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La falsa información, otro virus

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del bombardeo de todo tipo de información, gran parte de ella falsa y mucha mal intencionada, que ha circulado a través de medios formales y redes sociales con respecto a la epidemia de coronavirus, es importante considerar el daño que esto puede provocar a la sociedad.

Así como intentamos protegernos del contagio del Covid 19, sería sano mantenernos alejados de los mensajes que, en vez de ayudarnos a transitar por esta situación de la mejor manera, nos generan estrés, alimentan nuestros miedos, nos proporcionan consejos que carecen de sustento científico o llaman a desconfiar de quienes están encargados de manejar la emergencia nacional.

¿Qué información convendría poner en duda? Pienso que aquella que carece de fuente, la que es anónima y se distribuye en las redes sociales. Se tiende a creer que si un conocido comparte determinado mensaje es verdadero. Eso no siempre es así. 

Cabe recordar que muchos de los participantes en los grupos de comunicación digital padecen una especie de compulsión por postear todo cuanto reciben, sin analizar que ellos mismos son canales de comunicación y que aquello que difunden puede tener consecuencias. Como buscan más seguidores, más likes, etcétera, no importa el contenido; lo mismo da que un mensaje contradiga al anterior.

Todos tenemos derecho a dar nuestra opinión, así sea crítica de la autoridad, el derecho a la libre manifestación de las ideas nos pertenece. Pero, han circulado, por ejemplo audios de personas que, sin identificarse, dan a conocer datos a todas luces falsos, opuestos a los que aporta la autoridad sanitaria, no se identifican y no hay un solo elemento que les aporte credibilidad. Son mentiras con un claro propósito de generar incertidumbre.

En estos días, abundan videos de supuestos médicos que hacen recomendaciones para prevenir el contagio. Hay muchos que hablan de obviedades: alimentarse sanamente, no abandonarse al sedentarismo, no abusar de comida chatarra ni de la ingesta de bebidas alcohólicas, dejar de fumar.  Por supuesto, un organismo más sano tendrá más elementos para defenderse de la enfermedad, la trampa está en que quien los genera no es quien dice ser.

No sé hasta qué punto podría considerarse a una actriz y cantante de música pop, una voz calificada en materia de epidemias. Insisto en que no lo sé, porque tal vez en sus ratos libres entre las promociones de su material, las giras, las presentaciones y  los conciertos  haya acudido a alguna prestigiosa universidad y se  certificó como epidemióloga sin que yo me enterara, porque no soy muy afecta a los chismes del espectáculo.

En cambio, muchas personas consideraron más dignas de crédito las palabras de esta mujer que la información que nos proporcionan todos los días a la misma hora las autoridades de salud de nuestro país, cuyo programa de manejo del Covid 19 valoró positivamente la Organización Mundial de la Salud.

Tal vez si yo escuchara muchos discos o viera algunas telenovelas de esta celebridad me decantaría por atender sus recomendaciones antes que las de la Secretaría de Salud, pero como no es el caso, seguiré considerando que la opinión de una cantante millonaria que ni siquiera vive en México y que jamás ha mostrado un ápice de interés respecto a lo que sucede aquí, es respetable, sólo eso. La realidad de este país difiere enormemente de la que puede vivirse en un penthouse en Fifth avenue. Ese es uno de los ejemplos.

Se puede optar por quedarse en casa cuando la subsistencia diaria no depende de salir a trabajar cada día, sin falta, porque lo contrario implica que los hijos no tendrán alimento, que la renta no se pagará, que no habrá recursos para contratar la pipa que llena los tambos porque esa colonia no cuenta con servicio de agua potable.

Por supuesto, quienes puedan mantenerse aislados con un refrigerador bien provisto y las reservas económicas para sobrevivir ¿una semana, un mes, dos meses, tiempo indefinido? serían irresponsables si se arriesgaran y arriesgaran a otros. Esa decisión la han tomado muchos mexicanos de manera voluntaria, en especial en las zonas de más riesgo, como son las altas concentraciones urbanas.

