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769 días de resistencia

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la capacidad de resistencia de los seres humanos, los habitantes del Multifamiliar Tlalpan, cuyos departamentos sufrieron daños, de distinta importancia, durante el sismo del 19 de septiembre de 2017, son el ejemplo de lo que la acción organizada y la determinación pueden lograr, aun cuando las acechanzas provengan de quienes eran directamente responsables de apoyarlos.

El sábado 8 de febrero, el gobierno de la ciudad entregó 420 departamentos de 9 edificios afectados por el movimiento telúrico. Queda pendiente la finalización del 1C que se derrumbó y en el que fallecieron 9 personas y 18 más fueron rescatadas con vida de entre los escombros.

Fueron 2 años 4 meses y 21 días, es decir, 769 días y 769 noches en los que mantuvieron la decisión de recuperar sus viviendas, aun con el acoso del mercado inmobiliario ávido de apropiarse de los 844 metros cuadrados sobre los que se asentaban los 500 departamentos y de la codicia de funcionarios del anterior jefe del gobierno de la ciudad, Miguel Ángel Mancera, como Edgar Oswaldo Tingüi Rodríguez, ex comisionado para la Reconstrucción, a quien actualmente busca la Interpol, por el probable desvío de 48 millones de pesos.

 A los damnificados del Multifamiliar Tlalpan los dejó solos durante nueve días el gobierno capitalino; no así el resto de los ciudadanos que, luego de volcarse generosamente para ayudar en un primer momento en las labores de rescate,  mantuvieron la aportación de donaciones durante muchos meses, aunque esa solidaridad mengua y termina con el tiempo. También estuvieron con ellos  rescatistas de Israel, Francia, Japón y Estados Unidos.

Decir que el gobierno del hoy senador Miguel Ángel Mancera los ignoró no es un eufemismo: ningún funcionario capitalino puso pie en el lugar durante los 9 días siguientes a la tragedia. Y tal vez no lo hubieran hecho nunca, pero los vecinos se organizaron y el jueves 28 de septiembre citaron a una conferencia de prensa en la que dieron a conocer que no podían regresar a los 9 edificios que no se habían derrumbado porque carecían de los peritajes para determinar si eran seguros.

En cambio, los que acudieron de inmediato, fueron representantes de empresas inmobiliarias que pretendían negociar, prácticamente sobre los escombros, la compra del terreno o la construcción de un nuevo conjunto con más viviendas y la tramitación de créditos para los afectados, muchos de ellos jubilados o pensionados, residentes del multifamiliar desde que se construyó en 1957.

Rechazaron lo que resultaba, a todas luces, un acto de rapiña por parte del mercado inmobiliario. Sostuvieron la demanda de que se reconstruyera su unidad habitacional, respetando el número de viviendas,  y montaron casas de campaña en las que muchos de ellos han permanecido todo este tiempo, a pesar de inundaciones en temporada de lluvias, de fríos intensos o altas temperaturas, de la insuficiente ventilación, los espacios reducidos o compartidos, la carencia de servicios sanitarios y la presencia de fauna nociva por la acumulación de desechos.

 Además, muchas familias se vieron en la necesidad de separarse temporalmente, para poner a salvo a los más vulnerables en casas de parientes o amigos, lo cual no deja de tener inconvenientes. Aunque les entregaban un apoyo de 4 mil pesos para la renta, la cantidad resultó insuficiente para pagar una vivienda en las condiciones de la que debieron desocupar.

Finalmente, el sábado 8, luego de cuatro aplazamientos, la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum entregó los 9 edificios rehabilitados, con una inversión de 380 millones de pesos, sin que los vecinos tuvieran que desembolsar cantidad alguna, aunque el 1C que se debió construir de nuevo, quedó pendiente.

La reconstrucción del Multifamiliar Tlalpan fue, sin lugar a dudas, el resultado de la lucha organizada, de la decisión, de la claridad de objetivos, de la cohesión y de  la resistencia. Es el logro de una meta a la que llegaron luego de marchas, de movilizaciones, de conferencias de prensa, de comunicados, de reuniones con funcionarios, del trabajo de brigadas de los propios damnificados, del esfuerzo y la valentía de quienes lo perdieron todo en unos segundos.

