A propósito de…
El virus, la certeza imposible
Publicado
hace 6 añosen
A propósito del problema que enfrenta la humanidad en este momento, confieso que me fallan las palabras. Estoy azorada, así que trataré, no sin dificultad, de mantener una cierta congruencia e ilación en este texto. A alguien que ha vivido dos terremotos en la misma ciudad, en la misma fecha, con 32 años de distancia, no debería sorprenderle nada; sin embargo, en mi imaginación no tenía lugar una epidemia, mucho menos una pandemia de tales proporciones.
En los primeros momentos los descreídos dudamos, como siempre, pensamos que era un montaje para lograr a saber qué aciagos propósitos. Quienes vivimos tan lejos del sitio en que inició todo– o donde nos dijeron que inició – supusimos que se solucionaría allá en el enorme y superpoblado país asiático. Los más empáticos con el dolor humano nos condolimos y pedimos que pudieran superarlo sin demasiado dolor, casi todos seguimos con nuestra vida, nuestras actividades, nuestros quehaceres diarios.
Hoy que tenemos lo que en otros tiempos se llamó la peste – cuando no sabían de virus ni de vacunas ni de modos de transmisión – en nuestro país, en nuestras ciudades, en nuestras calles, observamos el desarrollo de acontecimientos inimaginables y recordamos escalofriantes relatos de libros, estremecedoras escenas de películas en las que comunidades enteras se veían disminuidas por enfermedades que todavía no bautizaban y a las que no sabían cómo enfrentarse.
Pero se trataba de localidades en las que lanzaban los desechos fisiológicos por los balcones o por las ventanas, en las que las calles eran inmundos lodazales y que, en el mejor de los casos, contaban con los servicios de un médico que siempre llegaba tarde porque a su carreta se le rompía una rueda o porque su caballo presintiendo la tragedia, se negaba a avanzar al encuentro con la muerte.
¿Cómo hacemos coincidir escenas como esa en ciudades donde los periféricos tienen tres o cuatro niveles, por los que transitan vehículos en carriles superpuestos, o donde la medicina ha avanzado de tal manera que prácticamente todos los órganos del cuerpo pueden ser reemplazados y se han desarrollado vacunas para aquellas enfermedades que en otro tiempo acababan con poblaciones enteras? Hoy que las cirugías se realizan con robots, y que un aparato puede escanear cada uno de los tejidos del organismo, y que hay especialistas de ramas de la medicina que ni siquiera sabíamos que existían.
Resulta anacrónico que en la actualidad, cuando se realizan con frecuencia viajes fuera de nuestro planeta, nos encontremos metidos en nuestras casas, temerosos del contacto con otros porque cualquiera puede ser portador de la enfermedad y, en muchos casos de la muerte. Y los médicos de hoy, capaces de sacar el corazón de un cuerpo y hacerlo latir y bombear la sangre en otro, y que esas proezas los han hecho sentir semidioses tanto tiempo, experimentan la misma impotencia que sus antecesores de dos o tres siglos atrás.
Y los ciudadanos del mundo, con la posibilidad de acceder a la totalidad del conocimiento humano, únicamente con presionar una tecla, nos encontramos tan desprovistos de respuesta, tan indefensos, tan frágiles como lo estuvieron nuestros antepasados que habitaban en las cavernas y ni toda la tecnología, ni todo el desarrollo, ni los viajes espaciales nos sirven para frenar la devastación de un organismo microscópico.
Nos escondemos en el interior de nuestras casas, de la misma manera que, muy posiblemente, lo hacían en cuevas aquellos lejanos antepasados que se cubrían con pieles de los animales que cazaban y cuya forma de comunicación consistía en imitarse unos a otros, asustados por la presencia de una tormenta eléctrica. Los imagino en grupos, muy cerca unos de otros, con los ojos muy abiertos, sobresaltados con cada relámpago, estremecidos con cada trueno.
Los moradores de la tierra en el Siglo XXI, que en los últimos 50 o 100 años parecíamos participantes en una desquiciada carrera por devastar el planeta a base de transformarlo, de convertir los materiales y los seres de la naturaleza en artículos de consumo, la mayoría de ellos superfluos, nos encontramos indefensos ante un ser tan pequeño que no podemos verlo ni sentirlo cuando nos ataca, cuando ocupa nuestro cuerpo.
