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Arte y ciencia

Algo alrededor de tu cuello de Chimamanda Ngozie Adichie

Aracelly Guerrero Maldonado

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La primera vez que descubrí la literatura africana fue a través de J.M. Coetze, el ahora Premio Nobel sudafricano, y aunque la lectura era buenísima, no sentí un abismo cultural, tal vez porque Coetze es blanco, o tal vez por la evolución política e histórica de Sudáfrica. Lo cierto es que encontré lo suficiente como para satisfacer mi curiosidad y no volver a él, al menos hasta ahora.

Sin embargo, la pluma de Chimamanda Ngozie Adichie, africana también, está hecha de otra pasta: mujer, de color, nigeriana, de una cultura que no es una sino muchas a la vez, de conflictos, de sangre, humo, violencia, de olores, sabores y de una diferente forma de ver la vida y las relaciones humanas. Y a pesar de todo, al igual que con las letras de Coetze, tampoco sentí el abismo cultural.

¿Es esta la naturaleza de la universalidad literaria? Cada vez que la autora habla acerca del choque cultural no pude menos de pensar en aquellos latinoamericanos, los mojados, ilegales, que cruzan la frontera y no sólo deben encontrar una nueva forma de ganarse la vida, sino también afrontar la nueva dinámica cultural, de adoptar un nuevo idioma, una nueva moneda y de incorporarse a una sociedad a la que en lo menos, no les importan y en lo más los desprecian.

¿Los mexicanos nos sentimos occidentales? Cómo evitar reconocerse, cuando por ejemplo, en el cuento Los concertadores de bodas, se habla de un personaje, el esposo, que incluso renuncia a su nombre de origen adoptando uno americanizado y regaña a su esposa por hablar su lengua materna en público. No pude evitar recordar toda una serie de situaciones de odio hacia personas latinas, que fueron violentadas por hablar español en público y no pude menos que entender esta situación, la del esposo, a pesar de que mi natural rebeldía me diga: yo lo habría hecho distinto, e inevitablemente preguntarme, ¿en verdad lo habría hecho distinto?

Cada cuento habla de una realidad cercana, en el cuento Jumping Monkey Hill, no pude menos de reírme, al recordar una situación similar de mi propia vida y que sin duda, muchas otras compañeras también podrán decir lo mismo, no sólo con relación al acoso, también en relación a las expectativas acerca de lo que es el arte y la literatura, los prejuicios acerca de los grandes temas o de lo que se debería decir, cuando a uno de los personajes se le critica por decir que su relato no reflejaba África y ella contesta: ¿qué África? dice la protagonista, sin duda la realidad de ella, africana, mujer, gay, era también la realidad de áfrica.

O en el cuento de Algo alrededor de tu cuello, cuando enfurecida la protagonista regaña a su interlocutor, hombre, blanco y privilegiado, que no reconoce su actitud de superioridad moral, porque él no hace turismo, ya que va a los barrios pobres, y considera que sólo los pobres de Bombay son indios de verdad.  Y no dejo de pensar en todos esos turistas que van a ceremonias mayas, beben balché o fuman cigarros con los lacandones, y resulta que ellos también se creen que sólo los indígenas son mexicanos de verdad.  Como vemos en las películas gringas, reflejadas las ciudades latinoamericanas como una serie de chabolas, o el clásico indígena con su sombrero charro a la sombra de un maguey.

Sin duda que al leer a Chimamanda uno no puede dejar de reconocerse, ni de apreciar el talento de su pluma, la forma natural en que poco a poco sus palabras se mezclan con las nuestras y nos hace cómplices de sus relatos, nos hace imaginarnos ese país de polvo y sabores, de palabras extrañas a nuestros oídos y olores poco familiares, pero de situaciones tan cercanas a nosotros que no podemos menos de sonreír y asentir en silencio.

Hay toda clase de temas en sus relatos y por lo que sé, tiene bastante obra traducida al español, así que no será difícil encontrar más libros de ella, aunque éste en particular, me pareció muy bueno para conocer por primera vez a la autora, que además es de fácil lectura, así que lo recomiendo para todos los lectores y como siempre, juzguen por ustedes mismos.

