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Madre América

Iturbide y el mito del consumador

Raúl Vela Sosa

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Cada  septiembre se actualiza la discusión sobre el protagonismo de Agustín de Iturbide en la consumación de la independencia mexicana. Ahora que se cumplen doscientos años del fin de la lucha armada iniciada por el cura Hidalgo, más es la insistencia en ese tema.

A la pregunta de ¿por qué a Agustín de Iturbide no se le considera el consumador de la independencia de México?, la respuesta es simple: porque no lo fue.

La independencia se tiene que entender como proceso no como un acto. Desde el llamado “grito” del cura Miguel Hidalgo, hasta la publicación de los “Sentimientos de la Nación” de José María Morelos, el movimiento social armado consolidó sus propósitos de independencia del reino español y de libertad con la abolición de la esclavitud, y con ello el derecho a constituirse en una nueva nación republicana.

A partir de esos principios la lucha continuó hasta que en 1824 surge la República Mexicana,  y en 1829 el presidente Vicente Guerrero derrota a la expedición española que pretendía la reconquista y decreta la abolición de la esclavitud.

En 1808, es decir dos años antes del levantamiento del cura Hidalgo, se vive un episodio que retrata de cuerpo entero a Iturbide, hecho citado por el maestro López Rosado, en su texto de historia económica:

“Cuando en Veracruz y Orizaba, se produjo una conspiración entre la oficialidad formada casi toda por criollos, encabezada por Mariano Michelena. Descubierta la conjura por delación que hiciera Agustín de Iturbide, fueron aprehendidos y sometidos a proceso la mayoría de los comprometidos…”[i]

Esos rasgos realistas de Iturbide están presentes antes del inicio del movimiento en 1810, durante la guerra y al final de ella, al constituir su efímero imperio, por cierto, un imperio sometido a la corona de Fernando VII ¿puede a eso llamarse  independencia y a Iturbide independentista?

Vayamos a los hechos.

Las legítimas guerras de independencia en América las encabezaron quienes la entendieron como la lucha contra el poder del reino español, la intención era romper con el poder de la monarquía absoluta. Se pretendía transitar de una colonia sometida a convertirse en una república liberal, haciendo una transición del poder personal del monarca al poder de nuevas instituciones. Con el Estado liberal surgiría el ciudadano y terminaba el súbdito.

Las revoluciones de independencia americanas fueron luchas contra el estatus colonial y para el surgimiento de nuevas naciones soberanas. No se buscaba el sólo separatismo regresionista manteniendo el “Fernandismo”. Los anhelos de independencia estaban ligados al concepto de soberanía popular.

1821: el fin de la guerra, no la consumación de la independencia

La disputa para decidir el futuro político y la forma de gobierno de las naciones emergentes estaba en la disyuntiva: un gobierno criollo con fidelidad al rey o, por el contrario, un régimen con soberanía popular republicana.

Quienes estaban a favor de la primera deseaban la permanencia de un régimen monárquico tutelados por una corona extranjera. A esto se le ha denominado “Fernandear”, es decir, lo que los estudiosos denominaron que era la forma de constituir una nación cuyo modelo de gobierno se sometiera a un régimen absolutista del  monarca, en este caso Fernando VII.

Esto es precisamente lo que plantea el “El Plan de Iguala”, promovido y firmado por Iturbide, y que no fue suscrito por ninguno de los insurgentes. En dicho plan se declara que el gobierno será una monarquía moderada; en su artículo 4 se asienta que: “Será su emperador el señor Fernando VII”,  o su descendencia. En otras palabras, la misma corona de la que nos independizamos, sería la que nos gobernaría, “con vasallos leales y obedientes[ii]. Sería conservar el statu quo colonial.  Esto no puede llamarse consumación de una independencia.

En los mismos términos, el otro documento emblemático del Iturbidismo, el denominado “Tratados de Córdoba”, en su artículo III, se señala que: “Será llamado a reinar en el imperio mexicano (….) en primer lugar el señor don Fernando VII, rey católico de España”. Es decir, la antigua monarquía que nos sometía, sería la “nueva” monarquía que nos gobernaría, reafirmando la autoridad del rey. Además en su artículo 17, el imperio se comprometió a destinar presupuesto para sostenimiento de las tropas iberas que permanecían en México.[iii] Esto no puede llamarse consumación de una independencia, ni a su autor consumador.

En contrario, “Los sentimientos de la Nación” de Morelos y la Constitución de Apatzingán de 1814 pretendían la instauración de una república, con tres poderes, y ese fue el ideario de los insurgentes en el proceso de creación de una nación libre y soberana, y por ello muchos dieron su vida y otros lo mantuvieron hasta 1824 con la proclamación de la nueva constitución que dio vida a la república.

