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Crónicas de La Colonia Yucatán

Personajes imperdibles, Pancho López o Felipe Francisco Leal Pérez

José Antonio Ruiz Silva

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Recordando gente de la Colonia Yucatán, nos viene a la memoria la presencia de un personaje destacado a quien muchos recordamos con singular afecto. Nos referimos a don “Pancho “López, encargado de cuidar el orden de este pueblo maderero, junto con el viajero Bernabé “Tucho” Tinal.

Don Felipe Leal Pérez, nombre verdadero de “Pancho López”, nacido en de Dzitás Yucatán, el 4 de julio de 1921. Ahí pasa su infancia y estudia la educación primaria. Decía: “…no se me olvida mi cumpleaños, pues coincide con el Día de la Independencia de los Estados Unidos”.

En algún momento de su vida, debido a las difíciles condiciones económicas de Yucatán en la década de los años 40, Felipe Leal se traslada con su familia a la ciudad de Mérida escogiendo vivir por el rumbo de la calle 54 por 87. Posteriormente pasa parte de su adolescencia en el estado de Campeche, para después retornar a la ciudad de Mérida y enrolarse en la entonces sección de la Policía de Caballería de   Mérida,  animado por su hermano Reynaldo Leal Pérez, quien se desempeñaba como oficial de la policía de tránsito y quién lo  apoyó para ingresar a la corporación. Pronto sigue su carrera en  la Policía de Tránsito y finalmente se alista en la Policía Judicial.

Durante su juventud  enamoró hasta el noviazgo a Guadalupe Campos Lara que vivía cerca de donde se desplomó el avión en que perdió la vida el gran Pedro Infante en el año de 1957. Contraen  nupcias y  de esa unión nacen 10 hijos, 4 de ellos en la Colonia Yucatán, donde había sido comisionado como Agente Judicial. Cuando caminaba por las calles de la Colonia Yucatán o cuando visitaba alguno de los ejidos cercanos, siempre se hacía acompañar de un revólver calibre 38 que cargaba al cinto, junto con su sombrero, un fuete de cuero y su inseparable paliacate  rojo enrollado al cuello. En la época de los años 50 y 60, la administración de las fábricas tenía prohibido que la gente anduviera descalzo por las calles y evitarlo era una de sus tantas funciones, al igual que cuidar los niños no hicieran “putz escuela.

Cuando ocurre el cierre de las empresas madereras en 1975, opta por trasladarse con parte de su familia a la ciudad de Mérida, donde inicia y logra  tramitar su pensión como agente judicial , cargo que desempeñó durante más de 40 años. En una ocasión, ya jubilado y haciendo sus compras en una plaza comercial del poniente de la ciudad de Mérida, se encontró con un capitán jubilado  y le comenta a su hijo el profesor Silvestre: “Mira hijo esta persona es un gran amigo que perteneció al Escuadrón 201 y participó en la Segunda Guerra Mundial del lado de los Aliados en contra de las fuerzas del Eje.” Entonces, después de la charla el capitán sacó de entre sus cosas un libro que le autografió y que siempre conservó entre sus recuerdos.

“Pancho López” era además un apasionado de la música, mostrándoles dispuesto a tocar el “rascabuche” o las “quijadas de caballo” cuando era requerido por el director de la Orquesta MEDVAL. Por otra parte, tenía una habilidad especial para arrancarle sonidos a la madera, utilizando sus gruesos dedos y agua para deslizarlos sobre ella, en ocasiones sobre una mesa y en otras en las paredes de las casas de Colonia Yucatán que estaban forradas por dentro con hojas de triplay.  Con este singular técnica realizó algunas presentaciones en los antiguos  restaurantes El Faisán y el Venado y la  Ciudad Maya, cercanos al Zoológico del Centenario, para después ser agasajado por los dueños o administradores con alguna comida, que disfrutaba en compañía de sus hijos .En el ámbito estatal era conocido por gobernadores y diputados como el Sheriff de la Colonia Yucatán, y  como tal  participó en innumerables detenciones de personas dedicados a la siembra de mariguana en los ejidos cercanos, y entonces era común ver su foto con algún detenido en las páginas rojas de las revistas de esa época como Presidio y Alarma, y que en su momento mostraba orgulloso a sus amigos. Don “Pancho López”, falleció en la tranquilidad de su hogar a la edad de 85 años en la ciudad de Mérida, el 1 de diciembre de 2006.

