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Madre América

Revoluciones indígenas en los Andes (1780-1815)

Sergio Guerra Vilaboy

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A fines del siglo XVIII, con el agravamiento de la crisis colonial en Hispanoamérica, cobró fuerza la aspiración de restaurar el antiguo Tahuantinsuyo, estimulada por un sector de quechuas y aymaras dispuestos a resistir los abusos e imposiciones de corregidores, curas, caciques y funcionarios de la Corona española. En 1780 se abrió un ciclo de revoluciones indígenas que estremecieron los Andes, iniciado por los hermanos Katari y cerrado con la ejecución de Mateo Pumacahua en 1815.

La primera tuvo por centro la provincia de Chayanta, al norte de Potosí (Alto Perú), provocada por los agobiantes impuestos, los constantes abusos de los funcionarios coloniales y el injusto encarcelamiento del curaca Tomás Katari, liberado en 1779 por las airadas protestas indígenas. Nuevas persecuciones en su contra condujeron el 26 de agosto de 1780 al levantamiento de Chayanta y al asesinato por fuerzas represivas de Tomas Katari el 15 de enero del año siguiente, lo que dio más bríos a la rebelión. Después del exitoso cerco a la ciudad de La Plata por Dámaso Katari, los jefes rebeldes fueron capturados (abril-mayo) y ejecutados, entre ellos los hermanos Dámaso y Nicolás Katari.

Fue entonces que la rebeldía indígena cobró un segundo impulso con la incorporación de José Gabriel Condorcanqui, curaca de Tungasuca, el 4 de noviembre de 1780, quién adoptó el nombre del último Inca Túpac Amaru, ejecutado por los españoles en 1572, para indicar la continuidad de la lucha anticolonial. Tras vencer en la batalla de Sangarara dos semanas después, Túpac Amaru II llegó a sitiar el Cuzco. Pero sus improvisadas tropas estaban mal armadas y desorganizadas, mientras que los virreyes de Perú y Buenos Aires concentraban en su contra todas las fuerzas militares disponibles. Además, ni los criollos ni mestizos acudieron al llamado de Túpac Amaru y, por el contrario, lo combatieron, incluido algunos poderosos curacas indígenas como Mateo García Pumacahua Chihuantito.

Derrotadas las fuerzas rebeldes indígenas el 6 de abril de 1781, Túpac Amaru fue apresado en Langui. Interrogado por un funcionario español para que delatara a sus colaboradores, el Inca contestó: “Aquí no hay más cómplices que tú y yo: tú por oprimir al pueblo y yo por querer liberarlo”. El 18 de mayo el valiente rebelde fue descuartizado en la plaza pública por cuatro caballos que tiraban de sus miembros en direcciones contrarias. Su familia, incluida su esposa Micaela Bastidas –una de las dirigentes de la rebelión-, tampoco escapó al suplicio y la muerte. El terrible final de Túpac Amaru no provocó la extinción de la insurrección indígena, verdadera guerra campesina.

A mediados de enero de 1781, en el altiplano central de Charcas, cobró fuerza otro sector rebelde, que reconoció a Túpac Amaru II como su Inca. Su líder era el aymara Julián Apaza, quien hizo resurgir la sublevación de los pueblos originarios en Chayanta, que por su magnitud fue la mayor de todas. A diferencia de Túpac Amaru y Tomás Katari, Apaza no era curaca sino un indígena de origen humilde, que simbólicamente se hizo llamar Túpac Katari. Al frente de más de cuarenta mil alzados, entre ellos su compañera Bartolina Sisa, rodeó La Paz, la que mantuvo bajo asedio durante largos meses. Víctima de una traición, Túpac Katari fue capturado en noviembre de 1781 y ejecutado con un suplicio similar al de Condorcanqui. La rebelión sólo concluyó, el 15 de febrero de 1783, cuando fue capturado en Tinta, Diego Cristóbal Túpac Amaru, descuartizado cinco meses después.

