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Religión y Revolución en Cuba

Sergio Guerra Vilaboy

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Aunque mucho se ha escrito sobre la Revolución Cubana, el tema religioso sigue siendo hasta hoy uno de los menos tratados. Para abordarlo, hay que partir de que el pueblo cubano, a diferencia de otros de América Latina, nunca se distinguió precisamente por su fervor religioso. Pese a que el catolicismo fue considerado el culto preponderante, en realidad ha coexistido con otros muy extendidos: los de origen africano -santería o religión yorubá, el palo monte, de raíz bantú- el espiritismo y las diferentes iglesias protestantes, estas últimas de arraigo más reciente.

Según una encuesta realizada por la Agrupación Católica Universitaria en 1954, cinco años antes del triunfo de la Revolución, el 72,5% de los entrevistados se declaró católico, el 19% sin religión, el 6% protestante, el 1% espiritista, el 0,5% masón, el 0,5% judío y el 0,5% seguidor de la santería. Pero del 72,5% de los que se consideraban católicos, el 75% no era practicante y del 25% restante, sólo el 11% iba a las iglesias con frecuencia, o sea, sólo un 2% de la población total del país, entonces de seis millones de habitantes. 

Muchos de esos “católicos” lo eran por el sincretismo de las religiones de origen africano o para protegerse de la discriminación y los prejuicios sobre los que profesaban estos cultos. Por eso, los asistentes a una misa de la virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, podía hacerlo tanto por su fervor católico como para rendir culto a la diosa yorubá Ochún.

Antes del triunfo de la Revolución Cubana, la iglesia católica era una institución asociada a la burguesía urbana blanca. La jerarquía eclesiástica casi siempre se había identificado con posiciones conservadoras, postura que databa de la época colonial, cuando se opuso a la independencia de Cuba. Después del papel activo jugado por muchos sacerdotes en la emancipación hispanoamericana, Madrid se preocupó por impedir la repetición de esa historia en la isla antillana, imponiendo el predominio numérico de curas españoles, situación que se prolongó después de establecida la república en 1902. Como señala Aurelio Alonso en Iglesia y política en Cuba revolucionaria (1997): de los 680 sacerdotes católicos que había en Cuba en 1955, sólo 125 eran cubanos y de 1872 religiosas, sólo 556 habían nacido en el país y buena parte de ellos era falangistas vinculados al régimen franquista.

En ese escenario, la relación de la Revolución Cubana con las religiones, y muy en particular con la católica, ha transitado por distintas etapas, marcadas algunas por tensiones y conflictos. De la activa participación de feligreses y algunos sacerdotes católicos –no así el alto clero- en la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista, se pasó a la abierta oposición al Gobierno Revolucionario. La jerarquía eclesiástica, identificado con los intereses de la burguesía cubana y dominada por un clero extranjero y conservador, se opuso a las leyes de la Revolución, que cada vez más se radicalizaba, sobre todo después de la proclamación del socialismo en 1961. En medio de los duros enfrentamientos con la contrarrevolución y las agresiones promovidas por Estados Unidos, se decidió la expulsión del país de los sacerdotes españoles, que desde los púlpitos hacían duras arengas contra el Estado socialista.

Pero aún en los momentos de mayor tirantez, la tolerancia hacia las religiones fue una característica permanente de la Revolución Cubana, a diferencia de lo ocurrido en otros procesos radicales como en Rusia o México a principios del siglo XX. Desde la década de 1980 fueron mejorando las relaciones entre el gobierno de Fidel Castro y las religiones, como resultado de un proceso de distensión, de mayor comprensión mutua y cierta colaboración entre las iglesias, incluida la católica. Un gran cambio se produjo con el IV congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) en 1991, que conllevó la negación del ateísmo, la aceptación de creyentes en esa organización y sustanciales modificaciones a la constitución de 1976, que estableció el carácter laico del Estado cubano, reafirmado por la actual carta magna, aprobada en 2019 por el 78% de los electores.

Una de las expresiones de ese cambio de clima, fue el importante papel mediador del Cardenal de La Habana Jaime Ortega, ya desaparecido, en el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba en diciembre de 2014, uno de los temas que analiza el historiador brasileño Wellington Teodoro da Silva en su libro Cuba: Religiao e Revoluçao (2021), que recomiendo a los lectores de Informe Fracto.

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Mensaje de la Sociedad Cubano-Mexicana de las Relaciones Culturales

Miguel Barnet

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Al pueblo de México:

Las campanas de la parroquia del pueblo de Dolores llamaron a misa el 16 de septiembre de 1810 y en el atrio de la iglesia se oyeron los gritos de ¡Viva México! Y ¡Viva la Virgen de Guadalupe! El pueblo fue convocado a luchar por la libertad de los habitantes de la Nueva España y se unieron al movimiento organizado por el Padre Hidalgo para iniciar la lucha por la libertad de todos los mexicanos. Unos días después el Padre Miguel Hidalgo organizó el primer gobierno mexicano independiente en Guadalajara. El Grito de Dolores fue un grito que se extendió por todo el Continente.

