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De niños duros y escuelantes

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del inicio del curso escolar, de inmediato recuerdo una serie de escenas relacionadas con la escuela y de la manera en que unos y otros vivimos el regreso a  clases.

Este lunes regresaron a las aulas 25.6 millones de estudiantes y 1.2 millones de maestros de educación básica en 226 mil escuelas públicas y privadas del país. El ciclo escolar 2019 – 2020 constará de un calendario de 190 días. Asimismo, un poco más de 6 millones y medio de adolescentes acudieron a la secundaria, y aproximadamente 5 millones de pequeños al jardín de niños.

El comentario de un alumno al regreso de su primer día en el jardín de niños fue un extraordinario ejercicio de síntesis: “a la escuela van muchos niños duros”, dijo, refiriéndose a aquellos compañeros suyos que se niegan a soltarse de la mano de su madre y se resisten a entrar al plantel, mediante el método de rigidizar el cuerpo hasta el punto de que es casi imposible moverlos del sitio en que se “anclan”.

Otra niña, alumna de una escuela confesional, regenteada por monjas mercedarias (mercenarias dirían las alumnas de bachillerato) a quien su madre intentaba convencer de levantarse temprano a fin de llegar a tiempo a sus clases, hizo una reclamación a voz en cuello dirigida a quienes consideraba responsables de tremenda desmañanada, recordando una de las enseñanzas del curso anterior: “¿Por qué habrán pecado Adán y Eva para que yo tenga que ir a la escuela?”

Se sabe de todo tipo de subterfugios, destinados a convencer a los padres de no obligar a sus hijos a acudir al colegio, entre ellos, fingir enfermedades variadas, algunas que ni siquiera figuran en las enciclopedias médicas; recurrir al chantaje emocional; intentar la negociación con argumentos de todo tipo.

Hasta el momento, no conozco ninguna estrategia exitosa en ese sentido, aunque tal vez sea porque no trato con niños tan inteligentes para convencer a sus progenitores de que no requieren que se les impartan conocimientos, ni a padres lo suficientemente tontos para desperdiciar la oportunidad de un relevo de varias horas al día en la difícil tarea de lidiar con sus hijos.

Existen países en los que la educación es máxima prioridad social. Es bien conocido el caso de Finlandia, que ocupa el primer lugar en cuanto a la calidad de la enseñanza. Ahí no existen escuelas privadas. El hijo del empresario más adinerado acude a la misma institución que los hijos de los trabajadores de su empresa. De esa forma, se garantiza que todos los estudiantes reciban el mismo nivel de instrucción, que no haya diferencias por nivel social o económico. Hasta donde se sabe, a los finlandeses les ha dado buen resultado.

No deja de asombrar la ligereza con que la sociedad mexicana actúa respecto a las escuelas. Otra vez refiriéndome a la Ciudad de México, resulta muy extraña la asociación entre los planteles escolares y los tianguis o el comercio informal, al grado de que resulta casi un binomio “mercado sobre ruedas- primaria”.

Surge ineludiblemente la pregunta: ¿por qué se autoriza el funcionamiento de un sistema comercial tan poco regulado, tan propenso a la realización de actividades ilegales, como la venta de artículos robados, de mercancía pirata, el exceso de ruido, el intenso movimiento de todo tipo de vehículos, alrededor de una escuela?

Tal vez sea el resultado de una nula planificación urbana, del clientelismo de los partidos políticos que tienen entre los tianguistas a sus huestes, de la corrupción. Preocupan el desdén por la seguridad de los estudiantes y la irresponsabilidad frente a la obligación del estado de brindarles las condiciones óptimas para el aprendizaje.

Así, los alumnos, deberán resolver problemas matemáticos al ritmo de “llévelo, llévelo, bara bara, bara bara” (abreviatura de barato), o las letras de reguetón a todo volumen, que sale de los altavoces de los puestos que se dedican al comercio de discos compactos piratas y entra por las ventanas del aula.

