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Madre América

Terremotos, huracanes y migrantes

Adalberto Santana

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En nuestra América a lo largo de la historia han acontecido una serie de fenómenos naturales que han tenido tremendas repercusiones económicas, políticas, sociales, culturales y medioambientales. Entre los más recientes fenómenos de esa naturaleza que han tenido un gran impacto, destacan los terremotos en Haití. De los dos más recientes  sobresale el  que se presentó el  12 de enero de 2010, el cual tuvo como epicentro a la capital del país caribeño, Puerto Príncipe. El efecto, fue tremendo ya que ocasionó la muerte de más de 200 mil ciudadanos y una tremenda devastación del país en diversos órdenes. El otro terremoto que ha sido el más reciente, aconteció el pasado 14 de agosto, que produjo un mayor recrudecimiento de la pobreza de los más amplios sectores populares haitianos. Según la UNICEF estima que alrededor de 1,2 millones de personas, incluidos 540.000 niños, se han visto afectados por el terremoto y alrededor de medio millón de menores tienen acceso limitado o nulo a refugio, agua potable, atención médica y nutrición.

https://news.un.org/es/story/2021/08/1495672

En otras palabras,  en Haití se experimenta un drástico recrudecimiento de la pobreza como nunca en su historia. Y así el país antillano, el primero de América Latina que logró emanciparse del régimen colonial francés,  hoy padece las mayores condiciones de empobrecimento de la región. 

A esa situación se sumaron los efectos de las tormentas y huracanes que también han contribuido a agravar aún más la débil estructura del país y su viabilidad en el corto y mediano plazo. En ese dramático escenario hay que sumar los efectos de la pandemia provocada por la Covid-19. En la región, hasta el mes de agosto de 2021: “Las infecciones y muertes están incrementándose en todo el Caribe, incluyendo en Cuba, Dominica, Guadalupe, Jamaica, Martinica y Puerto Rico, donde los casos aumentaron un 49% y las muertes un 70%. En Trinidad y Tobago, las muertes reportadas semanalmente continuaron elevándose.https://news.un.org/es/story/2021/08/1495662

Todas estas condiciones de afectación sobre el pueblo haitiano, han condicionado que en la última década haya emigrado un numeroso contingente de esos ciudadanos a diversos países del continente en condiciones de migrantes irregurales. Con el recrudecimiento de la pandemia iniciada en los primeros meses de 2020, alentó a muchos migrantes en toda la región latinomericana y caribeña, a buscar como alternativa frente a la crisis recrudecida por la pandemia, desplazarse hacia México por su frontera sur, rumbo a los Estados Unidos.

Si bien el flujo de migrantes centroamericanos (hondureños, guatemaltecos y salvadoreños) ha sido un flujo permanente, hoy los haitianos se suman como un gran torrente migratorio. Sus testimonios son  por demás elocuentes del drama que estan padeciendo. En Tapachula, ciudad chiapaneca enclavada en la región fronteriza de México y Guatemala, el flujo de migrantes es pemamente. A los procedentes de Centroamérica, Cuba, Venezuela, Ecuador y de otros países africanos y asiáticos, se suma el torrente haitiano. Por las calles de Tapachula, y en su parque central, se ven miles de esos migrantes pernoctando y padeciendo las inclemencias del tiempo, de la carencia de servicios médicos, alimentos y otras necesidades básicas. Es sin duda un cuadro aterrador ver la angustía de diversos latinoamericanos por escapar de la pobreza, la violencia y el desempleo en el marco de la pandemia.

A esta dramática situación se suma las politicas discriminatorias y represivas de las instituciones gubernamentales mexicanas encargadas formalmente de atender a los migrantes irregurales. Sin embargo, son las organizaciones no guernamentales defensoras de los derechos humanos (como Médicos Sin Fronteras) y  otras entidades de corte religioso las que brindan apoyo a los migrantes, y son ellas quienes hacen su mejor esfuerzo para apoyarlos.

En ese escenario para cruzar el territorio mexicano y llegar a la frontera con EU, los migrantes irregulares de varios países latinoamericanos y caribeños o de otras regiones del mundo-si cuentan con algo de recursos-, se ven orillados a recurrir a los traficantes (“polleros o coyotes)”. Delincuentes organizados que con un costo que fluctua entre 5 mil y 10 mil dólares, les prometen llevarlos a los EU de manera irregular y peligrosa.