Cuando en febrero de 1822 se instaló el primer Congreso Nacional, los desacuerdos fueron entre los diputados borbonistas y los republicanos. Los primeros querían que se instalara la monarquía teniendo como cabeza a un miembro de la casa real española. En otras palabras su propósito era “Fernandear” a la nación. Los segundos, decididos a instaurar una república, fieles a Morelos, como Carlos María de Bustamante, José María Izazaga, Servando Teresa de Mier, entre otros. En este contexto Iturbide se confronta con los miembros de la Regencia que él presidía y se opone al soberano Congreso por las ideas liberales y republicanas en su seno. La forma en que resuelve las desavenencias, es mediante una asonada que lo declara emperador. Bajo presión de las armas el Congreso Nacional lo designa como tal en una sesión ilegal, puesto que no hubo el quorum obligatorio para dicha votación, violándose así el reglamento del legislativo.[iv] Una de sus primeras disposiciones fue prohibir los asensos a los oficiales que habían combatido del lado de los insurgentes.[v]

El imperio mexicano de Iturbide, estaría sometido al soberano español y se regiría por una Constitución española, la de Cádiz. Ese  imperio es el mismo que no sólo mantiene con recursos al ejército español que permanecía en nuestro territorio sino que autoriza que esas tropas se lleven dinero al retornar a su país.[vi] Entonces ¿es Don Agustín Independentista?

Iturbide ignoraba (o quiso ignorar) que los ideólogos de las revoluciones de las independencias en América, llegaron a concebir un proyecto  que insertara a las nuevas repúblicas en el desarrollo capitalista mundial de entonces. Las naciones emergentes tendrían nuevas bases jurídicas legítimas a partir de una estructura económica diferente. El conservadurismo del “imperio mexicano” sólo alcanzaba para contener, temporalmente, un proceso histórico irreversible, pensando que podía mantener un modelo feudal, contra el que se habían alzado las masas. Para el pensador Saint-Simon, refiriéndose a la revolución francesa, señalaba “a aquellos que quieren hacer retroceder la civilización, estableciendo la influencia política de los nobles (….) cual ocurría antes de la revolución”.

En otras palabras, el “iturbidismo” intentó poner un palo en la rueda de la carrera de la historia para frenarla, con los resultados que conocemos. Iturbide no reconoció que los cambios en dos elementos fundamentales serían las bases el surgimiento de las nuevas naciones: El Derecho y la Economía.

Bases jurídicas: hacia la Independencia y soberanía

En la experiencia histórica de las luchas de independencia americana, es importante señalar la claridad con que los legítimos insurgentes dieron forma legal a los proceso de creación de nuevas naciones soberanas.

En el caso de Ecuador, el Congreso de los pueblos libres de la presidencia de Quito, decretó en 1812 la Constitución del Estado de Quito, con tres poderes, soberanía popular y libertad de los ciudadanos.[vii] En el caso de Guayaquil, en 1820, la asamblea legislativa promulgó un reglamento constitucional declarándose libre e independiente y se implantó la total libertad de comercio con el mundo.

En Chile, el Congreso de 1811 proclama una constitución y los derechos del pueblo chileno. En 1818, Bernardo de O´Higgins, declara la independencia de la nueva nación.[viii]

En el Alto Perú, en 1825 se suscribe el acta de independencia de la cual surgiría la República de Bolivia. [ix]

En Paraguay, el primer bando de gobierno publicado en 1811, se afirma que esa nación, no se someterá a la autoridad de Buenos Aires “…. y mucho menos se sujetará a ninguna potencia….”[x]

En 1819 se conformó un gran estado independiente sudamericano con figura de república denominada “Gran Colombia”, y que abarcó los territorios de los actuales Panamá, Colombia, Venezuela y Ecuador.

En 1816 se conformaron las “Provincias Unidas del Río de la Plata” como gran estado sudamericano, incluyendo una parte del Alto Perú que luego integró Bolivia, y la Banda Oriental que luego se independizó como República Oriental del Uruguay.

En el caso de Centroamérica, es de destacar que al anuncio de la anexión de la región al imperio mexicano, se generó un movimiento “encabezado por el padre Matías Delgado, a finales de 1821, cuando el gobierno de San Salvador se pronunció contra Iturbide y rompió con Guatemala[xi] (…) buscaban instaurar una República independiente, representativa y federal[xii], postura acompañada en un principio por Honduras y Quetzaltenango, siendo finalmente sometidos una vez que Iturbide envió  al general Filisola con sus tropas, para ese objetivo con el fin de afianzar la alianza del mexicano con la oligarquía guatemalteca pro española. El tiempo le daría la razón a San Salvador, cuando a la caída del imperio mexicano, se constituyen las independientes Provincias Unidas de Centroamérica, posteriormente convertida en República Federal Centroamericana, hasta llegar a erigirse en repúblicas  soberanas.[xiii] ¿Puede llamarse independentista a alguien que envía tropas para someter a un pueblo como el de San Salvador, que planteaba su independencia y soberanía?

El modelo “fernandista” con protección de la metrópoli monárquica, se erige en México con el “imperio”, y  en Perú con el “protectorado”,[xiv] los cuales serían eclipsados por carecer de legitimidad y representar frágiles obstáculos contra las insurrecciones populares que, históricamente, se alineaban con las nuevas tendencias políticas e influencias  de la independencia de las 13 colonias del norte de América, y también de la Revolución Francesa.

Bases económicas: inserción en el desarrollo capitalista

En la Nueva España, el modelo  colonial se basó en la extracción de materiales mineros con una estructura feudal tributaria, administrado por una burocracia virreinal que gozaba de todos los privilegios. Con este modelo garantizaba la dependencia externa hacia la corona.

