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Ser mujer, el peligro multiplicado

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, no es mi intención referir los  hechos históricos por los que se eligió esa fecha para hacer visible el tema a nivel internacional. Tampoco quiero mencionar cifras, a cual más aterradoras, del peligro en que vivimos las mujeres en el mundo, en general, en México, en particular y especialmente las más jóvenes.

Hoy no tengo ánimo para criticar a quienes se dedican a denostar la virulencia de las protestas, la pinta de muros, “el vandalismo”  como lo califican aquellos que prefieren critican hechos aislados para minimizar  la gravedad del problema.

Hay algunos hechos cotidianos, comentarios que se escuchan en cualquier lugar, reacciones de personas conocidas, inclusive de familiares o amigos, que dan luz respecto a lo enraizada que está en nuestra sociedad la cultura del maltrato a las mujeres. No es de extrañar que sean en ocasiones mujeres quienes repitan las conductas o los discursos machistas sin darse cuenta.

 Existe, por ejemplo, la extendidísima costumbre de referirse a las mujeres como “las viejas,” repitiendo un término peyorativo utilizado inicialmente por los hombres y que ahora usan libremente muchas de mis congéneres, sin percatarse de que, con eso, alimentan la ideología que pretenderíamos combatir: “es que nosotras las viejas” he escuchado decir hasta a locutoras del radio o conductoras de programas, que pretenden parecer ligeras y despreocupadas.

En una junta de condóminos, en la que se discuten algunos mecanismos para mejorar la seguridad de los residentes, escucho la siguiente parrafada: “lo mejor sería que, ante cualquier indicio de delincuencia se llamara a la policía, el problema está en que si se trata de un conflicto familiar, luego se mete uno en problemas con los vecinos” Puede parecer increíble, pero las palabras se agravan por el hecho de que quien las dijo es ¡abogado! ¿Cómo es posible que un profesional del derecho no considere la violencia familiar como un delito que requiere la intervención de las autoridades?

Otra escena: En un parque público, un hombre se dedica a mostrar los genitales a las mujeres que pasan. A algunos metros se encuentra un módulo de vigilancia. Las afectadas se dirigen a dos uniformados, solicitando su intervención. ¡Acabamos de toparnos con un exhibicionista! Informa una de ellas. ¿Un qué?, pregunta el oficial. Un exhibicionista, de esos que se descubren cuando pasan las mujeres, responde de inmediato. ¿Y qué es lo que exhibe?, insiste el policía, casi sonriente, con la intención de avergonzar a la mujer. Lo que exhibe, responde ella segura y firmemente, son los genitales, el pene, los testículos. Para ese momento, el agresor ha desaparecido.

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En la fila de la caja de un supermercado, una joven con Síndrome de Dawn, de pronto, le informa  a la mujer que la acompaña, posiblemente su madre, dado el trato entre ellas: El maestro nos toca, ¿Qué?, inquiere la acompañante asombrada. Que el maestro nos toca cuando estamos en clase. En contraste con la actitud sincera y espontánea de la joven, que habla en un volumen perfectamente audible para quienes esperan su turno de pagar los víveres, la mujer a quien se dirige, se nota desconcertada, voltea alrededor y, queriendo quitarle peso a lo escuchado afirma ¡Ay esta muchacha tan imaginativa! La persona a la que le hace el comentario la mira directamente a los ojos y, con toda firmeza, le advierte ¡Si fuera mi hija, yo le creería!

 Uno más: En algunos de los secuestros de mujeres en el Metro de la Ciudad de México, si alguien atendía a la petición de ayuda, el atacante empezaba a hablarle cariñosamente a la víctima, para dejar claro que había una relación entre ellos, lo cual, al parecer, desactiva la llamada de auxilio, porque para algunos se justifica la agresión si viene del padre, del hermano, del novio o del esposo.

