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Madre América

Bicentenario de la independencia de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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Cuadro del chileno Luis Vergara Ahumada de 1957

Hace doscientos años, el 15 de septiembre de 1821, se declaró la independencia de la América Central, entonces Capitanía General de Guatemala, arrastrada por los vertiginosos acontecimientos de México. En febrero de ese año se había proclamado el Plan de Iguala por Agustín de Iturbide, el 5 de julio depuesto él virrey y el 24 de agosto firmado el Tratado de Córdoba, preludio de la proclamación del Imperio Mexicano.

Durante los años de la crisis española iniciada con la invasión napoleónica a la península ibérica, la aristocracia de la Capitanía General de Guatemala, mantuvo su fidelidad a las autoridades tradicionales, temiendo un levantamiento popular como el que sacudía a México desde 1810. Pero los acontecimientos que ahora tenían lugar en el Virreinato de Nueva España provocaron manifestaciones callejeras en la capital centroamericana exigiendo la independencia, alentadas por el ala liberal criolla, liderada por el cura José Matías Delgado y el teniente de milicias José Francisco Barrundia. Bajo la presión pública, el cabildo de la ciudad de Guatemala se reunió y sin alternativas aprobó, el 15 de septiembre de 1821, la separación de España.

El acta de independencia, redactada por el intelectual hondureño José Cecilio del Valle, reconocía que, “oído el clamor a viva la Independencia que repetía de continuo el pueblo que se veía reunido en las calles, Plaza, Patio, corredores y Antesala de este Palacio”, se optaba por la ruptura con la metrópoli “para prevenir“, según indicaba el propio documento, “las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo“. Para acorralar a los republicanos de El Salvador y Honduras, se propuso la incorporación al naciente Imperio Mexicano, pues la colonia carecía de fuerzas propias para defender el orden. Por ese motivo, el 5 de enero de 1822, el capitán general español Gabino Gainza, en su nueva condición de Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, aceptó el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba, disolvió la junta constituida en la capital en septiembre y solicitó a Iturbide la ocupación militar del istmo. Los principales núcleos elitistas de la región respaldaron el plan anexionista: consideraban al sistema monárquico la mejor garantía a sus privilegios. En Nicaragua, el propio obispo Nicolás García Jerez se había adelantado al ordenar el 13 de octubre de 1821 jurar fidelidad a Fernando VII como “Emperador americano“, lo mismo que hizo un mes después el ayuntamiento de Quezaltenango.

La anexión a México, de inspiración conservadora, coincidió con las propias ambiciones de Iturbide. El gobernante mexicano comunicó a Gainza que una división del Ejército Trigarante marchaba hacia Centroamérica “para proteger la causa de la religión, independencia y unión” y oponerse a la “manía de innovaciones republicanas”, pues “el interés actual de México y Guatemala es tan idéntico e indivisible que no pueden erigirse naciones separadas e independientes sin aventurar su existencia y seguridad.” Con la incorporación de América Central, la jurisdicción del Imperio de Iturbide se extendió desde Texas hasta la frontera de Costa Rica con Panamá.

Los proyectos anexionistas de las elites criollas de México y Guatemala, aceptadas como mal menor por los círculos peninsulares, desataron airadas protestas en toda Centroamérica –incluso Costa Rica solicitó ayuda a Simón Bolívar-, aunque la mayor resistencia se vertebró en El Salvador. Encabezados por el cura Delgado, proclamaron la independencia, tanto de España como de México. El improvisado ejército formado por el salvadoreño Manuel José Arce con los peones e indios de las haciendas, fue derrotado por las experimentadas tropas mexicanas del general italiano Vicente Filísola el 9 de febrero de 1823, victoria pírrica pues unos días después caía el efímero imperio de Iturbide. Con un análisis penetrante, José Martí anotó en sus Notas sobre Centroamérica. “Guatemala, la residencia del Capitán General, era la más poderosa y la más rica, -y por ello provocaba la envidia y el odio-. En esa situación, se proclamó la independencia, sin esa vigorosa agitación tan necesaria en las nuevas épocas políticas para sacudir y lanzar lejos de ellas el polvo de las épocas muertas. La Independencia, proclamada con la ayuda de las autoridades españolas, no fue más que nominal, y no conmovió a las clases populares…solo la forma fue alterada.

