos hacer ahora en áreas sensibles, quizás, nos salgan más caros en el mañana. Reflexionemos.
Sin duda, el Estado se vuelve un tropiezo constante en todo sentido. Entorpece en lugar de facilitar, todo en pos de mantener un estatus quo perpetuo en su beneficio. Siembran la tragedia, para salvarnos luego. La histórica agonía de israelitas en el desierto, solo que nosotros, hace mucho que ya pasamos los cuarenta años. Debemos despertar
Madre América: Puerto Rico
500 años de Puerto Rico a San Juan: 1521-2021
Publicado
hace 5 añosen
abril 19, 2021
Las ciudades, como producto de la interacción humana, tienen su historia, un proceso viviente y continuo que no se detiene y se cimenta en el cúmulo de hechos y experiencias que sus habitantes y el espacio que ocupan recibe. San Juan de Puerto Rico, antes llamada Ciudad de Puerto Rico, pues San Juan era la isla en sí, es la segunda ciudad más antigua de América y en 500 años de refundada en la Isleta que hoy ocupa, perdura en sus calles la semilla de una sociedad que no se detiene y se reafirma. San Juan de Puerto Rico se encuentra entre las urbes coloniales más antiguas y mejores preservadas del hemisferio occidental. La ciudad, que tiene sus orígenes en la antigua Villa de Caparra, fundada en 1509 al sur de la bahía por Juan Ponce de León, se vio obligada a trasladarse a su localización actual entre 1519 y 1521, dado que se arguía el peligro que representaba el pantanoso lugar previo para la salud de los niños, razón por la peticionaban el cambio desde 1514. La Cédula Real que concedía tal cambio, fue firmada por el emperador Carlos V, el 20 de julio de 1521. Esta histórica ciudad, además de ser la segunda más fortificada del continente después de Cartagena, Colombia, tiene el honor de resguardar entre sus murallas, auténticos Patrimonios Nacionales y de la humanidad como sus sistemas defensivos, encabezados por los Castillos de San Felipe del Morro (1589) y Castillo de San Cristóbal (1634-1783) y el Palacio de Santa Catalina, también conocido como La Fortaleza, el cual es la Residencia de Estado más antigua en uso ininterrumpido en América desde su edificación entre 1533 y 1540.
La historia de está ciudad antillana y caribeña está irremediablemente ligada a la faceta militar que primó todo movimiento y acción, especialmente desde que la isla fue declarada una Capitanía General en 1582. Todo su sistema y desarrollo se veía subeditado en su totalidad a este menester bélico que le costó particulares capítulos de enfrentamiento con otras potencias coloniales que buscaban hacerse de ella. Los ataques ingleses de 1595 y 1598, así como el ataque holandés, que incendió la ciudad en 1625, apocaron a desallorar en la ciudad durante el siglo XVIII todo un sistema defensivo que hizo de ella un alcazar impenetrable, una de las diez ciudadades completamente amuralladas de la Monarquía Hispánica en América. El proyecto fue todo un éxito defensivo, siendo prueba de ello la derrota inglesa durante el ataque de 1797. Las murallas, con una altura que sobrepasaba los siete metros de altura y cinco metros de espesor, fueron el marco perfecto para la joya arquitectónica que hoy, entre antiguo y moderno, se yergue sobre la isleta.

A pesar de los siglos y el cambio del tiempo, desde que San Juan comenzó su andadura política el 31 de diciembre de 1521, la primacía de los asuntos militares en la ciudad, dominó los primeros cuatro siglos de su existencia, por lo que la sobriedad de sus edificios es un testigo irrefutable de su función. Aun cuando San Juan tiene exquisitos ejemplos arquitectónicos de estilos medievales como el gótico tardío, presente en la restaurada Iglesia del Antiguo Convento de Santo Tomás de Aquino (Iglesia San José, desde 1863), la realidad es que la ciudad se consuma como un gran conjunto monumental neoclásico que la arropa y embellece durante el siglo XIX. Muchas de sus estructuras sufrieron reformas y modificaciones sustanciales que le brindaron el aspecto que hoy les engalana. Ejemplo de ello lo es el Palacio (Nacional) La Fortaleza, Patrimonio de la Humanidad desde 1983, que a pesar de edificarse en el siglo XVI, conservamos la profunda reforma palaciega que le realizara en 1846, el gobernador, Don Rafael Arístegui y Vélez, Conde de Mirasol. Su importancia histórica, según la UNESCO, radica en el hecho de que “ilustra de manera sobresaliente la adaptación al contexto caribeño de los desarrollos europeos en la arquitectura militar de los siglos XVI al XX“. Así pues, no sólo el palacio, sino San Juan toda, es la caribeñización de la mentalidad europea.
El adoquinado de las calles, que comenzó a finales del siglo XVIII, alcanzaba su belleza estética con la construcción del Teatro (Nacional) Alejandro Tapia y Rivera, comenzado en 1824 con su estilo toscano, pero inaugurado en 1832 con su sobrio estilo, propio del momento. Esta piedra angular de la cultura sanjuanera y puertorriqueña, tiene el honor de ser el segundo teatro más antiguo en Latinoamérica y en forma de herradura, aun en funciones initerrumpidas, superado sólo por el Teatro Principal de Puebla, México, edificado en 1760. Fue salvado de ser demolido en la década de los 40 del siglo XX, por la entonces alcaldesa Felisa Rincón de Gautier, emergiendo frente la Plaza de Colón, como concatedral cultural del país junto a la sede del Ateneo Puertorriqueño, de construcción más reciente.

Para las festividades por los 500 años de San Juan, el mejor regalo que podríamos hacer a esta joya caribeña y de América es preservarla como se merece. Que futuras generaciones puedan disfrutarla y no tengan que decir, que aquí alguna vez ubicó la zona antigua de la capital de Puerto Rico, justo lo que nosotros hacemos ahora con las ruinas de Caparra. No permitamos que se repita la historia.