Hoy mismo me entero de una mujer que, otra vez, tuvo que lanzarse de un taxi Uber en marcha, ante el peligro de ser secuestrada por el chofer. Ni siquiera había terminado de hacer la denuncia cuando empezaron las descalificaciones. ¿Por qué alguien inventaría algo así?  Victimizar a la víctima.

Finalmente, escuché a una mujer quitándole importancia al abuso cometido por un maestro de secundaria en contra una de sus alumnas, asegurando que se trataba de una “relación consensuada” y que la adolescente “ya era muy vividita”. ¿En qué extraño lugar del universo podría considerarse que la relación sexual entre un maestro cuarentón y su alumna de segundo de secundaria de 13 ó 14 años es resultado de una decisión libre de la chica?

En una sociedad en la que el machismo está tan arraigado que un abogado despoja de todo carácter delictivo al maltrato si se da dentro de la familia; los policías se divierten obligando a las mujeres que denuncian a dar todo tipo de detalles; donde se pretende restar importancia a la valiente denuncia de abuso sexual por parte de una joven; donde una mujer acusa  a una adolescente de propiciar que un adulto la agreda, victimizándola una y otra vez y donde es común que las mujeres nos apliquemos calificativos discriminatorios, la solución parece muy lejana y el peligro se multiplica hasta el infinito.

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Maricarmen Graue: Soy una persona con ganas de crear, con palabras, sonidos o formas

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de talento, capacidad creativa y fuerza vital, hace algunos días conversé con la violonchelista, pintora, escultora, escritora, actriz, maestra, bailarina y maratonista, Maricarmen Graue Huesca. Le manifesté mi necesidad de una pausa respecto al tema sanitario y mi interés en entrevistarla; con su gran sentido del humor me preguntó ¿quieres saber cómo vivo el confinamiento?

Maricarmen Graue ha sido artista desde niña, “siempre me gustó la música” afirma, sin poder establecer el momento exacto del descubrimiento de su vocación musical. Refiere que su padre, arquitecto y melómano organizó un coro familiar en el que, por supuesto, ella participó. Inició su preparación académica primero en la danza, en el canto y a los 15 años ingresó al Conservatorio Nacional de Música para estudiar guitarra.

Poco tiempo después, tras la muerte de su padre,  cambió de instrumento “el sonido del chelo tiene la calidez de una voz casi humana”, afirma. Específicamente-sostiene-me recuerda la voz de mi padre y lo toco como un homenaje a él.

En 1987 recibió una beca para continuar su educación musical en la ex-Unión Soviética, donde estudió en Moscú y Kiev. En 1991, ingresó en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez, de la cual fue co-principal de la sección de violonchelos hasta 1999. Fue becaria del FONCA en el área de ejecutantes.

Es emblemática su imagen cargando el pesado estuche del chelo por los andenes del Metro, su medio de transporte, tan es así que uno de los promocionales del documental del director  Sergio Morkin “Maricarmen”, basado en la vida de la artista, presenta justamente esa estampa con su violonchelo en una mano y su bastón en la otra, ya que perdió la visión de un ojo desde la niñez y la totalidad del sentido de la vista hace 14 años.

Recuerda que, en ese tiempo pasó 6 meses encerrada “Quedé ciega y fue como si afuera no existiera nada” No obstante, su fortaleza se impuso y luego de dos o tres meses de rehabilitación empezó a ajustarse Te adaptas a lo que sea–asegura–yo resurgí libre, capaz, autosuficiente.

En la interpretación musical, la carrera de Maricarmen dio un giro definitivo porque cuando dejó de ver, no le fue posible continuar en la Orquesta Sinfónica Carlos Chávez en tanto que no podía leer las partituras ni observar las indicaciones del director, por lo que se inclinó hacia la improvisación, al jazz, aunque reconoce su amor por lo clásico “disfruto mucho a Bach

A juzgar por la intensidad de sus jornadas, sus días deberían tener 48 horas: realiza proyectos con otros artistas, da clases de violonchelo–en estos meses a distancia-en la Escuela de Iniciación Artística Número 4 del INBA y presenta un concierto virtual desde la Casa del Lago con el ensamble de jazz e improvisación “No tan Cuerdas”. Todo ello en medio del confinamiento, porque a Graue Huesca ni la pandemia la detiene.