Todavía falta. Les entregaron las viviendas vacías, requerirán instalar el mobiliario de baños y cocinas, adquirir o conseguir el menaje y recomponer  el tejido social, retomar la cotidianeidad. Pero,  tras 769 días de resistencia, tendrán nuevamente un lugar al que regresar después del trabajo o de la escuela y que podrán llamar, con satisfacción “mi casa”.

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La protesta enérgica única forma de hacernos escuchar

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del hartazgo de nosotras las mujeres frente al exacerbamiento de la violencia en nuestra contra, tanto en la cantidad como en la crueldad con que se manifiesta, me parece que vemos indicios de que la fuerza y la contundencia de la protesta que ha tenido lugar en el país, en general, y en la Ciudad de México, en particular, empiezan a generar cambios, así sean insuficientes, tardíos y a cuentagotas.

Dos feminicidios han consternado a la sociedad en una semana: contra una mujer, por parte de su pareja y contra una niña, sin aclararse hasta el momento de redactar esta colaboración el móvil. En ambos casos la saña es inaudita, el imperio de la sinrazón.

Por supuesto, no me referiré a detalle alguno sobre estos dos casos, hubo quien llegó al exceso de publicar fotografías en un acto de mercenarismo periodístico, en el que prevaleció la lógica mercantil por encima del rigor y la ética; se revictimizó a la familia y se alimentó el morbo.

He leído y escuchado que estos casos no son aislados, sino constantes. Es verdad, los datos de organismos que llevan el registro de la violencia contra niñas, niños y mujeres, son alarmantes. En este espacio hemos dado cuenta de ellos una y otra vez, porque se trata de temas que, junto con las circunstancias de desventaja de las personas con discapacidad, me son especialmente importantes y sensibles, como deberían serlo para la sociedad en su conjunto.

¿Y si estos hechos lamentablemente no son la excepción, por qué estos dos casos despertaron el interés, la participación, el enojo de la sociedad y una respuesta no vista antes por parte de las autoridades de la Ciudad de México?

Tengo la impresión de que es el efecto de las movilizaciones de los últimos tiempos por parte de las mujeres, que han puesto esta dolorosa realidad en la mira de todos. Independientemente de aquellos que han satanizado las formas de la protesta, que a mí me parecen explicables y hasta necesarias, ante los oídos sordos de quienes tienen los elementos para  poner un alto a lo que explica la multiplicación de los feminicidios: la impunidad.

Contrariamente a lo que hemos visto, por ejemplo, en el Estado de México, que ocupa el número uno en la lista de crímenes en razón de género sin que autoridad alguna tome cartas en el asunto, mucho menos el gobernador – ¿hay gobernador en esa entidad o es un holograma que proyectan en los actos públicos? – en la CDMX se involucraron las dos más altas autoridades en materia de justicia, la jefa de gobierno y la fiscal.

Es la primera vez, en más de un año de gobierno, que Claudia Sheinbaum y Ernestina Godoy  intervienen personalmente, aunque no se trata de los primeros casos, ha habido muchos en lo que va de la actual administración. Insisto en que es el resultado del tamaño y la contundencia de la protesta de las mujeres.

En materia de feminicidio, de maltrato, de abuso sexual, de acoso, es fundamental que haya castigo, porque si este problema ha escalado en todo el país, es porque no hay consecuencias para los perpetradores. Lo pueden hacer una, dos, diez, treinta, cien veces y seguir con su vida sin siquiera el temor de ser atrapados porque saben que eso no sucederá.

La presencia de estas dos autoridades, mujeres por fortuna y por ello con una mayor sensibilidad ante el tema, manda una señal: en la Ciudad de México se van a aplicar todos los recursos en la investigación, la búsqueda y el enjuiciamiento de los feminicidas. Esperemos que no se trate únicamente de apariencias, sino de una verdadera convicción. 

