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Gustavo Adolfo Madero

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del aniversario de la Revolución Mexicana, que se conmemora el 20 de noviembre, aunque con  los cambios de calendario, las fechas parecen diluirse en la memoria histórica de los mexicanos, no puedo evitar acordarme de uno de los personajes poco reconocidos, pero con una biografía conmovedora, me refiero a Gustavo Adolfo Madero.

Gustavo Madero fue hermano menor de Francisco, el Apóstol de la Democracia.  El mayor de los Madero nació el 30 de octubre de 1873; el segundo, el 16 de enero de 1875 y sus vidas estarían irremediablemente vinculadas hasta la muerte, o mejor dicho hasta el asesinato, porque ambos fallecieron victimados por  soldados huertistas en febrero de 1913, con 4 días de diferencia.

Eran los mayores  de 16 hijos que tuvieron Francisco Madero Hernández y Mercedes González Treviño, hacendados de Parras Coahuila  y nietos de Evaristo Madero, quien fue gobernador de su estado.

Eran muy ricos, mucho, los más ricos de Coahuila y Nuevo León. Además de una hacienda algodonera y grandes extensiones ganaderas, eran propietarios de fábricas, de minas, de  fundidoras y su situación económica les brindó una educación privilegiada, primero en Saltillo, luego en Estados Unidos y en Francia.

No es de extrañar que se les proporcionara la mejor educación posible en México y el extranjero. Sus primeros estudios fueron en un colegio jesuita de Saltillo, luego viajaron a Estados Unidos a una escuela de Maryland, especializada en negocios. De ahí se trasladaron a Francia, donde ingresaron a la Escuela de Altos Estudios Comerciales, cerca de París y finalmente a la Universidad de Berkeley California, donde Gustavo se decidió por continuar en el rubro de las Finanzas y Francisco  por la Agricultura.

Hasta ese momento, la vida de los hermanos transcurrió prácticamente en paralelo: estudiaban juntos, viajaban juntos. Se preparaban para administrar la riqueza familiar con la mejor formación que el dinero pudiera proporcionarles. Pero, no siempre se cumplen los planes de los padres.

Durante su estancia en París, Francisco tuvo un acercamiento con el espiritismo, creencia que mantuvo por el resto de su vida. También aprendió homeopatía, conocimiento que siguió cultivando y adoptó el vegetarianismo. Gustavo, mientras tanto, se mantuvo dentro de la doctrina católica, con una visión de la vida mucho más práctica.

De regreso de sus estudios, Gustavo se dedicó a los negocios, se casó con Carolina Villarreal, se trasladó a Los Altos de Jalisco y tuvo 7 hijos. Francisco, por su parte, se dedicó a administrar las tierras y contrajo matrimonio con Sara Pérez Romero. Todo indicaba que sus vidas continuarían separadas a partir de ese momento, pero no fue así.

El Apóstol de la Democracia era un hombre confiado y creyó que eran verdad las palabras de Porfirio Díaz en la entrevista con James Creelman de la revista norteamericana Pearson’s, cuando dijo que el pueblo estaba listo para elegir a sus gobernantes, que  estaba dispuesto a retirarse de la política y que le daría la bienvenida a un partido de oposición.

Y tanto confió en lo dicho por Díaz que escribió un libro: “La Sucesión Presidencial de 1910”, fundó el Partido Antireeleccionista, postulándose como su candidato a la presidencia e inició su campaña electoral. Y como Porfirio Díaz no era un hombre en quien se pudiera confiar, mandó a que lo encarcelaran en la prisión de San Luis Potosí, con lo que dejó claro que sus palabras no reflejaban sus verdaderas intenciones. Además mandó incautar los bienes de los Madero.

Francisco promulgó el Plan de San Luis, que era la estrategia para derrocar al dictador, escapó de la cárcel disfrazado de mecánico y huyó a San Antonio Texas, para llevar a cabo su proyecto. Fue cuando las vidas de los hermanos volvieron a enlazarse, ya que se requirió de la ayuda de Gustavo y sus conocimientos monetarios para conseguir financiamiento para la lucha armada. El Plan dio resultado y Porfirio Díaz salió del país luego de 31 años en la Presidencia.

 Gustavo, reacio hasta entonces a participar en política, decidió apoyar a su hermano mayor, por lo que fundó el Partido Constitucional Progresista, que postuló como candidato a la Presidencia a Francisco, quien ganó las elecciones y asumió el cargo el 6 de noviembre de 1911.

