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La política en Yucatán

Introspección histórica: ¿Un Gobernador demonizado? La Iglesia en las disputas por el poder

Mario Alejandro Valdez

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Allá por el lejano año de 1605, el Mariscal de Campo, Gobernador y Capitán General de Yucatán acudió a escuchar la Santa Misa, como todos los domingos y “días de guardar” de aquellos tiempos, en los que, al menos en apariencia, el trono, la espada y el altar concurrían en el mismo objetivo de conducir por el bien y la felicidad al pueblo de Dios. Pero la homilía de aquella ceremonia fue muy distinta, escandalosa: Fray Rodrigo Ortiz de Colonia centró sus diatribas NO contra el demonio o algún enemigo espiritual, sino precisamente contra el Gobernador, acusándolo de poner en riesgo la labor de la Iglesia, de ser un petulante y, lo peor de todo, de actuar bajo el influjo de Satanás.

Las noticias que del hecho han llegado NO refieren una reacción violenta del gobernante. Aparentemente tomó las cosas con calma, se dio el tiempo de llegar a sus aposentos  y, con pausa, escribió al Provincial Franciscano, al Obispo, al Virrey, a la Audiencia de México y al propio Rey Felipe III. Empezó así un dilatado litigio que, como muchos de los pleitos coloniales, NO terminó de manera concluyente. El Rey de España era la cabeza de la Administración Pública, pero también, por el llamado Patronato, la máxima autoridad eclesiástica. Líder de ambos dominios, generalmente “se salía por la tangente”, ganaba tiempo y trataba por todos los medios de capear los temporales sin perjuicio para sus propios poder y autoridad.

Pero ¿Qué llevó al Fraile Ortiz a lanzar tan severas acusaciones? ¿Realmente temía la intervención del Maligno en el juicio del Gobernador? Por supuesto que no: se trató de uno más de los constantes conflictos entre la autoridad civil y la religiosa, que caracterizaron los tres siglos del dominio colonial español. Fray Rodrigo Ortiz de Colonia atacó severamente al Gobernador en reacción al castigo que le impuso, semanas antes, a Fray Pedro de Rea, quien a su vez había azotado públicamente a Melchor Nah, batab de Chan Cenote. Nah se había quejado ante el Gobernador y éste le dio la razón al batab, y recordó a las autoridades eclesiásticas yucatecas que sólo a él le correspondía la imposición de castigos corporales. Los franciscanos y el Obispo rechazaron esta comunicación y comenzaron a conspirar contra el Gobernador. La escandalosa homilía de Fray Rodrigo fue uno de los primeros frutos de aquella conspiración.

El Gobernador Luna y Arellano sólo logró que Fray Rodrigo fuera separado temporalmente de la provincia, a la que regresó, supuestamente sin conocimiento de sus autoridades, unos meses después. Enterado Luna, mandó celar su correspondencia, hasta descubrir nuevas pruebas contra el atrevido religioso: al intervenir sus cartas, le encontró que, en misivas con su amante, la señora María Ayala de Manrique. Ortiz, lo mismo que otros religiosos, continuaban su conspiración contra el Gobernador, y utilizaban sus influencias para lograr su cese. Luna entonces lo acusó de sedición, además de amancebamiento con una mujer casada.

En su defensa, en la que fue secundado por su Superior Franciscano y por el Obispo, Ortiz revirtió la acusación, señalando que Luna y Arellano era un “mal hombre”, que también gustaba de “amistades ilícitas” con mujeres casadas, además de alternar con “hijas de zapateros” y otras personas “indignas”. Las cosas, al parecer, continuaron en ese tenor, sin que el Rey tomara ninguna determinación definitiva. Tal vez el monarca, si es que tuvo tiempo de enterarse de estos chismes de alcoba y contiendas por poderes locales, sólo se divertía con las acciones de sus lejanos súbditos.

Lo que nos queda claro es que, al menos en los primeros tiempos coloniales –Luna de Arellano fue el séptimo Gobernador de Yucatán, y el primero en ejercer dicho cargo en el siglo XVII-, el gran factor en la disputa por el poder en la provincia fueron los mayas. Recordemos que, sin otros recursos, con tierras poco fértiles y una economía mayoritariamente de subsistencia, la población española de los siglos XVI y XVII, en los cien años corridos entre la conquista y las grandes epidemias del período 1648-1652, tenía como prácticamente única fuente de riqueza el trabajo NO remunerado de los mayas. Por ello, el ejercicio del poder sobre esta población era crucial. De ahí la fuerza con la que las autoridades civiles defendieron su jurisdicción, y también el empeño con el que las autoridades religiosas intentaron pasar sobre el poder civil.