Siempre me ha asombrado la inmovilidad social y de las instituciones frente a la desaparición de mujeres, niñas y niños. ¿Por qué no estamos todos exigiendo y participando en su búsqueda?, me pregunto cada vez.

Hay quienes no aprueban el cariz de las movilizaciones, pero es el reflejo de la desesperación. Mueren mujeres y niñas, sin que a nadie parezca importarle. Hay cientos, miles de familias que llevan años buscando a una hija. Es bien sabido que la policía y los ministerios públicos desdeñan las denuncias por desaparición,  inventan teorías para no hacer su trabajo.

Cuando se trata de violencia de género, de abusos sexuales, de acoso, revictimizan a quienes denuncian, banalizan las acusaciones y dejan en la indefensión a quienes acuden en busca de protección. ¿Cuántos casos hay de mujeres que tras el menosprecio de quienes tienen la  obligación de cuidarlas se ven obligadas a regresar junto a quien las volverá a agredir, con mayor brutalidad?

La reacción del gobierno local no es espontánea sino el efecto de la visibilización que, sobre el tema de la violencia de género, han logrado las mujeres con  marchas, con pintas, con gritos, con quemas, con  insultos, con tomas de escuelas, para expresar la impotencia de décadas, de siglos. Al parecer, es la única forma de que se nos escuche.

Quienes tienen en su mano que este tipo de protesta cese o adopte la “corrección política” son justamente las autoridades que están obligadas a atender con eficacia, con seriedad, con compromiso, un problema social de tales dimensiones.

Lamentablemente, es algo que no parece estar en el panorama del presidente López Obrador, quien mantiene su discurso sobre modificar el comportamiento moral de la sociedad. Es un buen deseo de largo plazo de su parte, pero mientras tanto ¿cuántos feminicidios tendrán que pasar antes de que el Estado acate la responsabilidad de cumplir y hacer cumplir la ley?

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¿La Constitución se parece a la original?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del 5 de febrero, fecha de la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en 1917, hago una serie de consideraciones. La primera es respecto a la vigencia de aquel documento que se aprobó hace 103 años, ¿Los integrantes del  Congreso Constituyente  de Querétaro reconocerían la versión actual como descendiente de la que elaboraron o considerarían que no es siquiera parecida?

En lo general, la Constitución actual ha engordado como lo ha hecho la población mexicana: ha quintuplicado el número de palabras que contiene. Además, la  redacción original pretendía que fuera clara y accesible para los ciudadanos    (aunque aproximadamente el 70 por ciento de los mexicanos no sabía leer) mientras que ahora es un documento complicado que, a decir de los estudiosos, queda solamente al alcance de los especialistas.

Durante poco más de un siglo, se modificó el 70 por ciento de los artículos constitucionales, con más de 700 reformas. Los primeros  cambios se realizaron en la presidencia de Alvaro Obregón en 1921; pero la transformación más importante tuvo lugar a partir del sexenio de Miguel de la Madrid.

Quienes se despacharon con la cuchara grande en materia de transformaciones a la Carta Magna fueron el panista Felipe Calderón Hinojosa y el priista Enrique Peña Nieto. Los dos últimos ocupantes de Los Pinos realizaron en 12 años casi el 40 por ciento de las reformas al marco constitucional, con la intención de reducir el campo de influencia del estado al mínimo y abrir las posibilidades de realizar negocios particulares con prácticamente todo lo que los Congresistas de Querétaro en 1917 reservaron para beneficio de la población.

Los integrantes de lo que hoy es dado en llamar el “periodo neoliberal” se dedicaron a adecuar el marco legal a su visión de lo que debía ser el país. De las poco más de 700 reformas casi 500 correspondieron a esos 36 años. Miguel de la Madrid  impulsó 66, Carlos Salinas de Gortari 55, Ernesto Zedillo 77, Vicente Fox 31, Calderón 110 y Peña 155.

En contraste, durante los sexenios de Emilio Portes Gil y Adolfo Ruiz Cortines se realizaron unas 4. Fue bajo la presidencia de este último, en 1953, cuando se reformaron los artículos 34 y 115 que restringían la participación electoral de las mujeres al ámbito municipal, con lo cual se reconoció el derecho de la mitad de la población a sufragar y presentar candidaturas en los ámbitos federal y estatal.

