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A propósito de…

Abastecerse en tiempos de coronavirus

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las maneras en que la emergencia sanitaria afecta no solamente nuestra cotidianeidad, sino incluso nuestros procesos mentales, el abastecimiento de alimentos y artículos de primera necesidad, actividad que en condiciones regulares se realiza en automático, puede convertirse en una disyuntiva que se sitúa en el nivel del “Ser o no ser”.

¿Cuándo habría imaginado, que aprovisionar la alacena y el refrigerador me significaría una noche de insomnio cavilando sobre la conveniencia de acudir a realizar la compra o hacer el pedido en línea?

He probado ambas maneras, desde que la opción a domicilio está disponible, hace ya muchos años, y nunca me había representado problema alguno decidir en el momento si tomar mis bolsas reutilizables o sentarme frente a la computadora, con mi lista en mano a comprar lo necesario.

Esta vez fue distinto. Hay tantas variables a considerar, tantos peligros a los que enfrentarse, tantos preparativos para acometer la difícil tarea que, si no se tratara de un asunto en el que prácticamente se juega la salud o la vida, movería a risa, a carcajadas. De hecho, en el momento de redactar esta columna, no puedo evitar reír un poco, solamente de recordar lo que hoy se podría titular “Una aventura en el Supermercado” y convertirse en el guion de una comedia humorística.

Sin embargo, la realidad hace que la farsa jocosa tome visos de película de terror al estilo de Alien el Octavo Pasajero, esa cinta tan famosa a finales de los setenta, de un ser extraterrestre que aterroriza y destruye a seis de los siete pasajeros de la  nave espacial Nostromo. Sólo que el Alien ahora se llama COVID 19 o Coronavirus, la nave es el comercio.

La primera opción, por ser la más segura, fue ordenar en línea  y esperar, sin riesgo aparente, como miles de personas decidieron lo mismo en esa fecha, el sistema era lento y en cada artículo seleccionado aparecía un mensaje de “no disponible por el momento”. Había alternativas más caras o en presentaciones enormes. Entre una y otra cosa, tardé 20 minutos en elegir ¡cuatro artículos!, a ese ritmo, requeriría una jornada laboral, unas 8 horas, para completar mi lista.

Las circunstancias me obligaron a acometer el Plan B: hacer las compras personalmente. Cuento con varias tiendas relativamente cerca, ¿a cuál voy, a la más  pequeña que me garantiza terminar rápido o a la más grande donde es posible guardar la “sana distancia”?, ¿voy a la que tiene mejores precios dado que voy a gastar más que de costumbre o a la más cara que debe tener menos clientela pero con estacionamiento subterráneo en donde no se dispersan fácilmente las partículas?

Una vez tomada la decisión me encuentro con que es necesario presionar el botón para obtener el boleto de estacionamiento y ¿cuántos dedos lo habrán tocado antes del mío?, afortunadamente llevaba un bolígrafo a mano. Dentro de la tienda, había dispensadores de gel antibacterial por todos lados, entregaban los carritos con las barras desinfectadas, había círculos verdes marcados en el suelo para conservar la distancia indicada –que no todos obedecían- y muchos productos estaban envueltos individualmente.

De cualquier manera,  tardé mucho más que de costumbre huyendo de los pasillos en los que circularan más de dos personas, distanciándome de los despachadores de carne o de pescado, alejándome de un salto de los empleados que recolectan los productos para el servicio a domicilio, untando y reuntando mis manos con desinfectante. Una vez en casa, el proceso de asepsia en mi persona y en cada uno de los productos que adquirí, incluyendo los empaques llevó muchísimo tiempo.

A continuación, tres anécdotas que me refirieron:

La primera: “Nunca había visto amanecer desde el supermercado” me contó una persona que, escapando de la proximidad con otros seres humanos para abastecerse de provisiones llegó a la tienda en cuanto la abrieron, a las 7 de la mañana, sin percatarse de que – se nos olvida hasta la fecha en que vivimos – ¡era el día de inicio del horario de verano, el domingo pasado!

La segunda: Para no correr riesgos de toparse con otra persona que pudiera ¡toser, estornudar, carraspear o cantar! – lo que también es peligroso según ha advertido enfáticamente el subsecretario López Gatell – otra familia decidió utilizar el servicio a domicilio.

