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Madre América

La “Maldad” de José Antonio Aponte

René Villaboy

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En abril de 1812 fue ahorcado en La Habana un moreno libre y carpintero ebanista de 51 años, llamado José Antonio Aponte. Fue acusado de liderar un movimiento antiesclavista y subversivo contra la corona española que regía los destinos de Cuba por aquel entonces. El temor al negro, el consecuente aumento de racismo en la Isla, y la gradual pérdida de derechos por parte de los llamados libres de color, le dieron a la conspiración que dirigía Aponte junto-a otros más- una importante relevancia en el contexto cubano del siglo XIX. La tradición popular estimulada por las élites blancas fue transmitiendo ideas que nublaron durante muchos años la verdadera naturaleza de la rebelión. Una de ellas se repitió hasta el cansancio en un chocante adagio que rezaba: “Más malo que Aponte”.  ¿Quién fue aquel hombre que desde abajo intentó cambiar la vida de miles de seres humanos sometidos a la esclavitud? ¿Cuál era la supuesta “maldad” del líder liberto? ¿Qué transcendencia tuvo aquella conspiración de 1812?

La siempre fiel Isla de Cuba, no escapó de la efervescencia política que se vivió en el mundo atlántico desde fines del siglo XVIII. La independencia de las Trece Colonias de Norteamérica, la Revolución de Haití y los primeros movimientos insurgentes en Sudamérica impactaron en diferentes ámbitos de la vida colonial de la Mayor de las Antillas. Todo ello coincidió con el acelerado tránsito hacia una economía de plantación y consecuentemente con el auge de la explotación de la mano de obra esclava. Este sector que se convirtió en la fuerza de trabajo fundamental en los cortes de caña y la recogida de café carecía, como se sabe, del más natural de los derechos: la libertad. Otros descendientes de África que nacían libres o adquirían la manumisión por diversas vías y que gozaban de espacios de movilidad social, tales como la práctica de los oficios y los Batallones de Pardos y Morenos, vieron por esos años reducidos sus “privilegios” ante la determinación de las autoridades coloniales de controlar a todos los posibles focos de insurgencia y abolición. Francisco de Arango y Parreño, principal vocero e ideólogo de la sacarocracia cubana advertía en 1792 sobre la necesidad de tomar precauciones con las milicias pardas para evitar una insurrección de esclavos y solicitó, por tanto, el licenciamiento de tales cuerpos.

En este escenario, durante la primera década del siglo XIX, en la Isla tuvieron lugar varias conspiraciones, revueltas y movimientos que acariciaron las ideas de independencia y extinción del trabajo esclavo. José Antonio Aponte, negro libre de origen yoruba, carpintero ebanista, antiguo cabo primero del Batallón de Pardos y Morenos, libre y jefe de un cabildo de nación, se vinculó a estos movimientos abolicionistas desde 1810, a través de sus relaciones con el Capitán Luis Francisco Bassave. El prestigio de Aponte, su capacidad de organización y liderazgo lo llevaron a situarse al frente de un movimiento que a diferencia de los otros tantos que tenían lugar por aquellos años alcanzó un singular carácter popular, engrosado fundamentalmente por sectores negros y mulatos Aponte era además, un conocedor de los sucesos que tuvieron lugar en Haití, ejemplo que sin dudas pretendió replicar en Cuba.

El movimiento al que se sumaron nombres que se mencionan poco como Clemente Chacón, Estanislao Aguilar, y el francés Juan Barbier, tuvo como programa básico la abolición de la esclavitud y el fin de la trata de esclavos.

Si bien varios autores advierten que se enarbolaron aspiraciones separatistas, otros esgrimen que no existe la documentación suficiente que compruebe tales postulados. Aponte y otros líderes de la conspiración, tuvieron contacto con oficiales de las tropas auxiliares de Santo Domingo como Gil Narciso, que estuvieron en tránsito por el puerto de La Habana. Finalmente estallaron revueltas en varias plantaciones de la geografía cubana desde enero de 1812.  En la capital, hacia el mes de marzo los esclavos del ingenio Peñas Altas se sublevaron, y de acuerdo con el plan trazado, se esperaba que lo hicieran los esclavos de otros más, hasta lograr un verdadero movimiento armado.