Una vieja formación socioeconómica fue desplazada con el movimiento de independencia, dando lugar a otra. La hacienda capitalista sustituyó a la encomienda.[xv] En este salto cualitativo, la abolición de la esclavitud decretada por el presidente Vicente Guerrero, fue fundamental para dejar atrás el trabajo forzado esclavo, y liberar la fuerza de trabajo, rompiendo con el patrón de relaciones de producción de la colonia que el imperio pretendía mantener.

En la memoria de la población mexicana, mantenerse sometidos a la corona española significaba seguir padeciendo los incrementos tributarios exagerados que habían dañado su patrimonio. La revolución de independencia buscaba la formación de un Estado Nacional y la destrucción de las bases económicas pre capitalistas y de la estructura social.

Para el historiador inglés Lynch, los americanos promovieron su independencia pensando “en el crecimiento y diversificación de sus respectivas actividades económicas (…) Hispanoamérica se dio cuenta de su propia identidad, tomo conciencia de su cultura, se hizo celosa de sus recursos”. [xvi]

En Europa el sistema político y económico entró en crisis en la segunda mitad del siglo XVIII. Las ideas de la ilustración estaban en contra de que los derechos del rey estuvieran por encima de los derechos de los individuos. Los economistas de entonces consideraron que el mercantilismo impedía el desarrollo económico.[xvii]

A la Nueva España se le encasilló como un dominio territorial de la corona, en el que se permitió un escaso desarrollo en la agricultura y una especulación en la extracción de minerales. Se impidió la posibilidad de instalar grandes talleres  precursores de la industrialización intensiva de los siglos XVIII y XIX, porque ello significaba una amenaza para la metrópoli.[xviii]

Pero un crecimiento urbano de determinadas ciudades fue fortaleciendo actividades manufactureras haciendo que se concentraran incipientes unidades de nuevas ramas de producción, cambiando el aspecto rural. Así, mientras Iturbide con su imperio, pretendía mantener un Estado feudal mercantilista monárquico dependiente, la dinámica económica pugnaba por la formación de un nuevo Estado nacional capitalista. Esta fortaleza de las regiones, constituidas en centros de poder económico, sería la base sobre la que evolucionaría el federalismo mexicano al surgir entidades con reconocida autonomía política.[xix]

El imperio negaba los propósitos de independencia política y libertad económica, pues continuaría con las restricciones al comercio, y así se consigna en la primera memoria del secretario del Consulado de Veracruz, bajo el imperio, en donde se mantenía “la vieja idea de (…) que no era conveniente abrir muchos puertos al comercio ultramarino[xx].

Para el caso de la península de Yucatán, según investigaciones de Fred Carstensen, de la Universidad de Connecticut y Diane Roazen de la Universidad de Chicago, la intención era la autorización de sólo un puerto, Campeche o  Sisal. Lo anterior no es asunto menor, pues sólo hasta que se liquidó el régimen colonial, se derrocó al imperio iturbidista, y se eliminaron las restricciones, se iniciaron las exportaciones yucatecas de henequén en 1825, llegando a representar la cuarta parte del valor total de las exportaciones desde el puerto de Sisal en 1826 y 1827, por lo que se hicieron embarques a Nueva Orleans, Baltimore, Filadelfia, Nueva York, entre otros. El impacto positivo fue tal que en 1828 la legislatura local aprobó una legislación para el fomento de la siembra de esa planta de donde se obtenía la fibra tan demandada.[xxi]

Silva Herzog, historiador y economista mexicano nos recuerda la crítica de Fray Servando Teresa de Mier, al modelo colonial, que prohibía el establecimiento de industrias en la Nueva España, mandó destruir algunas que se habían instalado y a otras las recargó de impuestos para evitar su desarrollo.[xxii]

En los años siguientes de instaurada la república surgió con fortaleza la industria textil, “cuando se invirtieron capitales en la construcción de fábricas tex­tiles de lana y sobre todo de algodón, incorporando maquinaria y técnicas modernas importadas de países avanzados industrialmente (Inglaterra, Bélgica, Estados Unidos de Norteamérica)”[xxiii]. Algo imposible de realizar en tanto se mantuvo la figura de imperio mexicano dependiente.

Las suscripciones de instrumentos de alcance internacional nos estuvieron negadas durante el imperio de Iturbide, porque ante el concierto de las naciones constituíamos un territorio dependiente de una casa real europea. Para desplegar una relación de exportaciones e importaciones con el resto del mundo, sólo fue posible una vez que surgimos como una nación auténticamente independiente. Entre 1824 y hasta antes del reconocimiento de nuestra independencia por España en 1836, se suscribieron tratados de comercio y navegación con Gran Bretaña, Países Bajos, Dinamarca, Prusia, Estados Unidos de América, Ciudades Hanseáticas (alemanas), Sajonia, Chile y Perú, entre otros[xxiv].

El cambio de la estructura económica colonial a la capitalista, se da con el surgimiento del Estado-Nación en el régimen republicano y con ello se inicia el largo proceso de desarrollo en el que México se inserta en los cambios mundiales con los nuevos descubrimientos, la modernización del transporte y las transformaciones en los procesos productivos que trajo la industrialización. El  filósofo Hegel, en su concepto de Estado, señala que el poder político es un centro necesario de autoridad común y se garantiza la libertad del pueblo”. La  construcción de un nuevo Estado requería de la organización de una nación con independencia política y libertad económica para ser viable. El dependiente Estado colonial del fallido imperio de Iturbide, era todo lo contario.