Es un sueño americano que tiene un alto costo económico para quien pretende ir a vender su fuerza de trabajo a la economía estadounidense, exponiéndose a figurar en el esquema de una economía sumergida,  a través de un periplo que asume un alto  costo económico. Pero también representa un enorme riesgo al ser secuestrados por el crimen organizado. Los familiares de esos migrantes sufren un chantaje cuando los secuestradores les piden un rescate para no privados de la vida. En un testimonio de Esvín Marroquín, párroco guatemalteco del señor de las Tres Caídas, en Tecún Uman,  señaló que en esos migrantes se reunen factores como la pobreza, la violencia, la corrupción y todo ello en el marco de la pandemia y de los huracanes y terremotos: “No van a parar la migración, van a continuar los flujos de personas; además, por la situación mundial de la pandemia y los desastres naturales, creció más todavía” (La Jornada, 8/sept./2021).

Sin duda es un escenario nada alagador para la región latinomericana y más cuando esos migrantes en México reciben el peor trato. Situación que deja mal parada a la politica exterior mexicana. La diplomacia de contensión que el gobierno mexicano ejerce sobre los migrantes, sin duda se encuentra orientada por el interés de Washington. Esto ha llevado a que la Oficina en México del Alto Comisionado de las Naciones Unidas  para los Drechos Humanos (ONU-DH) y la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) haga un llamado al Estado mexicano  a cambiar su actitud y trato con los más vulnerales como son los migrantes irregulares de nuestra América. Estos organismo han manifestado lo siguiente: “…la CNDH y la ONU-DH llaman a las autoridades a garantizar que las políticas de control migratorio sean aplicadas con pleno respeto a los derechos humanos de las personas migrantes y solicitantes de asilo, con independencia de su situación migratoria, con especial atención a grupos vulnerables como niños, niñas, mujeres, indígenas, personas de la tercera edad o con algún tipo de discapacidad, así como a víctimas del delito; todo ello en línea con los estándares internacionales sobre el uso de la fuerza” (https://hchr.org.mx/wp/wpcontent/uploads/2021/09/20210907_ComPrensa_CNDH-ONUDH-sobre-personas-defensoras-y-periodistas-en-Chiapas.pdf).

Se esperaría que en México esa política  de contensión represiva a los migrantes irregulares, sea corregida. Lo que más conviene humanamente es generar un flujo migratorio ordenado, seguro y protegido por el gobierno de la 4T y no entregar a los hermanos más vulnerales a manos de la corrupción y el crimen organizado.  

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Mensaje de la Sociedad Cubano-Mexicana de las Relaciones Culturales

Miguel Barnet

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Al pueblo de México:

Las campanas de la parroquia del pueblo de Dolores llamaron a misa el 16 de septiembre de 1810 y en el atrio de la iglesia se oyeron los gritos de ¡Viva México! Y ¡Viva la Virgen de Guadalupe! El pueblo fue convocado a luchar por la libertad de los habitantes de la Nueva España y se unieron al movimiento organizado por el Padre Hidalgo para iniciar la lucha por la libertad de todos los mexicanos. Unos días después el Padre Miguel Hidalgo organizó el primer gobierno mexicano independiente en Guadalajara. El Grito de Dolores fue un grito que se extendió por todo el Continente.

Los cubanos celebramos este acontecimiento como un punto de partida para la liberación de todo el Continente de la Corona Española.

¡Qué la Virgen de Guadalupe y la Virgen de la Caridad del Cobre bendigan a ambos pueblos hermanos!

¡Viva la Revolución Mexicana!

¡Vivan los pueblos de México y Cuba!

Dr. Miguel Barnet

Presidente de la Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales.

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Bicentenario de la independencia de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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Cuadro del chileno Luis Vergara Ahumada de 1957

Hace doscientos años, el 15 de septiembre de 1821, se declaró la independencia de la América Central, entonces Capitanía General de Guatemala, arrastrada por los vertiginosos acontecimientos de México. En febrero de ese año se había proclamado el Plan de Iguala por Agustín de Iturbide, el 5 de julio depuesto él virrey y el 24 de agosto firmado el Tratado de Córdoba, preludio de la proclamación del Imperio Mexicano.