Asociación de Cronistas e Historiadores de Yucatán A.C.

www.coloniayucatanfrentealaselva.blogspot.com.mx

Crónicas de La Colonia Yucatán

El sargento Marceleño, disciplina y orden ante todo

José Antonio Ruiz Silva

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A veces nos preguntamos sobre las personas que durante el auge de las empresas madereras del oriente de Yucatán vimos deambular todos o casi todos los días en nuestro andar por las calles de esos hermosos pueblitos. Nos preguntamos: ¿Qué habrá sido de ellos? ¿A dónde habrán partido después del abrupto cierre de las fábricas?, ¿Qué habrá sido de ellos y de sus hijos? El caso que nos atañe en esta ocasión pinta de cuerpo entero las preguntas que en antecedentes hemos señalado. Quizás porque muchos de ellos fueron ciudadanos ejemplares que dieron su vida al servicio de sus comunidades, y por ende nunca se conocieron malas conductas ni dentro ni fuera de sus hogares. Un buen amigo, el Ing. Roberto Mac Swiney, decía que las coincidencias no existen y estoy de acuerdo con él, simplemente hay que buscarlas y en ese sentido las Redes Sociales guardan un papel preponderante para hacernos más fácil muchos trabajos. Así es como busqué y encontré a un pariente cercano de don Antonio Ramón Marceleño, más conocido como el sargento Marceleño, en la persona de su hija Silvia quien vive en la bella Valladolid.

Después de las presentaciones de rigor vía telefónica, Silvia nos narró que su papá nació en el puerto de Progreso en 1926 y que su abuelo era de Tabasco, de ahí que el apellido Ramón sea común en ese estado y muy raro en el nuestro. Antonio, entra muy joven en la milicia donde hace su carrera, misma  que lo lleva en la década de los 50 al Campamento La Sierra como integrante de una partida militar del entonces 30 Batallón de Infantería con sede en la ciudad de Mérida. Estando en servicio en ese lugar, lleva a vivir a su esposa María Dolores Valenzuela y a sus hijos Antonio y Silvia. César, el más pequeño, nacería en La Sierra. Al cumplir 30 años de servir a la Nación tramitó su pensión ante la Secretaría de la Defensa Nacional y es cuando es invitado por las empresas madereras para apoyar en algunos aspectos de vigilancia y orden que se requerían debido al crecimiento de esos poblados y a la cantidad de gente que llegaba de todos lados, siendo nombrado al poco tiempo Comisario Municipal de la Colonia Yucatán, cuando en esa época no había elecciones por tratarse de un área concesionada. Este encargo lo desempeñó durante cerca de 10 años con el apoyo de su entrañable amigo el Policía Judicial Felipe “Pancho López” Leal. Ellos dos eran el “terror” de los niños que hacían putz escuela o andaban descalzos en las calles.

Otra de las funciones del sargento “Marceleño” era proporcionar instrucción militar para aquellos jóvenes que alcanzaban la mayoría de edad, evitando con esto el traslado a Tizimín y los consiguientes gastos que representaba.

Pero nada es eterno y con el dolor de su alma, en 1977, dos años después de cerrar las fábricas el sargento Marceleño dejó con su familia la casa donde vivió muchos años ubicada en la calle que conduce al poblado de Kantunil, Quintana Roo.  Silvia evoca con nostalgia, a sus vecinos los García, los Berzunza, el precioso parque de La Sierra con su escalera, la cascada, las enredaderas, y lámparas, el gran jardín donde jugaba a su corta edad con “Tina” Tec, “Feli” Canto, las Bates, Ofelia y Tere Martin   Rememora las bachatas de los cumpleaños con música de discos de acetato y a jóvenes como “Rach” Martin, Mario Villafaña, Antonio Rebolledo, Manuel Núñez, entre otros. Nos dice: “Ya sólo regreso con motivo de alguna festividad religiosa, sintiendo la pena de ver todo cambiado lamentablemente.” El sargento Marceleño, al quitarse de La Sierra, se avecinda en Mérida en una casa ubicada por el rumbo de la Iglesia de Lourdes, tiempo en el que se vuelve un gran seguidor y fanático de los Leones de Yucatán a los que vio coronarse  campeón. En las gradas del campo de béisbol Kukulcán era común verlo con su pequeño radio de baterías de onda corta y larga pegado al odio, y cuando le preguntaban por qué lo usaba si lo estaba viendo en vivo, señalaba  “es una gran costumbre porque donde esté escucho los juegos de los Leones y porque  acá explican mejor las jugadas y le meten más emoción “. El sargento también fue un gran porrista de su inolvidable equipo Cardenales de La Sierra.