Me declaro desconfiada. Es una de mis características representativas, quienes me conocen lo saben; sin embargo, hay circunstancias en las que no queda más remedio que admitir la necesidad de un líder que haya probado su capacidad, que nos proporcione los datos en los que basa sus determinaciones de manera que podamos entenderlos sin necesidad de ser especialistas, que respete nuestra condición de seres libres e inteligentes y que nos convenza de que lo hace por nuestro bien.

Si viajamos a bordo de un crucero, confiamos en que el capitán será capaz de tomar las disposiciones pertinentes para mantenernos a salvo. Si se presenta una contingencia a bordo, es posible que alguno de los altos oficiales difiera, porque tiene el conocimiento y la experiencia para hacerlo; pero si la encargada del karaoke propusiera un motín para remover a toda la tripulación, aun con mi gran deseo de disentir, seguiría en primer, lugar las instrucciones del marino de más alto rango, porque no se trata de una divergencia de opiniones, sino de algo más trascendente, la sobrevivencia.

En este momento, cuando hay un peligro real para la salud colectiva, decido confiar  en el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud Hugo López Gatell quien indudablemente es el capitán del crucero metafórico en el que viajo con mi familia, con todos aquellos a quienes amo, con quienes me interesan, con mis amigos, con las personas con quienes cuento y que cuentan conmigo.

Al contrario de lo que sucede con el coronavirus, podemos vacunarnos contra la información dañina  mediante el análisis, la revisión inteligente y el conocimiento de que mucho de lo que nos transmiten es mentira.

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¡Y además tiembla!

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la vulnerabilidad de los seres humanos, la tierra nos vino a confirmar cuán frágiles somos. Y si después de la pandemia del COVID 19, de las terribles inundaciones que dejó la tormenta tropical Cristóbal en el estado de Yucatán, donde se emitió Declaratoria de Desastre Natural para 75 municipios y del sismo de 7.5 grados, con epicentro en Crucecita, Oaxaca que se sintió el martes, seguimos creyéndonos los dueños del planeta, no tenemos remedio.

La Tierra existió mucho antes de que las mujeres y los hombres evolucionáramos hasta lo que hoy somos y seguirá girando alrededor del sol cuando ya no quede evidencia de que alguna vez estuvimos aquí. Al parecer, los virus ya estaban antes de nuestra llegada, adhiriéndose a los animales y vegetales de entonces, causándoles enfermedades a algunos de ellos y conviviendo con otros.

Durante décadas nos hemos sentido más fuertes que ellos, porque -listos como nos creemos –  desarrollamos todo tipo de repelentes, de métodos de defensa, de hierbajos, de químicos, de fármacos,  de vacunas, de rituales, de sortilegios, de mantras, de oraciones y hasta de invocaciones energéticas, para abstraernos de sus efectos dañinos.

Cada tanto, alguno de ellos nos sorprende. Transita desde la planta o animal del que ha sido huésped tradicional a otro en el que logra desarrollarse a sus anchas, tanto, que puede destruirlo. O se transforma, expandiendo sus áreas de influencia hasta colonizar a los representantes de supuesto eslabón más alto de la cadena alimenticia, nosotros.

El ser humano, capaz de modificar el entorno hasta no dejar huella del paisaje original, de levantarse del suelo y llegar a las nubes para trasladarse al punto más lejano de la tierra en cuestión de horas, de desentrañar casi todos los misterios de la naturaleza, de traspasar los confines del planeta y lanzarse al encuentro con otros cuerpos celestes, de utilizar los elementos de la tierra para construir y destruir y destruirse, se encuentra, en ocasiones,  con esta partícula de proteína – según nos han dicho de la que actualmente nos asola y nos azora – tan insignificante que ni siquiera cuenta, pero puede terminar con todo lo que hemos creído importante.