La rápida reacción de las autoridades coloniales, sin duda alguna precipitó la detención de Aponte y sus principales colaboradores. El registro de sus viviendas en busca de evidencias, dio como resultado el hallazgo de varios objetos y documentos que confirmaban que el carpintero ebanista era el “líder” del movimiento, entre ellos un cuaderno de pinturas, que no ha sido localizado hasta hoy. En cambio el propio Aponte dio descripciones del mismo durante el interrogatorio al que fue sometido. Finalmente, el 9 de abril 1812 fueron ahorcados José Antonio Aponte, Clemente Chacón Salvador Ternero, Juan Bautista Lisundia, y otros más. Siguiendo la cruel práctica de castigos ejemplificadores, las cabezas de los insurgentes negros y mulatos, fueron exhibidas en jaulas en una explanada situada frente al actual edificio de la Gran Logia de Cuba en La Habana. De esta manera pagaban Aponte y  a sus seguidores por su “maldad”, la maldad de querer la libertad para los que vivían bajo el yugo de la esclavitud y bajo las cadenas del colonialismo. Más allá de la difamación de la que fue objeto durante muchos años, Aponte resuolta un obligado referente para la histórica lucha de Cuba por la justicia social y la emancipación.

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Madre América

La triste historia de Jean François y sus tropas en Campeche

Sergio Guerra Vilaboy

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En nota de Madre América contamos que tras la paz de Basilea (1795), España tuvo que entregar Santo Domingo a Francia, lo que obligó a sacar sus fuerzas militares, incluidas las Tropas Auxiliares Negras de Jean François y Georges Biassou. La negativa de las autoridades españolas y la elite de Cuba a recibirlas, por temor a su impacto en la población negra –que ya festejaba el próximo arribo del general Juan Francisco-, obligó a dispersarlas por España, Florida, Guatemala, Portobelo, Trinidad, la Costa de los Mosquitos y Campeche.

Poco se sabe de la vida de Jean François antes de la rebelión de los esclavos en agosto de 1791. Llegó a Saint Domingue, procedente de África, como esclavo y trabajo en la plantación de Patacu, nombre que adoptaría como apellido. Escapado de la dotación, vivió como cimarrón hasta unirse a la revolución esclava, en la que pronto sobresalió sobre los demás jefes: Georges Biassou, Jeannot Bullet y Toussaint Louverture. Imitando a los oficiales franceses, usó uniformes ornamentados con cintas, galones y condecoraciones. En noviembre de 1791 ordenó ejecutar a Jeannot por los injustificados asesinatos cometidos contra sus propios hombres y la población.

Atraídos por las ofertas de la Corona española, enfrentada a la Revolución Francesa, los principales generales negros apoyaron a Madrid desde principios de 1793, aunque al año siguiente, atraídos por la abolición de la esclavitud aprobada en París, Toussaint Louverture y otros jefes abandonaron su alianza con España y respaldaron a Francia. Al frente de las Tropas Auxiliares Negras sólo permanecieron Juan Francisco Patacu y Jorge Viason, ahora con sus nombres españolizados, aunque el prestigio del primero se vio resentido por la masacre cometida por sus hombres, en julio de 1794, al rendir la fortaleza francesa de Dauphin (Bayajá).