El llamado “Jefe Máximo” de la Revolución, Plutarco Elías Calles no pudo resistir la tentación de prolongar su estancia en el poder y, al parecer, sin rubor alguno, promovió cambios para permitir la reelección por  dos periodos no consecutivos, trastocando uno de los fundamentos de la Constitución. Fue Abelardo L Rodríguez quien restituyó el principio de no reelección para los titulares del Ejecutivo Federal y Estatales.

El artículo con mayor número de transformaciones es el 173 que se refiere a las atribuciones del Congreso de la Unión, mismas que se ampliaron en detrimento de las funciones de los gobiernos estatales y municipales. Hoy el Poder Legislativo es mucho más poderoso de lo que planteó el Constituyente del 17. No es ocioso preguntar si ese engrosamiento de las facultades de diputados y senadores corresponde a un mejor servicio y representación de los ciudadanos. Una encuesta de opinión dada a conocer por la Cámara de Diputados señala que el 70 por ciento de los mexicanos no se siente representado por ellos.

El segundo artículo con más cambios es el 123 referente a la cuestión laboral y de previsión social, con 27 modificaciones; en tercer lugar, el 27 acerca de la propiedad, con 20 adecuaciones y el 89 que define las atribuciones del Presidente de la República se ha modificado en 18 ocasiones.

La Carta Magna de México se ha transformado a un ritmo mayor que las de la mayoría de los países: la de los Estados Unidos, data de 1787 y ha tenido 27 enmiendas en 233 años; la alemana, de 1941, en 41; la francesa, de 1958, 9; la de Bélgica de 1831,  7; la española, de 1978, tres cambios.

Uno de los 22 artículos que mantiene su redacción original es el 136, acerca de la inviolabilidad del precepto: Esta Constitución no perderá su fuerza y vigor, aun cuando por alguna rebelión se interrumpa su observancia. En caso de que por cualquier trastorno público, se establezca un gobierno contrario a los principios que ella sanciona, tan luego como el pueblo recobre su libertad, se restablecerá su observancia y con arreglo a ella.  ¿Quién podría afirmar que se ha cumplido con su espíritu, dado que no lo ha sido la letra?

Después de todo lo anterior, resulta pertinente repetir la pregunta: ¿Si alguno de los 151 diputados del Congreso Constitucionalista de 1917 en Querétaro pudiera leer la versión actual, encontraría que cumple con los principios que la inspiraron?, Seguramente no.

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“Así son las cosas”

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las nueve nominaciones a los Oscares  para la película El Irlandés (The Irishman), alguien me recordó el compromiso hecho en la columna inicial del año de opinar acerca de esta obra cinematográfica, dirigida por el legendario cineasta Martin Scorsese y protagonizada por su amigo y actor preferido Robert De Niro, teniendo como actores secundarios a los no menos conocidos Al Pacino y Joe Pesci.

 Conociendo mi inclinación por el género, desde hace ya muchos años, a partir de mi encuentro con la primera parte de El Padrino, dirigida por Francis Ford Coppola, mi interlocutora me preguntó: ¿Qué pasó con tu reseña del Irlandés? Y aquí me encuentro en el intento de rendir un homenaje al cine que marcó a, por lo menos, dos generaciones de aficionados al séptimo arte.

Tal vez se trate del último film de este tipo. Es evidente que los grandes actores identificados con él hicieron un gran esfuerzo para protagonizar escenas que requieren de cierta flexibilidad corporal, por ejemplo, y es que ¡ellos son casi octogenarios!, que en un extraordinario despliegue actoral se presentaron como cuarentones o cincuentones en buena parte de las escenas.