La consumación de la independencia fue un proceso que se dio en el periodo entre la instauración de la república en 1824, la derrota a la expedición de reconquista  ordenada por el rey español  y la abolición de la esclavitud, ambas en 1829. Todo ello sucedió después del efímero imperio.

Así que lo de “Iturbide consumador”, es un mito.


Referencias bibliográficas

[i] López Rosado, Diego, (1954) Curso de Historia Económica de México, UNAM, México. P. 164

[ii] Alarcón Robledo, Sabas, Vicente Guerrero, Gobierno del Estado de Guerrero, p. 43

[iii] citado por Ludlow, L, Primera emisión de papel moneda del imperio iturbidista, p. 216, en Martínez López -Cano, M., y Ludlow, L, “Historia del Pensamiento económico. Del mercantilismo al liberalismo”. Edit. UNAM e Instituto Mora. 2002.

[iv] Romero Flores, J., Iturbide pro y contra, Colección Documentos y Testimonios No. 4, BALSAL Editores. 1971. P. 49

[v] Op cit, p. 45

[vi] Sesión extraordinaria del Congreso de fecha 4 de febrero de 1822, citado por Ludlow, L, Primera emisión de papel moneda del imperio iturbidista, p. 214, en Martínez López -Cano, M., y Ludlow, L, “Historia del Pensamiento económico. Del mercantilismo al liberalismo”. Edit. UNAM e Instituto Mora. 2002.

[vii] Núñez, Jorge, El proceso de independencia de la audiencia de Quito, en Galeana, Patricia (coordinadora), “Historia comparada de las Américas”, ediciones del Senado de la República, UNAM, Siglo XXI editores, p. 145. México 2010.

[viii] Méndez R. Salvador, El proceso independentista chileno, en Galeana….., p. 230.

[ix] Ruiz Guerra, R., La independencia de Bolivia, en Galeana…. P. 123.

[x] Citado por Silverio Alguerio, Jorge, El proceso independentista de Paraguay, en Galeana…., p. 240

[xi] Vázquez Olivera, M., El Plan de Iguala y la independencia de San Salvador, en Galeana… p. 400

[xii] Op cit, p. 406

[xiii] Pérez Fabregat, C., Apuntes socioeconómicos sobre la guerra federal 1826 a 1829 La experiencia Salvadoreña en clave regional, en Taracena, R., “La Primera Guerra Federal Centroamericana”, UNAM, UAM y U. Landivar, 2015.

[xiv] Martínez Riaza, A, Primero Virreinatos, últimas repúblicas, Perú y México, en Galeana…. P. 259.

[xv] Semo, Enrique, Historia del capitalismo en México, ediciones ERA, México.

[xvi] Lynch, J., Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826, Barcelona, Ariel, citado por Palacios Hernández, B., “Precursores Intelectuales de la Revolución de independencia Fray Melchor de Talamantes y Juan Pablo Viscardo”, en revista Relatos e historias de México, número 73, p. 63.

[xvii]  Blanco, M, y Romero, M, La Colonia en Semo, Enrique (coordinador),  “Historia Económica de México”, edit. FE de la UNAM y Océano, p. 137.

[xviii] Hernández, Octavio, Esquema de la economía mexicana hasta antes de la revolución, Biblioteca de Derecho Administrativo Mexicano, edit. CECSA, 1961, p. 50.

[xix] San Juan, C. y Velázquez, S., La formación del Estado y las políticas económicas 1821-1880, en Cardoso, C. (coordinador), “México en el siglo XIX”, Nueva Imagen, 1980, p. 68.

[xx] Tandrón, Humberto, El Comercio de Nueva España y la controversia sobre la libertad de comercio 1776-1821, IMCE, p. 136.

[xxi] Carstenesen, F.,  y Roaze, D., Mercados extranjeros, iniciativa internacional y monocultivo: la experiencia yucateca 1825-1903, en Silva, J., y López, J., “Mercado interno en México, siglos XVIII-XIX”. Edit. UNAM, Instituto Mora y Colmex. Pp. 169-171.

[xxii] Silva Herzog, J., El pensamiento económico, social y político de México 1810-1964, FCE, 1974, p. 56

[xxiii] Ramírez Villalobos, E., El desarrollo del capitalismo en México en la segunda mitad del siglo XIX, Economía Informa, Num. 374, mayo-junio de 2012, UNAM. P. 29

[xxiv] Tratados ratificados y convenios ejecutivos celebrados por México, Tomo I (1823-1883), Senado de la República, 1972.

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La traición de Cochrane

Sergio Guerra Vilaboy

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El 6 de octubre de 1821 el almirante inglés Lord Thomas Alexander Cochrane (1775-1860), jefe de la flota que había traslado el año anterior al Virreinato del Perú al Ejército Expedicionario del general José de San Martín, sublevó la escuadra, que tenía bandera de Chile, argumentando el atraso en el pago de sus servicios, y se la llevó rumbo norte. La traición de Cochrane fue un severo golpe a la causa de la independencia y debilitó al gobierno de San Martín como Protector de la Libertad del Perú.