Durante los años de la crisis española iniciada con la invasión napoleónica a la península ibérica, la aristocracia de la Capitanía General de Guatemala, mantuvo su fidelidad a las autoridades tradicionales, temiendo un levantamiento popular como el que sacudía a México desde 1810. Pero los acontecimientos que ahora tenían lugar en el Virreinato de Nueva España provocaron manifestaciones callejeras en la capital centroamericana exigiendo la independencia, alentadas por el ala liberal criolla, liderada por el cura José Matías Delgado y el teniente de milicias José Francisco Barrundia. Bajo la presión pública, el cabildo de la ciudad de Guatemala se reunió y sin alternativas aprobó, el 15 de septiembre de 1821, la separación de España.

El acta de independencia, redactada por el intelectual hondureño José Cecilio del Valle, reconocía que, “oído el clamor a viva la Independencia que repetía de continuo el pueblo que se veía reunido en las calles, Plaza, Patio, corredores y Antesala de este Palacio”, se optaba por la ruptura con la metrópoli “para prevenir“, según indicaba el propio documento, “las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo“. Para acorralar a los republicanos de El Salvador y Honduras, se propuso la incorporación al naciente Imperio Mexicano, pues la colonia carecía de fuerzas propias para defender el orden. Por ese motivo, el 5 de enero de 1822, el capitán general español Gabino Gainza, en su nueva condición de Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, aceptó el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba, disolvió la junta constituida en la capital en septiembre y solicitó a Iturbide la ocupación militar del istmo. Los principales núcleos elitistas de la región respaldaron el plan anexionista: consideraban al sistema monárquico la mejor garantía a sus privilegios. En Nicaragua, el propio obispo Nicolás García Jerez se había adelantado al ordenar el 13 de octubre de 1821 jurar fidelidad a Fernando VII como “Emperador americano“, lo mismo que hizo un mes después el ayuntamiento de Quezaltenango.

La anexión a México, de inspiración conservadora, coincidió con las propias ambiciones de Iturbide. El gobernante mexicano comunicó a Gainza que una división del Ejército Trigarante marchaba hacia Centroamérica “para proteger la causa de la religión, independencia y unión” y oponerse a la “manía de innovaciones republicanas”, pues “el interés actual de México y Guatemala es tan idéntico e indivisible que no pueden erigirse naciones separadas e independientes sin aventurar su existencia y seguridad.” Con la incorporación de América Central, la jurisdicción del Imperio de Iturbide se extendió desde Texas hasta la frontera de Costa Rica con Panamá.

Los proyectos anexionistas de las elites criollas de México y Guatemala, aceptadas como mal menor por los círculos peninsulares, desataron airadas protestas en toda Centroamérica –incluso Costa Rica solicitó ayuda a Simón Bolívar-, aunque la mayor resistencia se vertebró en El Salvador. Encabezados por el cura Delgado, proclamaron la independencia, tanto de España como de México. El improvisado ejército formado por el salvadoreño Manuel José Arce con los peones e indios de las haciendas, fue derrotado por las experimentadas tropas mexicanas del general italiano Vicente Filísola el 9 de febrero de 1823, victoria pírrica pues unos días después caía el efímero imperio de Iturbide. Con un análisis penetrante, José Martí anotó en sus Notas sobre Centroamérica. “Guatemala, la residencia del Capitán General, era la más poderosa y la más rica, -y por ello provocaba la envidia y el odio-. En esa situación, se proclamó la independencia, sin esa vigorosa agitación tan necesaria en las nuevas épocas políticas para sacudir y lanzar lejos de ellas el polvo de las épocas muertas. La Independencia, proclamada con la ayuda de las autoridades españolas, no fue más que nominal, y no conmovió a las clases populares…solo la forma fue alterada.

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11 de septiembre 1973-2001-2021

Julio A. Muriente Pérez

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El once de septiembre de 1973 –hace 48 años– yo era, como tantos de mi generación, un joven militante recién expulsado de la universidad como consecuencia de las luchas contra el militarismo, la guerra de Vietnam y por la independencia de Puerto Rico, que no comprendía bien muchas cosas. Entre ellas, lo que estaba sucediendo ese día en Chile, aquel país del sur que había sembrado nuevas esperanzas y echado a andar un proceso que tenía mucho de inédito.

El golpe de Estado fascista perpetrado en Chile ese día nos sirvió a muchos de escuela, sobre las barbaridades que es capaz de cometer el imperialismo estadounidense, con la anuencia e incluso con la participación entusiasta y criminal de las clases poderosas y los militares entreguistas.