Querías escribir sobre los ricos que vestían con ropa vieja y zapatillas de deporte tronadas, que tenían el aspecto de los vigilantes nocturnos que había frente a los grandes recintos de Lagos. Querías escribir que los norteamericanos ricos eran delgados mientras que los norteamericanos pobres eran gordos, y que muchos no tenían una gran casa y un coche; sin embargo, seguías sin estar muy segura de las pistolas, porque podían llevarlas en el bolsillo.”

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Pablo Neruda

El sepelio inverosímil

Germán Rodas Chaves

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El 23 de septiembre de 1973 dejó para siempre el tráfago de la vida Neptalí Reyes Basoalto.  En sus instantes finales el poeta-conocido en la historia por su seudónimo de Pablo Neruda-no dejó de repetir “los están fusilando…los están fusilando”.

Doce días antes de su muerte, el bardo chileno-entre sollozos y aflicción-se enteró de los acontecimientos que provocaron la muerte de su amigo el Presidente Salvador Allende y, pese a su enfermedad, tuvo plena discernimiento de los sucesos que enfrentaba su Patria a propósito de la instauración de uno de los regímenes más nefastos en la historia de los pueblos latinoamericanos.

Neruda–quien inicialmente para ocultar a sus familiares su vocación literaria utilizó tal individualización en homenaje al escritor checo Juan Neruda, autor de los cuentos de la Mala Straná-nació en 1904 al sur de Chile, en Parral. Inició su carrera literaria produciendo, entre 1920 y 1923, su libro Crepusculario, de cuyo texto me estremece la lectura del poema Farewell, entre cuyos renglones cortos se lee: “Por esa vida que arderá en sus venas/ tendrían que amarrarse nuestras vidas…/”

En 1924 produjo un manojo de versos llamado “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”; aquel poemario que trae en una de sus carillas los versos que dicen: “Me gustas cuando callas, porque estas como ausente/ y me oyes desde lejos y mi voz no te toca…/   Luego, en el contexto de un trabajo arduo y fenomenal, siguió publicando su incomparable producción literaria que le condujo, en 1971, a ser galardonado con el premio Nobel de Literatura.  

Con los sucesos del 11 de septiembre de 1973, que provocaron todo tipo de persecuciones y prohibiciones, el sepelio de Neruda se constituyó en un acto inverosímil, pues su pueblo no solamente acudió a depositar sus restos en el Cementerio General y a llorar por su partida, sino que, además, se convocó, en el mismo lugar, para rendir homenaje a los caídos en el golpe militar–entre otros a Allende y a Víctor Jara-así como para denunciar al mundo la represión de aquellos días.

El sepelio de Neptalí Reyes fue, entonces, un desfile en homenaje a la vida, al poeta, a quienes le habían acompañado en sus ilusiones, a los militantes que entregaron su existencia víctimas de la furia dictatorial. Un cortejo fúnebre que adicionalmente desafió la muerte, a propósito de la presencia de la soldadesca que se apostó a lo largo de dicho cortejo.

Fue tal entierro, también, un acto de solidaridad con el poeta que días atrás soportó la humillante invasión a su casa en la Isla Negra, allí donde en medio de su agonía escribiera el “testamento de la acusación”.

El funeral de Neruda sirvió para que el vate siguiera combatiendo junto a Allende y a otros caídos-a pesar de estar orillados junto a la muerte- a favor de sus ideales y de la ilusión de una nueva alborada, conforme fueron y siguen siendo las expectativas de miles y miles de hombres y mujeres de su Patria y de toda “nuestra América”.

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Arte y ciencia

Felipe Blanco o el elogio a modestia

René Villaboy

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La inmensa modestia que caracterizó a Felipe Blanco me imposibilita empezar estas palabras reseñando su vida anterior a cuando lo conocí. Sólo supe por otros que fue cura, un sacerdote rebelde a la usanza de Hidalgo y Morelos. Como ellos, Felipe cambió los hábitos por las armas contra la injusticia, la miseria y la explotación. Así también pude oír que dedicó la mayor parte de su vida-incansablemente-a luchar por la causa de los pobres y el triunfo de las ideas justas en Centroamérica. Tuve referencias que fue un colaborador y guerrillero de los movimientos insurgentes de Guatemala y México, y que escribió varios textos sobre alimentación sana. Nunca, durante más de un mes en que tuve el privilegio de compartir con él, se jactó de su pasado y menos aun me impuso sus años y su increíble historia de vida frente a mi recién comenzada existencia académica. Siempre en mi oídos retumbaba su diáfana voz al llamarme Maestro.

