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Pregones y gritos destemplados

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la forma en que la Ciudad de México se expresa; mientras intento escribir esta columna, llegan a mis oídos todo tipo de sonidos que me distraen una y otra vez, reclamando mi atención, de manera que no me dejan alternativa y me obligan a cambiar el tema del que escribiré.

Inicio un párrafo y escuchó la grabación del vendedor de pan, que todas las noches ofrece su producto: “Cocoles, hay cocoles, pida sus cocoles”. Apenas da vuelta a la esquina y ya lo está sustituyendo otra voz que sale de las potentes bocinas de un automóvil que invita “Señora, señorita,  pida sus bisquetes calientitos, recién elaborados, para el café o para el chocolate, pida sus bisquetes calientitos, yo se los recomiendo”. Detengo mis dedos sobre el teclado, en espera de que cese el  bullicio.

Pero es en vano. Una tonadilla como de cajita musical, sustituye a los bísquets, ahora para ofrecer: “Mamá, mamá cómprame tamalitos de elote. Ricos tamalitos de elote de Zacatlán”, con voz infantil.  Cuando reduce significativamente el volumen del anuncio hago el ademán de inclinarme sobre las teclas.

Quedan aun rastros de la caja de música que se dirige al norte, cuando por el punto cardinal opuesto llega el vendedor de “Esquites calientitos, oiga usted nada más, hechos con elotes tiernitos, con chilito y limón o si prefiere con queso y mayonesa, oiga usted nada más”

Para ese momento, no solamente se diluye el asunto al que pensaba destinar mi columna de esta semana, sino que pierdo completamente la concentración. ¿Cómo puede alguien realizar un trabajo reflexivo en esta estruendosa ciudad?, me pregunto mientras escucho el penetrante, fortísimo silbato producido por el vapor del  carrito que lleva camotes y plátanos horneados.

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Ante el clamor de las voces citadinas no tengo más remedio que dedicarle este texto a la voz de la ciudad que puede ir desde el ding dong metálico dulcísimo del triángulo del vendedor de alegrías – los dulces elaborados con semilla de amaranto y miel – hasta la estridente y chillona voz de la grabación de los compradores de objetos usados: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan”

¡Qué diferente del rítmico grito de los antiguos ropavejeros! Como el que inmortalizó un actor de mediados del siglo anterior Joaquín Paradavé en su película de 1946, cuando gritaba “Sombreros, zapatos, botellas o ropa usada que vendaaaaan”

El silbido del afilador, que en otros tiempos se consideraba agorero de buenas nuevas, siempre que no se le viera, solo se le oyera; el ruido de la campana que anuncia el paso del camión recolector de basura, al que ahora los choferes le han agregado el escándalo del claxon en cada esquina en la que se detienen para recopilar los desechos domésticos, porque hoy ningún escándalo es excesivo.

Y como el tema me escogió a mí y no al revés, recuerdo una referencia al “pregonero” hecha por el historiador Luis González Obregón  en su narración “Cómo ahorcaron a un difunto” de un acontecimiento sucedido en 1649, en el virreinato: “Sepan los habitantes y estantes de esta ciudad de México –gritaba el pregonero – cómo hoy a las siete horas de la mañana, mientras oían misa los presos de la Cárcel de Corte, este hombre, que había quedado en la enfermería a excusa de que estaba malo y que se hallaba ahí preso, por haber asesinado a un alguacil del pueblo de Iztapalapan, en el ínterin que los dichos presos oían la dicha misa, se bajó a las secretas y se ahorcó sin que nadie lo viese ni lo sospechase” Varios párrafos le dedica González Obregón al reporte de aquel protoperiodista.

Y si de aquella rústica publicidad se trata, me es indispensable recordar cómo escuchó las calles de la ciudad Francis Eskine Inglis, mejor conocida como Madame Calderón de la Barca, en su crónica “La Vida en México”, escrita alrededor de 1840, ya en el periodo independiente de nuestro país.