Después de merodear con su flota por las costas de México y otros territorios hispanoamericanos del Pacifico, atacando barcos y guarniciones españolas, Cochrane volvió a Chile en junio de 1822, donde trató de indisponer a su gobierno con San Martín. Fracasado en sus propósitos, se puso a las órdenes de Pedro I de Brasil, que contrataba oficiales y soldados desmovilizados de las guerras napoleónicas. Además de dirigir la escuadra imperial brasileña en operaciones contra los portugueses, el almirante británico también reprimió a los republicanos de la Confederación del Ecuador, formada en Pernambuco en 1824, sublevados contra el absolutismo de los Braganza, por lo que fue gratificado con el título de marqués de Maranhao. Luego estuvo en Grecia entre 1827 y 1828, con los independentistas que luchaban contra el imperio otomano, para después dejar sus aventuras, al servicio del mejor postor, para regresar a su tierra natal.

Nacido en Escocia en 1775 en una familia arruinada de la nobleza, a los doce años se había enrolado como tripulante en la marina de guerra británica, donde tuvo una carrera meteórica y ganó cierta notoriedad. Se distinguió en las guerras napoleónicas y llegó a capitán de la armada real y a tener un escaño en la cámara de los lores. Acusado de un mega fraude en la bolsa de valores de Londres, fue expulsado en 1817 de la marina y el parlamento, despojado de condecoraciones, títulos e incluso condenado a prisión. Liberado, puso un aviso en un periódico para conseguir trabajo, anuncio que leyó un representante de San Martín, que lo contrató junto a otros oficiales y marineros británicos.

Al año siguiente, fue recibido por el Director Supremo de Chile, Bernardo O´Higgins, quien organizaba junto con San Martín la campaña para la liberación del Perú, recibiendo el grado de vicealmirante de la naciente flota nacional y la ciudadanía chilena. Además de contribuir a la ocupación de la base naval española más poderosa del Pacífico en Valdivia, el 3 de febrero de 1820, la escuadra de Cochrane transportó unos meses después al ejército de San Martín al Perú. En El Callao encerró a la flota enemiga y en sorpresivo combate naval se apoderó de la fragata Esmeralda, buque insignia de la marina española.

Pero Cochrane no era un patriota desinteresado, sino un mercenario obsesionado por recuperar su fortuna, por lo que cada vez que se apoderaba de una embarcación exigía su botín como si fuera un simple corsario, lo que San Martín no admitió. El tema fue enturbiando la relación entre los dos jefes militares, sobre todo desde agosto de 1821, cuando la situación hizo crisis al apoderarse sin autorización de recursos públicos del gobierno que estaban en una goleta anclada en Ancón. Indignado por el robo, San Martín le ordenó el 15 de septiembre que “restituya, a bordo de los respectivos buques, las propiedades que han sido tomadas de ellos por pertenecer, las más, al gobierno y las otras a los particulares que se hallan bajo mi protección.” Distanciados por el grave incidente, el almirante inglés, declarado en rebeldía, zarpó con la escuadra bajo su mando integrada por dos fragatas, una de ellas la propia Esmeralda, una corbeta, un bergantín y una goleta, lo que mereció el lapidario comentario de San Martín: “Este Lord metálico, cuya conducta puede compararse al más famoso filibustero”.

En 1828, enriquecido y de regreso en Londres, recibió cuatro años después el perdón de la reina Victoria por el fraude cometido y se le permitió heredar el título de conde de Dundonald y recibir el rango honorífico de contraalmirante de la marina real. Al morir con 85 años de edad fue enterrado con honores en la Abadía de Westminster y sobre su tumba se puso la inscripción “Libertador de Chile y Perú”. Quizás, como anota el historiador argentino Norberto Galasso en su biografía de San Martín Seamos Libres y lo demás no importa nada (2009), en reconocimiento al mercenario inescrupuloso que contribuyó a la expansión del imperio británico.

Adenda

Sirvan estas líneas para despedirme de los queridos lectores de la revista digital Informe Fracto y, en particular, de su sección Madre América, que invoca el nombre de un texto paradigmático de José Martí. Quiero agradecer en especial al doctor Carlos E. Bojórquez Urzaiz por la oportunidad brindada, desde abril de 2019, para colaborar en esta aventura del periodismo mediático, que me ha abierto nuevos horizontes. La publicación de más de doscientas cincuenta notas cortas, dos semanales, sobre temas desconocidos, insólitos o mal contados de la historia de América Latina, fue un verdadero desafío. No sólo para mantener una entrega regular y puntual, sino también conseguir que atrajeran a un público amplio y exigente, que de una ojeada pudiera leerlas en sus celulares. Gracias a Informe Fracto, y su excelente equipo editorial, algunas de esas notas aparecen en sendos libros publicados en Chile, lo que reconoceré siempre.

