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¿Pagar más por viajar en peligro?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las marchas y bloqueos de los concesionarios del servicio de transporte urbano en la capital del país, en demanda de aumento a la tarifa y en protesta por la puesta en marcha de un programa de seguridad a bordo, sería interesante saber cómo se gestó uno de los “poderes fácticos” de la ciudad.

La carencia de información precisa respecto al número de microbuses que circulan en la Ciudad de México, es un claro indicio del desorden en que operan. Las cifras varían entre 15 y 30 mil unidades y se afirma que se realizan en ellos más de 10 millones de viajes, casi el doble de los efectuados en el Metro.

El llamado “pulpo camionero” es el antecedente de los actuales “microbuses”. Unos y otros  crecieron y se fortalecieron cobijados por la corrupción y los intereses políticos en detrimento de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Al “pulpo” lo sucedió la Ruta 100, en 1981, que fue un intento del gobierno de retomar las riendas del servicio de transporte, con vehículos nuevos y personal capacitado, luego de cancelar la concesión que operó varias décadas. Para 1989, el Sistema de Autotransporte Urbano Ruta 100 contaba con 7 mil 500 unidades, pero desapareció a raíz de una huelga de operadores. Entonces regresó el “monstruo” en forma de “microbuses”.

Debido al crecimiento demográfico y la expansión de la mancha urbana, los intentos por proveer nuevas alternativas de movilidad han resultado insuficientes, lo que deja a la capital a merced de los “microbuseros”. Los tranvías de principios del siglo pasado se hicieron obsoletos, especialmente porque se privilegió el uso de las vialidades para automóviles particulares; la construcción de nuevas líneas del Metro ha sido lenta y limitada.

En los setenta circulaban dos tipos de autobuses urbanos: las ballenas y los delfines. Los primeros eran accesibles a toda la población, con mayor espacio para viajar de pie; los delfines, por el contrario, empezaron  como una opción elitista, con un precio de casi el doble, que únicamente permitía pasajeros sentados, con lo que se pretendía dar una opción a  los automovilistas. No resultó, al poco tiempo de su funcionamiento, los usuarios ya viajaban hasta  en el estribo.

Los trolebuses y el Metrobús salieron a las calles con la pretensión de ganarles avenidas importantes a los “microbuses”, con una propuesta ecológica y eficiente, pero limitada a vialidades en las que se puedan establecer vías exclusivas, paraderos y cables de alimentación eléctrica.

Así que, de una u otra forma, los capitalinos parecemos destinados a depender de los “micros”, como también se les conoce.

Aprovechando su capacidad para movilizar a gran cantidad de personas, los partidos políticos en turno se han valido de estos medios de transporte para alimentar sus eventos proselitistas, sus campañas y sus mítines. Lo hizo el PRI cuando gobernó y repitió el esquema el PRD.

Esa relación ha sido especialmente nociva para usuarios y ciudadanos en general, ya que la cercanía con determinados políticos y funcionarios públicos, se convirtió en garantía de impunidad para los líderes de las agrupaciones y hasta para los choferes quienes operan al margen de las disposiciones de tránsito de la ciudad. Incumplen todas y cada una de las normas: exceden los límites de velocidad, no respetan los semáforos en rojo, circulan sin luces por las noches, se salen de sus rutas, hacen paradas de ascenso y descenso en carriles centrales.

Todo ello, constituye un peligro para los pasajeros, entre quienes más de mil han sufrido lesiones de consideración en los últimos 3 años, por accidentes en microbuses, sumando solamente los que se registran y denuncian, hay millones que no se contabilizan. Peatones y automovilistas también resultan víctimas de la falta de civilidad de estos operadores.

Las condiciones mecánicas de las unidades requieren mención aparte. Todos los que hemos usado tales vehículos sabemos que los asientos están despegados, que las puertas no funcionan adecuadamente, que las llantas evidencian desgaste a simple vista, que contaminan ostensiblemente, que el sonido de sus motores es como un estertor de agonía.