Las acusaciones sobre demonizaciones, amancebamientos y otros “pecados” eran incidentales y, en último caso, intrascendentes. Nadie se preocupó realmente sobre si Carlos de Luna y Arellano había hecho algún pacto con el Diablo; pero tampoco a nadie le importó mucho que Fray Rodrigo Ortiz vulnerara su voto de castidad y fuera amante de una mujer casada. Vaya, esto último no le importó ni al marido, un tal Francisco Manrique, que en todo esto únicamente representó para NO devolver a su mujer lo que aportó como dote a la boda.

Dios, la religión, las buenas costumbres son ideas que para mucha gente resultan importantes y legitiman muchas acciones. Pero para otros, y generalmente para los dignatarios eclesiásticos, más bien son fuente de poder y de recursos. Conviene tenerlo presente para evitar prejuicios y tener mejores lecturas de los hechos y procesos de nuestra historia.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: la formación de los grupos de poder

Mario Alejandro Valdez

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Mural alusivo a la conquista de Yucatán, de don Fernando Castro Pacheco. Salón de la Historia del Palacio de Gobierno de Yucatán

Las sociedades contemporáneas están estructuradas minuciosamente en diversos grupos formales e informales. Desde la familia -el grupo básico-hasta las asociaciones de cientos de miles e incluso millones de miembros como las religiones, los sindicatos y los partidos políticos. Las personas pertenecemos a distintas membrecías, muchas de las cuales se entrecruzan frecuentemente, de tal modo que los miembros de una misma familia pueden pertenecer a distintos grupos religiosos, diferentes partidos políticos y diversas asociaciones laborales, sin dejar por eso de ser miembros del mismo grupo familiar. Pero esa complejidad de la vida actual no ha sido siempre, y en los orígenes de la sociedad yucateca, al mediar el siglo XVI, las estructuras eran, en principio, más simples, al menos en el terreno formal.

Recordemos que el último intento de conquista liderado por el viejo Francisco de Montejo transcurrió a lo largo de poco más de un lustro, de 1540 a 1546, enfrentando inmediatamente la feroz rebelión de Valladolid, que se extendió hasta la primavera de 1547. Cuando el humo de las batallas se disipó, poco más de un centenar de españoles conformaban el poder de aquella joven sociedad colonial, estando asentados en cuatro poblaciones principales: la ciudad de Mérida, capital provincial, y las villas de Campeche, Valladolid y Bacalar. Poco más de la mitad de aquellos primeros vecinos vivían en Mérida, en tanto que casi todos los demás se repartían, en partes iguales, en Campeche y Valladolid, mientras Bacalar contaba apenas con una decena de habitantes peninsulares.

En las siguientes décadas del siglo XVI se fueron delimitando las características principales de aquellas poblaciones españolas primigenias: Mérida pronto mostró su vocación ganadera, subordinando a sus intereses a las poblaciones mayas circundantes, en un radio de unos 50 kilómetros, y siendo, por supuesto, asiento de las burocracias civiles y religiosas, con sus respectivos séquitos; Campeche, con sus relaciones comerciales con Veracruz, se convirtió en una población próspera, sede, además, de la burocracia militar, extendiendo su influencia algunas decenas de kilómetros en su derredor. Ambas poblaciones, entonces, fueron también incorporando importantes cantidades de sirvientes y artesanos mayas y mestizos, así como una significativa población esclava de origen africano. Valladolid, en cambio, quedó marcada por la cruenta rebelión de 1546-1547, y se encerró en sí misma, restringiendo su actividad a la explotación moderada-ante el temor de un nuevo alzamiento-de la encomienda, institución que permitía al vecino español gozar de los productos del trabajo indígena. Las propiedades de los vallisoletanos eran más bien modestas, y por lo general se contentaban con los generalmente escasos tributos que recibían en forma de cera, miel, maíz, gallinas y productos similares. Bacalar, por su parte, simplemente no fructificó, quedando todo el territorio que hoy integra el Estado de Quintana Roo como parte de la mítica “montaña”, tierra de nadie, lo mismo refugio para mayas, mestizos y africanos, botín de piratas europeos, y lugar de aventuras y desventuras de españoles ambiciosos o caídos en desgracia.