Llamaron a una cadena comercial. Imposible comunicarse; cuando no estaba ocupado, contesta la grabadora pidiendo “no cuelgues porque tu llamada es muy importante”, aunque no tanto como para contestarla. Optaron entonces por el pedido en línea a otra tienda. ¡Lo lograron! Luego de mucho, mucho tiempo escucharon que llamaban a la puerta. Era el repartidor ¡con siete cajas y una cuenta de siete mil pesos! Equivocaron la orden, así que cancelaron ante la posibilidad de un nuevo error. Por último, lo intentaron en otro supermercado. Al momento de redactar esta columna todavía no recibían el pedido. ¡Están tardando hasta siete días! Eso sí, todas las noches les llaman para disculparse por la tardanza y asegurarles que les entregarán “lo más pronto posible”. Ojalá sea antes de que desfallezcan de inanición.

La tercera: Una pareja de jóvenes acude a un mercado público “están muy despejados en este momento, hasta encuentras lugar para estacionarte”. Los atienden, les entregan sus productos, pagan y luego de recibir el cambio,  oprimen el despachador de gel y empiezan a frotarse las manos, pero ¡está pegajoso! Revisan el contenedor ¡es gel para el cabello!, ¿Los locatarios se equivocaron al comprarlo o como el antibacterial es caro prefirieron colocar el otro más barato o se trata de una broma para aligerar la tensión y hay una cámara oculta detrás de las zanahorias?

A propósito de…

Se cierra un ciclo en Informe Fracto, otros se abrirán

Cristina Martin Urzaiz

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Cuadro de Jean-Léon Gérôme, Consummatum est 1867

 A propósito de los cierres de ciclo, hoy se publica esta columna por última vez en Informe Fracto, luego de más de dos años y medio en que nos hemos encontrado cada semana. Mi primer sentimiento es de tristeza por tener que dejar un espacio en el que pude escribir con total libertad y me dio la oportunidad de llegar a tantos lectores.

De inmediato, viene la necesidad de agradecer. El agradecimiento a Carlos Bojórquez Urzaiz quien me abrió esta oportunidad. Me dijo: “a tus textos no se les va a cambiar ni una coma” y cumplió ese compromiso a carta cabal. También debo dar las gracias, a Lilia Balam y Rocío Valencia cuya información muchas veces me dio la pauta para elegir el tema, así como a todo el equipo de Informe Fracto.  A todos los colaboradores, cuyos escritos enriquecieron mis puntos de vista y contribuyeron a afinar el enfoque.

Pero, principalmente, quiero darle las gracias a cada uno de los lectores, que ocasional o constantemente prestaron atención a mis palabras. Coincidimos en tiempos inimaginables: ¿quién iba a decir que viviríamos la experiencia de encerrarnos en nuestras casas, a piedra y lodo, ante el temor del contagio de un virus desconocido que nos regresaría a la Edad Media?, ¿Quién hubiera previsto que el cubrebocas se convertiría en parte indispensable-casi la más importante-de nuestra indumentaria cotidiana?, ¿Quién que se formarían filas de cientos de personas para recibir el antídoto inyectado?

Esta es una época fecunda en cambios y noticias. Informe Fracto ha consignado con ética, con compromiso social, con honestidad: el movimiento de las mujeres que se han hecho escuchar como nunca en este país y le han arrancado al poder reivindicaciones fundamentales, el reconocimiento del derecho humano del matrimonio igualitario prácticamente en todo el territorio, la visibilización, con respeto, sin condescendencia de las personas con discapacidad como parte imprescindible de una sociedad que se pretende incluyente.

Informe Fracto ha estado siempre atento para darle voz a esas luchas, pero también para denunciar abusos policiales, actos de injusticia, violencia contra las mujeres, hechos de discriminación. Y mantuvo la mira. Siguió los casos, acompañó a las víctimas con un muy claro compromiso social, para prevenir, en la medida de lo posible, la impunidad y el olvido.

A esa visión quise sumarme en todo momento con la mínima contribución de un texto semanal, en el que, lamentablemente, fue escaseando el humor de las primeras fechas, dada la gravedad de muchos de los temas indispensables de abordar.

Para celebrar la libertad que se me ofreció me atreví a escribir de movimientos sociales, de política, de arte, de literatura y de cine. También aproveché para compartir algunas reflexiones y experiencias personales, como mi devenir en este mundo pandémico. Tuve algunas conversaciones con artistas extraordinarias.