Dicen que no pueden sobrevivir independientemente, porque requieren del organismo hospedero para multiplicarse y mantenerse en el mundo. Es el caso de la poliomielitis, influenza, rabia, viruela, VIH, entre algunos otros. Hoy, estamos frente a uno que se nos resiste y nos atemoriza hasta el punto de dejar todo aquello que pensábamos esencial: trabajar, salir, gastar, comprar aparatos, hacer dinero, mostrarnos ante los demás y demostrarles quiénes somos.

Y, acostumbrados como estamos a imponer nuestras creencias, nos decimos “una vez que ha llegado la pandemia ¿qué más puede pasar?” mientras la naturaleza, ajena a cualquier juicio moral, indiferente a toda consideración de justicia, ignorante de las clasificaciones  humanas de “bueno y malo”, obedeciendo sólo a sus propias leyes, libera su energía en los océanos a través de algo que llamamos tormenta tropical y que debería hacer menos daño que un huracán o un ciclón, de acuerdo a nuestras clasificaciones, pero, en cambio, afecta gravemente a miles de seres humanos.

O acomoda las enormes placas tectónicas en las profundidades de la tierra –el martes fue a 5 kilómetros bajo la superficie en Oaxaca– y empavorece a otros millones que se hacinan en lo que fue lago y hoy es asfalto, haciéndolos  salir  disparados del interior de las edificaciones de concreto que los contienen.

Y miles de esas personas, atrapadas durante meses en sus propias viviendas, para evitar la cercanía con otros que podrían portar el virus, al escuchar la alarma sísmica, abandonan los que  constituían sus refugios, sin detenerse un segundo a pensarlo, y se lanzan al otrora sitio más peligroso, la calle.

En la huida, olvidan las caretas, los tapabocas, el alcohol en gel, el desinfectante y, de paso, olvidan la aversión a  los otros y se concentran, como racimos de uvas, en el lugar “más seguro”, que hasta minutos antes era el “más inseguro” y hasta se atreven a intercambiar algún comentario, a boca desnuda, con el vecino, con el paseante, con el vendedor de tamales o de bisquetes calientitos.

Y con la creencia de que el mundo está a nuestro servicio y el sol aparece en el horizonte cada mañana sólo para entibiar nuestros días, no falta una persona que exaltada reclame: ¡Y, además tiembla, esto ya es demasiado!

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¿Y ahora qué sigue?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del paso del semáforo rojo al anaranjado por la que algunas entidades están transitando, como sucedió en Yucatán hace dos semanas, y en la Ciudad de México a partir de este lunes, tengo la impresión de que la consigna es básicamente que cada quien se rasque con sus uñas o, en otras palabras, ¡sálvese quien pueda!

Al presentar su “decálogo” hacia la nueva normalidad, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo: “Sigamos acatando las recomendaciones para cuidarnos y minimizar el riesgo de contagio, pero hagámoslo con independencia, criterio y responsabilidad

Lo anterior implica que el paso a la llamada nueva normalidad se dará como un acto puramente individual, en tanto que el Ejecutivo expone una serie de recomendaciones morales, como cuando señala que se siga cuidando a los ancianos en casa, porque en ningún asilo, por lujoso que sea, estarán mejor que con su familia, confirmando así su visión poco realista de las relaciones humanas.

Si analizamos con detenimiento la forma en que hemos convivido con el COVID 19 en México, excepto las primeras dos o tres semanas en que la mayoría de las personas acataron las recomendaciones de confinamiento, en general, cada uno de nosotros ha hecho lo que puede, de acuerdo con su manera de pensar y sus condiciones económicas, sociales y personales.

A diferencia de otros países en los que el nivel de ingresos les permitió sobrevivir a un estricto confinamiento, con las incomodidades propias del encierro, siempre es pertinente recordar que en el nuestro 61 millones de personas (48.8 por ciento de la población) viven en situación de pobreza, mientras más de 16 millones viven en pobreza extrema.