Refiere que desde el amanecer se escuchaban los gritos callejeros: Carbón, señor. Mantequilla de real y de a medio. Cecina buena. Hay sebo. Tejocotes por venas de chile. Gorditas de horno caliente. ¿Quién quiere petates de Puebla, petates de cinco varas?

Las voces cambiaban conforme transcurrían las horas. Al mediodía eran los pasteles de miel, el queso, el requesón, los bocadillos de coco, los billetes de lotería, las tortillas de cuajada. Por la tarde, las nueces, las castañas asadas, los tamales de maíz.

Resignada a que en esta ciudad abunda de todo menos el silencio,  sigo el ejemplo del director de orquesta Enrique Arturo Diemecke, quien, durante un concierto en el Conservatorio Nacional de Música, al escuchar la proximidad de un avión, bajó la batuta, haciendo una pausa para que el ruido de motor no osara distorsionar la armonía de los instrumentos, que retomaron con precisión el acorde exacto cuando el aeroplano dejó de oírse.

Además de un gran concierto fue una clase magistral de eso que llamamos fluir con la vida.

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¿Quién cuida a la cuidadora?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del informe acerca de la desigualdad en el planeta en 2020 que dio a conocer Oxfam, una agrupación internacional de ONG´s independientes, creada en 1995 que trabaja en 94 países con el objetivo de reducir las inequidades, queda claro que ser mujer es uno de los factores fundamentales de desventaja a nivel global.

El informe advierte que la desigualdad económica está fuera de control y que un poco más de 2 mil 100 multimillonarios del mundo acaparan la misma cantidad de dinero  que poseen 4 mil 600 millones de personas. Mientras que en México la situación es aún peor, ya que los seis más ricos concentran más dinero que 62. 5 millones de personas pobres. Lo que significa que la brecha financiera en nuestro país entre ricos y pobres es 38 veces más grave que el promedio mundial.

Con el nombre de “Tiempo para el cuidado” el estudio presentado por Oxfam expone que el sistema financiero es sexista dado que está diseñado para privilegiar la acumulación en manos de unos cuantos – fundamentalmente hombres–mientras desatiende el trabajo de millones de mujeres y niñas que aportan su energía y tiempo en las labores de cuidado que no son remuneradas o lo son en términos insuficientes.

El tema del informe de Oxfam no podía ser más pertinente, en un momento histórico en el que, por ejemplo en México, se hace alarde de la paridad en los órganos legislativos, hay un gran número de mujeres en el gabinete federal, se privilegian los nombramientos femeninos en las instituciones judiciales, pero las circunstancias que viven las élites políticas está muy lejos de aterrizar en el mundo de millones de mujeres que ven constantemente violentados sus derechos.

Podemos constatar en nuestro entorno que se adjudica la responsabilidad del cuidado de los otros casi de manera automática a las mujeres de la familia. ¿Quiénes se encargan de atender a los niños?, ¿A quiénes se les responsabiliza del cuidado de los enfermos, sean temporales o permanentes?, ¿Sobre quiénes recae la exigencia de atender a los adultos mayores cuando dejan de ser autosuficientes?, ¿A quiénes se adjudica  la obligación de apoyar a las personas con discapacidad?

No solamente se trata de un trabajo sin remuneración económica, sino que constituye una labor titánica en países como el nuestro, en el que no existen instituciones estatales o sociales que asuman su parte. Generalmente, las mujeres que se encargan de esta función la realizan en jornadas de 24 horas, sin apoyo ni siquiera del resto de los integrantes de la familia.

Y aun tratándose de un trabajo que pareciera invisible, tiene un valor económico que, de acuerdo con el estudio de Oxfam, asciende, al menos a 10.8 billones de dólares al año, cifra que triplica a la que representa la industria de la tecnología a nivel mundial.

