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Madre América

Allende y el progresismo latinoamericano

Juan J. Paz y Miño Cepeda

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Historia y Presente – Especial para Informe Fracto

El 11 de septiembre de 2001 se produjo en los EEUU el criminal ataque a las Torres Gemelas de New York. Los canales de TV internacionales permitieron seguir, en directo, un acontecimiento que conmovió al mundo. Después se supo la trama del terrorismo, que quiso dejar una huella de muerte y destrucción. El gobierno de George W. Bush (2001-2009) anunció que el hecho no quedaría en la impunidad. Poco tiempo después, una coalición de fuerzas de la OTAN, encabezadas por los EEUU, lanzaba una ofensiva militar en Afganistán, para acabar con los “talibanes”. Su presencia de 20 años ha concluido con la retoma del poder de los talibanes, la proclamación de un Emirato Islámico y el impacto mundial de la derrota norteamericana en Afganistán.

El 11 de septiembre de 1973 se produjo en Chile el criminal golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende (1970-1973). También los canales de TV internacionales permitieron seguir, en directo, el bombardeo a La Moneda, un acontecimiento que ya no conmovió a todo el mundo, sino a una parte de América Latina, porque hubo otra que se encantó y lo festejó. La situación no quedó allí. Se instaló un gobierno militar terrorista, presidido por el general Augusto Pinochet (1973-1990), que inauguró en la región una inédita política de exterminio de todo “comunista” a través del secuestro, la desaparición forzosa de personas, los campos de concentración, la tortura como método normal, el asesinato y la muerte por razones de “guerra interna”, además de la quema de libros “subversivos”, la intervención en las universidades para “limpiarlas” de izquierdistas, la vigilancia de toda actividad política, el control de los medios de comunicación, la conversión de toda la institucionalidad del Estado en aparato para el ejercicio del poder total, sin contemplaciones.

Quienes han estudiado el proceso chileno saben bien que el complot no solo fue militar, sino que tuvo el activo soporte de las burguesías nacionales, los grandes medios de comunicación, una serie de grupos políticos de la derecha y, sobre todo, de la CIA que, en el marco de la guerra fría todavía vigente, ejecutó las órdenes y estrategias provenientes del gobierno de Richard Nixon (1969-1974). Hoy contamos con suficiente documentación desclasificada que comprueba lo sucedido, además de una amplia bibliografía sobre el tema, entre la que destaco el bien documentado libro de Alfredo Sepúlveda titulado La Unidad Popular. Los mil días de Salvador Allende y la vía chilena al socialismo (2020).

A diferencia de la vía armada, que durante la década de 1960 estalló en distintos países a través de guerrillas que creyeron posible la reedición de la Revolución Cubana, Allende y la Unidad Popular que encabezó su triunfo en las elecciones de 1970, confiaron en la “vía pacífica y democrática al socialismo”, una tesis inédita en las convicciones marxistas de la época. Una vez en el poder, las acciones de gobierno se enfocaron en la estatización de recursos esenciales; la nacionalización de las minas, que daba continuidad a la “chilenización del cobre” iniciada por el democristiano Eduardo Frei y que ahora avanzó sobre empresas transnacionales como Anaconda y Kennecott, a las que no se pagó indemnización alguna, pues, de acuerdo con el gobierno, habían acumulado ganancias extraordinarias incluso evadiendo impuestos; la reforma agraria, igualmente iniciada por Frei, pero que pudo radicalizarse con la “toma de tierras” de los campesinos; el fortalecimiento de las clases trabajadoras y los sindicatos; la imposición del Estado a los intereses privados y al capital interno; una conducción económica en términos de soberanía. La economía, que inicialmente progresó y creció, entró en progresiva crisis desde 1972 y se agravó en 1973, provocando desabastecimientos, grandes colas para obtener productos, mercado negro y especulación, que naturalmente repercutieron en las masas, al mismo tiempo que levantaron la arremetida de las derechas políticas, económicas y mediáticas, hasta desembocar en el golpe de Estado.