El comportamiento de las autoridades educativas es también peculiar. Hace apenas una semana, los padres de un niño de primer ingreso a la primaria en el Estado de México permanecieron en la incertidumbre, porque una vez que apareció su nombre en la página de la Secretaría de Educación del Estado y la escuela a la cual se le había asignado, no se supo más.

En el sitio de la dependencia se indicaba que recibirían la información necesaria en el colegio. Cuando los padres acudieron al plantel, permanecía cerrado. Ni un anuncio, ni un comunicado, nada. Se presentaron varias veces y la única noticia provino de la conserje que barría la calle. “Van a poner un aviso pronto”, aseguró, molesta de tener que repetir la oración por enésima vez.

Pasaron varios días y el documento seguía sin aparecer. Fue hasta el miércoles 21, a pocos días de iniciar las clases, que encontraron, por fin, una cartulina pegada en la puerta en la que se indicaba que las inscripciones para los alumnos de primer ingreso tendrían lugar al día siguiente ¡Faltaban cuatro días para el inicio del ciclo!

El jueves se presentaron y una maestra con la lista en la mano parada frente al portón les comunicó, en plena calle, que los niños debían presentarse el lunes siguiente 15 minutos antes de las 8, sin solicitar fotografías para las credenciales de ellos o de quienes habrían de recogerlos a la salida.

Todo ello me remite a Fidela, una señora de buen corazón, pero poco instruida, quien señalaba al inicio de clases, “pobres escuelantes, no saben lo que les espera”

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Rostros recorren el país

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de esfuerzos para difundir el quehacer artístico y proyectos para hacer llegar las diversas expresiones a la mayor cantidad de personas posible, me encontré en el norte del país, en la Casa de la Cultura de Nuevo Laredo, en Tamaulipas, con la iniciativa de un grupo de artistas jaliscienses, a la que se han sumado colegas de diferentes estados, se trata de “Dando la Cara”

A partir de la premisa “nunca más una casa de la cultura vacía” el grupo Rutas Plásticas Jalisco propone la realización de exposiciones individuales y colectivas en diversas sedes culturales, con el compromiso de cada artista de impartir talleres en su lugar de origen, a fin de que vivan la experiencia de la creación visual, el uso de materiales y las formas de expresión.

Esta agrupación se creó en febrero de 2016. A partir de esa fecha ha realizado más de 150 exposiciones y talleres que han tenido una asistencia de más de 80 mil participantes. Inicialmente, se buscaba cubrir  los 125 municipios de Jalisco, de los cuales ya han integrado a 66, pero al paso del tiempo, se han sumado creadores de distintas entidades e inclusive de otros países.

La primera muestra titulada “Rutas Plásticas de Jalisco” se realizó en Lagos de Moreno, con la participación de 34 artistas reconocidos que han expuesto su trabajo en Europa, Estados Unidos y Sudamérica.

No se trata solamente – asegura la agrupación – de llevar el arte a los municipios, sino de rescatar el gran potencial cultural de nuestro pueblo.

La intención era llevar la exposición colectiva y los talleres a municipios pequeños, cuyos centros culturales estaban prácticamente abandonados, a fin de darles un impulso y convocar a los habitantes a revivirlas, a fin de aprovechar en beneficio de la población la infraestructura existente. La finalidad es generar una red de actividad, integrada por los propios creadores, a la que se invita a sumarse a instituciones gubernamentales y a la iniciativa privada.

La exposición itinerante que forma parte de este proyecto y se presenta actualmente en la Casa de la Cultura de Nuevo Laredo Tamaulipas se titula “Dando la Cara” y está constituida por autorretratos de más de 100 artistas originarios de Jalisco, Puebla, Veracruz, Guanajuato, Tamaulipas, Zacatecas, Sinaloa, Colima, Quintana Roo, Yucatán, Oaxaca, Querétaro y Chihuahua, además de Uruguay y Argentina.