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Mensaje de la Sociedad Cubano-Mexicana de las Relaciones Culturales

Miguel Barnet

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Al pueblo de México:

Las campanas de la parroquia del pueblo de Dolores llamaron a misa el 16 de septiembre de 1810 y en el atrio de la iglesia se oyeron los gritos de ¡Viva México! Y ¡Viva la Virgen de Guadalupe! El pueblo fue convocado a luchar por la libertad de los habitantes de la Nueva España y se unieron al movimiento organizado por el Padre Hidalgo para iniciar la lucha por la libertad de todos los mexicanos. Unos días después el Padre Miguel Hidalgo organizó el primer gobierno mexicano independiente en Guadalajara. El Grito de Dolores fue un grito que se extendió por todo el Continente.

Los cubanos celebramos este acontecimiento como un punto de partida para la liberación de todo el Continente de la Corona Española.

¡Qué la Virgen de Guadalupe y la Virgen de la Caridad del Cobre bendigan a ambos pueblos hermanos!

¡Viva la Revolución Mexicana!

¡Vivan los pueblos de México y Cuba!

Dr. Miguel Barnet

Presidente de la Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales.

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Madre América

11 de septiembre 1973-2001-2021

Julio A. Muriente Pérez

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El once de septiembre de 1973 –hace 48 años– yo era, como tantos de mi generación, un joven militante recién expulsado de la universidad como consecuencia de las luchas contra el militarismo, la guerra de Vietnam y por la independencia de Puerto Rico, que no comprendía bien muchas cosas. Entre ellas, lo que estaba sucediendo ese día en Chile, aquel país del sur que había sembrado nuevas esperanzas y echado a andar un proceso que tenía mucho de inédito.

El golpe de Estado fascista perpetrado en Chile ese día nos sirvió a muchos de escuela, sobre las barbaridades que es capaz de cometer el imperialismo estadounidense, con la anuencia e incluso con la participación entusiasta y criminal de las clases poderosas y los militares entreguistas.

Poco a poco fuimos comprendiendo muchas cosas, si se quiere madurando, profundizando, radicalizándonos. Con el pasar de los años recibimos otros golpes similares y también alcanzamos victorias importantes, que nos han traído hasta aquí.

El once de septiembre de 2001 –hace veinte años– me encontraba en Sapporo, Japón. Había llegado unos días antes a ese país asiático, invitado por una organización amiga a participar en diversas actividades a favor de la paz y la desmilitarización. Eran tiempos de intensa lucha contra la presencia militar en la isla municipio puertorriqueño de Vieques y por el cese de los bombardeos que se realizaban allí desde la década de 1940. Ésta se había intensificado tras el asesinato del viequense David Sanes Rodríguez, víctima de la bomba lanzada por un avión de guerra estadounidense. También eran tiempos de lucha contra la ocupación de Japón por miles de soldados y decenas de bases de Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

La lucha por la paz y la desmilitarización era –y sigue siendo– un denominador común entre nuestros pueblos. Por eso estuve ofreciendo numerosas conferencias solidarias en muchas localidades japonesas, denunciando el militarismo estadounidense y su política guerrerista. El once de septiembre las actividades se celebraron en Sapporo.

Ese día se conmemoraban veintiocho años del golpe de Estado fascista perpetrado en Chile contra el gobierno constitucional del presidente Salvador Allende y la Unidad Popular, que contó con el apoyo y la complicidad activa de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA).

Luego de un día de trabajo intenso, los compañeros y compañeras japoneses y yo fuimos a cenar. Aproximadamente a las diez de la noche recibimos una llamada telefónica en la que nos informaban que había ocurrido un grave accidente en Nueva York y que un avión había chocado contra una de las llamadas Torres Gemelas. Era la mañana en Nueva York y la noche en Japón.  Entonces no tuvimos acceso a muchos más detalles. Tuvimos que esperar al día siguiente.

Continuamos nuestro programa de charlas y conferencias en favor de la paz para Vieques, por gran parte del archipiélago japonés. Mientras tanto se hacía evidente, sobre todo en las instalaciones militares estadounidenses ubicadas en territorio japonés, el creciente estado de alarma que siguió a los sucesos de aquel once de septiembre.