La imagen de lo que era el socialismo en aquellos días provenía tanto de la URSS (y los países de Europa del Este) como de China y, sin duda, de Cuba. Teóricamente la estatización completa de los medios de producción, bajo un gobierno revolucionario con apoyo de los sectores populares, encaminaba, definitivamente, a la nueva sociedad, acabando con el capitalismo. No solo la liquidación manu militari de la vía chilena, sino también el bloqueo norteamericano contra Cuba, así como la forma en la que fue cortado el camino de la Revolución Sandinista en Nicaragua y el imprevisible desenlace del derrumbe del socialismo en la URSS, junto a las reformas que tuvo que realizar Cuba durante el “período especial”, pero, además, las que introdujo China, alteraron el concepto del socialismo y los procesos de su construcción.

La generalizada incertidumbre sobre el “socialismo” encontró una solución histórica inesperada en América Latina con el primer ciclo de gobiernos progresistas. El paso que dieron frente al impresionante dominio que habían alcanzado los modelos empresariales neoliberales en la región, fue el de superarlos mediante la construcción de economías sociales basadas en la recuperación del Estado, contar con amplio apoyo de sectores medios y populares, y utilizar los mecanismos de la democracia representativa. Hugo Chávez (1999-2013) también comenzó a hablar de “socialismo del siglo XXI”. Esta vía, que no ha implicado “destrucción” del capitalismo, pero que ha sido capaz de desplazar del control total del Estado a los grandes grupos económicos, a las derechas políticas y a los medios de comunicación empresariales identificados con la economía neoliberal, ha provocado las reacciones de esos mismos sectores, dispuestos a impedir, por todos los medios, incluyendo la arremetida contra la misma democracia representativa, que el progresismo latinoamericano avance, se difunda y se consolide. La situación ha sido particularmente visible en Bolivia, con el golpe de Estado en contra de Evo Morales (2019), Ecuador, con la persecución del gobierno de Lenín Moreno (2007-2017) al “correísmo” o en Perú, donde no solo se hizo todo lo posible para que Pedro Castillo no ocupara la presidencia, sino que se ha persistido en la confabulación política hasta el presente.

Si bien el primer ciclo del progresismo fue revertido en la mayoría de países emblemáticos por gobiernos conservadores que restauraron el neoliberalismo, el segundo ciclo progresista (Argentina, Bolivia, México, Perú, entre los recientes), recobra los principios y orientaciones del primero. Al mismo tiempo, desde una perspectiva histórica de largo plazo, cabría comprender que el avance de las economías sociales y la superación de las empresariales, también constituyen vías de construcción de mejores sociedades y apuntalan la posibilidad de edificación del socialismo, que no se agota en las tesis tradicionales sobre la revolución proletaria, la dictadura del proletariado y la “estatización” de los medios de producción. Es un camino de vía pacífica y democrática que se ha vuelto válida en América Latina, recuperándose así la temprana previsión que en su momento pudo tener Salvador Allende.

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José Miguel Carrera, controvertido prócer chileno

Sergio Guerra Vilaboy

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Los historiadores chilenos discrepan al evaluar la actuación del libertador José Miguel Carrera (1785-1821), fusilado por los propios patriotas el 4 de septiembre de 1821, hace ahora doscientos años. Hijo de un encumbrado hacendado del centro de Chile, se destacó como oficial en la lucha contra los invasores franceses en España, donde resultó herido, y desde julio de 1811 fue la principal figura de la emancipación en la tierra austral durante la llamada Patria Vieja (1810-1814).

El 4 de septiembre de 1811 Carrera y sus hermanos Juan José y Luis, con mando de tropas en Santiago, derrocaron a la junta moderada que había sustituido un año antes al anciano capitán general. El cambio en la correlación de fuerzas fue capitalizado por el cura Joaquín Larraín, cabeza de una poderosa familia criolla conciliadora. Tras el ascenso al poder de José Miguel Carrera, el 15 de noviembre de ese año, alentado por el agente de Estados Unidos Joel R. Poinsett, se dispuso la sustitución del pabellón español por una bandera tricolor y proclamada la constitución de 1812 que organizaba un estado libre. Aunque se mantenía el reconocimiento formal a Fernando VII, el primer periódico nacional Aurora de Chile, editado por el sacerdote Camilo Henríquez, abogaba por la independencia absoluta.