En virtud de lo acordado en Basilea, las Tropas Auxiliares Negras y sus familias, tuvieron que ser evacuadas de Santo Domingo. El primero en llegar a La Habana en tres navíos hispanos, el 1 de enero de 1796, fue Juan Francisco con once oficiales y más de un centenar de acompañantes, que enseguida fueron obligados a continuar para Cádiz, donde no eran esperados. Una semana después arribaron los demás barcos reales, menos uno que fue a parar a Virginia por una tormenta. Transportaban al resto de las tropas auxiliares y familiares, cerca de 700 personas, que como los de Juan Francisco fueron aislados en sus embarcaciones, ancladas en la orilla opuesta a la amurallada villa de La Habana, hasta su salida a un nuevo paradero.

El mayor contingente, más de 300 personas, fue enviado a la Costa de los Mosquitos y el más pequeño a La Florida, destino de Georges Biassou y su reducido séquito de poco más de veinte integrantes. Tras el restablecimiento de la soberanía española en Santo Domingo (1811), una parte de los asentados en Centroamérica, dirigidos por el brigadier Gilé (Gil Narciso), retornó a La Española con escala en La Habana, donde no pudo desembarcar. No obstante, estableció contacto con el artesano mulato José Antonio Aponte, quien era el líder de una conspiración igualitarista, abortada al año siguiente.

Los restantes miembros de las tropas negras, divididos en tres grupos de más de cien personas cada uno, fueron remitidos a la isla de Trinidad, entonces parte de la Capitanía General de Venezuela –que los devolvió de inmediato a Santo Domingo-; a Portobelo en Panamá, así como a Campeche en el Virreinato de Nueva España. Los 155 que arribaron al oriente de la península de Yucatán fueron ubicados en Aké, un sitio apartado y despoblado donde recibieron tierras para su cultivo. Allí levantaron el pueblecito de San Fernando, con chozas semejantes a las construidas por los mayas, que llegó a tener su propia iglesia. Al estallar en 1848 la guerra de castas, la mayoría de ellos buscaron refugio en Belice.

Por último, Juan Francisco Patacu y su numerosa comitiva arribó a Cádiz en marzo de 1796. A los oficiales no les fue reconocido su rango militar, ni recibieron compensaciones económicas, sufriendo muchas penurias. En 1813, el Consejo de Regencia acordó reenviarlos a la Costa de los Mosquitos, pero el general Jean François, unos de los líderes de la gran revolución de los esclavos de Saint Domingue, fallecido el 16 de septiembre de 1805, ya estaba enterrado en el cementerio de Puerta de Tierra como “Don Juan Piticu”.

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Eusebio Leal nos enseñó a ver La Habana con nuevos ojos

MARIETA CABRERA

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El gesto de tributo a Eusebio Leal se inspira en la popular canción Sábanas blancas, del trovador cubano Gerardo Alfonso, que evoca con esa imagen el espíritu de La Habana: desinhibido, franco.

Sin reponerse de la partida física del hombre que tanto la amó, La Habana salió a los balcones y colgó sábanas blancas que esta vez anudó con tristeza. El gesto, multiplicado en las barriadas de la urbe pocas horas después de conocerse el fallecimiento de Eusebio Leal Spengler, el pasado 31 de julio, fue parte del tributo de los habaneros al Historiador de la Ciudad.

Poseedor del don de la oratoria, Eusebio supo contar como nadie la historia de La Habana y, más que eso: la de Cuba. Escucharlo era para cualquier auditorio, incluso para el integrado por conocedores del tema, un aprendizaje y, a la vez, un encantamiento.

Por estos días se ha recordado al muchacho de formación autodidacta que con apenas 25 años se convirtió en director del Museo de la Ciudad de La Habana, un camino en el que –como reconoció siempre Eusebio–, mucho debió a Emilio Roig de Leuchsenring, su maestro y predecesor, quien “abrió enormes puertas para mí y me regaló mis primeros libros de historia”.

Durante los más de cincuenta años que se dedicó a obrar por la ciudad, Leal enfrentó incomprensiones, el desaliento de algunos, la burocracia  –“mal que pervierte a la administración”, decía–, entre otras adversidades, pero nada lo detuvo en su proyecto de reconstruir el Centro Histórico, entendido no como el simple hecho de restaurar para exhibir la belleza del patrimonio, sino como un proceso cultural, participativo, cuyo centro es la gente que habita esos espacios.

