APUNTES DESDE MI CASA
De limpieza, flojera y vida…
Publicado
hace 7 añosen
Por
Paloma Bello
Recién que llegamos a vivir a Mérida, hará unos tres años, rentamos la casa que habitamos hasta la fecha, en un fraccionamiento del norte. En los primeros días, por el interfono se dejó escuchar la voz de una mujer, empleada del servicio de limpieza pública, que pasaba a cobrar una cantidad sin cubrir, acumulada durante más de un año.
Le dije que éramos nuevos inquilinos y el adeudo no nuestro. Muy precavida, pidió que le mostrara el contrato de arrendamiento –que no tenía a la mano- y para no iniciar una discusión solicité que pasara otro día, pues me enojó la situación en el momento. Total, la familia anterior hizo el pago correspondiente y la dama en cuestión comenzó a venir cada mes.
Cuando sonaba el timbre no había necesidad de ver la pantalla, porque enseguida gritaba: “soy yo, mi vida”. Evidentemente, era la señora de la basura. El horario vespertino, en la peor hora del calor, revelaba a una figura de labios secos, empapada en sudor, con sombrero y camisa de manga larga, propios de pescador, o sea, impenetrable a los rayos solares, y un morralito viejo, descosido. Mientras elaboraba su recibo, se atragantaba con el agua que yo le obsequiaba cada vez.
Mi Vida y yo entablábamos pequeños diálogos relacionados con su trabajo y, sin deberla ni temerla, me quejaba con ella por el deplorable servicio que su empresa ofrece a la ciudadanía. Por ejemplo, los camiones sólo cargan dos bolsas, jamás una tercera. Cuando se trata de cajas de cartón, de tamaño mediano a grande, permanecen fuera varios días hasta que uno las recorta, dobla y empaca, en el rango de las dos bolsas que recogen los lunes, miércoles y viernes. Tampoco admiten ramas de palmeras secas ni bolsas de césped cortado. Los contenedores los avientan lejos, no los devuelven a su lugar.
-Es que son una bola de huevones, doña –se reía Mi Vida. Una vez le conté que en la ciudad donde yo radiqué durante 42 años, el servicio de colecta de basura, a cargo del Ayuntamiento, es diario, gratuito, y no hay restricción si se trata de escombros, chatarra, o cualquier otra cosa. Por eso mi extrañeza y mis reproches.
Cierta ocasión me dijo que mejor le pagara por adelantado varios meses para reducir las venidas hasta estos rumbos y dio por justificación que hay cuadras en las que únicamente están fincadas dos o tres casas y tenía que caminar muchísimo hasta completar su listado. A veces le hacían dar dos o tres vueltas, era agotador, y últimamente se estaba cansando más de lo debido. Acordamos los recibos por semestre. Me tocaron dos fechas navideñas en que pude darle un regalito y su aguinaldo.
Este año me extrañó que no viniese por sus obsequios y estuve pendiente en las tardes de enero, hasta que alguien tocó el timbre y con voz masculina gritó: ¡Basura! Salí corriendo y un hombre joven me extendió el recibo. Pregunté por su antecesora y antes de que contestara, anticipé que el gobierno actual la hubiese dado de baja, como a tantos empleados de los sexenios anteriores.
El hombre inclinó la cabeza e informó: no, doña, es que falleció. –Pero cómo, de qué? “Su corazón se paró, estaba muy cansado. Demasiado ejercicio, demasiado calor, sin asistencia médica y muy pobre ella. Pero fíjese que su fallecimiento ha servido como razón para que todos nos organicemos tipo sindicato y exijamos prestaciones y mejor salario”. Ambos acabamos con los ojos nublados.
-Ay, señor, no sabe cuánto me duele. Y usted, podría decirme cómo se llamaba la difunta? –Pues…nunca supimos, creo que Mi Vida, porque así llamaba a todo el mundo. -Eso creo yo también, señor. Bueno, pues hasta dentro de seis meses.
Entré a la casa y comuniqué a mi esposo, que de lejitos había observado la conversación. -Por eso no había venido. Se nos fue Mi Vida! Se nos fue Mi Vida! Y de verdad que lo sentimos mucho los dos.
APUNTES DESDE MI CASA
Ya son 145 las personas fallecidas por COVID-19 en Yucatán
Publicado
hace 6 añosen
mayo 23, 2020
Esta tarde la Secretaría de Salud local reportó seis decesos en Mérida, Tinum, Kanasín y Tixkokob.