El trío Scorsese De Niro y Pesci tiene historia: en Toro Salvaje, Buenos Muchachos y Casino compartieron el set; se suma ahora el talento de  Al Pacino que tiene también amplia experiencia en personificar gánster, sean italianos como en las tres partes de El Padrino, cubanos como en Caracortada o puertorriqueños como en Carlito’s Way. Un cuarto elemento de El Irlandés es Harvey Keitel, quien ha hecho seis películas con el director, entre ellas Mean Streets y Taxi Driver. De todos ellos, solamente Joe Pesci no es neoyorkino, aunque casi lo es dado que nació en Newark, Nueva Jersey.

Ni qué decir de la relación entre Martin Scorsese y Robert de Niro: Mean Streets 1973, Taxi Driver 1976, New York New York 1977, Toro Salvaje 1980, El Rey de la Comedia 1983, Buenos Muchachos 1990, Cabo de Miedo 1991, Casino 1995. El director parecía haber cambiado a su actor favorito por Leonardo Di Caprio. Por fortuna retornó a las antiguas querencias en lo que tal vez constituya una especie de réquiem para el cine inspirado en la mafia.  

Así, el realizador reunió a un  grupo de actores  que hablaban su mismo idioma en materia de cine y de cine de la mafia, más específicamente,  para  ofrecer una obra de arte de tres horas y media, porque había que contar una historia de 50 años y contarla bien. Se trata de un guión basado en la novela “I Heard Your Paint Houses” (He Oído que Usted Pinta Casas) del neoyorkino Charles Brandt.

Scorsese ha dicho que requería de la estructura actoral que representaban De Niro, Pacino y Pesci, para construir su película, por lo que prefirió gastar decenas de millones de dólares en una tecnología que los hiciera parecer 30 o 40 años menores que contratar a actores más jóvenes “a quienes tuviera que enseñarles todo

Lo que cuentan estos gigantes de la cinematografía es la relación entre el líder sindical estadunidense Jimmy Hoffa (Pacino) y el ejecutor Frank Sheeran (De Niro) que Scorsese convierte en un discurso, una visión acerca de la historia de los  Estados Unidos, donde el poder político se entrelaza con grupos criminales. En este caso para lograr la victoria de JF Kennedy a la presidencia, ayudado por la mafia, de la cual luego querrá sacudirse, con los resultados que ya todos conocemos.

Y como todas las esferas del poder se valen del “trabajo sucio” para seguir manejando el dinero, el destino y la vida de millones de seres humanos comunes, los líderes de organizaciones laborales conviven también estrechamente con aquellos que literalmente pueden disponer de la vida y la muerte de quienes alimentan o estorban sus intereses.

En El Irlandés, como en todas las películas acerca de la mafia italiana se retrata la peculiar religiosidad de estos grupos de delincuentes, siempre atentos de cumplir con los rituales católicos. Se reúnen puntualmente en las iglesias y no faltan las escenas de bautizos, primeras comuniones, matrimonios. La cúpula católica, es otra de las partes que por acción u omisión se suma a la cadena de complicidades, que garantiza la continuidad de “las familias”

La fascinación que han ejercido los filmes del género está relacionada –me parece- con la posibilidad de ingresar a la intimidad de los personajes que dentro de su casa viven una aparente normalidad. Presenciamos escenas del asesino desayunando cereal con leche junto a una hija que lo mantiene bajo una mirada acusadora durante toda la película.

Con El Irlandés, Scorsese nos regresa, irremediablemente a nuestra propia condición de jóvenes espectadores, a finales de los setentas y en los ochentas, acudiendo prestos a los estrenos o a las muestras en las que se volvían a exhibir sus trabajos o los de sus colegas: Ford Coppola, De Palma, Sergio Leone. Y en esa especie de nostalgia nos enfrenta al proceso de envejecimiento personal, del que no nos puede salvar ningún efecto digital, como no lo puede hacer con algunos movimientos corporales de los actores, que denotan al octogenario que los realiza.

Personalmente, y según la opinión de otros seguidores de este género cinematográfico, la más reciente película de Scorsese es un regalo para aquellos que desarrollamos una especie de visión romántica de la mafia, con sus reglas, rituales y códigos de  “ética” que, por supuesto, no les impedía darle dos balazos en la cabeza al amigo al que acababan de abrazar porque “Así son las cosas”

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