Sin embargo, entre la población japonesa parecía que la actitud era distinta. En ninguna de las ciudades que visité en días posteriores al once de septiembre se percibía un clima de tensión, más allá de las portadas de los periódicos y los noticieros de televisión. Era como si se tratara de acontecimientos acaecidos en algún lugar distante y ajeno. En todo caso, pensé entonces, el pueblo japonés determinará la trascendencia de actos de violencia y muerte masiva como los ocurridos en Estados Unidos, comparándolos con los sufridos por ellos tras el lanzamiento de bombas atómicas por los militares estadounidenses en Hiroshima y Nagasaki, en 1945.

Han pasado 48 años del golpe de Estado fascista en Chile y veinte años de los sucesos de las Torres Gemelas de Nueva York. Cosas importantes han sucedido en todo ese tiempo. Mucho ha cambiado mientras que mucho ha permanecido igual o ha empeorado.

Estados Unidos y la Unión Europea han salido trasquilados de Afganistán, donde fueron vapuleados por los mismos a quienes habían acusado de los sucesos de hace veinte años. Ha sido una derrota humillante, reveladora de la vulnerabilidad de las grandes potencias capitalistas, en su afán por controlar el planeta. Mientras tanto, hemos vivido veinte años de agresiones, invasiones, magnicidios y guerras por doquier. La obsesión de venganza ha generado un planeta cargado de incertidumbre y violencia.

Mucho ha sucedido también en Nuestra América luego del 11 de septiembre de 1973. Baste decir, al menos, que nuestra región sigue siendo escenario de importantes y alentadoras luchas políticas y sociales.

El once de septiembre de 2021 nos recibe con múltiples pandemias. Es una gran vorágine la que nos ha tocado vivir a los hombres y mujeres  de las primeras décadas del siglo veintiuno.

Aquí estamos, con optimismo inevitable, conscientes de que  hoy el planeta es, posiblemente más que en septiembre de 1973 y en septiembre de 2001, un volcán en erupción.

Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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Madre América

Allende y el progresismo latinoamericano

Juan J. Paz y Miño Cepeda

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Historia y Presente – Especial para Informe Fracto

El 11 de septiembre de 2001 se produjo en los EEUU el criminal ataque a las Torres Gemelas de New York. Los canales de TV internacionales permitieron seguir, en directo, un acontecimiento que conmovió al mundo. Después se supo la trama del terrorismo, que quiso dejar una huella de muerte y destrucción. El gobierno de George W. Bush (2001-2009) anunció que el hecho no quedaría en la impunidad. Poco tiempo después, una coalición de fuerzas de la OTAN, encabezadas por los EEUU, lanzaba una ofensiva militar en Afganistán, para acabar con los “talibanes”. Su presencia de 20 años ha concluido con la retoma del poder de los talibanes, la proclamación de un Emirato Islámico y el impacto mundial de la derrota norteamericana en Afganistán.

El 11 de septiembre de 1973 se produjo en Chile el criminal golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende (1970-1973). También los canales de TV internacionales permitieron seguir, en directo, el bombardeo a La Moneda, un acontecimiento que ya no conmovió a todo el mundo, sino a una parte de América Latina, porque hubo otra que se encantó y lo festejó. La situación no quedó allí. Se instaló un gobierno militar terrorista, presidido por el general Augusto Pinochet (1973-1990), que inauguró en la región una inédita política de exterminio de todo “comunista” a través del secuestro, la desaparición forzosa de personas, los campos de concentración, la tortura como método normal, el asesinato y la muerte por razones de “guerra interna”, además de la quema de libros “subversivos”, la intervención en las universidades para “limpiarlas” de izquierdistas, la vigilancia de toda actividad política, el control de los medios de comunicación, la conversión de toda la institucionalidad del Estado en aparato para el ejercicio del poder total, sin contemplaciones.

Quienes han estudiado el proceso chileno saben bien que el complot no solo fue militar, sino que tuvo el activo soporte de las burguesías nacionales, los grandes medios de comunicación, una serie de grupos políticos de la derecha y, sobre todo, de la CIA que, en el marco de la guerra fría todavía vigente, ejecutó las órdenes y estrategias provenientes del gobierno de Richard Nixon (1969-1974). Hoy contamos con suficiente documentación desclasificada que comprueba lo sucedido, además de una amplia bibliografía sobre el tema, entre la que destaco el bien documentado libro de Alfredo Sepúlveda titulado La Unidad Popular. Los mil días de Salvador Allende y la vía chilena al socialismo (2020).

