La
tortura es una práctica habitual en México. Así lo revela el Informe Mundial
2020 de Human Rights Watch. Entre 2012 y 2018, la Fiscalía General de la
República investigó más de 9,000 casos de tortura, la gran mayoría, impunes al
día de hoy. Según el mismo Informe son prácticas comunes las descargas
eléctricas, el estrangulamiento y la asfixia. Esta realidad estremecedora que vivimos
en México nos la ha recordado el homicidio de José Eduardo Ravelo, quien falleció
después de una larga agonía causada, según su declaración, por la brutalidad de
agentes policiacos.
Sin
embargo, nadie mostró extrañeza, ni siquiera la población de Yucatán, donde
existe cierta sensación de seguridad. Hubo indignación, cuestionamientos y
exigencias, pero no extrañeza. Los habitantes de Yucatán sabemos que hay
policías capaces de intimidar, torturar, violar y desaparecer a los detenidos.
Lo han vivido en carne propia, lo han vivido amistades y/o familiares, vecinos
de la colonia, compañeros de trabajo. Pocas personas se sentirían seguras
rodeadas de policías. Y si fueran víctimas de un delito, de un crimen, saben
que poco se puede esperar de la Fiscalía General del Estado de Yucatán.
Gobiernos anteriores y actuales se han valido del aparato que vigila, pero no
hace justicia.
La
tortura se ha normalizado no sólo por su frecuencia, sino también porque se ha
vuelto norma. Existen policías y militares que consideran parte de sus
atributos dar una “calentadita” a los
detenidos, que incomunicar, golpear, amenazar, torturar y desaparecer es parte
de su trabajo al amparo de las instituciones. Se ha vuelto norma tácita, sobre
todo, porque quienes están arriba y no se manchan las manos, consideran válido ordenar
acciones para intimidar a ciudadanos, resolver expeditamente (y sin investigación
de por medio) cualquier delito que pueda ser imputado a algún transeúnte
vulnerable y con facha de culpable, obtener confesiones (así sean falsas) o
llenar las estadísticas con determinado número de detenidos.
Igual
se ha normalizado un sentir colectivo, animado por el hartazgo, que celebra los
malos tratos, las violaciones y las torturas en los reclusorios. Una parte de
la ciudadanía espera que, como parte de la pena, las personas procesadas sean
víctimas de toda clase de sufrimientos físicos y psicológicos porque “se lo merecen”. Acusan a los derechos
humanos de “proteger delincuentes”. No
fueron pocos quienes, respecto al caso de José Eduardo, esperaban que los
culpables sufrieran el mismo destino en la cárcel.
No,
la tortura no se erradicará pensando que debe prohibirse en ocasiones y, en
otras, es válida. La tortura tiene que ser prohibida en todas sus formas y
contextos. México ha suscrito la Convención contra la tortura y otros tratos
o penas crueles, inhumanas o degradantes (1984), así como su protocolo
facultativo (2006); asimismo, la Convención interamericana para prevenir y
sancionar la tortura (1985). En 2010 la Corte Interamericana de Derechos
Humanos determinó que la violencia sexual es un tipo de tortura, después de
fallar a favor de dos mujeres indígenas violadas por militares mexicanos. En
2017 el Congreso aprobó la Ley general para prevenir, investigar y sancionar
la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes. Pero
este marco de derechos humanos ha sido, usualmente, letra muerta.
Todos
los días un policía aplica el procedimiento ya conocido de someter a alguien,
sin importar leyes ni protocolos. Posiblemente esté sucediendo mientras lee
estas líneas. Todo lo anterior se corona con la cereza de la impunidad, que
cubre un pastel envenenado de omisiones, manipulaciones, extorsiones y
discriminación en las investigaciones judiciales. Por lo anterior, tampoco se
puede reprochar a la ciudadanía la desconfianza que despierta el hecho de que
el Juez de Control en el caso de José Eduardo, haya decidido liberar a los
policías por considerar que no existía evidencia suficiente para vincularlos a
proceso.
Las
preguntas son varias. Entonces, ¿quiénes torturaron, violaron y asesinaron a
José Eduardo? ¿Cuál es la evidencia que sí permite identificar a sus agresores?
Si la Fiscalía ordenó detener a cuatro policías sin evidencia suficiente, ¿fue
para calmar los ánimos? Si la Fiscalía tiene evidencia contundente, ¿se liberó
a los agresores?, ¿a cambio de qué? Si los policías liberados eran chivos
expiatorios, ¿son víctimas del mismo sistema que mató a José Eduardo? Si no
fueron policías municipales, ¿de qué corporación eran? ¿O tal vez no eran
policías? ¿A quiénes están encubriendo? ¿Será otro caso más que perpetúe el uso
impune de la tortura con consecuencias fatales?