Así se conformaron los primeros grupos de poder en el Yucatán colonial: Mérida con su élite de encomenderos, ganaderos y burócratas, generalmente bien dispuesta a recibir y congeniar con los funcionarios enviados por la Corona desde España; Campeche con sus grupos locales de comerciantes y militares, y un constante flujo poblacional de recién llegados, y que en términos generales buscaban mantener una relativa autonomía de las élites meridanas y de los funcionarios españoles; Valladolid cerrada, conservadora, con su pequeña élite de encomenderos empobrecidos pero imaginados como nobles descendientes de los verdaderos conquistadores, habiendo desarrollado un temor extremo ante los mayas que los rodeaban abrumadoramente, repudiando el mestizaje-que, por otro lado, se difundía por los canales biológicos aunque se rechazara en términos ideológicos-y manteniéndose casi en resistencia ante los grupos dominantes de Mérida y Campeche. El cuadro se completaba con el elemento religioso, que comenzó a actuar en la península antes aún de la conquista, y las relaciones con los líderes mayas que, de manera más bien extralegal, también conformaban un grupo de poder.

A lo largo de un siglo, de 1547 a 1648, así se fue desarrollando el ámbito político de Yucatán. Como hemos señalado en anteriores introspecciones, la pandemia de fiebre amarilla, que ocasionó la muerte de decenas de miles de personas -entre una tercera parte y la mitad de toda la población de aquellos tiempos-, modificó sustancialmente aquel statu quo, por lo que se hace necesario un corte metodológico a nuestro acercamiento. Para precisar este primer momento, en nuestra siguiente introspección abordaremos el caso de la conformación de la Iglesia como una estructura de poder para así ir definiendo con mayor puntualidad los contornos de aquel Yucatán original.

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Introspección histórica: la Revolución Mexicana y la prensa yucateca

Mario Alejandro Valdez

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Salvador Alvarado fue el precursor de muchas políticas que con el paso del tiempo caracterizaron a la Revolución Mexicana en todo el país y, por supuesto, en Yucatán. Y dentro de ese cúmulo de acciones, la política editorial fue una de las más notables. Apenas unos días después de su llegada a Mérida, giró las instrucciones necesarias para incautar los equipos e instalaciones de la contrarrevolucionaria Revista de Yucatán, y producir La Voz de la Revolución, el primer cotidiano generalista –no oficial, pues- plenamente identificado con el régimen revolucionario editado en Yucatán.

A todo lo largo de su gobierno, La Voz de la Revolución se convirtió en vocero y propagandista del régimen alvaradista, difundiendo su ideología progresista y los logros de la Revolución Mexicana a nivel nacional. Cobijó en su seno a un nutrido grupo de intelectuales, entre los que podemos mencionar a Antonio Mediz Bolio –quien lo dirigió por un tiempo-, Santiago Pacheco Cruz, Rodolfo Menéndez de la Peña, José de la Luz Mena, entre muchos otros. El periódico se extinguió pocos meses después de la partida del general norteño, lo que nos da una idea del fuerte involucramiento del gobernador en los destinos de este diario. Entre los temas más recurrentes que encontramos en sus páginas podemos señalar los tópicos educativos, la campaña anticatólica, el impulso al feminismo, la organización obrera y la gestión del mercado henequenero.

A la salida de Alvarado, fue Felipe Carrillo Puerto quien ocupó su lugar como hombre fuerte de la Revolución. Felipe, un líder identificado con los campesinos mayas y mestizos que habitaban las localidades rurales, descuidó un tanto la política urbana y, por ende, su acción editorial fue mucho menos significativa. Si bien sus partidarios dieron a la luz el diario El Popular y el semanario Tierra, lo cierto es que Carrillo no destinó recursos importantes ni para su edición ni para su distribución. El espacio fue aprovechado por sus enemigos, que financiaron las actividades de Carlos R. Menéndez y otros periodistas conservadores, quienes supieron crear un ambiente hostil hacia el gobernador socialista en algunos de los círculos más influyentes de las principales ciudades del Estado.