 Siempre encontré la recepción afectuosa y la aquiescencia de mi querido Carlos Bojórquez Urzaiz y la seguridad de que en algún lugar, en algún momento, A propósito de… hallaría a un lector que le permitiera cumplir con su vocación de encontrarse con otra mente, con otra inteligencia.

A todos muchas gracias y espero que podamos encontrarnos otra vez.

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A propósito de…

La vocación de arrear ganado de los vaqueros texanos

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las imágenes en las que se observa a elementos de seguridad en la frontera de Estados Unidos que azuzan a sus caballos en contra de migrantes haitianos, a quienes agreden con las riendas a manera de látigos o fuetes, en escenas de violación a los derechos humanos, hacen pensar que esos agentes se comportan como sus antepasados los cowboys o todavía peor, como los plantadores de los estados sureños en contra de sus esclavos, antes de la Guerra de Secesión.

Las escenas de cientos o miles de personas que caminan huyendo de la miseria y la violencia sólo para encontrarse con más miseria y más violencia es desoladora. Los que acampan debajo de un puente en la población Del Río, Texas, a donde llegaron a través de la parte menos peligrosa del Río Bravo, luego de cruzar varios países, seguramente creyeron que habían alcanzado su meta al poner pie en tierra norteamericana en el otro margen.

Me recuerda un juego de mesa que jugábamos los niños de hace muchos, muchos años, llamado Serpientes y Escaleras, en el que se ascendía avanzando casillas mediante el tiro de dados. Si tus números eran propicios, te conducían hasta una escalera que te permitía subir grandes tramos, pero si te llevaban directamente a la boca de una serpiente, podías perder el progreso y regresar hasta el inicio. Justo una casilla antes de la meta se encontraban las fauces de la víbora más larga, si la tirada te llevaba a ese punto, descendías de una vez hasta el punto de partida.

Muchos de los migrantes que pudieron alcanzar tierra estadounidense hace unos días, luego de una larga travesía y una cantidad inimaginable de tropiezos, fueron deportados casi inmediatamente a Haití, tras una recepción en la que se les infligió una nueva humillación y se les canceló su última esperanza de integrarse al “sueño americano” en lo que dura el vuelo del sur de Texas a la isla caribeña.

Haití, fue en el Siglo XVIII una de las colonias francesas más rentables y producía el 75 por ciento del azúcar del mundo. Francia se benefició de esa producción, así como la del tabaco y el café durante siglos, pero, cuando los caribeños se independizaron, en 1804, les impuso una multa de 150 millones de francos.

En 1915 fue ocupada militarmente por Estados Unidos, durante más de 15 años. Luego vendrían una serie de dictaduras con la bendición del gobierno norteamericano. Se sucedieron golpes de estado, regímenes totalitarios, represión, masacres, asesinatos políticos, el más reciente el pasado 7 de julio en contra del presidente Jovenel Moise. Hoy, es el país más pobre de América. El 80 por ciento de sus habitantes vive en la pobreza.

 Hace once años, en enero de 2010 un terremoto provocó la muerte de más de 300 mil personas y dejó un millón y medio de damnificados. Tras lo cual, países como Venezuela, Brasil, Chile y Bolivia, recibieron a haitianos que huían de los efectos de la tragedia, en un país incapaz de hacer frente a la devastación.

Muchos de los haitianos que han llegado a México, en su intento de alcanzar los Estados Unidos, salieron de esos países sudamericanos, porque la crisis económica por la pandemia ha reducido sus expectativas de vida y ante la falsa noticia de que podrían ser beneficiados por el TPS – Programa de Protección Temprana – que Estados Unidos aplicará a quienes ya se encuentran ahí, según expuso el canciller mexicano Marcelo Ebrard.

Pero, quién les diría a los migrantes que al llegar al “país de las oportunidades” los recibiría un grupo de cowboys texanos dispuestos a dar, literalmente, rienda suelta a su vocación primaria de arrear ganado.

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A propósito de…

Con el argumento de defender la vida, lo que buscan es el castigo

Cristina Martin Urzaiz

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Para Cristina Urzaiz Mediz, cuya reflexión y
análisis enriquecieron este texto.