A la fecha, 145 personas han fallecido a causa del COVID-19 (coronavirus), en Yucatán. Tan solo en las últimas 24 horas, se reportaron seis decesos en Mérida, Tinum, Kanasín y Tixkokob.
De acuerdo con la Secretaría de Salud de Yucatán (SSY), perdieron la vida dos mujeres, una meridana de 65 años, con antecedentes de hipertensión y enfermedad cardiaca; y una de 66 años de Kanasín, con diabetes y obesidad.
También dos hombres de la capital yucateca, uno de 33 años, con antecedentes de insuficiencia renal crónica; y uno de 66 años con antecedentes de tabaquismo, quien convivía con dos contactos, uno de los cuales presenta síntomas leves; un varón de 69 años de Tinum, con antecedentes de tabaquismo, quien vivía con 11 personas, de las cuales siete ha manifestado sintomatología leve; y un hombre de 79 años, de Tixkokob.
Hasta el día de ayer, en Yucatán había una tasa de 47.4 defunciones por cada millón de habitantes, cifra que le hacía ocupar el lugar número 11 en el mencionado rubro.
De igual forma, esta tarde la SSY registró 54 nuevos contagios del COVID-19: 27 en Mérida; siete en Valladolid; cuatro en Umán; dos en Kanasín, Kaua, Ticul; uno en Dzitás, Espita, Hocabá, Hunucmá, Seyé, Tekax, Temax, Tizimín y Tzucacab; y uno foráneo.
En total, se han confirmado mil 432 diagnósticos de la enfermedad, trece de otro país o estado. 123 personas se encuentran hospitalizadas y en aislamiento total. Actualmente 19 por ciento de las camas de hospitalización para pacientes con el virus están ocupadas, mientras que 29 por ciento de los lugares de áreas de cuidados intensivos se encuentran en uso. 242 tienen síntomas leves y 923 personas ya se recuperaron.
La SSY solicitó a la población mantenerse en su casa y seguir al pie de la letra las medidas de salud e higiene establecidas por las autoridades sanitarias.
Cabe recordar que actualmente se puede consultar información sobre el COVID-19 en la página http://www.coronavirus.yucatan.gob.mx. También se puede emplear la línea telefónica (800 982 2826), y los chats de Whatsapp en español (999 200 8489) y en maya (9991 40 6622), para obtener diagnóstico automatizado; y se encuentra disponible la aplicación “Meditoc”, disponible para su descarga en Apple Store y en Play Store.
Durante más de medio siglo he conservado en mi memoria la imagen de quien para mis ojos púberes, fue el niño más bonito del mundo, el adolescente más guapo del mundo. Cuantas veces he tenido oportunidad, he referido aquel distante recuerdo en que, antes de comenzar la matinée, los catorce años de Antonio Herrero Fabra se paseaban con su camisa celeste dominguera, por los largos pasillos de los cines Apolo, Novedades, Cantarell, de Mérida.
Él recibía con naturalidad la admiración de las niñas. A veces se me quedaba viendo, serio, pero no sostenía mucho rato mi mirada. Eran esos tiempos en que si no habíamos sido presentados, era atrevimiento hablar o saludar. Ligeramente más alto que sus compañeros de la escuela Orlando Cortés, de piel semejante al alabastro, facciones delicadas, cabello negro, ojos con acento de abstracción.
Le precedía una interesante aureola. Hijo de dos artistas españoles, Antonio Herrero Saus y María Fabra Camdepadros, había nacido en altamar. Su padre, maestro de educación física y danza en mi colegio María González Palma, disfrutaba narrar las circunstancias de su nacimiento:
“Cuando Antonio cumpla su mayoría de edad, a los 21 años, podrá elegir su nacionalidad: española, por sus padres; francesa, por el origen del barco; británica, por el nombre del barco “Jamaica”; brasileña, por las aguas donde nació; venezolana, por el primer país que pisó, o mexicana, ya que fue registrado en Kanasín, Yucatán”.
Diez años después, y divorciados sus padres, Antonio y su abuelita doña Adela Saus Cano llegaron a vivir a Mérida. Su papá recién había contraído matrimonio con la maestra de danza clásica Alma Rosa Cerón. La juventud de Alma Rosa y el inmediato cariño del pequeño, propiciaron una relación de amigos y cómplices. No resintió su vida anterior en México, ni extrañó su colegio Anglo-español. Fue feliz, travieso, estudioso.