Sergio Guerra Vilaboy

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Madre América

El Manifiesto de Montecristi: Desarrollo del pensamiento nacionalista en el mundo colonial

Julio A. Muriente Pérez

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Con fecha del 25 de marzo de 1895-treinta días después de iniciada la guerra de independencia en lo que se conoce como el Grito de Baire- este es el manifiesto de una guerra anunciada, casi dos décadas después de firmada la paz de Zanjón, en Cuba. Por lo menos cuatro asuntos relevantes  contiene el Manifiesto de Montecristi—suscrito en la ciudad dominicana de ese nombre– que se reiteran de principio a fin:

1-La anunciación de la guerra, necesaria e inevitable;

 2-La crítica y distanciamiento de las guerras de independencia de América Latina a principios del siglo XIX;

3-La reafirmación de que Cuba cuenta con las condiciones necesarias para convertirse en una república independiente;

4-La diferenciación entre las poderosas fuerzas militares y económicas españolas que hacen inevitable la guerra, y el pueblo o las masas, incluyendo a los españoles que residen en Cuba y los soldados que son enviados a combatir a los cubanos.

No es corto en calificativos su autor, José Martí, para referirse a la guerra anunciada, cuyo objetivo es, según afirma, el saneamiento y la emancipación del país, para bien de América y el mundo. Será una guerra civilizada, juiciosa, no vengativa, ordenada, moderada, indulgente, fraternal, sin odios, respetuosa, piadosa, culta, pensadora y magnánima, sana y vigorosa,  dador de vida plena, “revolución del decoro, el sacrificio y la cultura digna”, no la ineficaz y desautorizada del extranjero. Inflexible solo con el vicio, el crimen y la inhumanidad.

Tienen claro los firmantes-el Delegado del PartidoRevolucionario Cubano (PRC) José Martí y Máximo Gómez, patriota dominicano que sería General en jefe del Ejército Libertador-cuál es su aspiración política: una república democrática y popular, la fundación de un pueblo, fruto de una ‘fusión sublime’; una ‘república moral’ y un archipiélago libre; un pueblo conocedor de la práctica  moderna del gobierno y el trabajo.

Es un discurso de su tiempo, influido por la modernización y articulado en momentos en que en Europa se consolidan naciones y nacionalidades. Tenemos aquí algunos anacronismos que confluyen. De un lado la colonia que quiere seguir el rumbo republicano de las naciones europeas. Pero al mismo tiempo esa colonia difícilmente puede mirarse en el espejo de la metrópoli española para tomar ‘prestado’ o mimetizar aspiraciones nacionales y sociales.

Lo cierto es que España no parece ofrecerle un modelo a los revolucionarios cubanos, no sólo porque se trata de la potencia que intenta impedir la independencia de la colonia, sino porque aquella España se ha quedado a la retaguardia del desarrollo de los tiempos.

Para los manifestantes de Montecristi, España es lenta, desidiosa, viciosa, con un ‘trono mal sujeto’, inepta, corrupta, una ‘monarquía inerte y aldeana’. España es lo viejo en todo sentido. De ahí que en el documento  se recaba el apoyo de los españoles, no sólo por la relación filiar hijos-padres que se establece allí, sino que se argumenta que, después de todo, la masa es también víctima en la metrópoli de los mismos que sojuzgan a los cubanos en la colonia.

Esa distinción pueblo oprimido-gobierno opresor, trasladada ahora al propio pueblo español, es una de las expresiones más  lúcidas por lo profunda, de este documento. Pero, claro, no se trataba del poderoso y moderno imperio británico que dominaba en la India y en buena parte del planeta, cuna de la Revolución Industrial y dueña de los mares, además que escenario del avance republicano y liberal. Por lo que, es de suponer que la aportación del imperio español al discurso ideológico de los revolucionarios buenos-republicanos y demócratas-se daría por la vía de la negación, apropiándose en vez de la experiencia de Inglaterra, Francia y otras naciones europeas donde sentaron sus bases las ideas ‘modernas’ del siglo XIX.

Ese deslinde ideológico es notable también en la caracterización que se hace en el Manifiesto de Montecristi de las luchas de independencia de América Latina, a principios del siglo pasado. Se dice que de esas luchas surgieron ‘repúblicas  feudales y retóricas’, se critica el mimetismo pasivo de moldes extranjeros, la inexperiencia de las elites cultas que dirigieron el proceso independentista y que estaban amarradas a las costumbres de la colonia, que abandonaron a su suerte a los indios y han dado como resultado repúblicas atrasadas económicamente.

Antes que Mariátegui en sus Ensayos, ya Martí está señalando las carencias fundamentales de las naciones nacidas de aquellas luchas decimonónicas y aclarando que esa no es su aspiración para Cuba; reflejo del carácter selectivo que hace el colonizado de las ideas de su época,  emanadas de Europa en lo fundamental, para construir su propio discurso diferenciador. Para no dejar de serlo, lo es hasta de las colonias cuyas luchas le han precedido en el tiempo.

Pero Cuba ya es, en opinión de Martí y de quienes respaldaban del Manifiesto de Montecristi, cívica y culta, benigna y moderna, con convicciones democráticas y nacionalidad definida, fruto de la unión de diversos grupos y sectores. A riesgo de la utopía que pueda estar implícita, se habla allí del pueblo cubano  como uno homogéneo y unido en el propósito republicano; capaz de hacer la revolución y transformarse en una sociedad superior. Superior incluso a la sociedad de la metrópoli.