 Después de un buen tiempo de radicar en Mérida, algunos problemas de salud ante el fallecimiento de su compañera de vida, hace que se traslade a vivir a la ciudad de Valladolid para estar bajo el cuidado de su hija Silvia, donde fallece en diciembre del 2004. Un hombre ejemplar sin vicios, de férreo pero agradable carácter y gran platicador que dejó parte de su vida en el oriente de Yucatán.

Asociación de Cronistas e Historiadores de Yucatán A.C.

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Crónicas de La Colonia Yucatán

La arraigada práctica del Voleibol

José Antonio Ruiz Silva

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Una larga entrevista telefónica a la profesora  Addy Díaz Sánchez, debido a las restricciones que ha impuesto la pandemia del Covid 19, nos permite  atisbar la importancia  que representó la práctica del deporte en la Colonia Yucatán como una forma de vida entre los habitantes de ese hermoso poblado. De hecho era difícil concebir la actividad social ese pueblo maderero sin asistir a la práctica de algún deporte a modo de competencia a través de los campeonatos que inicialmente convocaba el Comité Social y Deportivo y que posteriormente entusiastas personas de la localidad se encargaron de tomar la estafeta de la organización con fines de recreación.

Durante las décadas de los años 50 y 60 era común y satisfactorio observar cómo se organizaban los campeonatos de boliche, softbol, volibol en sus ramas varonil y femenil y el campeonato regional de béisbol, a cargo de la empresa maderera con la participación de equipos donde ésta tenia injerencia como lo fueron diversos poblados del estado de Quintana Roo entre ellos: Kantunilkin, Solferino y Chiquilá, colindantes y cercanos al centro maderero.

Nos cuentan de reuniones de trabajo tanto en la Casa Principal como en la escuela primaria y en la Nevería del Casino, donde asistían Jaime Contreras, el “ Chango”  Serrato, Luis Ricalde, Eusebio Díaz, Ramón Vidal y  Emilio Zamudio, entre otros, con el fin  de  organizar el campeonato siguiente. No había finalizado uno cuando ya se estaba pensando en el siguiente.

A manera de entretenimiento se organizaban las siguientes actividades recreativas, según palabras de la profesora  Addy Díaz: los lunes eran de volibol,  los martes de audición con la Orquesta Medval, los miércoles, transmisión de películas de corte americano en el cinema Trópico, los jueves se realizaban funciones de box, y los el viernes de nuevo el campeonato de voleibol en la cancha principal. Estas eran las actividades que se desarrollaban por las noches, al mismo tiempo que los campeonatos de Boliches en el Casino.

Con el fin de fomentar el deporte se construyó a las puertas de la fábricas un campo deportivo para la práctica del softbol, mismo que se llevaba a cabo inicialmente durante las tardes y posteriormente, cuando ya se contó con luz artificial mediante grandes luminarias, los juegos se practicaban por las noches, contando entonces con la participación de algunos equipos de mujeres.

Por otra parte, la cancha principal ha sido desde siempre un lugar icónico de la Colonia Yucatán cuyas pequeñas gradas se distinguen enfrente de la Iglesia, en el gran parque ubicado al centro de la población. En este lugar se recuerda la realización de emotivos  encuentros deportivos entre equipos locales y de La Sierra, tanto de volibol femenil y varonil, como de basquetbol varonil,  contando con importantes visitas a manera de intercambio de competencias entre equipos de la región como lo fueron equipos de Valladolid, Tizimín y  Espita.

También se guardan recuerdos gratos del campo deportivo donde se practica el béisbol y el futbol. Ese campo deportivo ha sido escenario de juegos legendarios como aquel que en la década de los 60 escenificaran los equipos representativos de Tizimín y la Colonia Yucatán en la llamada Liga Oriental de Béisbol, cuando en un juego del rol regular, se enfrascaron en un duelo de picheo los grandes peloteros Armando Díaz, espiteño de origen y Arnaldo “Fantasma” Rosado. El resultado final, después de 17 entradas, favoreció al equipo de Tizimín. De este gran juego hablaremos con amplitud en otra oportunidad, así como de las diferentes disciplinas deportivas señaladas en este artículo.