En 2019, por ejemplo, se estrenó el largometraje “Maricarmen”-que también musicalizó-en el Festival de Cine de Morelia, donde obtuvo el Premio del Público, posteriormente, consiguió una mención honorífica en el festival É Tudo Verdade, en Brasil; presentó su libro “Mirar mirándome” que contiene relatos autobiográficos; inició un proyecto audiovisual,   mediante una beca del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte, Medios y Discapacidad otorgado por el CENART y el Consejo Británico, con dos miembros más del colectivo “Discreantes” al cual pertenece y que en este momento está en pausa por motivo de la pandemia.

Siempre dispuesta a encontrar la oportunidad aun en situaciones que devastarían a otros, como la pérdida de la visión, se congratula de que el confinamiento le permite dedicarle más tiempo a la escultura: “Me encanta descubrir formas con mis manos, sentir que tengo ojos en  las manos. Confío en que si mis manos me dicen que una pieza está bien, es que está bien, porque la proporción perfecta no existe y no es necesario obedecer cánones que no sé quién puso. Mi escultura es un espejo de lo que percibo

Tras asegurar que la actividad artística le permite a cada quién mostrar lo que es, ya que “la diversidad es valiosa si uno defiende su postura”, Graue comparte su gusto por la experimentación, “es una búsqueda para encontrar lo que yo soy: una persona con ganas de crear ya sea con palabras, con sonido o con formas

Otra de las actividades que la apasiona es fundamentalmente física: entrenar y participar en medios maratones. “Correr es moverme a otra velocidad, de lo que suelo moverme cotidianamente, me hace volverme ágil, libre. Es liberador sentir a mi cuerpo haciendo un esfuerzo, al moverse así

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¡Y además tiembla!

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la vulnerabilidad de los seres humanos, la tierra nos vino a confirmar cuán frágiles somos. Y si después de la pandemia del COVID 19, de las terribles inundaciones que dejó la tormenta tropical Cristóbal en el estado de Yucatán, donde se emitió Declaratoria de Desastre Natural para 75 municipios y del sismo de 7.5 grados, con epicentro en Crucecita, Oaxaca que se sintió el martes, seguimos creyéndonos los dueños del planeta, no tenemos remedio.

La Tierra existió mucho antes de que las mujeres y los hombres evolucionáramos hasta lo que hoy somos y seguirá girando alrededor del sol cuando ya no quede evidencia de que alguna vez estuvimos aquí. Al parecer, los virus ya estaban antes de nuestra llegada, adhiriéndose a los animales y vegetales de entonces, causándoles enfermedades a algunos de ellos y conviviendo con otros.

Durante décadas nos hemos sentido más fuertes que ellos, porque -listos como nos creemos –  desarrollamos todo tipo de repelentes, de métodos de defensa, de hierbajos, de químicos, de fármacos,  de vacunas, de rituales, de sortilegios, de mantras, de oraciones y hasta de invocaciones energéticas, para abstraernos de sus efectos dañinos.

Cada tanto, alguno de ellos nos sorprende. Transita desde la planta o animal del que ha sido huésped tradicional a otro en el que logra desarrollarse a sus anchas, tanto, que puede destruirlo. O se transforma, expandiendo sus áreas de influencia hasta colonizar a los representantes de supuesto eslabón más alto de la cadena alimenticia, nosotros.