Desde el primer momento de la epidemia, las autoridades federales establecieron como prioridad el respeto a los derechos humanos, frente a innumerables críticas por parte de quienes deseaban la mano dura contra aquellos que se atrevieran a salir de casa, sin tomar en cuenta que 56 de cada 100 mexicanos viven de la economía informal, dependen de su propio esfuerzo y sus ingresos difícilmente son suficientes para cubrir las necesidades esenciales, así que el ahorro les es imposible, casi nadie cuenta con recursos para vivir sin trabajar.

Pero, además, porque no hay instituciones con estatura para hacer cumplir las restricciones. En estados, como Jalisco, donde se quiso imponer el confinamiento y, a últimas fechas, el uso de cubrebocas, quedó en evidencia que no es posible dejar en manos de policías mal preparados, resentidos y, en muchos casos, corruptos, ese tipo de controles. Lo sucedido en Ixtlahuacán de los Membrillos, donde agentes policiacos asesinaron al ciudadano Giovanni López, por negarse a usar la protección facial, es evidencia clara de lo anterior.

Por otro lado, diversos hechos han demostrado que existen amplios grupos de población que se niegan a acatar las disposiciones como  el confinamiento, el uso de dispositivos de protección o la sana distancia, ya sea por ignorancia, porque no existe una cultura de respeto al estado de derecho o, simplemente, porque no les da la gana y realizan actividades como fiestas o compras masivas de determinados productos.

Este rechazo a las medidas aceptadas internacionalmente para la protección de las personas frente a la pandemia, se ha traducido en enfrentamientos con la policía que se presenta para terminar con alguna fiesta con decenas de jóvenes en espacios reducidos, o en casos de una falta de razón extrema, cuando familiares de algún paciente enfermo o fallecido han golpeado a trabajadores de la salud que aplican los protocolos de cuidado hospitalario.

Pero, la falta de acatamiento de las medidas de protección no solamente se ha dado por necesidad económica, por ignorancia o por comportamientos irracionales. Me enteré recientemente de la realización de servicios religiosos clandestinos en capillas de escuelas confesionales privadas, al estilo de aquellas que se realizaban durante la guerra cristera. En este caso, quienes acuden pertenecen a las élites.

Así que el señalamiento de que el criterio a seguir en la “nueva normalidad” será el de cada, implica continuar como hasta ahora. Y no puedo evitar repetir aquí una broma que circula en las redes sociales a propósito del semáforo COVID: ¡Usan un semáforo para saber cuándo es seguro salir del aislamiento, en un país donde los conductores aceleran cuando ven el color amarillo!

Luego, una serie de obviedades como no consumir productos chatarra, beber agua suficiente, alimentarse bien y preferir los productos frescos y naturales, bajar de peso, vivir en calma y sin angustias, eliminar adicciones, hacer ejercicio, “párate, camina, corre, estírate, medita y aplica todo lo que consideres que le hace bien a tu cuerpo

También dio recomendaciones espirituales, más propias de un lama budista: alejarse del materialismo, no acumular, compartir los bienes, ser generoso y fraternal, eliminar el consumismo porque “la felicidad no se consigue con la acumulación de bienes materiales, ni se consigue con lujos, extravagancias ni frivolidades

En suma, el paso a la llamada nueva normalidad se dará como un acto estrictamente individual con pocas precisiones.

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Reconocernos en el otro

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los excesos policiacos en Estados Unidos y en México, del movimiento mundial en demanda de desterrar definitivamente el racismo, de las desbordadas reacciones de autoritarismo de algunos personajes que se encuentran en posiciones de poder, mi interrogante es en torno a ¿qué hace surgir la falsa idea de superioridad en algunas personas?

Esta pregunta me lleva a recordar una de las escenas cinematográficas que más me han impresionado: En la película La Misión de 1986 se recrea el fragmento de un juicio entre los representantes de los imperios español y portugués para determinar la forma en que se dividirían el territorio sudamericano en la zona selvática de lo que hoy son Argentina, Paraguay y Brasil, ante un emisario papal, quien tendrá la decisión en sus manos.