Nuevos o viejos, los reglamentos de tránsito son letra muerta para los choferes, quienes conducen al tiempo que revisan sus redes sociales, responden mensajes, contestan o hacen llamadas, ven vídeos. Cuando no, ponen a funcionar las bocinas obligando a los pasajeros a escuchar horrendas canciones o pésimos programas de radio a un volumen tal que la vibración repercute en los cristales de las ventanas y, sin duda, en los tímpanos de quienes abordamos el vehículo.

Seguramente ésa es la razón por la que se niegan a la instalación de cámaras de seguridad que dejarían constancia de tales prácticas y de otras como la colusión de conductores y delincuentes en muchos casos. Tampoco quieren el funcionamiento del GPS que proponen las autoridades para poder rastrearlas dado que no es extraño que los mismos conductores perpetren ilícitos en sus vehículos.

Mientras los microbuseros y sus líderes paralizan la ciudad en un intento para mantener sus privilegios, los usuarios continuaremos viajando en esas chatarras ambulantes esperando que no choquen, que no se incendien y, por supuesto, que no nos asalten, o violen, pagando más por ello.

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Vivir en el horror

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los hechos ocurridos en una escuela primaria de Torreón Coahuila el viernes pasado y que no es necesario volver a narrar, porque seguramente para este momento todo México los conoce y reproducir los detalles resulta morboso y dañino para la salud emocional, tengo tantas interrogantes, tantas inquietudes, tantos cuestionamientos, que esta columna será una larga lista de preguntas.

¿Hasta qué punto nuestra sociedad, nuestro país, están irremediablemente heridos, al punto de que un niño siente que su única salida es matar y morir, lastimar y lastimarse, aniquilar y aniquilarse?, ¿Por qué estamos reproduciendo lo peor de los Estados Unidos y prácticamente nada de sus virtudes, desde que inició la llamada integración económica de América del Norte en 1994?

Al parecer todos somos especialistas en cualquier materia. ¿Por qué nos sentimos capacitados para dar nuestro diagnóstico respecto a un asunto tan delicado, empezando por las autoridades como el gobernador de ese estado Miguel Ángel Riquelme, quien cometió la pifia de dar a conocer la identidad de los menores afectados y luego, desenfadadamente adjudicó los hechos a la práctica de un video juego?

Pero, no solamente él. Por todos lados hay comentarios, opiniones, señalamientos y hasta una suerte de juicios sumarios en contra del niño, a quien incluso se le calificó de “homicida” en algunas publicaciones, que podrían considerarse serias, culpando a los familiares de quienes desconocemos todo, señalando responsabilidades de la institución educativa. ¿Por qué los seres humanos somos tan rápidos para condenarnos unos a otros?

¿Con qué autoridad, con qué elementos sentenciamos? ¿Quién se considera  un padre o una madre perfectos que nunca han cometido un error en la crianza de sus hijos al punto de enjuiciar a otros que se encuentran en medio de una tragedia? ¿Qué familia es irreprochable, impoluta, como para señalar a los demás  con dedo flamígero?

Como sociedad, ¿no nos correspondería preguntarnos en qué clase de país vivimos donde un niño de primaria tiene posibilidad de obtener no una sino dos armas? ¿Quién se las proporcionó, de dónde obtuvo los conocimientos para utilizarlas? ¿Cómo le fue posible sacarlas de su casa y portarlas en la mochila, para luego introducirlas a la escuela?

Se recrimina a la escuela por no tener los controles necesarios y a los padres de familia de ese colegio, de quienes se asegura que se negaron al establecimiento del programa “mochila segura”, cuya aplicación es una violación a los derechos de los menores. ¿Qué clase de comunidades hemos construido en las que es necesario registrar las  pertenencias de  los alumnos de primaria? ¿Qué sigue, que cacheen a los alumnos, que se instalen detectores de metales en las puertas de los jardines de niños?