Los cubanos celebramos este acontecimiento como un punto de partida para la liberación de todo el Continente de la Corona Española.

¡Qué la Virgen de Guadalupe y la Virgen de la Caridad del Cobre bendigan a ambos pueblos hermanos!

¡Viva la Revolución Mexicana!

¡Vivan los pueblos de México y Cuba!

Dr. Miguel Barnet

Presidente de la Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales.

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Bicentenario de la independencia de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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Cuadro del chileno Luis Vergara Ahumada de 1957

Hace doscientos años, el 15 de septiembre de 1821, se declaró la independencia de la América Central, entonces Capitanía General de Guatemala, arrastrada por los vertiginosos acontecimientos de México. En febrero de ese año se había proclamado el Plan de Iguala por Agustín de Iturbide, el 5 de julio depuesto él virrey y el 24 de agosto firmado el Tratado de Córdoba, preludio de la proclamación del Imperio Mexicano.

Durante los años de la crisis española iniciada con la invasión napoleónica a la península ibérica, la aristocracia de la Capitanía General de Guatemala, mantuvo su fidelidad a las autoridades tradicionales, temiendo un levantamiento popular como el que sacudía a México desde 1810. Pero los acontecimientos que ahora tenían lugar en el Virreinato de Nueva España provocaron manifestaciones callejeras en la capital centroamericana exigiendo la independencia, alentadas por el ala liberal criolla, liderada por el cura José Matías Delgado y el teniente de milicias José Francisco Barrundia. Bajo la presión pública, el cabildo de la ciudad de Guatemala se reunió y sin alternativas aprobó, el 15 de septiembre de 1821, la separación de España.

El acta de independencia, redactada por el intelectual hondureño José Cecilio del Valle, reconocía que, “oído el clamor a viva la Independencia que repetía de continuo el pueblo que se veía reunido en las calles, Plaza, Patio, corredores y Antesala de este Palacio”, se optaba por la ruptura con la metrópoli “para prevenir“, según indicaba el propio documento, “las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo“. Para acorralar a los republicanos de El Salvador y Honduras, se propuso la incorporación al naciente Imperio Mexicano, pues la colonia carecía de fuerzas propias para defender el orden. Por ese motivo, el 5 de enero de 1822, el capitán general español Gabino Gainza, en su nueva condición de Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, aceptó el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba, disolvió la junta constituida en la capital en septiembre y solicitó a Iturbide la ocupación militar del istmo. Los principales núcleos elitistas de la región respaldaron el plan anexionista: consideraban al sistema monárquico la mejor garantía a sus privilegios. En Nicaragua, el propio obispo Nicolás García Jerez se había adelantado al ordenar el 13 de octubre de 1821 jurar fidelidad a Fernando VII como “Emperador americano“, lo mismo que hizo un mes después el ayuntamiento de Quezaltenango.

La anexión a México, de inspiración conservadora, coincidió con las propias ambiciones de Iturbide. El gobernante mexicano comunicó a Gainza que una división del Ejército Trigarante marchaba hacia Centroamérica “para proteger la causa de la religión, independencia y unión” y oponerse a la “manía de innovaciones republicanas”, pues “el interés actual de México y Guatemala es tan idéntico e indivisible que no pueden erigirse naciones separadas e independientes sin aventurar su existencia y seguridad.” Con la incorporación de América Central, la jurisdicción del Imperio de Iturbide se extendió desde Texas hasta la frontera de Costa Rica con Panamá.

Los proyectos anexionistas de las elites criollas de México y Guatemala, aceptadas como mal menor por los círculos peninsulares, desataron airadas protestas en toda Centroamérica –incluso Costa Rica solicitó ayuda a Simón Bolívar-, aunque la mayor resistencia se vertebró en El Salvador. Encabezados por el cura Delgado, proclamaron la independencia, tanto de España como de México. El improvisado ejército formado por el salvadoreño Manuel José Arce con los peones e indios de las haciendas, fue derrotado por las experimentadas tropas mexicanas del general italiano Vicente Filísola el 9 de febrero de 1823, victoria pírrica pues unos días después caía el efímero imperio de Iturbide. Con un análisis penetrante, José Martí anotó en sus Notas sobre Centroamérica. “Guatemala, la residencia del Capitán General, era la más poderosa y la más rica, -y por ello provocaba la envidia y el odio-. En esa situación, se proclamó la independencia, sin esa vigorosa agitación tan necesaria en las nuevas épocas políticas para sacudir y lanzar lejos de ellas el polvo de las épocas muertas. La Independencia, proclamada con la ayuda de las autoridades españolas, no fue más que nominal, y no conmovió a las clases populares…solo la forma fue alterada.