A diferencia de la vía armada, que durante la década de 1960 estalló en distintos países a través de guerrillas que creyeron posible la reedición de la Revolución Cubana, Allende y la Unidad Popular que encabezó su triunfo en las elecciones de 1970, confiaron en la “vía pacífica y democrática al socialismo”, una tesis inédita en las convicciones marxistas de la época. Una vez en el poder, las acciones de gobierno se enfocaron en la estatización de recursos esenciales; la nacionalización de las minas, que daba continuidad a la “chilenización del cobre” iniciada por el democristiano Eduardo Frei y que ahora avanzó sobre empresas transnacionales como Anaconda y Kennecott, a las que no se pagó indemnización alguna, pues, de acuerdo con el gobierno, habían acumulado ganancias extraordinarias incluso evadiendo impuestos; la reforma agraria, igualmente iniciada por Frei, pero que pudo radicalizarse con la “toma de tierras” de los campesinos; el fortalecimiento de las clases trabajadoras y los sindicatos; la imposición del Estado a los intereses privados y al capital interno; una conducción económica en términos de soberanía. La economía, que inicialmente progresó y creció, entró en progresiva crisis desde 1972 y se agravó en 1973, provocando desabastecimientos, grandes colas para obtener productos, mercado negro y especulación, que naturalmente repercutieron en las masas, al mismo tiempo que levantaron la arremetida de las derechas políticas, económicas y mediáticas, hasta desembocar en el golpe de Estado.

La imagen de lo que era el socialismo en aquellos días provenía tanto de la URSS (y los países de Europa del Este) como de China y, sin duda, de Cuba. Teóricamente la estatización completa de los medios de producción, bajo un gobierno revolucionario con apoyo de los sectores populares, encaminaba, definitivamente, a la nueva sociedad, acabando con el capitalismo. No solo la liquidación manu militari de la vía chilena, sino también el bloqueo norteamericano contra Cuba, así como la forma en la que fue cortado el camino de la Revolución Sandinista en Nicaragua y el imprevisible desenlace del derrumbe del socialismo en la URSS, junto a las reformas que tuvo que realizar Cuba durante el “período especial”, pero, además, las que introdujo China, alteraron el concepto del socialismo y los procesos de su construcción.

La generalizada incertidumbre sobre el “socialismo” encontró una solución histórica inesperada en América Latina con el primer ciclo de gobiernos progresistas. El paso que dieron frente al impresionante dominio que habían alcanzado los modelos empresariales neoliberales en la región, fue el de superarlos mediante la construcción de economías sociales basadas en la recuperación del Estado, contar con amplio apoyo de sectores medios y populares, y utilizar los mecanismos de la democracia representativa. Hugo Chávez (1999-2013) también comenzó a hablar de “socialismo del siglo XXI”. Esta vía, que no ha implicado “destrucción” del capitalismo, pero que ha sido capaz de desplazar del control total del Estado a los grandes grupos económicos, a las derechas políticas y a los medios de comunicación empresariales identificados con la economía neoliberal, ha provocado las reacciones de esos mismos sectores, dispuestos a impedir, por todos los medios, incluyendo la arremetida contra la misma democracia representativa, que el progresismo latinoamericano avance, se difunda y se consolide. La situación ha sido particularmente visible en Bolivia, con el golpe de Estado en contra de Evo Morales (2019), Ecuador, con la persecución del gobierno de Lenín Moreno (2007-2017) al “correísmo” o en Perú, donde no solo se hizo todo lo posible para que Pedro Castillo no ocupara la presidencia, sino que se ha persistido en la confabulación política hasta el presente.

Si bien el primer ciclo del progresismo fue revertido en la mayoría de países emblemáticos por gobiernos conservadores que restauraron el neoliberalismo, el segundo ciclo progresista (Argentina, Bolivia, México, Perú, entre los recientes), recobra los principios y orientaciones del primero. Al mismo tiempo, desde una perspectiva histórica de largo plazo, cabría comprender que el avance de las economías sociales y la superación de las empresariales, también constituyen vías de construcción de mejores sociedades y apuntalan la posibilidad de edificación del socialismo, que no se agota en las tesis tradicionales sobre la revolución proletaria, la dictadura del proletariado y la “estatización” de los medios de producción. Es un camino de vía pacífica y democrática que se ha vuelto válida en América Latina, recuperándose así la temprana previsión que en su momento pudo tener Salvador Allende.

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