Menciono algunas de las obras: “Instantáneas” de Gabriela Tolentino, de Guadalajara, Jalisco; “El Cristal con que se Mira” de Graciela Valdéz de Nuevo Laredo Tamaulipas; “Cuarenta” de Manuel Guardado de Mérida Yucatán; Autorretrato de Oscar Basulto de Guadalajara, Jalisco, coordinador del proyecto.

La exhibición “Dando la Cara” consiste en mostrar los autorretratos de creadores que forman parte de Rutas Plásticas. Tiene la particularidad de hacer su recorrido por municipios y  poblados de donde son originarios los creadores. Se busca que los habitantes establezcan una relación con los artistas de su comunidad.

Las obras, de muy diversos estilos con técnicas óleo, grabado, carboncillo, acrílico fotografía, crayón y mixta, nos muestran los rostros de esos creadores plásticos, empeñados en conservar sitios destinados a la producción y divulgación de la actividad artística; nos muestran los rostros de artistas empeñados “en crear mejores condiciones para sus comunidades por medio del desarrollo creativo”

En el texto de la exposición, la artista Irma Gutiérrez señala que ha sido a través del arte que las sociedades han expresado parte de su realidad, pasiones, pensamiento y filosofía a lo largo de los siglos. “El arte confronta, sacude, susurra, grita, dialoga, creando vínculos sociales”

Es el autorretrato, encuentro, exploración íntima  y profunda del pasado de un artista, cuyo análisis es expresado a través del espejo de un lienzo donde se confronta al autor-modelo, el autor reflejado y el espectador.

Por ello – agrega –en la entusiasta e inclusiva propuesta de Rutas Jalisco, en su reciente proyecto “Dando la Cara” los creadores dialogan con quien observa su obra, su percepción de sí mismos, su descubrimiento, favoreciendo nuevos diálogos.

De esta forma, un grupo de artistas comprometidos con propiciar el involucramiento de comunidades  que difícilmente tienen acceso a  la actividad cultural se presentan “dan la cara” a quienes observan su trabajo, más allá del aspecto material de su rostro.

Son 100 creadores plásticos que se atreven a exponerse para mostrar las muchas maneras en que el arte nos interpreta y las muchísimas en que podemos interpretarlo, como espectadores.

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¿Pagar más por viajar en peligro?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las marchas y bloqueos de los concesionarios del servicio de transporte urbano en la capital del país, en demanda de aumento a la tarifa y en protesta por la puesta en marcha de un programa de seguridad a bordo, sería interesante saber cómo se gestó uno de los “poderes fácticos” de la ciudad.

La carencia de información precisa respecto al número de microbuses que circulan en la Ciudad de México, es un claro indicio del desorden en que operan. Las cifras varían entre 15 y 30 mil unidades y se afirma que se realizan en ellos más de 10 millones de viajes, casi el doble de los efectuados en el Metro.

El llamado “pulpo camionero” es el antecedente de los actuales “microbuses”. Unos y otros  crecieron y se fortalecieron cobijados por la corrupción y los intereses políticos en detrimento de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Al “pulpo” lo sucedió la Ruta 100, en 1981, que fue un intento del gobierno de retomar las riendas del servicio de transporte, con vehículos nuevos y personal capacitado, luego de cancelar la concesión que operó varias décadas. Para 1989, el Sistema de Autotransporte Urbano Ruta 100 contaba con 7 mil 500 unidades, pero desapareció a raíz de una huelga de operadores. Entonces regresó el “monstruo” en forma de “microbuses”.

Debido al crecimiento demográfico y la expansión de la mancha urbana, los intentos por proveer nuevas alternativas de movilidad han resultado insuficientes, lo que deja a la capital a merced de los “microbuseros”. Los tranvías de principios del siglo pasado se hicieron obsoletos, especialmente porque se privilegió el uso de las vialidades para automóviles particulares; la construcción de nuevas líneas del Metro ha sido lenta y limitada.