Poco a poco fuimos comprendiendo muchas cosas, si se quiere madurando, profundizando, radicalizándonos. Con el pasar de los años recibimos otros golpes similares y también alcanzamos victorias importantes, que nos han traído hasta aquí.

El once de septiembre de 2001 –hace veinte años– me encontraba en Sapporo, Japón. Había llegado unos días antes a ese país asiático, invitado por una organización amiga a participar en diversas actividades a favor de la paz y la desmilitarización. Eran tiempos de intensa lucha contra la presencia militar en la isla municipio puertorriqueño de Vieques y por el cese de los bombardeos que se realizaban allí desde la década de 1940. Ésta se había intensificado tras el asesinato del viequense David Sanes Rodríguez, víctima de la bomba lanzada por un avión de guerra estadounidense. También eran tiempos de lucha contra la ocupación de Japón por miles de soldados y decenas de bases de Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

La lucha por la paz y la desmilitarización era –y sigue siendo– un denominador común entre nuestros pueblos. Por eso estuve ofreciendo numerosas conferencias solidarias en muchas localidades japonesas, denunciando el militarismo estadounidense y su política guerrerista. El once de septiembre las actividades se celebraron en Sapporo.

Ese día se conmemoraban veintiocho años del golpe de Estado fascista perpetrado en Chile contra el gobierno constitucional del presidente Salvador Allende y la Unidad Popular, que contó con el apoyo y la complicidad activa de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA).

Luego de un día de trabajo intenso, los compañeros y compañeras japoneses y yo fuimos a cenar. Aproximadamente a las diez de la noche recibimos una llamada telefónica en la que nos informaban que había ocurrido un grave accidente en Nueva York y que un avión había chocado contra una de las llamadas Torres Gemelas. Era la mañana en Nueva York y la noche en Japón.  Entonces no tuvimos acceso a muchos más detalles. Tuvimos que esperar al día siguiente.

Continuamos nuestro programa de charlas y conferencias en favor de la paz para Vieques, por gran parte del archipiélago japonés. Mientras tanto se hacía evidente, sobre todo en las instalaciones militares estadounidenses ubicadas en territorio japonés, el creciente estado de alarma que siguió a los sucesos de aquel once de septiembre.

Sin embargo, entre la población japonesa parecía que la actitud era distinta. En ninguna de las ciudades que visité en días posteriores al once de septiembre se percibía un clima de tensión, más allá de las portadas de los periódicos y los noticieros de televisión. Era como si se tratara de acontecimientos acaecidos en algún lugar distante y ajeno. En todo caso, pensé entonces, el pueblo japonés determinará la trascendencia de actos de violencia y muerte masiva como los ocurridos en Estados Unidos, comparándolos con los sufridos por ellos tras el lanzamiento de bombas atómicas por los militares estadounidenses en Hiroshima y Nagasaki, en 1945.

Han pasado 48 años del golpe de Estado fascista en Chile y veinte años de los sucesos de las Torres Gemelas de Nueva York. Cosas importantes han sucedido en todo ese tiempo. Mucho ha cambiado mientras que mucho ha permanecido igual o ha empeorado.

Estados Unidos y la Unión Europea han salido trasquilados de Afganistán, donde fueron vapuleados por los mismos a quienes habían acusado de los sucesos de hace veinte años. Ha sido una derrota humillante, reveladora de la vulnerabilidad de las grandes potencias capitalistas, en su afán por controlar el planeta. Mientras tanto, hemos vivido veinte años de agresiones, invasiones, magnicidios y guerras por doquier. La obsesión de venganza ha generado un planeta cargado de incertidumbre y violencia.

Mucho ha sucedido también en Nuestra América luego del 11 de septiembre de 1973. Baste decir, al menos, que nuestra región sigue siendo escenario de importantes y alentadoras luchas políticas y sociales.

El once de septiembre de 2021 nos recibe con múltiples pandemias. Es una gran vorágine la que nos ha tocado vivir a los hombres y mujeres  de las primeras décadas del siglo veintiuno.

Aquí estamos, con optimismo inevitable, conscientes de que  hoy el planeta es, posiblemente más que en septiembre de 1973 y en septiembre de 2001, un volcán en erupción.

Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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