La postura más moderada volvió a cobrar fuerza desde principios de 1814 al ocupar Bernardo O´Higgins la jefatura del ejército en sustitución de Carrera, que había sufridos severos reveses militares. Tras el restablecimiento del absolutismo en España, el nuevo gobierno chileno firmó el Tratado de Lircay con los representantes españoles, al que se opuso Carrera, decidido a enfrentar el pacto. El desconocimiento del acuerdo por el Virrey de Lima llevó a las dos facciones criollas a dejar sus diferencias ante la ofensiva enemiga, aunque la derrota en la batalla de Rancagua (2 de octubre) se debió a la desconfianza entre las tropas de Carrera y las de O´Higgins.

Refugiados por separado en el campamento de José de San Martín en Mendoza, mientras O´Higgins se entendía con el jefe del Ejército de los Andes Carrera terminaba expulsado. Tras una obligada estadía en Buenos Aires, se trasladó a Estados Unidos en noviembre de 1815, donde se entrevistó con el presidente James Madison. En territorio norteamericano consiguió armas, hombres y cinco barcos para una expedición libertadora. Al arribar de nuevo a Buenos Aires en febrero de 1817, la flotilla de Carrera fue desarticulada por el gobierno de Pueyrredón, al negarse a subordinarse a San Martín, que ya combatía en Chile.

Encarcelado, Carrera escapó dos meses después, se unió a los federalistas del Río de la Plata en su contienda contra la hegemonía porteña y dio a conocer al año siguiente su Manifiesto a los Pueblos de Chile contra San Martín y O´Higgins. Casi al mismo tiempo eran apresados y ejecutados en Mendoza, el 8 de abril de 1818, sus hermanos Juan José y Luis, fracasados en su intento de pasar al territorio austral para combatir al gobierno criollo. Ese trágico final fue también el de otro conspicuo carrerista, Manuel Rodríguez, que con sus guerrillas había sido indispensable para el exitoso cruce de los Andes por San Martín. Detenido en el Palacio Directorial en Santiago, al pretender ocupar el poder tras el revés patriota de Cancha Rayada (19 de marzo), Rodríguez fue detenido y enviado a la prisión de Quillota (Valparaíso), ruta en la que se le aplicó la ley de fuga (Tiltil, 26 de mayo de 1818). El propio Carrera, cuando tres años más tarde trataba de llegar a Chile para desalojar a O´Higgins, cayó prisionero en Mendoza. En la misma plaza donde habían ejecutado a sus hermanos fue pasado por las armas el 4 de septiembre de 1821, no sin antes exclamar: ¡Muero por la libertad de América!

Detrás de todos estos hechos de sangre se encontraba la Logia Lautaro, que actuaba como mando político del ejército de San Martín y cuya filosofía era la de eliminar todo obstáculo a la emancipación. O’Higgins, enemigo jurado de los carreristas y responsable directo de estas ejecuciones, ya había escrito: “Nada extraño lo de los Carrera; siempre han sido lo mismo, y sólo variarán con la muerte; mientras no la reciban fluctuará el país en incesantes convulsiones, porque siempre es mayor el número de los malos que el de los buenos. Un ejemplar castigo y pronto es el único remedio que puede cortar tan grande mal. Desaparezcan de entre nosotros los tres inicuos Carrera, juzgueseles y mueran, pues lo merecen más que los mayores enemigos de la América.”

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Mensaje de la Sociedad Cubano-Mexicana de las Relaciones Culturales

Miguel Barnet

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Al pueblo de México:

Las campanas de la parroquia del pueblo de Dolores llamaron a misa el 16 de septiembre de 1810 y en el atrio de la iglesia se oyeron los gritos de ¡Viva México! Y ¡Viva la Virgen de Guadalupe! El pueblo fue convocado a luchar por la libertad de los habitantes de la Nueva España y se unieron al movimiento organizado por el Padre Hidalgo para iniciar la lucha por la libertad de todos los mexicanos. Unos días después el Padre Miguel Hidalgo organizó el primer gobierno mexicano independiente en Guadalajara. El Grito de Dolores fue un grito que se extendió por todo el Continente.

Los cubanos celebramos este acontecimiento como un punto de partida para la liberación de todo el Continente de la Corona Española.

¡Qué la Virgen de Guadalupe y la Virgen de la Caridad del Cobre bendigan a ambos pueblos hermanos!

¡Viva la Revolución Mexicana!

¡Vivan los pueblos de México y Cuba!

Dr. Miguel Barnet

Presidente de la Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales.