La cantidad de horas que dedican las mujeres y niñas al trabajo del cuidado de otros suma 12 mil 500 millones de horas diarias y es imprescindible para las comunidades. Es la labor sobre la que se asienta la prosperidad, la salud y la productividad de las familias, sostiene la organización.

En mi experiencia, cuando un miembro de la familia requiere de cuidados específicos se asume que será una mujer quien se encargue, sin tomar en cuenta la importancia de su actividad en la sociedad o su grado de calificación académica. La caracterización de las mujeres como piadosas, dulces y abnegadas,  ávidas de sacrificarse por el bienestar de otros, le ha redituado a la sociedad machista una de sus mayores ganancias, porque son excepciones dignas de mención aquellas en las que se busca preservar el desarrollo personal de una mujer.

Las mujeres –establece el documento “Tiempo para el cuidado” –  realizan más de tres cuartas partes del trabajo de cuidado sin retribución económica y constituyen dos terceras partes de la mano de obra en los casos en que recibe un pago. Además, las mujeres que viven en comunidades rurales en países de renta baja dedican hasta 14 horas al trabajo de atención a otros. El 42 por ciento de las mujeres en edad de trabajar en el mundo no lo hacen porque se dedican a la atención de otros.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que, en 2050, habrá 100 millones más de personas mayores y 100 millones más de niñas y niños de entre 6 y 14 años que necesitarán atención y cuidados. A medida que envejezcan, las personas mayores necesitarán una atención más intensiva y a largo plazo de unos sistemas de salud que no están preparados para ello.

Sobre el mismo tema, el pasado 10 de noviembre se realizó una marcha en la Ciudad de México, del Monumento a la Madre al de la Revolución, en la que el colectivo-integrado básicamente por mujeres- “Yo cuido México” demandó la visibilización de su actividad en la atención de niñas, niños, adultos mayores, personas enfermas o con discapacidad y que de contabilizarse, en términos económicos, representaría el 23.3 por ciento del producto interno bruto del país.

En México – expusieron – no existen leyes que protejan y reconozcan a estas trabajadoras, por lo que quedan al margen de los derechos laborales mínimos, como la seguridad social, no obstante que se trata de una función que se realiza 24 horas los 365  días del año. “Vivimos en una sociedad que cree que este trabajo nos toca solamente por ser mujeres”

Ya sea a nivel global, como lo expone el informe de Oxfam o personal, como expresaron las integrantes de “Yo cuido México”, las cuidadoras parecen ser invisibles; el hecho de ser mujeres nos convierte en candidatas automáticas  para un trabajo que no elegimos, para el que no se tenemos preparación ni vocación. La pregunta que se repitió insistentemente durante la marcha es hoy pertinente y deberíamos buscarle respuestas ya: ¿Quién cuida a la cuidadora?

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Vivir en el horror

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los hechos ocurridos en una escuela primaria de Torreón Coahuila el viernes pasado y que no es necesario volver a narrar, porque seguramente para este momento todo México los conoce y reproducir los detalles resulta morboso y dañino para la salud emocional, tengo tantas interrogantes, tantas inquietudes, tantos cuestionamientos, que esta columna será una larga lista de preguntas.

¿Hasta qué punto nuestra sociedad, nuestro país, están irremediablemente heridos, al punto de que un niño siente que su única salida es matar y morir, lastimar y lastimarse, aniquilar y aniquilarse?, ¿Por qué estamos reproduciendo lo peor de los Estados Unidos y prácticamente nada de sus virtudes, desde que inició la llamada integración económica de América del Norte en 1994?

Al parecer todos somos especialistas en cualquier materia. ¿Por qué nos sentimos capacitados para dar nuestro diagnóstico respecto a un asunto tan delicado, empezando por las autoridades como el gobernador de ese estado Miguel Ángel Riquelme, quien cometió la pifia de dar a conocer la identidad de los menores afectados y luego, desenfadadamente adjudicó los hechos a la práctica de un video juego?