En los setenta circulaban dos tipos de autobuses urbanos: las ballenas y los delfines. Los primeros eran accesibles a toda la población, con mayor espacio para viajar de pie; los delfines, por el contrario, empezaron  como una opción elitista, con un precio de casi el doble, que únicamente permitía pasajeros sentados, con lo que se pretendía dar una opción a  los automovilistas. No resultó, al poco tiempo de su funcionamiento, los usuarios ya viajaban hasta  en el estribo.

Los trolebuses y el Metrobús salieron a las calles con la pretensión de ganarles avenidas importantes a los “microbuses”, con una propuesta ecológica y eficiente, pero limitada a vialidades en las que se puedan establecer vías exclusivas, paraderos y cables de alimentación eléctrica.

Así que, de una u otra forma, los capitalinos parecemos destinados a depender de los “micros”, como también se les conoce.

Aprovechando su capacidad para movilizar a gran cantidad de personas, los partidos políticos en turno se han valido de estos medios de transporte para alimentar sus eventos proselitistas, sus campañas y sus mítines. Lo hizo el PRI cuando gobernó y repitió el esquema el PRD.

Esa relación ha sido especialmente nociva para usuarios y ciudadanos en general, ya que la cercanía con determinados políticos y funcionarios públicos, se convirtió en garantía de impunidad para los líderes de las agrupaciones y hasta para los choferes quienes operan al margen de las disposiciones de tránsito de la ciudad. Incumplen todas y cada una de las normas: exceden los límites de velocidad, no respetan los semáforos en rojo, circulan sin luces por las noches, se salen de sus rutas, hacen paradas de ascenso y descenso en carriles centrales.

Todo ello, constituye un peligro para los pasajeros, entre quienes más de mil han sufrido lesiones de consideración en los últimos 3 años, por accidentes en microbuses, sumando solamente los que se registran y denuncian, hay millones que no se contabilizan. Peatones y automovilistas también resultan víctimas de la falta de civilidad de estos operadores.

Las condiciones mecánicas de las unidades requieren mención aparte. Todos los que hemos usado tales vehículos sabemos que los asientos están despegados, que las puertas no funcionan adecuadamente, que las llantas evidencian desgaste a simple vista, que contaminan ostensiblemente, que el sonido de sus motores es como un estertor de agonía.

Nuevos o viejos, los reglamentos de tránsito son letra muerta para los choferes, quienes conducen al tiempo que revisan sus redes sociales, responden mensajes, contestan o hacen llamadas, ven vídeos. Cuando no, ponen a funcionar las bocinas obligando a los pasajeros a escuchar horrendas canciones o pésimos programas de radio a un volumen tal que la vibración repercute en los cristales de las ventanas y, sin duda, en los tímpanos de quienes abordamos el vehículo.

Seguramente ésa es la razón por la que se niegan a la instalación de cámaras de seguridad que dejarían constancia de tales prácticas y de otras como la colusión de conductores y delincuentes en muchos casos. Tampoco quieren el funcionamiento del GPS que proponen las autoridades para poder rastrearlas dado que no es extraño que los mismos conductores perpetren ilícitos en sus vehículos.

Mientras los microbuseros y sus líderes paralizan la ciudad en un intento para mantener sus privilegios, los usuarios continuaremos viajando en esas chatarras ambulantes esperando que no choquen, que no se incendien y, por supuesto, que no nos asalten, o violen, pagando más por ello.

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¿Qué quieren de nosotras?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la marcha de las mujeres del viernes pasado, de las reacciones escandalizadas por la forma en que se desarrolló, de la indignación en muchos medios por la manera en que se manifestó el enojo, de la crítica incluso de otras mujeres, no puedo dejar de preguntarme ¿qué es lo que se espera de nosotras?

¡Con que emoción se reconoce, se admira, se pondera, el papel de las mujeres como cuidadoras, como dadoras, como soporte de otros! La sociedad en su conjunto celebra a aquella que se olvida de sí misma o se deja en último lugar o, por lo menos, posterga la realización de sus proyectos, de sus sueños, de sus metas, para apoyar a quienes la rodean, los hijos, el esposo, los enfermos, los ancianos.