Sin embargo, el periodo presidencial de Madero no fue fácil. Duró menos de 2 años. Gustavo aseguró el 7 de febrero de 1913, en una carta a su esposa que la situación política empeoraba y que los complots se sucedían unos a otros, mientras el gobierno era impotente para detenerlos.

Esas líneas evidencian las diferencias entre las visiones de los hermanos. Se afirma que Gustavo había sumado enemistades y odios en su contra, en su intento por alertar a su ingenuo hermano de los peligros y la deslealtad de aquellos de quienes se había rodeado.

Cuando preparaba su viaje a Japón, a donde su hermano lo enviaría como embajador, tal vez para alejarse lo más posible de su “escepticismo”, Gustavo conoció la información del golpe de estado que preparaba Victoriano Huerta, por  lo que lo detuvo y lo llevó, amagándolo con la pistola, a la oficina del presidente a quien le dio parte de las reuniones de Huerta con Félix Díaz (sobrino de Porfirio), y el hijo de Bernardo Reyes.

Francisco Madero desatendió las advertencias. Aseguró que estaba al tanto del trabajo de Huerta como infiltrado para deshacer los planes de los conspiradores y le reiteró su confianza al militar. Gustavo le advirtió que “hasta las piedras” sabían que ese hombre tramaba contra él. Era 17 de febrero de 1913.

Al día siguiente, Huerta emboscó a Gustavo, en el restaurante Gambrinus, donde lo apresaron y condujeron a La Ciudadela. Ahí fue víctima de todo tipo de torturas a cargo de decenas de soldados. Le contaron 37 heridas. Su cadáver quedó irreconocible y solamente lo identificaron por un fistol con sus iniciales GAM.

Las crónicas señalan que el presidente lloró durante muchas horas cuando le informaron de la muerte de su hermano; seguramente a la tristeza habrían de sumarse otros sentimientos ¿culpa? El  Apóstol de la Democracia fue asesinado 4 días después por órdenes de Huerta.

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Rosas y Revelaciones, hilar como quien reza

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del 12 de diciembre, se presenta la muestra “Rosas y Revelaciones” en el Museo Nacional de Culturas Populares en la Ciudad de México, integrada por 73 piezas textiles elaboradas por artesanas y artesanos mexicanos que dedicaron una pieza de su trabajo al tema de la Virgen de Guadalupe.

Se trata de textiles  confeccionados con diversas técnicas y en distintos materiales, que reflejan la extendida devoción a la Virgen del Tepeyac y que forman parte de la colección de Linda Hanna, promotora de arte popular mexicano, quien pagó por cada una de las piezas el precio fijado por su creador, en un ejercicio de valoración del trabajo artesanal.

Y así, como si cada puntada fuera una jaculatoria o como si en lugar de devanar el hilo estuvieran pasando las cuentas del rosario, artesanas y artesanos representantes de 50 comunidades originarias de México, respondieron al llamado de Linda Hanna para plasmar en el material que utilizan cotidianamente imágenes de la Guadalupana, emulando a la que, según cuentan,  apareció retratada en el ayate de Juan Diego, allá por 1531.

Además de la imagen de la advocación de María que se reveló en el Cerro del Tepeyac, hiladoras e hiladores incorporaron en sus piezas las rosas, que son un elemento fundamental en la iconografía de la tradición religiosa, en cuanto que al desplegar el huipil en el que se encontraba retratada la virgen, cayeron al suelo varias rosas, flores que no se daban en la región donde luego se construiría el templo.

En “Rosas y Revelaciones” participan trabajos de 70 artistas, pertenecientes a 52 comunidades, además de una selección de  pinturas de la época virreinal, incluida una de Miguel Cabrera, el pintor más reconocido de la Nueva España, nacido en Oaxcaca. Estas obras se incluyeron con una intención didáctica respecto al origen, la historia y la iconografía de la revelación guadalupana.

Los artistas textiles cuyas piezas participan son originarios de Oaxaca, Guerrero, Colima, Chiapas, Michoacán, Jalisco, Estado de México, Puebla, Tlaxcala, Yucatán y Ciudad de México y los diseños de las prendas que se presentan son desde los más elaborados hasta minimalistas.

Asimismo, “Rosas y Revelaciones” es un abanico de las diferentes técnicas, materiales, pigmentos y diseños característicos del arte del hilado  de comunidades de origen amuzgo, chatino, chinanteco, huave, huichol, maya, mazahua, mazateco, mixe, nahua, otomí, tacuate, totzil, triqui y zapoteco.