A propósito de las reacciones respecto a la declaración de inconstitucionalidad del castigo penal por la interrupción del embarazo por parte de la Suprema Corte de Justicia, es evidente el deseo de agrupaciones “provida” e integrantes de la Iglesia Católica de imponer castigos, sin sopesar las causas que ponen a las mujeres en condición de tomar una decisión tan difícil.

El burdo caso del sacerdote católico del templo de San Juan Bautista de La Salle en Monclova Coahuila, Lázaro Hernández Soto, haciendo un llamado al feminicidio en contra de las mujeres que aborten, es un ejemplo del pensamiento de aquellos que más que defender la vida, buscan mantener el control sobre el cuerpo, los pensamientos y las decisiones de las mujeres.

Aunque luego aseguró que sus declaraciones fueron sacadas de contexto, las palabras del cura son imposibles de suavizar: “No apoyen a las jóvenes matando a sus hijos para que dejen de estorbar y se diviertan; mejor maten a sus hijas para que ellas no estorben

Lo dijo durante la homilía del domingo pasado, desde el púlpito, frente a la feligresía, lo cual le confiere un carácter de adoctrinamiento. Aseguró que una mujer que aborta “tampoco va a servir para nada, está hueca moral, física y sicológicamente” ¿Cómo funciona el cerebro de alguien que pretextando defender la vida, llama a asesinar mujeres, especialmente en un país donde se cometen 10 feminicidios diarios?

Por otro lado, estos integrantes de la Iglesia Católica se manifiestan tan profundamente preocupados por el bienestar de los niños cuando se trata del tema del aborto, pero no se escucha su voz acusadora en los casos de pederastia protagonizados por sus colegas.

Tuvo lugar otra reacción: una manifestación frente a la Suprema Corte de Justicia en contra del fallo de no penalizar el aborto, a la que asistió cerca de un centenar de personas, de acuerdo con los reportes periodísticos. Vestían de azul celeste, portaban globos del mismo color, así como imágenes religiosas y pancartas.

La reflexión se repite en este caso: si están tan preocupados por los niños mexicanos, ¿por qué no hacen mítines para demandar la acción de la justicia en contra del negocio de la pornografía infantil, que tan próspero es en este país o para cancelar los llamados “paraísos de turismo sexual” – con menores de edad que se ofrecen como mercancía – o para protestar por las constantes violaciones en contra de niñas y adolescentes, la mayor parte de los cuales quedan impunes?

Ahí es donde debería concentrarse la acción social en defensa de niñas, niños y adolescentes. Excepto algunas organizaciones de la sociedad civil, unos cuantos periodistas comprometidos con estos temas – tengo en la mente a Lydia Cacho, por supuesto–hay inacción, desinterés e incapacidad de reaccionar.

Si la Suprema Corte de Justicia acuerda – en una resolución que es un ejemplo de amplitud de miras – que es función del Estado prevenir los embarazos no deseados abordando el problema como un asunto de educación y salud, en lugar de penalizar, por ejemplo, a una adolescente que no cuenta con los elementos para hacerse cargo de un hijo, ¿no deberíamos estar todos los mexicanos complacidos por la transformación en el enfoque de un problema tan sensible?

Los banales argumentos del cura de Monclova en el sentido de que las mujeres abortan para “seguirse divirtiendo” se multiplican en las redes sociales, porque ésta es una sociedad muy dispuesta a señalar al otro – a la otra – con dedo flamígero.

Eso resulta más fácil que asumir que vivimos en un país machista en extremo, donde la violencia contra las mujeres es cotidiana, donde una gran cantidad de hombres consideran que tienen el derecho de tomar el cuerpo de una mujer o una adolescente o una niña o un niño impunemente, donde la auténtica educación sexual es inexistente, donde los servicios de salud están saturados y no funcionan o funcionan mal hasta en las urgencias, no digamos en temas de control de la natalidad o prevención de embarazos y donde las familias son incapaces de dotar de herramientas a los jóvenes para que el inicio de su sexualidad sea lo más sano posible.

En fin, muchos en nombre de la defensa de la vida, quisieran ver lapidadas a las mujeres, las adolescentes o las niñas que deciden no ser madres, la Iglesia Católica la primera, sin recordar aquello de “el que esté libre de culpa, tire la primera piedra”

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