También se adjudica la responsabilidad al montaje de la “guerra” contra el narcotráfico que encubría  un turbio negocio organizado y manejado desde la cúpula del poder y que sumió a todos los mexicanos chicos y grandes en un ambiente de violencia cotidiana y permitió la entrada de miles de armas de todo tipo al país.

¿Y qué decir de los cárteles que pusieron a los  alumnos de un jardín de niños en situación de tener que resguardarse debajo de las mesas del salón de clases, mientras se escuchaban las balaceras a pocos metros o a observar cuerpos colgando de los puentes en las mañanas cuando se dirigían a la escuela o enterarse, continuamente, de secuestros en contra de familiares y amigos?

Todas las preguntas, críticas, teorías, recriminaciones, juicios, sentencias, que se han emitido, me hacen reflexionar que un niño a quien las circunstancias llevan a actuar violenta y destructivamente es una de las víctimas más visibles de la tragedia nacional que enfrentamos cotidianamente.

Continuarán los análisis de los especialistas, se sucederán los testimonios, se multiplicarán las teorías, se propagará todo tipo de especulaciones, tal vez se den a conocer los resultados de las investigaciones, ¿no obstante, hasta cuándo seguiremos condenados a vivir en el horror?

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Carta a los Santos Reyes

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la llegada de los Reyes Magos la madrugada del 6 de enero, me atreví a escribirles una carta. Como no se debe enviar atada en un globo porque es muy contaminante, tampoco en un zapato porque ellos buscarán en zapatitos de niño y los míos son muy grandes, decidí hacérselas llegar por medio de Informe Fracto, porque seguramente son asiduos lectores.

Queridos Santos Reyes:

El año pasado no me porté especialmente bien. Soy desconfiada, así que pienso bien de muy pocos seres humanos; soy maledicente respecto a los políticos corruptos y siempre estoy esperando que los atrapen y los metan a la cárcel, aunque no sé si las cárceles alcanzarán; tengo muy malos sentimientos respecto a quienes dañan a los demás, lo que obviamente incluye a todo tipo de delincuentes.

En fin, que no tengo muy buenas referencias para dirigirme  a ustedes. Pero, como los regalos que voy a pedirles no son para mí sino para otros que sí son buenos por naturaleza, son inocentes, confiados, dulces, proclives a la risa y a la sencillez y cuando no son perfectos no se les puede responsabilizar a ellos sino a que sus familias son violentas,  no los respetan ni intentan que sean felices, a que la sociedad en la que vivimos parece empeñada en sacar lo peor de cada individuo, estoy segura de que atenderán mi carta.

Los presentes que voy a solicitarles son para los niños de México – me gustaría pedir para todos los del mundo, pero con los de mi país me conformo este año – porque se portan muy bien, como ya dije, y sería muy justo que vivieran tranquilos, contentos y seguros.

Justamente el lunes pasado, cuando muchos niños disfrutaban los regalos que ustedes tres les trajeron, la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) presentó su informe Infancia y Adolescencia y la que nos relatan es una realidad que debería ser intolerable para cada uno de los habitantes de una comunidad, en este caso, un país entero y me imagino que lo será para ustedes empeñados como están, desde hace mucho tiempo,  en hacer que los pequeños estén contentos.

REDIM informó que cada día mueren en este país 3.6 niños en promedio, a causa de la violencia. Como verán mis queridos Melchor, Gaspar y Baltazar,  lo que aquí sucede es muy doloroso y si acudo a ustedes es porque parece que a muy pocos les importa, tampoco a quienes tienen la responsabilidad de resolverlo.

La investigación de la Red  da a conocer que uno de cada 10 feminicidios registrados en los últimos 5 años fueron en contra de mujeres de entre 0 y 17 años, lo que suma 317, la cuarta parte de ellos, tuvo lugar en el Estado de México, que es, por lo tanto, un lugar en el que ninguna niña debería vivir, ni sus hermanitos, ni sus mamás, ni sus papás, ni nadie.