Tanta seguridad proyectan estos que anuncian la guerra,  que definen su patria como eje del comercio mundial, crucero del mundo y a ellos mismos como fundadores de la patria y la nación.

Este es un ejemplo de lo que Chaterjee denomina nacionalismo positivo, es decir,  un nacionalismo que se convierte en instrumento de liberación, en herramienta para dar el salto del colonialismo a la república. Es la típica formación nacional que se da en el marco colonial, lo que suele ocurrir en el mundo no europeo y particularmente en el mundo dominado por Europa.

Ocurre además una contradicción que evidentemente es aprovechada por los revolucionarios cubanos en su favor. El atraso histórico de no haber alcanzado la independencia en las primeras décadas del siglo XIX, frustrando las aspiraciones bolivarianas en ese sentido, le ha permitido a los cubanos aprender de los errores y desaciertos de aquellas primeras naciones latinoamericanas. Mientras tanto, se iban articulando los cimientos de la nacionalidad, forjándose una literatura y unas tradiciones diferenciadoras de la metrópoli, que desembocarían en la Guerra de los 10 años y en la conflagración que estaba por iniciarse a mediados de los noventa.

O sea, que fueron madurando las condiciones que daban forma a la nacionalidad, las pugnas económicas con la esclavitud negra, cuyas contradicciones fundamentales Martí da por resueltas en el Manifiesto, la cubanización de la lengua ‘materna’ y el deslinde de aspiraciones políticas y sociales con la metrópoli.

Se va forjando la tradición de una nación que ya es y que a la vez esta por ser. Pero es la visión del porvenir, que tiene como bandera la modernización, la occidentalización en su sentido mas liberal. Todo ello en el marco de una lucha revolucionaria que se planea, y que se pretende que sea revolucionaria no sólo por lo que de revolucionario tenga pasar de la colonia a la república, sino por el pliego de definiciones que tendrá esa guerra-ya lo hemos mencionado al principio-que deberán moldear luego la nación independiente que aflore de la guerra.

El rechazo claramente expresado en la crítica a las luchas del siglo XIX, a la concepción elitista de la lucha anticolonial y revolucionaria, y en su lugar el reconocimiento de que es el pueblo todo el que aspira a la libertad-por más  que sea idealización del puebl-acerca a Martí y al PRC al reconocimiento de que sólo con el respaldo y la participación popular se puede alcanzar la victoria. No se refiere el Manifiesto a una clase social en particular y al hablar de los económicamente poderosos se refiere a los españoles; pero sabemos cuantas diferencias y problemas tuvo que enfrentar Martí con los señores tabaqueros cubanos, sobre todo en el exilio en Estados Unidos. No obstante, en el discurso nacional se obvian esas contradicciones para enfrentarse monolíticamente a la metrópoli, que se intenta quebrar entre opresores y oprimidos.

Es posible identificar claves de interpretación del discurso plasmado en el Manifiesto de Montecristi: una España monárquica y atrasada, una América Latina independiente a medias; unos Estados Unidos arrebatadores y en pleno apoderamiento del Caribe antillano y centroamericano; Cuba con una condición económica y social madura para el cambio, significativamente autosuficiente y estable; la experiencia de los fundadores de la patria, en el exilio y en el propio país; un grupo letrado que ha reconocido la necesidad de unir la teoría a la acción de las masas para materializar sus aspiraciones políticas nacionales.

En esas circunstancias, cabría pensar con Martí que esa guerra anunciada era tan necesaria como inevitable.

Sustraído del reformismo, el discurso independentista y revolucionario según expuesto en el Manifiesto, podría asegurar el aprovechamiento de los avances de las nuevas y viejas metrópolis, desechando lo inútil y particularmente asegurando la autodeterminación como objetivo inalienable. Quizá por eso el discurso revolucionario martiano sigue teniendo vigencia para muchos, especialmente para quienes viven en condiciones del viejo o el nuevo colonialismo.

La lectura de este documento constituye una experiencia iluminadora. Es una valiosa posibilidad para la introspección, un atentado contra el insularismo que a veces nos hace sentir aislados y náufragos, como si la nuestra fuera una situación sin precedentes.

Ha sido además un recordatorio de la urgencia de que volvamos continuamente a la historia, a los primeros procesos en que se ha constituido la nacionalidad, hayan sido estos en Europa o en las colonias, algunas de las cuales todavía, en vísperas del siglo XXI, están por escribir sus manifiestos.

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Madre América

Primero los pobres, son los migrantes haitianos

Adalberto Santana

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En este año de 2021 un acontecimiento que llama la atención en todo el orbe y que lo cubren diversos medios de información y genera diversas opiniones, son los nuevos casos de la migración irregular, migración forzada y/o económica, autoexilio o simplemente exilio político o social. También parecería una diáspora o destierro de amplios sectores del pueblo haitiano. Drama del pueblo que fue el primero que se liberó del colonialismo europeo en nuestra América. Sin embargo,  hoy soporta la indiferencia o peor todavía, la represión de los aparatos represivos de los estados latinoamericanos  al alentar  la marginación  social en su drama migratorio.

