Durante más de
una década compartió las alegrías y tristezas del hogar. Con los niños retozaba
en el parque con arena y también les servía para jugar de toro. Cuando los
pequeños retornaban de la escuela les manifestaba su alegría moviendo la cola. Cuando
algún integrante de la familia salía a la calle, siempre le seguía la pista;
iba al mercado, la plaza, las fiestas y, a veces, hasta el templo parroquial.
Era fiel
guardián de la casa. Por las noches no dejaba ni pasar al aire. Se dio a querer
y sus dueños le prodigaron toda clase de cuidados. Era un afecto reciproco. Sus
ojos húmedos y tristes parecían que adivinaban cuando en el hogar las cosas no
marchaban bien. Entonces permanecía acostado, quieto como estatua.
Poco a poco los achaques lo comenzaron a vencer. Aquel paso veloz para corretear por el patio a las gallinas o perseguir ciclistas, se tornó lento. Esa fue la causa de que lo atropellara un camión que por poco lo mata. Desde eso dejo de ser el juguetón de siempre. De pronto, un buen-¿o mal?- día estiro las patas y se murió.
Entonces Mike,
un robusto muchacho- que había crecido junto con él- lo abrazó, lo metió en una
bolsa de nylon y en triciclo, lo llevo hasta el cabo del pueblo.
Antes de partir,
aquel joven discretamente se secó las lágrimas y dijo que no quería que a su
amigo lo vieran así los niños de la casa al regresar del colegio.
Este sencillo
relato recuerda la vida de un perro malix, color grisáceo, llamado “Llanero”,
que un buen día vino a regalarse y que se adueñó del cariño de la familia.
Quienes dicen que el perro es el mejor amigo del hombre, dicen una gran verdad.
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