Por su naturaleza adaptable y su sangre artística, participó como “Cascanueces” en las funciones que ofreció el ballet de Bellas Artes, dirigido por su tía Socorrito Cerón de Herrera. Su juvenil gallardía envuelta en uniforme militar, iba acorde con la marcha de Tchaikovski.
En 1961, su madre lo reclamó para vivir con ella en la ciudad de México. Enseguida, Antonio se integró al grupo musical “Los Teddy Boys” en el que era el vocalista en inglés.
En diciembre de ese año, María salió de gira con otras bailarinas que vivían en el mismo edificio. Antonio y los hijos de ellas quedaron solos en sus departamentos al cuidado de una sirvienta. Una tarde, mientras jugaban a policías y ladrones, uno de los chicos descubrió la pistola que guardaba su madre. La descargó y continuaron jugando.
En determinado momento, accidentalmente, la pistola se disparó sobre el pecho de Antonio, quien cayó fulminado por el impacto de una bala que había quedado atorada al descargar. El niño responsable huyó atemorizado, en tanto la sirvienta dio parte a la policía. La tragedia, acaecida el 6 de diciembre, cubrió de dolor a toda su familia y amigos. A quince días de cumplidos sus 15 años, Antonio había dejado de vivir.
Hace unas semanas estuve en casa de los Herrero-Cerón. José Luis, primogénito de esta familia, y su madre, Alma Rosa, conservan ordenadamente y con devoción, toda clase de documentos y fotografías de sus seres queridos. Pusieron a mi disposición varias cajas con papelería, que fuimos revisando con asombro y afecto.
Me resulta difícil describir la sensación de esos momentos, el efecto de pulsaciones en las venas cuando tuve entre mis manos el acta original donde se asienta:
“Ego pater Modestus Lieffring, presbiter congregationes Mariae Assumptae ablui, natum in navi Jamaique… Antonium… die 20 novembris, 1946” y cuatro firmas de hermosa caligrafía, y
su pasaporte de 32 páginas, emitido por el Estado Español
fotos de su primera infancia,
calificaciones escolares,
el recorte a ocho columnas del periódico Excélsior dando la fatal noticia el 7 de diciembre de 1961;
la fotografía de su mausoleo en la ciudad de México: un edificio que custodia en la vitrina una foto con marco grande, y en la fachada, suscrita como se pronuncia, la palabra francesa “Coquette”, su apodo de cariño.
Yo tenía la garganta seca. Mis amables anfitriones me brindaban toda clase de atenciones, pero yo leía y releía una carta dirigida a su familia de Mérida, meses antes de su fallecimiento. Es una hoja rayada de cuaderno escolar, ligeramente amarilla, escrita con tinta y no muy buena letra. En ella desea a Alma Rosa que “estéis bien” y narra las experiencias de su nuevo colegio, el Cristóbal Colón. Menciona una alergia en su estado de salud y envía saludos a una extensa lista de parientes y amigos.
La carta del niño que no llegó a decidir su nacionalidad. La carta del niño que aceptaba con llaneza los cambios en su vida. La carta de ese niño que me miraba sin sonreír en aquellas mañanas de cine.
José Luis y su madre demostraban inquietud por llevarme a una habitación que reservaban como colofón a mi visita. Es el santuario dedicado a los dos hermanos fallecidos: Nicte-Há, maestra y bailarina, y Tony, como prefieren llamarle. Sus altares y fotos. Ahí vino el impacto final: el último retrato de Antonio mirando más allá de la cámara, con su uniforme de gala blanco, estilo naval, con charreteras y botones dorados y su quepí de la Orlando Cortés.
Tal cual lo recordaba: no era imaginación, no lo había idealizado, todo era cierto: su juventud y belleza como ofrenda a los dioses de la eternidad.
Hoy, día 20, Antonio cumpliría 73 años. Lo he recordado siempre. Sé que siempre lo recordaré: cada año, en diciembre, se escucha en todo el mundo la marcha de El Cascanueces.

