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A propósito de…

La protesta enérgica única forma de hacernos escuchar

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del hartazgo de nosotras las mujeres frente al exacerbamiento de la violencia en nuestra contra, tanto en la cantidad como en la crueldad con que se manifiesta, me parece que vemos indicios de que la fuerza y la contundencia de la protesta que ha tenido lugar en el país, en general, y en la Ciudad de México, en particular, empiezan a generar cambios, así sean insuficientes, tardíos y a cuentagotas.

Dos feminicidios han consternado a la sociedad en una semana: contra una mujer, por parte de su pareja y contra una niña, sin aclararse hasta el momento de redactar esta colaboración el móvil. En ambos casos la saña es inaudita, el imperio de la sinrazón.

Por supuesto, no me referiré a detalle alguno sobre estos dos casos, hubo quien llegó al exceso de publicar fotografías en un acto de mercenarismo periodístico, en el que prevaleció la lógica mercantil por encima del rigor y la ética; se revictimizó a la familia y se alimentó el morbo.

He leído y escuchado que estos casos no son aislados, sino constantes. Es verdad, los datos de organismos que llevan el registro de la violencia contra niñas, niños y mujeres, son alarmantes. En este espacio hemos dado cuenta de ellos una y otra vez, porque se trata de temas que, junto con las circunstancias de desventaja de las personas con discapacidad, me son especialmente importantes y sensibles, como deberían serlo para la sociedad en su conjunto.

¿Y si estos hechos lamentablemente no son la excepción, por qué estos dos casos despertaron el interés, la participación, el enojo de la sociedad y una respuesta no vista antes por parte de las autoridades de la Ciudad de México?

Tengo la impresión de que es el efecto de las movilizaciones de los últimos tiempos por parte de las mujeres, que han puesto esta dolorosa realidad en la mira de todos. Independientemente de aquellos que han satanizado las formas de la protesta, que a mí me parecen explicables y hasta necesarias, ante los oídos sordos de quienes tienen los elementos para  poner un alto a lo que explica la multiplicación de los feminicidios: la impunidad.

Contrariamente a lo que hemos visto, por ejemplo, en el Estado de México, que ocupa el número uno en la lista de crímenes en razón de género sin que autoridad alguna tome cartas en el asunto, mucho menos el gobernador – ¿hay gobernador en esa entidad o es un holograma que proyectan en los actos públicos? – en la CDMX se involucraron las dos más altas autoridades en materia de justicia, la jefa de gobierno y la fiscal.

Es la primera vez, en más de un año de gobierno, que Claudia Sheinbaum y Ernestina Godoy  intervienen personalmente, aunque no se trata de los primeros casos, ha habido muchos en lo que va de la actual administración. Insisto en que es el resultado del tamaño y la contundencia de la protesta de las mujeres.

En materia de feminicidio, de maltrato, de abuso sexual, de acoso, es fundamental que haya castigo, porque si este problema ha escalado en todo el país, es porque no hay consecuencias para los perpetradores. Lo pueden hacer una, dos, diez, treinta, cien veces y seguir con su vida sin siquiera el temor de ser atrapados porque saben que eso no sucederá.

La presencia de estas dos autoridades, mujeres por fortuna y por ello con una mayor sensibilidad ante el tema, manda una señal: en la Ciudad de México se van a aplicar todos los recursos en la investigación, la búsqueda y el enjuiciamiento de los feminicidas. Esperemos que no se trate únicamente de apariencias, sino de una verdadera convicción. 

Siempre me ha asombrado la inmovilidad social y de las instituciones frente a la desaparición de mujeres, niñas y niños. ¿Por qué no estamos todos exigiendo y participando en su búsqueda?, me pregunto cada vez.

Hay quienes no aprueban el cariz de las movilizaciones, pero es el reflejo de la desesperación. Mueren mujeres y niñas, sin que a nadie parezca importarle. Hay cientos, miles de familias que llevan años buscando a una hija. Es bien sabido que la policía y los ministerios públicos desdeñan las denuncias por desaparición,  inventan teorías para no hacer su trabajo.

Cuando se trata de violencia de género, de abusos sexuales, de acoso, revictimizan a quienes denuncian, banalizan las acusaciones y dejan en la indefensión a quienes acuden en busca de protección. ¿Cuántos casos hay de mujeres que tras el menosprecio de quienes tienen la  obligación de cuidarlas se ven obligadas a regresar junto a quien las volverá a agredir, con mayor brutalidad?