Lo ilustran el hogar materno, la clínica de rehabilitación infantil y las instituciones dedicadas a la atención del adulto mayor que surgieron en esa parte de la ciudad, sin olvidar la editorial Boloña, la emisora Habana Radio, los museos, las escuelas… Entre las últimas, una en particular: la Escuela Primaria Rafael María de Mendive, institución que renace de los cimientos y el espíritu del otrora colegio San Pablo, donde una vez estudió José Martí.

En la calle del Prado, distinguida entre las que conforman esa parte antigua de la urbe, está la escuela.  El tres de septiembre de 2018, cuando se abrieron sus puertas y el patio fue colmado de niños y niñas, Eusebio se veía feliz.

Esta obra significa –había dicho minutos antes el doctor en Ciencias Históricas– “seguir la huella del magisterio cubano que tuvo a lo largo de siglos el papel de ser depositario de valores, de sentimientos, de pureza, abnegación, sacrificio, patriotismo; que tuvo su momento más alto en los años que precedieron al gran levantamiento del 10 de octubre, saludado por José Martí con emotivos versos-escritos probablemente sobre el pupitre de esta escuela-cuando recuerda que sobre el piano y con un plano del oriente de Cuba, el maestro Mendive y  algunos de los maestros y amigos, seguían con el índice la marcha del Padre de la Patria por el oriente de Cuba”.

Un año después, el 15 de noviembre de 2019, en una entrevista publicada en la revista BOHEMIA, al insistir en que la obra social nunca debe ser menor que la obra artística o la de restauración, expresó: “Me alegro que La Habana esté. Hay muchas ciudades en el mundo que en aras de una reinterpretación de la modernidad cambiaron completamente. Las conozco bellas pero desiertas, convertidas en ciudades fantasmas porque el uso y abuso de una determinada corriente de explotación las ha transformado, están como embalsamadas.

La Habana es una ciudad viva. Cuando comenzamos el proyecto del Centro Histórico hace tantos años, la idea de lo social estuvo y estará siempre. De manera que la ciudad viva, que la gente entre y salga, haga su vida cotidiana, establezca formas de trabajo, negocios, que no permitan que la ciudad muera”.

Pero esta tarea colosal –sabía el historiador– no puede ser realizada por un solo hombre: “Quien debe hacer algo como lo mío requiere una multitud”, admitía, y se mostraba agradecido por las legiones de arquitectos, urbanistas, obreros que durante años habían trabajado vinculados a la Oficina del Historiador de la Ciudad.

Entre ellos, a pie de obra, se le vio muchas veces, convencido de que la única manera de solucionar los problemas es trabajando y uniendo a las personas. Mucho se ha de extrañar al intelectual, al patriota, al revolucionario que en un congreso de escritores y artistas cubanos, en la Asamblea Nacional–como diputado por varias legislaturas–, y en otras tribunas, expresó con valentía lo que pensaba sobre asuntos peliagudos de la realidad cubana. No era Eusebio hombre de andar con paños tibios. Y por eso también fue querido y respetado.

Duele la certeza de no hallarlo a la vuelta de una esquina, recorriendo las calles de la ciudad, la que quería más cuidada y amada por sus habitantes. Es esta, pues, una deuda que tenemos todos con La Habana y con el más Leal de sus admiradores, quien nos enseñó a verla con nuevos ojos.

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Bandeirantes y misiones jesuitas

Sergio Guerra Vilaboy

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Desde 1580, tras la unión de los tronos de España y Portugal, los límites fijados por el Tratado de Tordesillas (1494) entre Hispanoamérica y Brasil comenzaron a ser ignorados por los bandeirantes. Este era el nombre de bandas armadas, salidas del litoral brasileño, que penetraban al interior del continente enarbolando sus propias banderas o bandeiras en portugués. Al avanzar por los vedados territorios hispanoamericanos, prácticamente desconocidos para los europeos, los bandeirantes buscaban oro, plata, piedras preciosas o incluso indígenas, a los que vendían como esclavos en las plantaciones azucareras de Pernambuco.