Hace algunos días vimos imágenes de una caravana de vehículos del ejército italiano, que aseguraban transportaban decenas de ataúdes y, de inmediato vinieron a mi mente – no puedo recordar si se trataba de la escena de una película o la descripción de un libro que muchas veces resulta más vívida – aquellas de una carreta tirada por un caballo escuálido, al que fustiga un lúgubre cochero casi tan vacío de vitalidad como sus pasajeros que se amontonan dejando colgar un miembro inerte.
¿Qué tan distantes estamos realmente de aquellos antepasados de la caverna o de los que amontonaban cadáveres en carretones si hoy, con todos los avances tecnológicos, con el enorme bagaje de conocimiento, con la cantidad de descubrimientos científicos, con la capacidad de encontrar las causas y los efectos de casi todo lo que sucede en el mundo y con la posibilidad de crear mujeres y hombres completos a partir de una célula, somos globalmente impotentes ante este microorganismo que ha paralizado al planeta, ha desprovisto de opciones a los que se creían poderosos y nos ha dejado claro que para los seres humanos, la certeza es imposible?
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A propósito de…
Se cierra un ciclo en Informe Fracto, otros se abrirán
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 30, 2021
A propósito de los cierres de ciclo, hoy se publica esta columna por última vez en Informe Fracto, luego de más de dos años y medio en que nos hemos encontrado cada semana. Mi primer sentimiento es de tristeza por tener que dejar un espacio en el que pude escribir con total libertad y me dio la oportunidad de llegar a tantos lectores.
De inmediato, viene la necesidad de agradecer. El agradecimiento a Carlos Bojórquez Urzaiz quien me abrió esta oportunidad. Me dijo: “a tus textos no se les va a cambiar ni una coma” y cumplió ese compromiso a carta cabal. También debo dar las gracias, a Lilia Balam y Rocío Valencia cuya información muchas veces me dio la pauta para elegir el tema, así como a todo el equipo de Informe Fracto. A todos los colaboradores, cuyos escritos enriquecieron mis puntos de vista y contribuyeron a afinar el enfoque.
Pero, principalmente, quiero darle las gracias a cada uno de los lectores, que ocasional o constantemente prestaron atención a mis palabras. Coincidimos en tiempos inimaginables: ¿quién iba a decir que viviríamos la experiencia de encerrarnos en nuestras casas, a piedra y lodo, ante el temor del contagio de un virus desconocido que nos regresaría a la Edad Media?, ¿Quién hubiera previsto que el cubrebocas se convertiría en parte indispensable-casi la más importante-de nuestra indumentaria cotidiana?, ¿Quién que se formarían filas de cientos de personas para recibir el antídoto inyectado?
Esta es una época fecunda en cambios y noticias. Informe Fracto ha consignado con ética, con compromiso social, con honestidad: el movimiento de las mujeres que se han hecho escuchar como nunca en este país y le han arrancado al poder reivindicaciones fundamentales, el reconocimiento del derecho humano del matrimonio igualitario prácticamente en todo el territorio, la visibilización, con respeto, sin condescendencia de las personas con discapacidad como parte imprescindible de una sociedad que se pretende incluyente.
Informe Fracto ha estado siempre atento para darle voz a esas luchas, pero también para denunciar abusos policiales, actos de injusticia, violencia contra las mujeres, hechos de discriminación. Y mantuvo la mira. Siguió los casos, acompañó a las víctimas con un muy claro compromiso social, para prevenir, en la medida de lo posible, la impunidad y el olvido.
A esa visión quise sumarme en todo momento con la mínima contribución de un texto semanal, en el que, lamentablemente, fue escaseando el humor de las primeras fechas, dada la gravedad de muchos de los temas indispensables de abordar.
Para celebrar la libertad que se me ofreció me atreví a escribir de movimientos sociales, de política, de arte, de literatura y de cine. También aproveché para compartir algunas reflexiones y experiencias personales, como mi devenir en este mundo pandémico. Tuve algunas conversaciones con artistas extraordinarias.