La reacción del gobierno local no es espontánea sino el efecto de la visibilización que, sobre el tema de la violencia de género, han logrado las mujeres con  marchas, con pintas, con gritos, con quemas, con  insultos, con tomas de escuelas, para expresar la impotencia de décadas, de siglos. Al parecer, es la única forma de que se nos escuche.

Quienes tienen en su mano que este tipo de protesta cese o adopte la “corrección política” son justamente las autoridades que están obligadas a atender con eficacia, con seriedad, con compromiso, un problema social de tales dimensiones.

Lamentablemente, es algo que no parece estar en el panorama del presidente López Obrador, quien mantiene su discurso sobre modificar el comportamiento moral de la sociedad. Es un buen deseo de largo plazo de su parte, pero mientras tanto ¿cuántos feminicidios tendrán que pasar antes de que el Estado acate la responsabilidad de cumplir y hacer cumplir la ley?

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El virus, la certeza imposible

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del problema que enfrenta la humanidad en este momento, confieso que me fallan las palabras. Estoy azorada, así que trataré, no sin dificultad, de mantener una cierta congruencia e ilación en este texto. A alguien que ha vivido dos terremotos en la misma ciudad, en la misma fecha, con 32 años de distancia, no debería sorprenderle nada; sin embargo, en mi imaginación no tenía lugar una epidemia, mucho menos una pandemia de tales proporciones.

En los primeros momentos los descreídos dudamos, como siempre, pensamos que era un montaje para lograr a saber qué aciagos propósitos. Quienes vivimos tan lejos del sitio en que inició todo– o donde nos dijeron que inició – supusimos que se solucionaría allá en el enorme y superpoblado país asiático. Los más empáticos con el dolor humano nos condolimos y pedimos que pudieran superarlo sin demasiado dolor, casi todos seguimos con nuestra vida, nuestras actividades, nuestros quehaceres diarios.

Hoy que tenemos lo que en otros tiempos se llamó la peste – cuando no sabían de virus ni de vacunas  ni de modos de transmisión – en nuestro país, en nuestras ciudades, en nuestras calles, observamos el desarrollo de acontecimientos inimaginables y recordamos escalofriantes relatos de libros, estremecedoras escenas de películas en las que comunidades enteras se veían disminuidas por enfermedades que todavía no bautizaban y a las que no sabían cómo enfrentarse.

Pero se trataba de localidades en las que lanzaban los desechos fisiológicos por los balcones o por las ventanas, en las que las calles eran inmundos lodazales y que, en el mejor de los casos, contaban con los servicios de un médico que siempre llegaba tarde porque a su carreta se le rompía una rueda o porque su caballo presintiendo la tragedia, se negaba a avanzar al encuentro con la muerte.

¿Cómo hacemos coincidir escenas como esa en ciudades donde los periféricos tienen tres o cuatro niveles, por los que transitan vehículos en carriles superpuestos, o donde la medicina ha avanzado de tal manera que prácticamente todos los órganos del cuerpo pueden ser reemplazados y se han desarrollado vacunas para aquellas enfermedades que en otro tiempo acababan con poblaciones enteras? Hoy que las cirugías se realizan con robots, y que un aparato puede escanear cada uno de los tejidos del organismo, y que hay especialistas de ramas de la medicina que ni siquiera sabíamos que existían.

 Resulta anacrónico que en la actualidad, cuando se realizan con frecuencia viajes fuera de nuestro planeta, nos encontremos metidos en nuestras casas, temerosos del contacto con otros porque cualquiera puede ser portador de la enfermedad y, en muchos casos de la muerte. Y los médicos de hoy, capaces de sacar el corazón de un cuerpo y hacerlo latir y bombear la sangre en otro, y que esas proezas los han hecho sentir semidioses tanto tiempo, experimentan la misma impotencia que sus antecesores de dos o tres siglos atrás.

Y los ciudadanos del mundo, con la posibilidad de acceder a la totalidad del conocimiento humano, únicamente con presionar una tecla, nos encontramos tan desprovistos de respuesta, tan indefensos, tan frágiles como lo estuvieron nuestros antepasados que habitaban en las cavernas y ni toda la tecnología, ni todo el desarrollo, ni los viajes espaciales nos sirven para frenar la devastación de un organismo microscópico.

Nos escondemos en el interior de nuestras casas, de la misma manera que, muy posiblemente, lo hacían en cuevas aquellos lejanos antepasados que se  cubrían con pieles de los animales que cazaban y cuya forma de comunicación consistía en imitarse unos a otros, asustados por la presencia de una tormenta eléctrica. Los imagino en grupos, muy cerca unos de otros, con los ojos muy abiertos,  sobresaltados con cada relámpago, estremecidos con cada trueno.