Asociación de Cronistas e Historiadores de Yucatán A.C.

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Crónicas de La Colonia Yucatán

Don Ramón Vidal Álvarez o la gloria del transporte

José Antonio Ruiz Silva

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Don Ramón Vidal nació en el poblado de Temozón en el año de 1921, de donde se traslada siendo un niño a la ciudad de Valladolid, y  donde muchos años más tarde contrajo nupcias y procreó a sus primeros hijos. Enterado de las oportunidades de empleo que se existían en el Campamento La Sierra y en la Colonia Yucatán, debido al vertiginoso desarrollo de las industrias madereras, se traslada con su familia y pronto consigue un empleo derivado de la necesidad de enlazar a estas dos cercanas poblaciones. Se le presenta así la oportunidad de prestar el servicio semiurbano de transporte a través de un camión de pasajeros que adquirió en su natal Valladolid.

Era evidente la necesidad del continuo traslado de pasajeros de un poblado a otro, pues a diario realizaba sus primeros llevando a los trabajadores que acudían a las fábricas. Un poco después  don Ramón atendía a los niños que estudiaban en la escuela primaria Manuel Alcalá Martín y posteriormente a las amas de casa que acudían a realizar sus compras a la Colonia Yucatán. Los viajes de retorno, hasta el último viaje que hacía cerca de las 10 de la noche, eran un verdadero trajín.  Los sábados y domingos eran un tanto diferentes, pues eran días de ir al cine y había que esperar el término de la función para efectuar el último viaje.   Cuenta su hija la maestra “Loli” Vidal, que gracias a su papá  los niños de la Sierra siempre recibían buenas calificaciones por su puntualidad. Y agrega lo siguiente:“ Todos los lunes, día de los honores a la Bandera, mi papá después de bajar al último niño, se quedaba al pie del camión , para dar seguimiento a la ceremonia que se hacía en la explanada ubicada al frente de la escuela y ante el público. Ahí estaba él honrando a nuestro Lábaro Patrio y entonando desde afuera de la escuela nuestro Himno Nacional”

Loli también se refiere a una anécdota que ocurrió cuando en cierta ocasión su hermanito “Moncho,” -por cierto el único varón de la familia, pues los demás fueron 5 eran mujeres- no logra alcanzar el camión urbano lleno de niños en su rutina diaria. “Moncho” se había atrasado tal vez en su arreglo personal  o concluyendo alguna tarea importante y por más que corrió  detrás del camión, este no le hizo parada.  Ese mismo día, al retornar a su  casa le reclamó a su papá que porqué lo había dejado, si era hijo del chofer y dueño del camión, a lo que don Ramón respondió: “precisamente porque eres mi hijo, deberías dar ejemplo de puntualidad. Yo estoy en este caso para servir por parejo a todos. Así que ya sabes que la siguiente vez será igual.”  ¡Nunca más volvió a ocurrir ¡

Don Ramón Vidal, en su querida Sierra donde residió muchos años, se destacó por la promoción del deporte entre las mujeres. Es así como bajo su patrocinio logró formar un aguerrido equipo de softbol y otro de volibol que tuvieron destacada participación en los campeonatos de la Colonia Yucatán. También se distinguió como un digno porrista a favor del equipo Cardenales de La Sierra. Eran épicos los encontronazos amigables con otro porrista, pero de Maderera del Trópico, equipo que representaba a la Colonia Yucatan en voz y pasión de don  “Pancho” González.

Como premio y reconocimiento a esta labor la entonces Fundación Amigos de Colonia Yucatán (FACY) le hizo un merecido reconocimiento durante una kermés realizada en la ciudad de Mérida en el 2016.  Este reconocimiento fue para motivo de orgullo e iniciación de incontables conversaciones con sus nietos y bisnietos que siempre le preguntaban al “abuelito consentido” sobre su trabajo en esos pueblos de oriente.

Don Ramón Vidal falleció en la ciudad de Mérida el pasado martes 5 de enero a la edad de 92 años, acompañado de su esposa Marlene Rivero y de sus hijos Loli, Ramón, Conchi, Susi, Marita y Enita.

Asociación de Cronistas e Historiadores de Yucatán A.C.

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