Las piezas de esta colección fueron encargadas específicamente a los artesanos, que desplegaron sus habilidades a fin de manifestar su devoción, según explican, algunos de los participantes, en un video que acompaña a la muestra

La exposición se divide en cinco zonas, respondiendo a la técnica que se utilizó: telar de cintura, telar de pedal, telas bordadas y con aplicaciones, tejido en crochet y randa y tejido en palma y papel.  Tiene lugar en la sala Guillermo Bonfil Batalla del Museo de Culturas Populares en Coyoacán, Ciudad de México y permanecerá hasta el 19 de abril del próximo año.

Todos los artistas elaboraron piezas de vestido que se usan en la región que habitan: huipiles de diario y de gala, rebosos, bolsas, cinturones, chaquetas, cotones o coleras, blusas de gala y para jaripeo, sandalias, fajas. En su confección se utilizaron punto de cruz, cadeneta, brocado, aplicaciones de listón, tejido plano, puntada de ojal, puntada de satín, anudado, calado, tejido de ganchillo, técnica de randa, punto de hilván.

Los materiales son algodón, manta, seda criolla, lana teñida, plumas teñidas, algodón coyuchi, tela de fibra de bambú, chaquira, listones. En cuanto a los pigmentos utilizados están el añil, la fushina, el caracol púrpura, el palo de Brasil, y la grana cochinilla, entre otros.

De esa forma, los artistas textiles de lugares con nombres tan llenos de música como Santiago Jamiltepec, San Mateo del Mar, Pinotepa de Don Luis, Villa Hidalgo Yalalag, Tzintzuntzan o Chachahuantla, bordaron, cosieron, hilaron anudaron, tejieron, urdieron, tramaron, repitiendo el movimiento una y otra vez así como se multiplican las avemarías del rosario, porque la creación artística es también un acto de fe.

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Pregones y gritos destemplados

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la forma en que la Ciudad de México se expresa; mientras intento escribir esta columna, llegan a mis oídos todo tipo de sonidos que me distraen una y otra vez, reclamando mi atención, de manera que no me dejan alternativa y me obligan a cambiar el tema del que escribiré.

Inicio un párrafo y escuchó la grabación del vendedor de pan, que todas las noches ofrece su producto: “Cocoles, hay cocoles, pida sus cocoles”. Apenas da vuelta a la esquina y ya lo está sustituyendo otra voz que sale de las potentes bocinas de un automóvil que invita “Señora, señorita,  pida sus bisquetes calientitos, recién elaborados, para el café o para el chocolate, pida sus bisquetes calientitos, yo se los recomiendo”. Detengo mis dedos sobre el teclado, en espera de que cese el  bullicio.

Pero es en vano. Una tonadilla como de cajita musical, sustituye a los bísquets, ahora para ofrecer: “Mamá, mamá cómprame tamalitos de elote. Ricos tamalitos de elote de Zacatlán”, con voz infantil.  Cuando reduce significativamente el volumen del anuncio hago el ademán de inclinarme sobre las teclas.

Quedan aun rastros de la caja de música que se dirige al norte, cuando por el punto cardinal opuesto llega el vendedor de “Esquites calientitos, oiga usted nada más, hechos con elotes tiernitos, con chilito y limón o si prefiere con queso y mayonesa, oiga usted nada más”

Para ese momento, no solamente se diluye el asunto al que pensaba destinar mi columna de esta semana, sino que pierdo completamente la concentración. ¿Cómo puede alguien realizar un trabajo reflexivo en esta estruendosa ciudad?, me pregunto mientras escucho el penetrante, fortísimo silbato producido por el vapor del  carrito que lleva camotes y plátanos horneados.

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Ante el clamor de las voces citadinas no tengo más remedio que dedicarle este texto a la voz de la ciudad que puede ir desde el ding dong metálico dulcísimo del triángulo del vendedor de alegrías – los dulces elaborados con semilla de amaranto y miel – hasta la estridente y chillona voz de la grabación de los compradores de objetos usados: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan”

¡Qué diferente del rítmico grito de los antiguos ropavejeros! Como el que inmortalizó un actor de mediados del siglo anterior Joaquín Paradavé en su película de 1946, cuando gritaba “Sombreros, zapatos, botellas o ropa usada que vendaaaaan”

El silbido del afilador, que en otros tiempos se consideraba agorero de buenas nuevas, siempre que no se le viera, solo se le oyera; el ruido de la campana que anuncia el paso del camión recolector de basura, al que ahora los choferes le han agregado el escándalo del claxon en cada esquina en la que se detienen para recopilar los desechos domésticos, porque hoy ningún escándalo es excesivo.