Los moradores de la tierra en el Siglo XXI, que en los últimos 50 o 100 años parecíamos participantes en una desquiciada carrera por devastar el planeta a base de transformarlo, de convertir los materiales y los seres de la naturaleza en artículos de consumo, la mayoría de ellos superfluos, nos encontramos indefensos ante un ser tan pequeño que no podemos verlo ni sentirlo cuando nos ataca, cuando ocupa nuestro cuerpo.

Hace algunos días vimos imágenes de una caravana de vehículos del ejército italiano, que aseguraban transportaban decenas de ataúdes y, de inmediato vinieron a mi mente – no puedo recordar si se trataba de la escena de una película o la descripción de un libro que muchas veces resulta más vívida – aquellas de una carreta tirada por un caballo escuálido, al que fustiga un lúgubre cochero casi tan vacío de vitalidad como sus pasajeros que se amontonan dejando colgar un miembro inerte.

¿Qué tan distantes estamos realmente de aquellos antepasados de la caverna o de los que amontonaban cadáveres en carretones si hoy, con todos los avances tecnológicos, con el enorme bagaje  de conocimiento, con la cantidad de descubrimientos científicos, con la capacidad de encontrar las causas y los efectos de casi todo lo que sucede en el mundo y con la posibilidad de crear mujeres y hombres completos a partir de una célula, somos globalmente impotentes ante este microorganismo que ha paralizado al planeta, ha desprovisto de opciones a los que se creían poderosos y nos ha dejado claro que para los seres humanos, la certeza es imposible?

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La falsa información, otro virus

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del bombardeo de todo tipo de información, gran parte de ella falsa y mucha mal intencionada, que ha circulado a través de medios formales y redes sociales con respecto a la epidemia de coronavirus, es importante considerar el daño que esto puede provocar a la sociedad.

Así como intentamos protegernos del contagio del Covid 19, sería sano mantenernos alejados de los mensajes que, en vez de ayudarnos a transitar por esta situación de la mejor manera, nos generan estrés, alimentan nuestros miedos, nos proporcionan consejos que carecen de sustento científico o llaman a desconfiar de quienes están encargados de manejar la emergencia nacional.

¿Qué información convendría poner en duda? Pienso que aquella que carece de fuente, la que es anónima y se distribuye en las redes sociales. Se tiende a creer que si un conocido comparte determinado mensaje es verdadero. Eso no siempre es así. 

Cabe recordar que muchos de los participantes en los grupos de comunicación digital padecen una especie de compulsión por postear todo cuanto reciben, sin analizar que ellos mismos son canales de comunicación y que aquello que difunden puede tener consecuencias. Como buscan más seguidores, más likes, etcétera, no importa el contenido; lo mismo da que un mensaje contradiga al anterior.

Todos tenemos derecho a dar nuestra opinión, así sea crítica de la autoridad, el derecho a la libre manifestación de las ideas nos pertenece. Pero, han circulado, por ejemplo audios de personas que, sin identificarse, dan a conocer datos a todas luces falsos, opuestos a los que aporta la autoridad sanitaria, no se identifican y no hay un solo elemento que les aporte credibilidad. Son mentiras con un claro propósito de generar incertidumbre.

En estos días, abundan videos de supuestos médicos que hacen recomendaciones para prevenir el contagio. Hay muchos que hablan de obviedades: alimentarse sanamente, no abandonarse al sedentarismo, no abusar de comida chatarra ni de la ingesta de bebidas alcohólicas, dejar de fumar.  Por supuesto, un organismo más sano tendrá más elementos para defenderse de la enfermedad, la trampa está en que quien los genera no es quien dice ser.

No sé hasta qué punto podría considerarse a una actriz y cantante de música pop, una voz calificada en materia de epidemias. Insisto en que no lo sé, porque tal vez en sus ratos libres entre las promociones de su material, las giras, las presentaciones y  los conciertos  haya acudido a alguna prestigiosa universidad y se  certificó como epidemióloga sin que yo me enterara, porque no soy muy afecta a los chismes del espectáculo.

En cambio, muchas personas consideraron más dignas de crédito las palabras de esta mujer que la información que nos proporcionan todos los días a la misma hora las autoridades de salud de nuestro país, cuyo programa de manejo del Covid 19 valoró positivamente la Organización Mundial de la Salud.

Tal vez si yo escuchara muchos discos o viera algunas telenovelas de esta celebridad me decantaría por atender sus recomendaciones antes que las de la Secretaría de Salud, pero como no es el caso, seguiré considerando que la opinión de una cantante millonaria que ni siquiera vive en México y que jamás ha mostrado un ápice de interés respecto a lo que sucede aquí, es respetable, sólo eso. La realidad de este país difiere enormemente de la que puede vivirse en un penthouse en Fifth avenue. Ese es uno de los ejemplos.