Lo conocí en enero de 2012, cuando llegué por primera vez a Guatemala para impartir clases de Historiografía General y Latinoamericana en la Licenciatura en Historia que la Universidad de La Habana tiene allí, en colaboración con la Fundación Guillermo Torriello.  Era la primera vez que salía al extranjero, y de paso mi primer contacto con el mundo indígena y con las secuelas de los procesos revolucionarios frustrados en los años 90 del pasado siglo XX. Sólo hoy logro percibir que las incertidumbre que me causaba todo aquello, fueron percibidas en silencio por el personaje que centra estas notas.

Era un grupo diverso a los que unía la lucha revolucionaria, de izquierda, y sobre todo el compromiso social de interpretar y leer la historia desde los de abajo. En aquel colectivo, que asumió el nombre del verbo de la revolución guatemalteca, Manuel Galich, estaban presentes con la misma disciplina y avidez de conocimientos que el resto de los demás, dos personas adultas mayores.  Dos seres que tomaban la idea de graduarse como historiadores con la misma entrega y pasión con que habían asumido antes muchas otras pasiones de su vida. Incluidas las de colgar los hábitos de sacerdote y monja, respectivamente, y entregarse para siempre a la causa de los pobres desde la práctica revolucionaria. Eran Felipe Blanco y su inseparable compañera Isabel.

Felipe, como otros de aquel conjunto de estudiantes, se dedicó de manera muy a especial a disipar las tantas angustias que me embargaban al estar por primera vez-con 29 años-al frente de una materia cuyos discípulos en su mayoría eran mayores que yo. De su mano bebí café a lo chapín, demasiado ligero para nuestra intensa forma de consumirlo. Pero su amabilidad y la sonrisa con que acompañó siempre cada taza, me hacían disipar la añoranza por lo que creía como café verdadero.

Igualmente recuerdo que en su carro, que le quedaba inmenso, me llevó a varios pueblos en las afueras de la ciudad, al estadio de pelota, al mapa de Guatemala a relieve, todo con el simple propósito de que conociera otras realidades más allá de la vida urbana, o para que yo no estuviera solo mientras no daba clases. Jamás olvidaré los almuerzos que compartimos, algunos hechos por él bajo las reglas de la diabetes, y otros que le llevé a la casa que ocupaba. Siempre con una vitalidad que se sobreponía a sus años, se movía y me acompañaba con un celo y una bondad increíble a cada lugar que se le ocurrió o que yo le pedía.

Fui privilegiado testigo de su devoción por su Isabel, cuando incluso por esos días sufrió un accidente en la pierna que le impedía asistir a las clases. Escuchaba y copiaba las lecciones por los dos, y luego la instruía como si fuera el propio maestro. Conocí al Felipe cumplidor de cada seminario o evaluación que un bisoño profesor cubano le imponía, y pude comprobar cuanta claridad y conocimiento atesoraba con una modestia impecable. Fue Felipe Blanco, quien por primera vez me llevó a un Walt Mart, en Guatemala, y recuerdo como si fuera hoy que al estacionar su auto en los bajos de la imponente reciento, me advirtió: profesor va entrar a la boca del capitalismo.

Lamentablemente cuando volví años después a la tierra del Quetzal, para examinar los ejercicios finales del Colectivo Galich, Felipe ya no estaba. Supe que se había ido a México, con su amada Isabel. Extrañé entonces el poder verlo defender su título de historiador, y mucho más sentí su ausencia en el Aula Magna de la Universidad de La Habana cuando finalmente aquel grupo recibió sus títulos de graduados. Nunca más supe de Felipe, aunque sinceramente tampoco logré olvidarme de él.

A través de las redes sociales recibí la triste noticia de que ya se nos ha ido para siempre. Falleció el 24 de septiembre en una humilde comunidad de Chiapas, junto a su compañera de luchas y de la vida, y junto al pueblo que amo. Pero soy de los que piensa que su ministerio y su personalidad no terminan al cerrar los ojos, Felipe nos dio lecciones de vida que lo hacen inmortal.         