El momento más estremecedor, desde mi punto de vista, es cuando el misionero jesuita Gabriel, interpretado por el actor británico Jeremy Irons, intenta convencer al emisario del jerarca católico de que los habitantes de la selva, los guaraníes, son seres humanos, mostrando las habilidades musicales de un niño que canta extraordinariamente. Pero, no es la única voz privilegiada de la comunidad, como se demostrará en diversos momentos en que interpretan a coro piezas sacras, creadas por el genio del italiano  Ennio Moriconne.

La primera vez que vi La Misión, en la que Robert De Niro
encarna a Rodrigo, pecador arrepentido que se une a la Misión de San Carlos, uno de los territorios en disputa,   me estrujó la idea de que un ser humano tenga que demostrar su humanidad. Especialmente porque, si bien es una ficción, está inspirada en hechos reales: Los guaraníes tenían que justificar que eran personas y no animales de la selva, ante una serie de individuos con un comportamiento que podría calificarse de todo, menos de humano.

Los pobladores originales  se acercaban a las misiones jesuitas como un medio de sobrevivencia. Las leyes portuguesas permitían la esclavitud en los territorios ocupados, mientras que las españolas los consideraban súbditos del rey y, en teoría, no podía ser esclavizados y debían recibir un trato digno. En la práctica, ambos eran igualmente crueles, en su empeño de desconocer legalmente la esencia humana de los guaraníes para poder explotarlos sin restricción.

Esos juicios se realizaron en 1750 y tuvieron como consecuencia el trazo de una frontera arbitraria   y el desmantelamiento de la misión, mediante el exterminio de sus ocupantes, incluidos los sacerdotes jesuitas. Históricamente los guaraníes se alzaron y resistieron durante algunos años. El papa Clemente XIV suprimiría más tarde la Compañía de Jesús.

¿Por qué un ser humano tendría que comprobar su calidad de humano, entonces, pero, peor aún, por qué tiene que seguir probando hoy que vale tanto como otro o más? La supuesta superioridad establece una relación de fuerza en la que una de las partes está obligada a justificar permanentemente su derecho a existir frente a quien se empeña en “evidenciar su inferioridad”.

Y se vale de cualquier absurdo para lograrlo, el color de la piel, por ejemplo. Pero, también,  la condición social, el origen étnico, el lado de la frontera en que nació, la actividad que desarrolla, su género,  la zona en que vive, la forma en que habla, la manera cómo se viste, su estatura, sus capacidades diferentes, su complexión, su peso, sus preferencias sexuales, su manera de pensar.

Sabemos que una de las técnicas que se utilizan  para adiestrar a los cuerpos represivos – a las policías, a las fuerzas armadas – se centra en despojar de su humanidad a aquel contra quien actúan, a fin de que no puedan establecer empatía alguna, ni albergar dudas, ni experimentar sentimientos de culpa al someterlos.

Así lo evidenciaron los policías estadounidenses que asesinaron a George Floyd, por su color,  en Minessota y los de Ixtlahuacán  de los Membrillos en Jalisco,  que golpearon y mataron a Giovanni López, por no usar tapabocas y los de la Ciudad de México que agredieron a Melanie de 16 años durante los actos de protesta de la semana pasada. Apenas ayer policías municipales de Acatlán de Pérez, en Oaxaca, asesinaron a balazos a Alexander de 16 años. En todos los casos, los uniformados ignoraron que estaban tratando con seres humanos como ellos.

La señal esperanzadora la han dado los cuerpos policiacos norteamericanos que se han arrodillado frente a las protestas pacíficas, en un acto de humildad y reconocimiento a los ciudadanos y  la  inmediata  detención y procesamiento de los agentes que violentaron a la menor en la capital.

Si hubiera algún punto de partida para un cambio en el mundo en medio de esta  crisis de salud, social y económica, escogería que ningún ser humano se viera en situación de tener que demostrar que lo es y que todos fuéramos capaces de reconocernos en el otro como iguales.

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