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11 de septiembre 1973-2001-2021

Julio A. Muriente Pérez

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El once de septiembre de 1973 –hace 48 años– yo era, como tantos de mi generación, un joven militante recién expulsado de la universidad como consecuencia de las luchas contra el militarismo, la guerra de Vietnam y por la independencia de Puerto Rico, que no comprendía bien muchas cosas. Entre ellas, lo que estaba sucediendo ese día en Chile, aquel país del sur que había sembrado nuevas esperanzas y echado a andar un proceso que tenía mucho de inédito.

El golpe de Estado fascista perpetrado en Chile ese día nos sirvió a muchos de escuela, sobre las barbaridades que es capaz de cometer el imperialismo estadounidense, con la anuencia e incluso con la participación entusiasta y criminal de las clases poderosas y los militares entreguistas.

Poco a poco fuimos comprendiendo muchas cosas, si se quiere madurando, profundizando, radicalizándonos. Con el pasar de los años recibimos otros golpes similares y también alcanzamos victorias importantes, que nos han traído hasta aquí.

El once de septiembre de 2001 –hace veinte años– me encontraba en Sapporo, Japón. Había llegado unos días antes a ese país asiático, invitado por una organización amiga a participar en diversas actividades a favor de la paz y la desmilitarización. Eran tiempos de intensa lucha contra la presencia militar en la isla municipio puertorriqueño de Vieques y por el cese de los bombardeos que se realizaban allí desde la década de 1940. Ésta se había intensificado tras el asesinato del viequense David Sanes Rodríguez, víctima de la bomba lanzada por un avión de guerra estadounidense. También eran tiempos de lucha contra la ocupación de Japón por miles de soldados y decenas de bases de Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

La lucha por la paz y la desmilitarización era –y sigue siendo– un denominador común entre nuestros pueblos. Por eso estuve ofreciendo numerosas conferencias solidarias en muchas localidades japonesas, denunciando el militarismo estadounidense y su política guerrerista. El once de septiembre las actividades se celebraron en Sapporo.

Ese día se conmemoraban veintiocho años del golpe de Estado fascista perpetrado en Chile contra el gobierno constitucional del presidente Salvador Allende y la Unidad Popular, que contó con el apoyo y la complicidad activa de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA).

Luego de un día de trabajo intenso, los compañeros y compañeras japoneses y yo fuimos a cenar. Aproximadamente a las diez de la noche recibimos una llamada telefónica en la que nos informaban que había ocurrido un grave accidente en Nueva York y que un avión había chocado contra una de las llamadas Torres Gemelas. Era la mañana en Nueva York y la noche en Japón.  Entonces no tuvimos acceso a muchos más detalles. Tuvimos que esperar al día siguiente.

Continuamos nuestro programa de charlas y conferencias en favor de la paz para Vieques, por gran parte del archipiélago japonés. Mientras tanto se hacía evidente, sobre todo en las instalaciones militares estadounidenses ubicadas en territorio japonés, el creciente estado de alarma que siguió a los sucesos de aquel once de septiembre.

Sin embargo, entre la población japonesa parecía que la actitud era distinta. En ninguna de las ciudades que visité en días posteriores al once de septiembre se percibía un clima de tensión, más allá de las portadas de los periódicos y los noticieros de televisión. Era como si se tratara de acontecimientos acaecidos en algún lugar distante y ajeno. En todo caso, pensé entonces, el pueblo japonés determinará la trascendencia de actos de violencia y muerte masiva como los ocurridos en Estados Unidos, comparándolos con los sufridos por ellos tras el lanzamiento de bombas atómicas por los militares estadounidenses en Hiroshima y Nagasaki, en 1945.

Han pasado 48 años del golpe de Estado fascista en Chile y veinte años de los sucesos de las Torres Gemelas de Nueva York. Cosas importantes han sucedido en todo ese tiempo. Mucho ha cambiado mientras que mucho ha permanecido igual o ha empeorado.

Estados Unidos y la Unión Europea han salido trasquilados de Afganistán, donde fueron vapuleados por los mismos a quienes habían acusado de los sucesos de hace veinte años. Ha sido una derrota humillante, reveladora de la vulnerabilidad de las grandes potencias capitalistas, en su afán por controlar el planeta. Mientras tanto, hemos vivido veinte años de agresiones, invasiones, magnicidios y guerras por doquier. La obsesión de venganza ha generado un planeta cargado de incertidumbre y violencia.

Mucho ha sucedido también en Nuestra América luego del 11 de septiembre de 1973. Baste decir, al menos, que nuestra región sigue siendo escenario de importantes y alentadoras luchas políticas y sociales.

El once de septiembre de 2021 nos recibe con múltiples pandemias. Es una gran vorágine la que nos ha tocado vivir a los hombres y mujeres  de las primeras décadas del siglo veintiuno.

Aquí estamos, con optimismo inevitable, conscientes de que  hoy el planeta es, posiblemente más que en septiembre de 1973 y en septiembre de 2001, un volcán en erupción.

Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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