 Aunque hasta hace algunos años los estados de Guerrero y los que tienen frontera con Estados Unidos eran los más peligrosos para la población infantil, actualmente ese deshonroso lugar lo ha alcanzado  Guanajuato, que es la entidad con mayor número de homicidios entre los 0 y los 17 años. Lo que significa que es un horror estar ahí.

El reporte expone que entre 30 mil y 35 mil han sido reclutados por el crimen organizado, mientras que las policías y las fuerzas armadas del estado los utilizan como informantes. Muchos de ellos son obligados a realizar actos delictivos y reciben entrenamiento militar.

Queridos Reyes Magos, hay todo tipo de datos que me parecen desgarradores aportados por diferentes organismos nacionales e internacionales, pero, como antes les dije, a las autoridades parece no importarles y a la sociedad, acostumbrada como está a la atrocidad, ya nada le conmueve. Pienso que en otros lugares habría movilizaciones multitudinarias exigiendo protección para la infancia.

El problema es que la falta de respeto a los niños parece ser generalizada. El  Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) asegura que el 63 por ciento de la población menor de 14 años ha sufrido algún tipo de violencia, dentro de su hogar.

Así pues, queridos Melchor, Gaspar y Baltazar lo que les pido, ya que sí les interesa que los niños sean felices, es que en México cese la violencia contra ellos, que sus derechos sean preservados a toda costa, que muevan los corazones de cada uno de los habitantes de este país para que se reconozca que la seguridad de la infancia debe ser garantizada siempre, que consideremos como una responsabilidad personal el bienestar de cada uno de esos pequeños.

Que todo lugar en el territorio mexicano sea seguro, dentro y fuera de sus casas, que sus sonrisas sean consideradas patrimonio nacional y tesoro familiar, que satisfacer sus necesidades sea prioritario para cada gobernante, para cada servidor público, que jamás pase por la cabeza de alguien dañarlos.

Queridos Reyes Magos, como les dije al principio de mi carta, el regalo que quiero no es para mí, es para otros que merecerían eso y más; pero si se los traen, de paso,  me harían inmensamente feliz. Muchas gracias.

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Heraldos negros, lestregones y cíclopes

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del final de los ciclos y de un año que inició para mí  con augurios de tormenta, con densas y amenazantes nubes negras y terminó mostrando un horizonte radiante frente a mis ojos, vale la pena hacer un recuento de las oportunidades de disfrutar la belleza, la sabiduría, la plenitud, que me dio el 2019.

En cuanto a actividades artísticas, pude asistir a 3 exposiciones, dos de ellas individuales y una colectiva, de la pintora Mariana Tirado Martin, quien, tras 20 años de disciplina y constancia utilizando el color como elemento expresivo tuvo la oportunidad de presentar un muestra en compañía de otros 19 artistas jóvenes y dos más en solitario, una de obra en pequeño formato y otra de una selección de aproximadamente 30 cuadros.

Sombras

Asimismo, acudí a Opera Omnia en donde aprecié a pocos centímetros de distancia reproducciones digitales en alta definición, respetando las dimensiones de los originales, de obras de Sandro Boticelli, Piero della Francesca y Gioto di Bondone, en los que es posible percibir y disfrutar hasta el mínimo detalle de las obras realizadas por estos tres renacentistas, que el desarrollo tecnológico pone a nuestro alcance que, sin estas herramientas, solamente podríamos conocer viajando a las sedes de los museos europeos que las resguardan.

Me fue posible acercarme al inagotable talento del maestro oaxaqueño en la muestra Toledo Ve, para celebrar su cumpleaños número 79, en la que se presentaron 600 piezas con las que demostró que ningún material, ninguna técnica le eran ajenos. Francisco Toledo era capaz de transformar elementos inimaginables en arte.

Me enteré de su fallecimiento, el 5 de septiembre. Las artes perdieron ese día a quien hizo germinar todo lo que tocó, que rescató la belleza en cuanta materia descubrió, con una visión capaz de encontrar y amplificar la voz de cada elemento, hasta lograr que manifestara su esencia. Oaxaca perdió al más grande promotor, que logró convertir a ese estado en una potencia cultural. México perdió a uno de los más importantes defensores de los derechos humanos y todos perdimos  el ejemplo de sencillez y de coherencia que nos dio en cada momento de su vida.

