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Crónicas de Ixil

El cinema Encanto

Miguel Ángel Orilla

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A David y Arturo Baquedano.

La época del cine llegó en 1945. Inicialmente los propietarios fueron los hermanos Arturo y Primitivo Baquedano, prósperos comerciantes. Al poco tiempo quedó a cargo del primero la sala cinematográfica.

El Cinema fue el centro de reunión social de la comunidad, acudían familias enteras a divertirse, así como la gente que habitaba en las haciendas cercanas que se trasladaba en truks. En esos tiempos la única diversión que había en Ixil era el béisbol.

Frente al local del Cinema existían tres puestos de los señores Carlos Dzul, Juan Cocom y Emilio Chan quienes con sus esposas cocinan ricos salbutes y panuchos acompañados de horchata y sidra Pino. Desde las 6 de la tarde don Arturo calentaba el ambiente por medio de un equipo de sonido con música y advertía a los cinéfilos: ” no deje que se la cuenten”. Y la gente acudía a ver la película que se exhibia.

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Crónicas de Ixil

Beisbol

Miguel Ángel Orilla

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Equipo ” Zoila Rosa Quijano”, de izquierda derecha: Manuel Baquedano, Marcos Dzul, Félix Sulub, Efraín “Tarzán “Escobedo, Francisco Orilla, Álvaro Escobedo, Crescencio Orilla, Lázaro Moguel, Catalino ” Bocho” Orilla, Brígido Pech, Cutberto Córdova y Carlos Escobedo. Arriba sentado sobre la pizarra, Fernando “Nani” Aguilar. Los resultados del partido que se miran son elocuente testimonio de la victoria de los ixileños. Recuerdos imborrables de una foto tomada en 1960, en la Plaza Principal.

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Crónicas de Ixil

El TURCO JACOBO

Miguel Ángel Orilla

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Lo conocimos allá por allá de 1940. Vendía desde un pan francés chuchul hasta el traje más fino y de buena calidad. El turco Jacobo era un viejo flaco, de pelo blanco, vivía en Chicxulub Pueblo pero a cada rato estaba vendiendo cositas por abonos. Por su forma de vestir y su manera de ser, la gente pensaba que estaba jodido o pobre. Era relajista y se llevaba con la muchachada; vestía un flus que le quedaba grande, sombrero de ala grande, tenía una barba que parecía de chivo.

Cuando venía a vender, sus mochilas estaban llenas de chucherías pero al poco tiempo ya no le quedaba nada. A veces no había dinero pero él aceptaba a cambio patos, gallinas, cochinos que a su vez vendía en otros lugares, en fin comerciaba con todo.

Una vez le dije: ” Oye Jacobo tú no eres turco eres judío.” –“No sé qué soy, lo que sé es que estamos revueltos”- respondió.

Los domingos traía un sabroso pibi-chivo; mi papá Catin era su mejor cliente, ya que por estos rumbos no había costumbre consumirlo. Pasaron los años y Jacobo se fue a otros lugares pero su recuerdo permanece en los que lo conocieron, que ahora somos pocos. (Fuente: Juan Fco. Orilla Canché)

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Crónicas de Ixil

El chino Camilo

Miguel Ángel Orilla

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Eran los tiempos aquellos en que las burras, propiedad de doña Cinta y las chivas de doña Andrea pastaban libremente por la plaza sin que nada ni nadie las molestara.

Él era un chino, como cualquier otro, porque dicen que todos los chinos se parecen. Sus ojos de rayita eran vivaces, vendía ropa por abonos y era un comerciante muy abusado, tan abusado que hasta hablaba maya: “Man a nok’, malchante, man a nok” (compra tu ropa), por las angostas calles del pueblo se oía este pregonar del Chino Camilo, de quien jamás se supo su apellido. Había vivido cierto tiempo en Chicxulub, la población más cercana de Ixil, tenía harta lana, y era como de 60 años.

En esos tiempos, viajar a Mérida era toda una hazaña, así que ustedes comprenderán que ése comerciante vino a llenar una gran necesidad en la comunidad. Tela “lica”, rebozos, tiras de hipiles, zapatos, de todo había en sus bien provistos tenates que colgaba de un madero sobre su hombro a la manera tradicional de su natal puerto de Cantón.

En poco tiempo se supo ganar el cariño de los moradores aunque quizá no de los pequeños porque dicen que cuando éstos se portaban mal, los asustaban diciéndoles “ahí viene el Chino Camilo, te va a llevar”. Los buenos tiempos de la bonanza henequenera lo favorecieron, así que para llevar mercancía a las haciendas del municipio, San José, Kansacopó, San Juan y Too, adquirió un caballo canelo, a quien la primera vez que lo montó, dicen que puso al revés la montura.

Fue tanto el cariño por el pueblo, que por seguir las costumbres tradicionales del mismo, fue su deseo que los bautizaran cristianamente y fueran sus padrinos, el respetable matrimonio formado por don Anatolio Aguilar y doña María Rodríguez. Para entrar al templo su saludo era postrarse de rodillas y pegar la cara al suelo, quizás imitando las costumbres de sus lejanos dioses.

Mucho tiempo vivió solo en su casa que ocupa ahora Don Fernando Pech. Un día despareció del pueblo, no se supo más de él, pero la gente -sobre todo sus deudores- siempre recuerdan con gratitud y cariño al chino-maya “Mananok”.

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