Se puede optar por quedarse en casa cuando la subsistencia diaria no depende de salir a trabajar cada día, sin falta, porque lo contrario implica que los hijos no tendrán alimento, que la renta no se pagará, que no habrá recursos para contratar la pipa que llena los tambos porque esa colonia no cuenta con servicio de agua potable.

Por supuesto, quienes puedan mantenerse aislados con un refrigerador bien provisto y las reservas económicas para sobrevivir ¿una semana, un mes, dos meses, tiempo indefinido? serían irresponsables si se arriesgaran y arriesgaran a otros. Esa decisión la han tomado muchos mexicanos de manera voluntaria, en especial en las zonas de más riesgo, como son las altas concentraciones urbanas.

Me declaro desconfiada. Es una de mis características representativas, quienes me conocen lo saben; sin embargo, hay circunstancias en las que no queda más remedio que admitir la necesidad de un líder que haya probado su capacidad, que nos proporcione los datos en los que basa sus determinaciones de manera que podamos entenderlos sin necesidad de ser especialistas, que respete nuestra condición de seres libres e inteligentes y que nos convenza de que lo hace por nuestro bien.

Si viajamos a bordo de un crucero, confiamos en que el capitán será capaz de tomar las disposiciones pertinentes para mantenernos a salvo. Si se presenta una contingencia a bordo, es posible que alguno de los altos oficiales difiera, porque tiene el conocimiento y la experiencia para hacerlo; pero si la encargada del karaoke propusiera un motín para remover a toda la tripulación, aun con mi gran deseo de disentir, seguiría en primer, lugar las instrucciones del marino de más alto rango, porque no se trata de una divergencia de opiniones, sino de algo más trascendente, la sobrevivencia.

En este momento, cuando hay un peligro real para la salud colectiva, decido confiar  en el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud Hugo López Gatell quien indudablemente es el capitán del crucero metafórico en el que viajo con mi familia, con todos aquellos a quienes amo, con quienes me interesan, con mis amigos, con las personas con quienes cuento y que cuentan conmigo.

Al contrario de lo que sucede con el coronavirus, podemos vacunarnos contra la información dañina  mediante el análisis, la revisión inteligente y el conocimiento de que mucho de lo que nos transmiten es mentira.

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¿Y tú, cómo vives la pandemia de coronavirus?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del tema inevitable de la llegada a nuestro país del llamado Covid 19, solicité a familiares y amigos responder a la pregunta: ¿Cómo vives la pandemia? Su lectura es un bálsamo por la serenidad, capacidad de análisis y espíritu crítico con que enfrentan esta realidad que, confío, podremos superar, de la mejor manera posible. Se las comparto en el orden en que me llegaron:

– A diferencia del 2009 con la influenza, hoy contamos con más flujo de información internacional. La tasa de mortalidad es del 2%, según los peritos en el tema. Para mí, es otra “cortina de humo” y reestructuración geoeconómica y posiblemente un respiro a tanta contaminación (baja en uso de automóviles, turismo, fábricas, etc.) Yo vivo esta contingencia con calma, análisis sociocultural, previsión en mi  economía doméstica. Le temo más a las acciones del gobierno mexicano y el actuar de la delincuencia organizada. ESO SI ME PARTE MI MANDARINA EN GAJOS. Y sin perder el sentido del humor.

– ¿Responsable o irresponsable? Mi naturaleza relajada me lleva hacia la tranquilidad, hasta el momento en que claramente sea necesario tomar medidas más severas. Por otro lado, creo no debo incurrir en negligencia, por eso, hasta donde sea posible, trataré de observar las indicaciones de las autoridades de salud,  que creo que es lo más saludable.

– Promoviendo la prevención y evitando el pánico. Creo que es indispensable la higiene básica, lavarse las manos como corresponde (que se debe de hacer siempre) Particularmente por el momento, evitar lugares concurridos, o el contacto físico excesivo en público. Estoy tranquilo por mí, en lo particular, lo único que me preocupa es la gente que no toma las medidas básicas de prevención y que pueda contagiar a gente mayor o con enfermedades, que son los más afectados.

– Veo que con este virus el país fue afortunado porque lo empezamos a ver a una distancia enorme, aunque la propagación ha sido muy rápida. Eso nos dio la ventaja de que contamos con más tiempo para prepararnos,  con la información y las recomendaciones para prevenirlo, porque la salud en esta ocasión más que nunca, empieza con la prevención. Medidas tan simples como el lavado de manos frecuente son fáciles de seguir, aunque aquí también se debe tomar en cuenta que hay grandes zonas del país con escasez de agua y aunque los habitantes quisieran hacerlo no les es posible, mientras que los desinfectantes son caros y escasean también.