La última oleada de revoluciones indígenas en los Andes estalló el 3 de agosto de 1814 y, a diferencia de las anteriores, contó con la participación de criollos y mestizos, que inicialmente sólo pretendían poner en vigor la constitución española de 1812. A ese movimiento se sumó el anciano curaca de Chincheros (Urubamba) Mateo García Pumacahua, también general del ejército real y presidente de la Audiencia de Charcas. Desvertebrados los rebeldes en tres contingentes militares, uno de ellos ocupó La Paz, escenario de la venganza de indígenas y cholos contra la elite blanca y funcionarios de la Corona, mientras el dirigido personalmente por Pumacahua se apoderaba de Arequipa y Huamanga.

Derrotado en la batalla de Umachiri, el 1 de marzo de 1815, el septuagenario Mateo Pumacahua fue apresado por los realistas. Quince días después, acusado de rebelión y de vestirse de Inca, fue sentenciado a muerte en juicio sumario celebrado en Sicuani. El fallo establecía que se le cortara un brazo, que sería exhibido en Arequipa, y que fuera “ahorcado, cortada su cabeza que deberá conducirse a la capital del Cuzco para que se exponga en una pica a la vista del público y que su cuerpo se queme hasta reducirse a ceniza”, para escarmiento de los insumisos pueblos originarios.

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Mensaje de la Sociedad Cubano-Mexicana de las Relaciones Culturales

Miguel Barnet

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Al pueblo de México:

Las campanas de la parroquia del pueblo de Dolores llamaron a misa el 16 de septiembre de 1810 y en el atrio de la iglesia se oyeron los gritos de ¡Viva México! Y ¡Viva la Virgen de Guadalupe! El pueblo fue convocado a luchar por la libertad de los habitantes de la Nueva España y se unieron al movimiento organizado por el Padre Hidalgo para iniciar la lucha por la libertad de todos los mexicanos. Unos días después el Padre Miguel Hidalgo organizó el primer gobierno mexicano independiente en Guadalajara. El Grito de Dolores fue un grito que se extendió por todo el Continente.

Los cubanos celebramos este acontecimiento como un punto de partida para la liberación de todo el Continente de la Corona Española.

¡Qué la Virgen de Guadalupe y la Virgen de la Caridad del Cobre bendigan a ambos pueblos hermanos!

¡Viva la Revolución Mexicana!

¡Vivan los pueblos de México y Cuba!

Dr. Miguel Barnet

Presidente de la Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales.

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Bicentenario de la independencia de Centroamérica

Sergio Guerra Vilaboy

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Cuadro del chileno Luis Vergara Ahumada de 1957

Hace doscientos años, el 15 de septiembre de 1821, se declaró la independencia de la América Central, entonces Capitanía General de Guatemala, arrastrada por los vertiginosos acontecimientos de México. En febrero de ese año se había proclamado el Plan de Iguala por Agustín de Iturbide, el 5 de julio depuesto él virrey y el 24 de agosto firmado el Tratado de Córdoba, preludio de la proclamación del Imperio Mexicano.

Durante los años de la crisis española iniciada con la invasión napoleónica a la península ibérica, la aristocracia de la Capitanía General de Guatemala, mantuvo su fidelidad a las autoridades tradicionales, temiendo un levantamiento popular como el que sacudía a México desde 1810. Pero los acontecimientos que ahora tenían lugar en el Virreinato de Nueva España provocaron manifestaciones callejeras en la capital centroamericana exigiendo la independencia, alentadas por el ala liberal criolla, liderada por el cura José Matías Delgado y el teniente de milicias José Francisco Barrundia. Bajo la presión pública, el cabildo de la ciudad de Guatemala se reunió y sin alternativas aprobó, el 15 de septiembre de 1821, la separación de España.