Pero, no solamente él. Por todos lados hay comentarios, opiniones, señalamientos y hasta una suerte de juicios sumarios en contra del niño, a quien incluso se le calificó de “homicida” en algunas publicaciones, que podrían considerarse serias, culpando a los familiares de quienes desconocemos todo, señalando responsabilidades de la institución educativa. ¿Por qué los seres humanos somos tan rápidos para condenarnos unos a otros?

¿Con qué autoridad, con qué elementos sentenciamos? ¿Quién se considera  un padre o una madre perfectos que nunca han cometido un error en la crianza de sus hijos al punto de enjuiciar a otros que se encuentran en medio de una tragedia? ¿Qué familia es irreprochable, impoluta, como para señalar a los demás  con dedo flamígero?

Como sociedad, ¿no nos correspondería preguntarnos en qué clase de país vivimos donde un niño de primaria tiene posibilidad de obtener no una sino dos armas? ¿Quién se las proporcionó, de dónde obtuvo los conocimientos para utilizarlas? ¿Cómo le fue posible sacarlas de su casa y portarlas en la mochila, para luego introducirlas a la escuela?

Se recrimina a la escuela por no tener los controles necesarios y a los padres de familia de ese colegio, de quienes se asegura que se negaron al establecimiento del programa “mochila segura”, cuya aplicación es una violación a los derechos de los menores. ¿Qué clase de comunidades hemos construido en las que es necesario registrar las  pertenencias de  los alumnos de primaria? ¿Qué sigue, que cacheen a los alumnos, que se instalen detectores de metales en las puertas de los jardines de niños?

También se adjudica la responsabilidad al montaje de la “guerra” contra el narcotráfico que encubría  un turbio negocio organizado y manejado desde la cúpula del poder y que sumió a todos los mexicanos chicos y grandes en un ambiente de violencia cotidiana y permitió la entrada de miles de armas de todo tipo al país.

¿Y qué decir de los cárteles que pusieron a los  alumnos de un jardín de niños en situación de tener que resguardarse debajo de las mesas del salón de clases, mientras se escuchaban las balaceras a pocos metros o a observar cuerpos colgando de los puentes en las mañanas cuando se dirigían a la escuela o enterarse, continuamente, de secuestros en contra de familiares y amigos?

Todas las preguntas, críticas, teorías, recriminaciones, juicios, sentencias, que se han emitido, me hacen reflexionar que un niño a quien las circunstancias llevan a actuar violenta y destructivamente es una de las víctimas más visibles de la tragedia nacional que enfrentamos cotidianamente.

Continuarán los análisis de los especialistas, se sucederán los testimonios, se multiplicarán las teorías, se propagará todo tipo de especulaciones, tal vez se den a conocer los resultados de las investigaciones, ¿no obstante, hasta cuándo seguiremos condenados a vivir en el horror?

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Carta a los Santos Reyes

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la llegada de los Reyes Magos la madrugada del 6 de enero, me atreví a escribirles una carta. Como no se debe enviar atada en un globo porque es muy contaminante, tampoco en un zapato porque ellos buscarán en zapatitos de niño y los míos son muy grandes, decidí hacérselas llegar por medio de Informe Fracto, porque seguramente son asiduos lectores.

Queridos Santos Reyes:

El año pasado no me porté especialmente bien. Soy desconfiada, así que pienso bien de muy pocos seres humanos; soy maledicente respecto a los políticos corruptos y siempre estoy esperando que los atrapen y los metan a la cárcel, aunque no sé si las cárceles alcanzarán; tengo muy malos sentimientos respecto a quienes dañan a los demás, lo que obviamente incluye a todo tipo de delincuentes.