El ser humano, capaz de modificar el entorno hasta no dejar huella del paisaje original, de levantarse del suelo y llegar a las nubes para trasladarse al punto más lejano de la tierra en cuestión de horas, de desentrañar casi todos los misterios de la naturaleza, de traspasar los confines del planeta y lanzarse al encuentro con otros cuerpos celestes, de utilizar los elementos de la tierra para construir y destruir y destruirse, se encuentra, en ocasiones,  con esta partícula de proteína – según nos han dicho de la que actualmente nos asola y nos azora – tan insignificante que ni siquiera cuenta, pero puede terminar con todo lo que hemos creído importante.

Dicen que no pueden sobrevivir independientemente, porque requieren del organismo hospedero para multiplicarse y mantenerse en el mundo. Es el caso de la poliomielitis, influenza, rabia, viruela, VIH, entre algunos otros. Hoy, estamos frente a uno que se nos resiste y nos atemoriza hasta el punto de dejar todo aquello que pensábamos esencial: trabajar, salir, gastar, comprar aparatos, hacer dinero, mostrarnos ante los demás y demostrarles quiénes somos.

Y, acostumbrados como estamos a imponer nuestras creencias, nos decimos “una vez que ha llegado la pandemia ¿qué más puede pasar?” mientras la naturaleza, ajena a cualquier juicio moral, indiferente a toda consideración de justicia, ignorante de las clasificaciones  humanas de “bueno y malo”, obedeciendo sólo a sus propias leyes, libera su energía en los océanos a través de algo que llamamos tormenta tropical y que debería hacer menos daño que un huracán o un ciclón, de acuerdo a nuestras clasificaciones, pero, en cambio, afecta gravemente a miles de seres humanos.

O acomoda las enormes placas tectónicas en las profundidades de la tierra –el martes fue a 5 kilómetros bajo la superficie en Oaxaca– y empavorece a otros millones que se hacinan en lo que fue lago y hoy es asfalto, haciéndolos  salir  disparados del interior de las edificaciones de concreto que los contienen.

Y miles de esas personas, atrapadas durante meses en sus propias viviendas, para evitar la cercanía con otros que podrían portar el virus, al escuchar la alarma sísmica, abandonan los que  constituían sus refugios, sin detenerse un segundo a pensarlo, y se lanzan al otrora sitio más peligroso, la calle.

En la huida, olvidan las caretas, los tapabocas, el alcohol en gel, el desinfectante y, de paso, olvidan la aversión a  los otros y se concentran, como racimos de uvas, en el lugar “más seguro”, que hasta minutos antes era el “más inseguro” y hasta se atreven a intercambiar algún comentario, a boca desnuda, con el vecino, con el paseante, con el vendedor de tamales o de bisquetes calientitos.

Y con la creencia de que el mundo está a nuestro servicio y el sol aparece en el horizonte cada mañana sólo para entibiar nuestros días, no falta una persona que exaltada reclame: ¡Y, además tiembla, esto ya es demasiado!

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¿Y ahora qué sigue?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del paso del semáforo rojo al anaranjado por la que algunas entidades están transitando, como sucedió en Yucatán hace dos semanas, y en la Ciudad de México a partir de este lunes, tengo la impresión de que la consigna es básicamente que cada quien se rasque con sus uñas o, en otras palabras, ¡sálvese quien pueda!

Al presentar su “decálogo” hacia la nueva normalidad, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo: “Sigamos acatando las recomendaciones para cuidarnos y minimizar el riesgo de contagio, pero hagámoslo con independencia, criterio y responsabilidad

Lo anterior implica que el paso a la llamada nueva normalidad se dará como un acto puramente individual, en tanto que el Ejecutivo expone una serie de recomendaciones morales, como cuando señala que se siga cuidando a los ancianos en casa, porque en ningún asilo, por lujoso que sea, estarán mejor que con su familia, confirmando así su visión poco realista de las relaciones humanas.