En la frontera sur de los Estados Unidos, ahí en su límite lindante con México, donde convergen del lado texano Del Río  y Ciudad Acuña en el estado mexicano de Coahuila, se acumulan miles de migrantes haitianos (hombres, mujeres y niños). Algunas estimaciones hablan de más de 14 mil ciudadanos caribeños. Es el drama de  la migración del país más pobre de América Latina y el Caribe. El que ha sufrido en los últimos tiempos el magnicidio de su presidente, la violencia de las bandas delincuenciales y de los fenómenos naturales como los terremotos como el de 2010 y el más reciente del 14  agosto de 2021, pero también de tormentas y huracanes en este mismo año, los que finalmente desembocan en  desastres sociales. A la par de todo ello, los migrantes son reprimidos por los rangers texanos que nos recuerdan en el drama de sus imágenes, la era de la esclavitud en el sur de los estados de la tristemente  “Cofederate State of America” (“Estados Confederados de América”) que existió de 1861 a 1865. Esta tenía como característica más notable ser una asociación de gobiernos esclavistas. Pero la policía migratoria mexicana, Instituto Nacional de Migración (INM) no se queda muy atrás. El instinto segregacionista y represivo de los agentes migratorios que tienen fama de corruptos y por sus nexos con el crimen organizado. Especialmente con las redes de la trata de seres humanos que operan en la economía sumergida donde fluyen grandes ríos de dinero, productos del mercantilismo de la mafia migratoria (“coyotes o polleros”), ponen al gobierno de la llamada Cuarta Transformación (4T)  en un predicamento.

Haciéndose eco en defensa de los migrantes haitianos y de otros países latinoamericanos y del mundo que buscar transitar por territorio mexicano rumbo a los EU, los Diputados del Parlamento Europeo, especialmente los eurodiputados de la Izquierda Europea y del Grupo de los Verdes, han reclamado por el cambio de la política migratoria mexicana que “comenzó con una política migratoria de puertas abiertas y de garantías para la regularización para las personas que ingresaban, principalmente, por la frontera sur”, pero que cambió “a partir de la presión económica ejercida por el gobierno de Estados Unidos en junio de 2019”  (La Jornada, 24/sept./21).

Dicha política, en palabras del represivo del Jefe del INM, Francisco Garduño Yañez, expresadas en un tono anti derechos humanos y con total desparpajado, dignas de la ultraderecha, a la pregunta que si México es un país de fronteras abiertas, respondió: “-No, nunca lo ha sido, y no hay país con fronteras abiertas, todos tienen condición migratoria. Válgase el ejemplo, que no es similar, pero hasta en el cielo hay control migratorio…” Y al preguntarle: -¿Ni por cuestión humanitaria?, llegó a responder: “-NO, hay una condición para poder entrar al país” (La Jornada, 23/sept./21).

Así, las reiteradas imágenes de los migrantes haitianos, centroamericanos y de otras partes del mundo por suelo estadounidense y mexicano, cuando son golpeados por los rangers texanos o por los agentes migratorios de la 4T, hacen todavía más crudo el drama migratorio de los pueblos más vulnerables de nuestra América. Lo testimonian los mismos migrantes como Claudia quien acompañada de su pequeño hijo de cuatro años, denunciaba: “-Regresar a Haití es condenarnos a muerte; no hay seguridad, en ningún lado, no hay comida, ni trabajo, ni atención médica. Queremos quedarnos en México y llegar a Estados Unidos para trabajar; no queremos hacerle daño a nadie” (ibíd.). Asimismo,  Médicos Sin Fronteras han denunciado en un comunicado sobre el drama haitiano tanto en la frontera norte y sur de México, que “… es insostenible y de una vulnerabilidad extrema debido al fracaso de las políticas de asilo y las continuas deportaciones. En ese sentido, consideramos lamentable la decisión de retornar a la fuerza a cientos de personas en vuelos directos a Haití, de donde vienen huyendo debido a la crisis que afecta desde hace décadas al país” (Ibid). Esa organización también ha sufrido el hostigamiento de los agentes migratorios mexicanos.

En diversos países latinoamericanos, ya sea en el norte de Sudamérica y por Centroamérica, el éxodo de esos ciudadanos haitianos que proceden de Chile, Argentina y Brasil, buscan seguir subiendo al norte. Se estima que en Colombia se ubican unos 19 mil migrantes. En lo que va del año entre Colombia y Panamá, por la selva del Darién han cruzado miles de personas en lo que va de 2021. La migración irregular o exilio económico y social, es un fenómeno político que sigue siendo una constante en la realidad de gran parte de los países de nuestra América. Hoy en día los migrantes de esas enormes caravanas son los más vulnerables de nuestros pueblos, carecen de empleo, vivienda, atención médica y sufren hambre y pobreza. Pero también son los más expuestos a la corrupción de las autoridades migratorias y su perversa asociación con la delincuencia organizada.  Es uno de los drama más impactantes de nuestra América, a la  cual la derecha latinoamericana no le interesa ni le preocupa en lo más mínimo.  Para la izquierda oficial, parece que le es un tema marginal. Sin embargo, para las organizaciones de la sociedad realmente comprometidas con los más vulnerables y para las comunidades religiosas que apoyan a los migrantes en su diáspora, se ha convertido  es un deber moral y humano digno de elogiar pero también de apoyar y solidarizarse con los más humildes: primero los pobres que hoy son los migrantes haitianos.

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