Los conceptos “guerrera” “luchadora” se aplica generalmente a una mujer que aquejada por una enfermedad en fase terminal, se sobrepone al dolor físico y emocional, al cansancio, a los malestares y se levanta de la cama para llevar a sus hijos a la escuela, para acudir al homenaje del día de la madre enmascarando sus síntomas.

Se califica con esos términos, que personalmente aborrezco, a quien luego de realizar los trabajos domésticos, acude puntual a la junta del trabajo, para hacer su presentación del proyecto con tacones, maquillada, perfumada, con el traje sastre impecable.

Y qué decir de aquellas que atienden a los padres ancianos, al esposo enfermo, al hijo con discapacidad y todavía se da el tiempo para vender productos por catálogo.

En todos esos casos, nos atribuyen ser “el pilar de la sociedad”; por supuesto, de una sociedad que se apoya en ese trabajo para no asumir su responsabilidad. En México, no existen las instituciones que se hagan cargo de una función que debería ser compromiso de todos. Se encomia que no demos lata y que les evitemos molestias a los demás.

Se espera, siempre que sea posible, que tengamos ingresos y seamos consumidoras desde productos para la limpieza, cosméticos y electrodomésticos, hasta ropa de marca y cirugías plásticas.

Pero nunca tomar el escudo y la  lanza y asumir la personalidad de “guerreras”, de “luchadoras” para defender nuestros derechos, para apoyarnos unas a otras, para reivindicar nuestras libertades, para salvaguardar nuestras vidas, para resguardar la integridad, para reclamar la seguridad de nuestras congéneres, porque entonces recibimos reprimendas y regaños, como si se tratara de menores de edad.

¿Cuántas marchas “pacíficas y civilizadas” se han realizado para evidenciar el peligro en que nos encontramos las mexicanas en cada estado, en cada ciudad, en cada población, en cada alcaldía, en cada calle, en el transporte público, en el trabajo, en las casas, especialmente las niñas, las adolescentes y las jóvenes, aunque no únicamente? Cientos. ¿Con qué resultado? Muy pocos o ninguno.

Apenas el 2 de febrero participé en una movilización   del Monumento a la Madre al Zócalo en la Ciudad de México, para exigir la acción de las autoridades frente a la ola de secuestros de mujeres jóvenes en el Metro. Pancartas, mantas, consignas. No se rompió nada, no se pintó un muro, no se ensució piedra o pared alguna, no se tiró basura. El gobierno de la ciudad implementó algunas medidas de seguridad en las estaciones; los medios de comunicación publicaron la fotografía al día siguiente. Las desapariciones, los asesinatos, las violaciones  continúan, se incrementan.

El sábado 17 cuando casi al unísono condenaron la mala conducta de las participantes reflexioné que si la indignación que manifiestan hoy por las pintas en el Angel de la Independencia se diera cuando una mujer es violentada, las cosas serían muy distintas. Los monumentos son cosas que se pueden reparar, restaurar, la vida de una mujer no se repone.

Apenas unas horas después de la movilización cercaron el Monumento de la Independencia con tablones de madera, “a fin de empezar los trabajos de restauración”. ¿O para esconder la basura debajo del tapete?, ¿No habría sido un acto de reconocimiento a la irritación legítima dejar los letreros a la vista, aunque fuera  por unos días, para que todo el que pasara tuviera oportunidad de leerlos?

Frente al alud de descalificaciones y al cuestionamiento que una reportera (con A) le hizo al presidente de la República en su conferencia del lunes, respecto a por qué no se utilizó a los granaderos para frenar el vandalismo, cuando fue precisamente la violación de una adolescente por parte de 4 policías y la “filtración” de los datos de la joven agredida, lo que detonó el enojo, me preguntó ¿qué es lo que se espera de las mujeres?

¿Tal vez, que protestemos con comedimiento, con gracia, con elegancia, con donaire, con garbo, con femineidad, como damas o mejor aún como “damitas”, según la palabra que se ha dado en usar últimamente para dirigirse a nosotras?

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