El acta de independencia, redactada por el intelectual hondureño José Cecilio del Valle, reconocía que, “oído el clamor a viva la Independencia que repetía de continuo el pueblo que se veía reunido en las calles, Plaza, Patio, corredores y Antesala de este Palacio”, se optaba por la ruptura con la metrópoli “para prevenir“, según indicaba el propio documento, “las consecuencias que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo“. Para acorralar a los republicanos de El Salvador y Honduras, se propuso la incorporación al naciente Imperio Mexicano, pues la colonia carecía de fuerzas propias para defender el orden. Por ese motivo, el 5 de enero de 1822, el capitán general español Gabino Gainza, en su nueva condición de Jefe Político Supremo de las Provincias del Centro de América, aceptó el Plan de Iguala y el Tratado de Córdoba, disolvió la junta constituida en la capital en septiembre y solicitó a Iturbide la ocupación militar del istmo. Los principales núcleos elitistas de la región respaldaron el plan anexionista: consideraban al sistema monárquico la mejor garantía a sus privilegios. En Nicaragua, el propio obispo Nicolás García Jerez se había adelantado al ordenar el 13 de octubre de 1821 jurar fidelidad a Fernando VII como “Emperador americano“, lo mismo que hizo un mes después el ayuntamiento de Quezaltenango.

La anexión a México, de inspiración conservadora, coincidió con las propias ambiciones de Iturbide. El gobernante mexicano comunicó a Gainza que una división del Ejército Trigarante marchaba hacia Centroamérica “para proteger la causa de la religión, independencia y unión” y oponerse a la “manía de innovaciones republicanas”, pues “el interés actual de México y Guatemala es tan idéntico e indivisible que no pueden erigirse naciones separadas e independientes sin aventurar su existencia y seguridad.” Con la incorporación de América Central, la jurisdicción del Imperio de Iturbide se extendió desde Texas hasta la frontera de Costa Rica con Panamá.

Los proyectos anexionistas de las elites criollas de México y Guatemala, aceptadas como mal menor por los círculos peninsulares, desataron airadas protestas en toda Centroamérica –incluso Costa Rica solicitó ayuda a Simón Bolívar-, aunque la mayor resistencia se vertebró en El Salvador. Encabezados por el cura Delgado, proclamaron la independencia, tanto de España como de México. El improvisado ejército formado por el salvadoreño Manuel José Arce con los peones e indios de las haciendas, fue derrotado por las experimentadas tropas mexicanas del general italiano Vicente Filísola el 9 de febrero de 1823, victoria pírrica pues unos días después caía el efímero imperio de Iturbide. Con un análisis penetrante, José Martí anotó en sus Notas sobre Centroamérica. “Guatemala, la residencia del Capitán General, era la más poderosa y la más rica, -y por ello provocaba la envidia y el odio-. En esa situación, se proclamó la independencia, sin esa vigorosa agitación tan necesaria en las nuevas épocas políticas para sacudir y lanzar lejos de ellas el polvo de las épocas muertas. La Independencia, proclamada con la ayuda de las autoridades españolas, no fue más que nominal, y no conmovió a las clases populares…solo la forma fue alterada.

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Madre América

11 de septiembre 1973-2001-2021

Julio A. Muriente Pérez

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El once de septiembre de 1973 –hace 48 años– yo era, como tantos de mi generación, un joven militante recién expulsado de la universidad como consecuencia de las luchas contra el militarismo, la guerra de Vietnam y por la independencia de Puerto Rico, que no comprendía bien muchas cosas. Entre ellas, lo que estaba sucediendo ese día en Chile, aquel país del sur que había sembrado nuevas esperanzas y echado a andar un proceso que tenía mucho de inédito.

El golpe de Estado fascista perpetrado en Chile ese día nos sirvió a muchos de escuela, sobre las barbaridades que es capaz de cometer el imperialismo estadounidense, con la anuencia e incluso con la participación entusiasta y criminal de las clases poderosas y los militares entreguistas.

Poco a poco fuimos comprendiendo muchas cosas, si se quiere madurando, profundizando, radicalizándonos. Con el pasar de los años recibimos otros golpes similares y también alcanzamos victorias importantes, que nos han traído hasta aquí.