En 2019 me reencontré con uno de mis escritores favoritos, el norteamericano Paul Auster, quien me maravilló con su novela “4 3 2 1”, en la que un ejercicio autobiográfico se expande hasta convertirse en la historia de la ciudad de Nueva York y de los Estados Unidos de la segunda mitad del Siglo XX, no solamente por los grandes hechos que la marcaron, sino, especialmente, por la visión de la sociedad estadounidense de la época.

El 23 de octubre México tuvo lugar uno de los más necesarios  actos de justicia, a favor de una luchadora social que ha dedicado su vida a la búsqueda y defensa de los desaparecidos, perseguidos, presos políticos y exiliados, cuando el Senado de la República entregó la Medalla Belisario Domínguez a doña Rosario Ibarra de Piedra, quien no pudo recibirla personalmente por razones de salud.

Acudió su hija, María del Rosario Piedra Ibarra, y, en su nombre, leyó un discurso y dejó el reconocimiento en manos del presidente Andrés Manuel López Obrador, en custodia, para que se la devuelva cuando se encuentre la verdad, lo que sea que esto signifique. La frase “vivos de los llevaron vivos los queremos” fue acuñada por el movimiento que inició doña Rosario en 1975, en la búsqueda de su hijo Jesús Piedra Ibarra, entonces de 21 años.

En 2019 fuimos testigos del acto en que el Estado Mexicano presentó una disculpa pública a la activista Martha Alicia Camacho Loaiza 42 años después de que elementos del gobierno la privaron de la libertad, la torturaron estando embarazada, la obligaron a parir en las peores condiciones posibles y asesinaron frente a ella a su esposo.

A lo largo del año se recrudecieron las evidencias de que el machismo violento está presente en nuestra sociedad. En los últimos meses, como nunca antes, diversos grupos visibilizaron la grave realidad de la violencia de género, mediante una serie de marchas. En algunas de ellas tuvieron lugar actos como pintas de monumentos y destrucción de mobiliario urbano.

Generalmente, cuando se han dado hechos similares en otras movilizaciones populares, la sociedad identifica que se trata de la infiltración de grupos provocadores, pero jamás se ha descalificado por ello el motivo de la protesta o la conmemoración. En las marchas conmemorativas de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, y de la matanza de Tlatelolco, a nadie se le ocurriría descalificar estos movimientos sociales por esa causa.

Por el contrario, cuando la situación se repitió durante las protestas de mujeres, surgieron coros en los que se pretendía desautorizar el motivo de la protesta y a quienes manifestaban su legítimo reclamo de mayor seguridad para que las mujeres puedan desarrollarse plenamente y efectuar todas sus actividades sin miedo. Ello desenmascaró el nivel de atraso de la sociedad mexicana en cuanto a los derechos de las mujeres se refiere: cualquier eventualidad es motivo suficiente para descalificar la expresión de enojo y desesperación de la mitad de la población mexicana.

Ya en las últimas semanas tuve la oportunidad de ver la que, muy probablemente, sea la última película de la saga de la mafia italiana, realizada por el extraordinario director Martin Scorsese y los actores Robert De Niro, Al Pacino y Joe Pesci, a la que tal vez más adelante le dedicaré un texto más amplio.

Uno de los motivos de que aparecieran los rayos de sol entre las densas nubes con que inició mi 2019 fue la oportunidad de colaborar semanalmente con Informe Fracto, publicación con la que me identificó y que cada día me gusta más. Y especialmente, que están todos los que importan y están bien.

 “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! Golpes como el odio de Dios”, son las frases iniciales de “Los Heraldos Negros” del poeta peruano César Vallejo.

Cuando emprendas tu viaje a Itaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. No temas a los lestregones ni a los cíclopes, ni al colérico Poseidón”, es como inicia Itaca del poeta griego Constantino Kavafis.

¡Feliz 2020!

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