La Revolución Mexicana se replegó, en cuanto a estrategia editorial, hasta la llegada al gobierno del profesor Bartolomé García Correa, mejor conocido como boox pato, en alusión a la obscura tonalidad de su piel. García Correa es un personaje obscuro, siniestro, cuya trayectoria política está llena de luces y sombras, siendo tal vez la principal de las primeras su impulso a la fundación de Diario del Sureste, un periódico de publicación diaria, que hizo de vocero no oficial de su gobierno. El cotidiano vio la luz precisamente el 20 de noviembre de 1931, en el 21 aniversario del llamado a las armas de Francisco I. Madero. Después de una trayectoria de más de 70 años, el gobierno conservador de Patricio Patrón Laviada le dio el tiro de gracia en febrero de 2003, aprovechando los daños que al edificio e instalaciones había provocado el Huracán “Isidoro” en septiembre anterior.

Diario del Sureste se convirtió en todo un ícono de la cultura peninsular, y por sus páginas navegaron varias generaciones de intelectuales progresistas, entre los que podemos mencionar a Humberto “el Gato” Lara, Leopoldo Peniche Vallado, Francisco Canto Rosas, Oswaldo Baqueiro López, Faulo Sánchez Novelo, sólo por mencionar a algunos. Lo que inició como una labor de apoyo y propaganda al gobernador García Correa, se convirtió con el paso del tiempo en uno de los principales escaparates de la cultura y el progresismo en Yucatán, dando la debida batalla a un Diario de Yucatán, que muy independientemente de la inteligencia y talento de su director Carlos R. Menéndez, dedicó la mayor parte de sus esfuerzos a difundir una ideología conservadora e incluso francamente reaccionaria, no sólo favorable a la oligarquía que financiaba el proyecto, sino al clericalismo, fomentando la cerrazón en temas como la educación sexual, la diversidad, la defensa de los derechos humanos y todo lo que significara un avance para la sociedad.

Pero también hay que reconocer que a ese Diario del Sureste lo sostuvieron esos intelectuales, pues el gobierno apenas y lo financiaba para mantenerlo en condición agonizante, sobre todo desde la década de 1960, cuando la ideología revolucionaria, el compromiso popular y el impulso al progreso cedieron notablemente. El gobernador Loret de Mola (1970-1976), quien hizo sus pininos como reportero del Diario de Yucatán, incluso le hizo la competencia al fundar el periódico Avance, de escasa duración y casi nula influencia, pero que devoró recursos que bien hubieran podido mantener al Diario del Sureste en buena lid. Los siguientes gobiernos priístas mantuvieron el abandono, y, en ese contexto, la administración panista de Patricio Patrón Laviada le dio la puntilla.

La Voz de la Revolución y Diario del Sureste cumplieron un importante ciclo en la prensa yucateca, dando la batalla ideológica al conservadurismo e impulsando importantes valores culturales y artísticos. Su influencia política, preciso es reconocerlo, fue limitada, pero su contribución histórica es muy apreciable, y espera aún un rescate historiográfico profundo e integral.

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Introspección histórica: consecuencias inesperadas de la epidemia de cólera de 1853

Mario Alejandro Valdez

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En el otoño de 1853, después de derrotar a sus enemigos locales, el Gral. Rómulo Díaz de la Vega, gobernador de Yucatán por designación del presidente Mariano Arista, planeó una ofensiva para aplastar a los mayas de la Guerra de Castas, que para ese entonces ya tenían a Chan Santa Cruz –hoy Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo- como su santuario principal. Tras reunir a un ejército de varios cientos de veteranos, el militar capitalino, quien participó junto con Santa Anna en la célebre batalla de El Álamo en 1836, ordenó el asalto con dirección a la capital rebelde. Durante días, los militares gobiernistas, entre los que figuraban más de 200 hombres venidos del centro del país, avanzaron sin oposición, llegando incluso sin mayores novedades hasta el corazón del santuario maya. El rotundo éxito los sorprendió absolutamente, y sin recelo se refrescaron y aprovisionaron de agua en el cenote de la población.