El once de septiembre de 2001 –hace veinte años– me encontraba en Sapporo, Japón. Había llegado unos días antes a ese país asiático, invitado por una organización amiga a participar en diversas actividades a favor de la paz y la desmilitarización. Eran tiempos de intensa lucha contra la presencia militar en la isla municipio puertorriqueño de Vieques y por el cese de los bombardeos que se realizaban allí desde la década de 1940. Ésta se había intensificado tras el asesinato del viequense David Sanes Rodríguez, víctima de la bomba lanzada por un avión de guerra estadounidense. También eran tiempos de lucha contra la ocupación de Japón por miles de soldados y decenas de bases de Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

La lucha por la paz y la desmilitarización era –y sigue siendo– un denominador común entre nuestros pueblos. Por eso estuve ofreciendo numerosas conferencias solidarias en muchas localidades japonesas, denunciando el militarismo estadounidense y su política guerrerista. El once de septiembre las actividades se celebraron en Sapporo.

Ese día se conmemoraban veintiocho años del golpe de Estado fascista perpetrado en Chile contra el gobierno constitucional del presidente Salvador Allende y la Unidad Popular, que contó con el apoyo y la complicidad activa de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA).

Luego de un día de trabajo intenso, los compañeros y compañeras japoneses y yo fuimos a cenar. Aproximadamente a las diez de la noche recibimos una llamada telefónica en la que nos informaban que había ocurrido un grave accidente en Nueva York y que un avión había chocado contra una de las llamadas Torres Gemelas. Era la mañana en Nueva York y la noche en Japón.  Entonces no tuvimos acceso a muchos más detalles. Tuvimos que esperar al día siguiente.

Continuamos nuestro programa de charlas y conferencias en favor de la paz para Vieques, por gran parte del archipiélago japonés. Mientras tanto se hacía evidente, sobre todo en las instalaciones militares estadounidenses ubicadas en territorio japonés, el creciente estado de alarma que siguió a los sucesos de aquel once de septiembre.

Sin embargo, entre la población japonesa parecía que la actitud era distinta. En ninguna de las ciudades que visité en días posteriores al once de septiembre se percibía un clima de tensión, más allá de las portadas de los periódicos y los noticieros de televisión. Era como si se tratara de acontecimientos acaecidos en algún lugar distante y ajeno. En todo caso, pensé entonces, el pueblo japonés determinará la trascendencia de actos de violencia y muerte masiva como los ocurridos en Estados Unidos, comparándolos con los sufridos por ellos tras el lanzamiento de bombas atómicas por los militares estadounidenses en Hiroshima y Nagasaki, en 1945.

Han pasado 48 años del golpe de Estado fascista en Chile y veinte años de los sucesos de las Torres Gemelas de Nueva York. Cosas importantes han sucedido en todo ese tiempo. Mucho ha cambiado mientras que mucho ha permanecido igual o ha empeorado.

Estados Unidos y la Unión Europea han salido trasquilados de Afganistán, donde fueron vapuleados por los mismos a quienes habían acusado de los sucesos de hace veinte años. Ha sido una derrota humillante, reveladora de la vulnerabilidad de las grandes potencias capitalistas, en su afán por controlar el planeta. Mientras tanto, hemos vivido veinte años de agresiones, invasiones, magnicidios y guerras por doquier. La obsesión de venganza ha generado un planeta cargado de incertidumbre y violencia.

Mucho ha sucedido también en Nuestra América luego del 11 de septiembre de 1973. Baste decir, al menos, que nuestra región sigue siendo escenario de importantes y alentadoras luchas políticas y sociales.

El once de septiembre de 2021 nos recibe con múltiples pandemias. Es una gran vorágine la que nos ha tocado vivir a los hombres y mujeres  de las primeras décadas del siglo veintiuno.

Aquí estamos, con optimismo inevitable, conscientes de que  hoy el planeta es, posiblemente más que en septiembre de 1973 y en septiembre de 2001, un volcán en erupción.

Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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