Siempre encontré la recepción afectuosa y la aquiescencia de mi querido Carlos Bojórquez Urzaiz y la seguridad de que en algún lugar, en algún momento, A propósito de… hallaría a un lector que le permitiera cumplir con su vocación de encontrarse con otra mente, con otra inteligencia.
A todos muchas gracias y espero que podamos encontrarnos otra vez.
A propósito de…
La vocación de arrear ganado de los vaqueros texanos
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 23, 2021
A propósito de las imágenes en las que se observa a elementos de seguridad en la frontera de Estados Unidos que azuzan a sus caballos en contra de migrantes haitianos, a quienes agreden con las riendas a manera de látigos o fuetes, en escenas de violación a los derechos humanos, hacen pensar que esos agentes se comportan como sus antepasados los cowboys o todavía peor, como los plantadores de los estados sureños en contra de sus esclavos, antes de la Guerra de Secesión.
Las escenas de cientos o miles de personas que caminan huyendo de la miseria y la violencia sólo para encontrarse con más miseria y más violencia es desoladora. Los que acampan debajo de un puente en la población Del Río, Texas, a donde llegaron a través de la parte menos peligrosa del Río Bravo, luego de cruzar varios países, seguramente creyeron que habían alcanzado su meta al poner pie en tierra norteamericana en el otro margen.
Me recuerda un juego de mesa que jugábamos los niños de hace muchos, muchos años, llamado Serpientes y Escaleras, en el que se ascendía avanzando casillas mediante el tiro de dados. Si tus números eran propicios, te conducían hasta una escalera que te permitía subir grandes tramos, pero si te llevaban directamente a la boca de una serpiente, podías perder el progreso y regresar hasta el inicio. Justo una casilla antes de la meta se encontraban las fauces de la víbora más larga, si la tirada te llevaba a ese punto, descendías de una vez hasta el punto de partida.
Muchos de los migrantes que pudieron alcanzar tierra estadounidense hace unos días, luego de una larga travesía y una cantidad inimaginable de tropiezos, fueron deportados casi inmediatamente a Haití, tras una recepción en la que se les infligió una nueva humillación y se les canceló su última esperanza de integrarse al “sueño americano” en lo que dura el vuelo del sur de Texas a la isla caribeña.
Haití, fue en el Siglo XVIII una de las colonias francesas más rentables y producía el 75 por ciento del azúcar del mundo. Francia se benefició de esa producción, así como la del tabaco y el café durante siglos, pero, cuando los caribeños se independizaron, en 1804, les impuso una multa de 150 millones de francos.
En 1915 fue ocupada militarmente por Estados Unidos, durante más de 15 años. Luego vendrían una serie de dictaduras con la bendición del gobierno norteamericano. Se sucedieron golpes de estado, regímenes totalitarios, represión, masacres, asesinatos políticos, el más reciente el pasado 7 de julio en contra del presidente Jovenel Moise. Hoy, es el país más pobre de América. El 80 por ciento de sus habitantes vive en la pobreza.
Hace once años, en enero de 2010 un terremoto provocó la muerte de más de 300 mil personas y dejó un millón y medio de damnificados. Tras lo cual, países como Venezuela, Brasil, Chile y Bolivia, recibieron a haitianos que huían de los efectos de la tragedia, en un país incapaz de hacer frente a la devastación.
Muchos de los haitianos que han llegado a México, en su intento de alcanzar los Estados Unidos, salieron de esos países sudamericanos, porque la crisis económica por la pandemia ha reducido sus expectativas de vida y ante la falsa noticia de que podrían ser beneficiados por el TPS – Programa de Protección Temprana – que Estados Unidos aplicará a quienes ya se encuentran ahí, según expuso el canciller mexicano Marcelo Ebrard.
Pero, quién les diría a los migrantes que al llegar al “país de las oportunidades” los recibiría un grupo de cowboys texanos dispuestos a dar, literalmente, rienda suelta a su vocación primaria de arrear ganado.
A propósito de…
Con el argumento de defender la vida, lo que buscan es el castigo
Publicado
hace 5 añosen
septiembre 17, 2021
Para Cristina Urzaiz Mediz, cuya reflexión y
análisis enriquecieron este texto.