– No existe peor enfermedad que el propio miedo y esto está derivando en el absurdo como la escasez de cubre bocas y de gel antiséptico y de compras de pánico que va a ocasionar un desabasto y posteriormente subida en el precio de los alimentos de primera necesidad. Lo principal es la higiene de manos con agua y jabón cada vez que salgamos a la calle, saludemos y preparemos alimentos. Se menciona hasta el cansancio que tenemos que estar informados, pero llama la atención al leer en los diarios la cifra de 75,000 asistentes este fin de semana al evento del “Vive Latino” y la afluencia de hasta el 90% de su capacidad hotelera en el Puerto de Acapulco en este puente. ¿Que no están informados de que  estamos en la fase uno de contingencia? Existe una pandemia de consecuencias más funestas que el coronavirus y con la cual vivimos ya de tiempo atrás y de la cual no hacemos caso y es la diabetes. Según el censo de salud se reportan 8.7 millones de diabéticos en México y sólo en el 2016 los decesos por esta causa fueron de 105,574.  A las que debemos de tener no miedo sino pánico es a las televisoras y radiodifusoras que lucran con el miedo del coronavirus, mientras anuncian refrescos, dulces, frituras y pastelitos  industrializados.

– Pues con normalidad, entiendo que es una variación de enfermedad respiratoria que por sí sola no es letal, intervienen otros factores para que existan complicaciones y sea letal. Hay que informarnos y comprender que al igual que una gripe común, influenza, etc., es necesario aumentar las medidas de prevención  que son cotidianas, es sólo HIGIENE. Y alimentación adecuada en nutrientes para tener un sistema inmunológico resistente. Lavarse las manos, evitar contacto en ojos, nariz, boca, no saludar de beso si se sospecha de enfermedad, etc. Atrás de toda esta psicosis hay más intereses económicos, políticos, sociales. Nadie habla que en México nuevamente hay brotes de sarampión cuando ya se había erradicado y es una enfermedad que puede tener consecuencias graves. Y así se pueden enumerar diferentes enfermedades y situaciones que igualmente merecen atención. Me siento impotente porque la gente se deja llevar por esta psicosis y lejos  de  ayudar complica la situación.

– Respecto al coronavirus tengo opiniones encontradas, por un lado considero que es más un asunto mediático; la prensa está exagerando para generar miedo en la población con tonos político-económicos. Por otro lado, hay algo y definitivamente es contagioso y hay que tomar precauciones para prevenir.  Me preocupa un poco que todo esto esté sacando la peor parte de algunos, con este asunto de las compras de pánico y la actitud egoísta de acaparar, sin pensar en los demás. Sin embargo, esta situación puede tener un aspecto positivo de aislamiento y de introspección en donde podemos reflexionar hasta dónde hemos llegado y cambiar el rumbo.

– Circunstancias como ésta nos permiten analizar el mundo desde diversas perspectivas: primero, nos muestra lo pequeños, frágiles y vulnerables que somos los seres humanos ante los secretos de la madre naturaleza, y la “probable imposibilidad” de llegar a conocerlos algún día, antes de la desaparición del ser humano; segundo, me da a pensar en la posibilidad de que esto sea una creación, una exageración de mentes perversas, que siembran terror para cosechar poder y riqueza. Espero que este segundo pensamiento sea sólo producto de mi temor ante lo desconocido, pero sabiendo que hay maldad y perversidad en este mundo. Prefiero pensar en la uno, y poner lo que está en mis manos para superar la contingencia: mantener distancia con quienes me rodean, pecar de limpieza y pulcritud, mantenerme aislado. Nada que realmente afecte mi vida.

– Mi situación con el Coronavirus ha sido un poco limitante, sobre todo en el aspecto del adelanto de vacaciones de la escuela, pues necesito quedarme en casa con mi hija o buscar apoyo en las abuelas cuando tengo que salir a mis actividades profesionales, que han sido con mayor precaución y con algunas cancelaciones, pues soy fisioterapeuta privada y mi práctica es a domicilio, así que me limito a las posibilidades de mis pacientes.  Me encuentro tranquila, pues mi economía no depende de mi trabajo; sin embargo, tengo amigas que tienen el caso contrario y las entiendo. Si llegáramos a vivir una cuarentena total, sé que sufriríamos todos económicamente, pero más vale atender las instrucciones sanitarias.

¿Y tú, cómo vives la pandemia?

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