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LA VISIÓN DE CARONTE

Lo “mágico” de una infamia

Miguel II Hernández Madero

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 A mediados de septiembre se confirmó el hallazgo de los restos del primer barco de vapor usado “para el tráfico de esclavos” en Yucatán durante el siglo XIX y la Secretaria de Turismo Michele Friedman lo consideró como algo “mágico”; pero ni es “mágico”, ni es tan simple hablar de ese pasado.

Oficialmente no eran esclavos, porque la esclavitud no existía en México y, por ende, en la Península. Los indios mayas desterrados como consecuencia de la Guerra de Castas eran llevados a Cuba, bajo la forma de Contratas de trabajo, de cuyo contenido ellos no entendían, pues no sabían leer ni escribir, sólo ponían un trazo a tinta y ya era válido.

Reitero, es algo complejo. ¿Eran esclavos? Legalmente no, ¿tenían trato de esclavos? Tampoco, a veces era mucho peor, porque al no ser propiedad eran algo casi desechable. Las propiedades se cuidan. ¿Eran vendidos? Sí.

En marzo de este año se cumplieron 161 años de la salida legal de los primeros mayas rumbo a Cuba. Se desconoce la cifra exacta de cuantos mayas fueron vendidos en el lapso comprendido entre 1849 y 1861. La mayoría murió lejos de la tierra donde nacieron, arrancados de raíz del Mayab, sin que importara a las autoridades su extraordinario apego por la tierra natal.

Y aunque oficialmente se prohibió en 1861, existen los datos de que aún seguía realizándose esa actividad, y todavía en 1872 se tienen registros en Cuba de mayas y mestizos en esas condiciones.

Quizás el número de total de nativos yucatecos llevados a Cuba contra su voluntad no sea tan extraordinario como el que sería de los esclavos africanos o sus descendientes, o de los migrantes chinos hacia la isla, pero si mueve a indignación y vergüenza saber las condiciones en las que fueron llevados, la manera en que fueron tratados y, lo más alarmante, que hayan sido vendidos por las mismas autoridades a quienes apoyaron años atrás durante las revueltas internas.

Es un pasado que no se puede negar, aunque es parte de nuestra historia que no se difunde, que se pretende ignorar, e incluso muchos yucatecos niegan que haya existido o bien, algunos lo llegan a considerar “fascinante o mágico”. Eso es romantizar el sufrimiento humano.

Hablamos de algo que se disparó a consecuencia de la Guerra de Castas, iniciada en 1847, pero cuya práctica ya ocurría. Existen registros en el Archivo General del Estado, donde se señala la salida de familias rumbo a Cuba, llevando sirvientes mayas, pero regresaban sin ellos, presumiblemente vendidos o “cedidos para trabajar”,

La represión desatada por el régimen peninsular durante la Guerra de Castas avivó el fuego y llevó a una lucha de exterminio por ambas partes. Toda esa furia desatada tendió un velo que ha ocultado los alcances de la venta de yucatecos como esclavos, bajo el disfraz de contratos de trabajo.

La venta de mayas y mestizos se mantiene ignorada por la mayoría de los yucatecos y de los mexicanos en general. Las dimensiones de este comercio son incalculables pues no solamente se trató de aquellos que salieron por el puerto de Sisal con pasaporte y contratas temporales, sino que también hubo envíos desde otros puntos de la costa yucateca.

Además, había un comercio formal y otro informal que escapa de todo cálculo preciso. A tal grado que se persiguió por las autoridades yucatecas y cubanas, pero castigándolo como contrabando, por no pagarse los derechos respectivos. Al no perder de vista este detalle se puede estructurar la situación: el hombre maya y su familia era considerado un objeto, algo que existía peor que no era igual, no tenía derechos, solamente vivía para servir al “blanco”, y en este sentido lo mismo daba que fuera un indio o un mestizo. Ambos estaban obligados por igual a servir a los miembros de la sociedad decimonónica.

Pensar en ese panorama, cuando abiertamente se llegaba a ponerle precio a las personas, hombre, mujeres y, posteriormente, niños (al principio eran incluidos con sus padres), cuando podían ser secuestrados en las calles, e incluso hubo acusaciones de que se llegó a vender a soldados mexicanos enviados para apoyar al gobierno yucateco, sólo nos muestra rapiña, bajeza humana y no, de ninguna manera, puede considerarse como algo “mágico”.

Pero el tema da más. Hasta la próxima…

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