A propósito de las reacciones respecto a la declaración de inconstitucionalidad del castigo penal por la interrupción del embarazo por parte de la Suprema Corte de Justicia, es evidente el deseo de agrupaciones “provida” e integrantes de la Iglesia Católica de imponer castigos, sin sopesar las causas que ponen a las mujeres en condición de tomar una decisión tan difícil.
El burdo caso del sacerdote católico del templo de San Juan Bautista de La Salle en Monclova Coahuila, Lázaro Hernández Soto, haciendo un llamado al feminicidio en contra de las mujeres que aborten, es un ejemplo del pensamiento de aquellos que más que defender la vida, buscan mantener el control sobre el cuerpo, los pensamientos y las decisiones de las mujeres.
Aunque luego aseguró que sus declaraciones fueron sacadas de contexto, las palabras del cura son imposibles de suavizar: “No apoyen a las jóvenes matando a sus hijos para que dejen de estorbar y se diviertan; mejor maten a sus hijas para que ellas no estorben”
Lo dijo durante la homilía del domingo pasado, desde el púlpito, frente a la feligresía, lo cual le confiere un carácter de adoctrinamiento. Aseguró que una mujer que aborta “tampoco va a servir para nada, está hueca moral, física y sicológicamente” ¿Cómo funciona el cerebro de alguien que pretextando defender la vida, llama a asesinar mujeres, especialmente en un país donde se cometen 10 feminicidios diarios?
Por otro lado, estos integrantes de la Iglesia Católica se manifiestan tan profundamente preocupados por el bienestar de los niños cuando se trata del tema del aborto, pero no se escucha su voz acusadora en los casos de pederastia protagonizados por sus colegas.
Tuvo lugar otra reacción: una manifestación frente a la Suprema Corte de Justicia en contra del fallo de no penalizar el aborto, a la que asistió cerca de un centenar de personas, de acuerdo con los reportes periodísticos. Vestían de azul celeste, portaban globos del mismo color, así como imágenes religiosas y pancartas.
La reflexión se repite en este caso: si están tan preocupados por los niños mexicanos, ¿por qué no hacen mítines para demandar la acción de la justicia en contra del negocio de la pornografía infantil, que tan próspero es en este país o para cancelar los llamados “paraísos de turismo sexual” – con menores de edad que se ofrecen como mercancía – o para protestar por las constantes violaciones en contra de niñas y adolescentes, la mayor parte de los cuales quedan impunes?
Ahí es donde debería concentrarse la acción social en defensa de niñas, niños y adolescentes. Excepto algunas organizaciones de la sociedad civil, unos cuantos periodistas comprometidos con estos temas – tengo en la mente a Lydia Cacho, por supuesto–hay inacción, desinterés e incapacidad de reaccionar.
Si la Suprema Corte de Justicia acuerda – en una resolución que es un ejemplo de amplitud de miras – que es función del Estado prevenir los embarazos no deseados abordando el problema como un asunto de educación y salud, en lugar de penalizar, por ejemplo, a una adolescente que no cuenta con los elementos para hacerse cargo de un hijo, ¿no deberíamos estar todos los mexicanos complacidos por la transformación en el enfoque de un problema tan sensible?
Los banales argumentos del cura de Monclova en el sentido de que las mujeres abortan para “seguirse divirtiendo” se multiplican en las redes sociales, porque ésta es una sociedad muy dispuesta a señalar al otro – a la otra – con dedo flamígero.
Eso resulta más fácil que asumir que vivimos en un país machista en extremo, donde la violencia contra las mujeres es cotidiana, donde una gran cantidad de hombres consideran que tienen el derecho de tomar el cuerpo de una mujer o una adolescente o una niña o un niño impunemente, donde la auténtica educación sexual es inexistente, donde los servicios de salud están saturados y no funcionan o funcionan mal hasta en las urgencias, no digamos en temas de control de la natalidad o prevención de embarazos y donde las familias son incapaces de dotar de herramientas a los jóvenes para que el inicio de su sexualidad sea lo más sano posible.
En fin, muchos en nombre de la defensa de la vida, quisieran ver lapidadas a las mujeres, las adolescentes o las niñas que deciden no ser madres, la Iglesia Católica la primera, sin recordar aquello de “el que esté libre de culpa, tire la primera piedra”