En fin, que no tengo muy buenas referencias para dirigirme  a ustedes. Pero, como los regalos que voy a pedirles no son para mí sino para otros que sí son buenos por naturaleza, son inocentes, confiados, dulces, proclives a la risa y a la sencillez y cuando no son perfectos no se les puede responsabilizar a ellos sino a que sus familias son violentas,  no los respetan ni intentan que sean felices, a que la sociedad en la que vivimos parece empeñada en sacar lo peor de cada individuo, estoy segura de que atenderán mi carta.

Los presentes que voy a solicitarles son para los niños de México – me gustaría pedir para todos los del mundo, pero con los de mi país me conformo este año – porque se portan muy bien, como ya dije, y sería muy justo que vivieran tranquilos, contentos y seguros.

Justamente el lunes pasado, cuando muchos niños disfrutaban los regalos que ustedes tres les trajeron, la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) presentó su informe Infancia y Adolescencia y la que nos relatan es una realidad que debería ser intolerable para cada uno de los habitantes de una comunidad, en este caso, un país entero y me imagino que lo será para ustedes empeñados como están, desde hace mucho tiempo,  en hacer que los pequeños estén contentos.

REDIM informó que cada día mueren en este país 3.6 niños en promedio, a causa de la violencia. Como verán mis queridos Melchor, Gaspar y Baltazar,  lo que aquí sucede es muy doloroso y si acudo a ustedes es porque parece que a muy pocos les importa, tampoco a quienes tienen la responsabilidad de resolverlo.

La investigación de la Red  da a conocer que uno de cada 10 feminicidios registrados en los últimos 5 años fueron en contra de mujeres de entre 0 y 17 años, lo que suma 317, la cuarta parte de ellos, tuvo lugar en el Estado de México, que es, por lo tanto, un lugar en el que ninguna niña debería vivir, ni sus hermanitos, ni sus mamás, ni sus papás, ni nadie.

 Aunque hasta hace algunos años los estados de Guerrero y los que tienen frontera con Estados Unidos eran los más peligrosos para la población infantil, actualmente ese deshonroso lugar lo ha alcanzado  Guanajuato, que es la entidad con mayor número de homicidios entre los 0 y los 17 años. Lo que significa que es un horror estar ahí.

El reporte expone que entre 30 mil y 35 mil han sido reclutados por el crimen organizado, mientras que las policías y las fuerzas armadas del estado los utilizan como informantes. Muchos de ellos son obligados a realizar actos delictivos y reciben entrenamiento militar.

Queridos Reyes Magos, hay todo tipo de datos que me parecen desgarradores aportados por diferentes organismos nacionales e internacionales, pero, como antes les dije, a las autoridades parece no importarles y a la sociedad, acostumbrada como está a la atrocidad, ya nada le conmueve. Pienso que en otros lugares habría movilizaciones multitudinarias exigiendo protección para la infancia.

El problema es que la falta de respeto a los niños parece ser generalizada. El  Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) asegura que el 63 por ciento de la población menor de 14 años ha sufrido algún tipo de violencia, dentro de su hogar.

Así pues, queridos Melchor, Gaspar y Baltazar lo que les pido, ya que sí les interesa que los niños sean felices, es que en México cese la violencia contra ellos, que sus derechos sean preservados a toda costa, que muevan los corazones de cada uno de los habitantes de este país para que se reconozca que la seguridad de la infancia debe ser garantizada siempre, que consideremos como una responsabilidad personal el bienestar de cada uno de esos pequeños.

Que todo lugar en el territorio mexicano sea seguro, dentro y fuera de sus casas, que sus sonrisas sean consideradas patrimonio nacional y tesoro familiar, que satisfacer sus necesidades sea prioritario para cada gobernante, para cada servidor público, que jamás pase por la cabeza de alguien dañarlos.

Queridos Reyes Magos, como les dije al principio de mi carta, el regalo que quiero no es para mí, es para otros que merecerían eso y más; pero si se los traen, de paso,  me harían inmensamente feliz. Muchas gracias.

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