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Bicentenario de la independencia de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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Cuadro del chileno Luis Vergara Ahumada de 1957

Hace doscientos años, el 15 de septiembre de 1821, se declaró la independencia de la América Central, entonces Capitanía General de Guatemala, arrastrada por los vertiginosos acontecimientos de México. En febrero de ese año se había proclamado el Plan de Iguala por Agustín de Iturbide, el 5 de julio depuesto él virrey y el 24 de agosto firmado el Tratado de Córdoba, preludio de la proclamación del Imperio Mexicano.

Durante los años de la crisis española iniciada con la invasión napoleónica a la península ibérica, la aristocracia de la Capitanía General de Guatemala, mantuvo su fidelidad a las autoridades tradicionales, temiendo un levantamiento popular como el que sacudía a México desde 1810. Pero los acontecimientos que ahora tenían lugar en el Virreinato de Nueva España provocaron manifestaciones callejeras en la capital centroamericana exigiendo la independencia, alentadas por el ala liberal criolla, liderada por el cura José Matías Delgado y el teniente de milicias José Francisco Barrundia. Bajo la presión pública, el cabildo de la ciudad de Guatemala se reunió y sin alternativas aprobó, el 15 de septiembre de 1821, la separación de España.

El acta de independencia, redactada por el intelectual hondureño José Cecilio del Valle, reconocía que, “oído el clamor a viva la Independencia que repetía de continuo el pueblo que se veía reunido en las calles, Plaza, Patio, corredores y Antesala de este Palacio”, se optaba por la ruptura con la metrópoli “para prevenir“, según indicaba el propio documento, “las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo“. Para acorralar a los republicanos de El Salvador y Honduras, se propuso la incorporación al naciente Imperio Mexicano, pues la colonia carecía de fuerzas propias para defender el orden. Por ese motivo, el 5 de enero de 1822, el capitán general español Gabino Gainza, en su nueva condición de Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, aceptó el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba, disolvió la junta constituida en la capital en septiembre y solicitó a Iturbide la ocupación militar del istmo. Los principales núcleos elitistas de la región respaldaron el plan anexionista: consideraban al sistema monárquico la mejor garantía a sus privilegios. En Nicaragua, el propio obispo Nicolás García Jerez se había adelantado al ordenar el 13 de octubre de 1821 jurar fidelidad a Fernando VII como “Emperador americano“, lo mismo que hizo un mes después el ayuntamiento de Quezaltenango.

La anexión a México, de inspiración conservadora, coincidió con las propias ambiciones de Iturbide. El gobernante mexicano comunicó a Gainza que una división del Ejército Trigarante marchaba hacia Centroamérica “para proteger la causa de la religión, independencia y unión” y oponerse a la “manía de innovaciones republicanas”, pues “el interés actual de México y Guatemala es tan idéntico e indivisible que no pueden erigirse naciones separadas e independientes sin aventurar su existencia y seguridad.” Con la incorporación de América Central, la jurisdicción del Imperio de Iturbide se extendió desde Texas hasta la frontera de Costa Rica con Panamá.

Los proyectos anexionistas de las elites criollas de México y Guatemala, aceptadas como mal menor por los círculos peninsulares, desataron airadas protestas en toda Centroamérica –incluso Costa Rica solicitó ayuda a Simón Bolívar-, aunque la mayor resistencia se vertebró en El Salvador. Encabezados por el cura Delgado, proclamaron la independencia, tanto de España como de México. El improvisado ejército formado por el salvadoreño Manuel José Arce con los peones e indios de las haciendas, fue derrotado por las experimentadas tropas mexicanas del general italiano Vicente Filísola el 9 de febrero de 1823, victoria pírrica pues unos días después caía el efímero imperio de Iturbide. Con un análisis penetrante, José Martí anotó en sus Notas sobre Centroamérica. “Guatemala, la residencia del Capitán General, era la más poderosa y la más rica, -y por ello provocaba la envidia y el odio-. En esa situación, se proclamó la independencia, sin esa vigorosa agitación tan necesaria en las nuevas épocas políticas para sacudir y lanzar lejos de ellas el polvo de las épocas muertas. La Independencia, proclamada con la ayuda de las autoridades españolas, no fue más que nominal, y no conmovió a las clases populares…solo la forma fue alterada.

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