Unas pocas horas después, el victorioso ejército sufrió un desgarrador embate: las aguas del cenote estaban contaminadas con la bacteria del cólera, que provoca una enfermedad diarreica tan aguda, que la deshidratación puede ocasionar la muerte en muy poco tiempo. En aquel entonces, se ignoraba tanto su forma de transmisión como su tratamiento, por lo que aquello fue una absoluta devastación. De alrededor de dos mil hombres, se estima enfermaron más de mil, y murieron, en medio de la selva y sin el menor auxilio, unos 500. Los sobrevivientes fueron perseguidos y diezmados por grupos de rebeldes, por lo que tan solo un puñado retornó, en completa desorganización y apenas armados, a los cuarteles situados entre Tihosuco y Valladolid.

Aunque algunos estudiosos de la Guerra de Castas, como Nelson Reed y Don Dumond, han señalado el episodio como un ejemplo de “guerra bacteriológica”, a nosotros nos parece demasiado apresurado este calificativo. ¿Tuvieron los mayas rebeldes un mayor conocimiento que los militares yucatecos y fuereños sobre el control de esta enfermedad? ¿Envenenaron el cenote de manera consciente, sabiendo que, como fuente primordial de agua, su consumo sería de fatales consecuencias? ¿Cayó el ejército gobiernista en una trampa maquiavélicamente planeada?

Pensamos que no. Recordemos que la epidemia de cólera llegó a Yucatán desde el verano de 1833, y se mantuvo latente hasta 1855. En el curso de este tiempo, en 1847, inició la Guerra de Castas. Dos años más tarde, en 1849, los rebeldes se refugiaron en “la montaña”, el territorio no conquistado de la península, realizando esporádicas incursiones en las poblaciones yucatecas en aquel tiempo. El territorio de la rebelión era, por sus condiciones selváticas, más propicio para el desarrollo de enfermedades que las ciudades y poblaciones yucatecas.

Pero también es cierto que la convivencia con la naturaleza, y su continua observación, así como la terapéutica maya tradicional, pudieron hacer menos vulnerables a los rebeldes ante los embates de esta enfermedad en particular. La bacteria del cólera se esparce por contacto directo con las heces fecales y, sobre todo, por la contaminación del agua. Eso lo sabemos ahora, pero en el siglo XIX se creía que la enfermedad era producida por contacto directo con los enfermos, y por la inhalación de “vapores” contaminados, generados supuestamente por los cadáveres. Es posible que los mayas, por observación, hayan distinguido que ciertas fuentes de agua, y particularmente los cenotes, presentaban un mayor riesgo que otras, como la recolectada directamente de la lluvia, y hubieran actuado en consecuencia. Otra posibilidad, que sólo apuntamos para la discusión –pues estamos bordeando un tema prácticamente virgen en la historiografía local- es que las propias condiciones selváticas hubieran permitido a los mayas desarrollar una mayor resistencia a la enfermedad.

Existe otro factor: si bien a fines de 1852 se desató un brote epidémico en Yucatán, que se controló en los primeros meses de 1853, el cólera de Chan Santa Cruz pudo haber tenido como origen los contactos rebeldes con Belice, a donde la epidemia llegó a mediados de 1853, vía Jamaica. Los militares que llegaron a la región sublevada en el otoño de aquel año no contaban con la presencia de la enfermedad, y por ello no tomaron la menor precaución al respecto, además de que la cepa con la que se encontraron pudo haber sido mucho más agresiva que la que había afectado Mérida y la región central de la península varios meses antes.

Lo cierto es que la victoriosa campaña del Gral. Rómulo Díaz de la Vega –un político tan destacado que incluso llegó a ocupar la presidencia de la república durante algunos días en el año de 1855- contra los mayas fue parada en seco por la temible bacteria. Y a partir de ese fracaso, los gobiernos nacional y local abandonaron por varios años la idea de acabar con la rebelión. Entre tanto, la dirigencia maya, afincada en Chan Santa Cruz, con una firme alianza con la colonia británica de Belice, logró institucionalizar su poder, surgiendo así un verdadero Estado, que mantuvo durante décadas el control de un extenso territorio, y cuya presencia cultural e ideológica aún se encuentra firmemente enraizada en la llamada región maya de Quintana Roo. ¡Vaya que las epidemias pueden tener consecuencias inesperadas!

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