Si analizamos con detenimiento la forma en que hemos convivido con el COVID 19 en México, excepto las primeras dos o tres semanas en que la mayoría de las personas acataron las recomendaciones de confinamiento, en general, cada uno de nosotros ha hecho lo que puede, de acuerdo con su manera de pensar y sus condiciones económicas, sociales y personales.

A diferencia de otros países en los que el nivel de ingresos les permitió sobrevivir a un estricto confinamiento, con las incomodidades propias del encierro, siempre es pertinente recordar que en el nuestro 61 millones de personas (48.8 por ciento de la población) viven en situación de pobreza, mientras más de 16 millones viven en pobreza extrema.

Desde el primer momento de la epidemia, las autoridades federales establecieron como prioridad el respeto a los derechos humanos, frente a innumerables críticas por parte de quienes deseaban la mano dura contra aquellos que se atrevieran a salir de casa, sin tomar en cuenta que 56 de cada 100 mexicanos viven de la economía informal, dependen de su propio esfuerzo y sus ingresos difícilmente son suficientes para cubrir las necesidades esenciales, así que el ahorro les es imposible, casi nadie cuenta con recursos para vivir sin trabajar.

Pero, además, porque no hay instituciones con estatura para hacer cumplir las restricciones. En estados, como Jalisco, donde se quiso imponer el confinamiento y, a últimas fechas, el uso de cubrebocas, quedó en evidencia que no es posible dejar en manos de policías mal preparados, resentidos y, en muchos casos, corruptos, ese tipo de controles. Lo sucedido en Ixtlahuacán de los Membrillos, donde agentes policiacos asesinaron al ciudadano Giovanni López, por negarse a usar la protección facial, es evidencia clara de lo anterior.

Por otro lado, diversos hechos han demostrado que existen amplios grupos de población que se niegan a acatar las disposiciones como  el confinamiento, el uso de dispositivos de protección o la sana distancia, ya sea por ignorancia, porque no existe una cultura de respeto al estado de derecho o, simplemente, porque no les da la gana y realizan actividades como fiestas o compras masivas de determinados productos.

Este rechazo a las medidas aceptadas internacionalmente para la protección de las personas frente a la pandemia, se ha traducido en enfrentamientos con la policía que se presenta para terminar con alguna fiesta con decenas de jóvenes en espacios reducidos, o en casos de una falta de razón extrema, cuando familiares de algún paciente enfermo o fallecido han golpeado a trabajadores de la salud que aplican los protocolos de cuidado hospitalario.

Pero, la falta de acatamiento de las medidas de protección no solamente se ha dado por necesidad económica, por ignorancia o por comportamientos irracionales. Me enteré recientemente de la realización de servicios religiosos clandestinos en capillas de escuelas confesionales privadas, al estilo de aquellas que se realizaban durante la guerra cristera. En este caso, quienes acuden pertenecen a las élites.

Así que el señalamiento de que el criterio a seguir en la “nueva normalidad” será el de cada, implica continuar como hasta ahora. Y no puedo evitar repetir aquí una broma que circula en las redes sociales a propósito del semáforo COVID: ¡Usan un semáforo para saber cuándo es seguro salir del aislamiento, en un país donde los conductores aceleran cuando ven el color amarillo!

Luego, una serie de obviedades como no consumir productos chatarra, beber agua suficiente, alimentarse bien y preferir los productos frescos y naturales, bajar de peso, vivir en calma y sin angustias, eliminar adicciones, hacer ejercicio, “párate, camina, corre, estírate, medita y aplica todo lo que consideres que le hace bien a tu cuerpo

También dio recomendaciones espirituales, más propias de un lama budista: alejarse del materialismo, no acumular, compartir los bienes, ser generoso y fraternal, eliminar el consumismo porque “la felicidad no se consigue con la acumulación de bienes materiales, ni se consigue con lujos, extravagancias ni frivolidades

En suma, el paso a la llamada nueva normalidad se dará como un acto estrictamente individual con pocas precisiones.

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