Ahora que amainó la lluvia informativa en torno al cantante José José, me permito narrar una vieja anécdota personal relacionada con él. Me apena admitir que nunca fui admiradora suya, pues, aunque aprecio sus cualidades interpretativas, sus canciones me parecen confeccionadas con esquemas bastante comerciales. Como no fui seguidora de sus discos, me he limitado a escuchar en la radio o la televisión lo que estuviese en boga, y por esa razón desconozco su discografía.
Excepto una canción muy fina, que conocí de cerca, porque los creadores fueron dos tamaulipecos distinguidos, ambos neolaredenses, a quienes tuve el honor de conocer: el escritor Mauricio González de la Garza y el virtuoso pianista Sergio Peña. A Mauricio se acercó el ingeniero Jorge Díaz Serrano a solicitar un homenaje especial para su esposa, a quien amaba profundamente, la señora Helvia Martínez Verdayes (misma que en su juventud fue la modelo en vivo de la escultura Diana Cazadora).
Entusiasmado, Mauricio escribió la letra y Sergio compuso la música, dando por resultado el tema “Polvo Enamorado” y, ante el legítimo éxito del autor, del compositor y del intérprete, en Nuevo Laredo fue inaugurado con el nombre de la canción, un acogedor espacio para solaz de sus habitantes.
Sin más preámbulos, referiré ahora mi anécdota. En plena vorágine del Festival de la Canción donde compitió “El Triste”, José requirió alejarse unos días de la ciudad de México, para descansar y reflexionar sobre su inusitado triunfo y vino a Mérida de incógnito. En esos años yo reporteaba para Novedades de Yucatán y su vespertino.
El director de Novedades de la Tarde, Alberto Cervera Espejo, fue a mi escritorio un mediodía, y con la autoridad que lo caracterizaba, me ordenó que en ese instante fuera al Club Libanés y a como diera lugar, consiguiera una exclusiva con el cantante. Cervera Espejo se había enterado que José José estaba en el bar del Libanés tomando unos rones con Coqui Navarro, quien quizá podría ser un intermediario para facilitar el contacto.
De acuerdo a la época, tuve que conseguir un directorio telefónico para llamar al Club, solicitar a un mesero que localizase al maestro Navarro y pedirle a éste que por favor en cuestión de media hora, con cualquier pretexto sacara a la puerta de la calle a José, y del resto yo me encargaría. Divertidísimo, Coqui dijo que sí.
Yo no tenía coche. El Libanés estaba situado muy céntrico en ese entonces, sobre la calle 60. Me fui a pie desde el periódico hasta la Plaza Grande y abordé un taxi. Le expliqué al chofer lo que pretendía hacer y estuvo de acuerdo.
Al pasar, Coqui y José estaban conversando en la mera puerta. El taxista y yo nos bajamos del carro, me acerqué a los artistas y rápidamente fui presentada. En breve expliqué a José de la orden estricta para conseguir una entrevista y juré que no lo entretendría mucho tiempo. Sin darle tiempo de responder, entre Coqui y el taxista lo metieron al carro y justo en el tiempo que dura una vuelta a la manzana, de la calle 60 vuelta a la 55, vuelta a la 58, vuelta a la 57 y regreso a la 60, obtuve exactamente lo que necesitaba, incluyendo fotos con mi cámara Yashika 500.
(La verdad es que el Príncipe era un chamaco apenas, ingenuote, cargado de bondad y confianza hacia el ser humano. Tal vez por eso, como se comenta, sus ex esposas y una de sus hijas, profanaron su magnánima forma de ser).
Regresando a la Redacción, me puse a teclear, en tanto López Nájera revelaba e imprimía las fotos, porque el diario salía a la calle a las 4 de la tarde. La amplia sonrisa de mi director fue la recompensa. Además, me regaló un titular precioso en la primera plana: “José José secuestrado en Mérida por una reportera”. Me concedió también las dos páginas del centro con las fotos y el reportaje.
Recuerdo que cuando salieron las primeras pacas de los talleres, fui con los niños voceadores a la Plaza Grande, indicándoles que gritaran así: ¡José José fue secuestrado hoy! (pausa) en Mérida! (otra pausa) por una reporteraaa! Hasta se me olvidó ir a comer esa tarde, por lo satisfecha que estuve. Siempre agradeceré la mano férrea de Alberto Cervera Espejo como director, y su generosidad también.
¿Y José y Coqui? Siguieron en la bohemia hasta el día siguiente. Eso supimos.