Salidas de Sao Paulo, aunque algunas lo hacían de Bahía, estas bandas de aventureros criollos y portugueses, recorrían durante meses las tupidas selvas sudamericanas, aprovechando las redes hidrográficas del Paraná, el Sao Francisco y el Amazonas, hasta encontrar algo de valor que llevar a la costa de Brasil. Ese proceso expansionista coincidió con la aparición en la región de los jesuitas que, autorizados por la Corona española, reunían a los guaraníes en reducciones. En 1610 se fundó la primera misión (Loreto) en el Guairá, en el actual estado brasileño de Paraná. Otros jesuitas les siguieron y ya hacia 1630 la orden fundada por Ignacio de Loyola poseía en la cuenca del Plata cuatro amplias comarcas con miles de aborígenes agrupados en 27 misiones, ente ellas las del Guairá, Paraná medio (Paraguay), Entre Ríos y la del margen izquierdo del Uruguay (Siete Misiones).

Las reducciones del Guairá, por ser las más próximas a Sao Paulo, fueron las primeras amenazadas por los bandeirantes, que preferían apoderarse de los indígenas de las misiones, más valiosos y disciplinados que los que vivían dispersos en total libertad. Los jesuitas no sólo evangelizaban a los pueblos originarios y los concentraban en lugares de más fácil acceso, sino también los enseñaban a escribir en guaraní –para lo cual elaboraron incluso una gramática-así como técnicas y costumbres europeas para la agricultura y la vida cotidiana. En 1628 cientos de bandeirantes, encabezados por Manuel Preto y Antonio Raposo, atacaron y destruyeron varias reducciones jesuitas en la orilla izquierda del Paraná y se llevaron miles de indígenas para los mercados de esclavos de Sao Paulo y las plantaciones costeras.

Imposibilitados de detener las constantes depredaciones de los bandeirantes, los jesuitas alejaron las misiones lo más posible de Brasil. No satisfechos con la conquista del alto Paraná, los paulistaslospersiguieron con saña hasta sus reducciones del Paraguay, Entre Ríos y la Banda Oriental, haciendo caso omiso a las disposiciones oficiales que trataban de impedir sus razzias. Durante la primera mitad del siglo XVII no dieron tregua a los jesuitas ni dejaron de realizar sus incursiones en busca de esclavos, como bien recrea el laureado filme norteamericano La Misión (1986), protagonizado por Roberto de Niro. Incluso los jesuitas, que llegaron a armar y entrenar a los pueblos originarios para su auto defensa, enfrentaron al propio ejército portugués que pretendía desalojarlos de las Siete Misiones en las mal llamadas guerras guaraníes (1753-1756).

Desde 1640 la separación de España y Portugal había hecho más difícil la penetración de los paulistas en el territorio hispanoamericano, por lo que tuvieron que dejar sus ataques a las reducciones jesuitas y conformarse con llevar sus campañas al norte y al oeste, donde su suerte pronto cambió. A fines del siglo XVIII los bandeirantes encontraron los anhelados minerales preciosos en las márgenes de un tributario del río Sao Francisco –das Velhas- y en el río Doce, que desagua en el Océano Atlántico, al noroeste del Río de Janeiro. En las fuentes de ambas arterias, se fundó en 1690 la villa de Ouro Preto, convertida pronto en el centro de la explotación minera en la región que se llamó Minas Geraes. Desde entonces, las actividades de los bandeirantes quedaron en el pasado, dejando como herencia la desaparición de buena parte de los pueblos originarios y un Brasil mucho más extenso que el delineado en el tratado de Tordesillas.

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