Y como el tema me escogió a mí y no al revés, recuerdo una referencia al “pregonero” hecha por el historiador Luis González Obregón  en su narración “Cómo ahorcaron a un difunto” de un acontecimiento sucedido en 1649, en el virreinato: “Sepan los habitantes y estantes de esta ciudad de México –gritaba el pregonero – cómo hoy a las siete horas de la mañana, mientras oían misa los presos de la Cárcel de Corte, este hombre, que había quedado en la enfermería a excusa de que estaba malo y que se hallaba ahí preso, por haber asesinado a un alguacil del pueblo de Iztapalapan, en el ínterin que los dichos presos oían la dicha misa, se bajó a las secretas y se ahorcó sin que nadie lo viese ni lo sospechase” Varios párrafos le dedica González Obregón al reporte de aquel protoperiodista.

Y si de aquella rústica publicidad se trata, me es indispensable recordar cómo escuchó las calles de la ciudad Francis Eskine Inglis, mejor conocida como Madame Calderón de la Barca, en su crónica “La Vida en México”, escrita alrededor de 1840, ya en el periodo independiente de nuestro país.

Refiere que desde el amanecer se escuchaban los gritos callejeros: Carbón, señor. Mantequilla de real y de a medio. Cecina buena. Hay sebo. Tejocotes por venas de chile. Gorditas de horno caliente. ¿Quién quiere petates de Puebla, petates de cinco varas?

Las voces cambiaban conforme transcurrían las horas. Al mediodía eran los pasteles de miel, el queso, el requesón, los bocadillos de coco, los billetes de lotería, las tortillas de cuajada. Por la tarde, las nueces, las castañas asadas, los tamales de maíz.

Resignada a que en esta ciudad abunda de todo menos el silencio,  sigo el ejemplo del director de orquesta Enrique Arturo Diemecke, quien, durante un concierto en el Conservatorio Nacional de Música, al escuchar la proximidad de un avión, bajó la batuta, haciendo una pausa para que el ruido de motor no osara distorsionar la armonía de los instrumentos, que retomaron con precisión el acorde exacto cuando el aeroplano dejó de oírse.

Además de un gran concierto fue una clase magistral de eso que llamamos fluir con la vida.

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Ser mujer, el peligro multiplicado

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, no es mi intención referir los  hechos históricos por los que se eligió esa fecha para hacer visible el tema a nivel internacional. Tampoco quiero mencionar cifras, a cual más aterradoras, del peligro en que vivimos las mujeres en el mundo, en general, en México, en particular y especialmente las más jóvenes.

Hoy no tengo ánimo para criticar a quienes se dedican a denostar la virulencia de las protestas, la pinta de muros, “el vandalismo”  como lo califican aquellos que prefieren critican hechos aislados para minimizar  la gravedad del problema.

Hay algunos hechos cotidianos, comentarios que se escuchan en cualquier lugar, reacciones de personas conocidas, inclusive de familiares o amigos, que dan luz respecto a lo enraizada que está en nuestra sociedad la cultura del maltrato a las mujeres. No es de extrañar que sean en ocasiones mujeres quienes repitan las conductas o los discursos machistas sin darse cuenta.

 Existe, por ejemplo, la extendidísima costumbre de referirse a las mujeres como “las viejas,” repitiendo un término peyorativo utilizado inicialmente por los hombres y que ahora usan libremente muchas de mis congéneres, sin percatarse de que, con eso, alimentan la ideología que pretenderíamos combatir: “es que nosotras las viejas” he escuchado decir hasta a locutoras del radio o conductoras de programas, que pretenden parecer ligeras y despreocupadas.

En una junta de condóminos, en la que se discuten algunos mecanismos para mejorar la seguridad de los residentes, escucho la siguiente parrafada: “lo mejor sería que, ante cualquier indicio de delincuencia se llamara a la policía, el problema está en que si se trata de un conflicto familiar, luego se mete uno en problemas con los vecinos” Puede parecer increíble, pero las palabras se agravan por el hecho de que quien las dijo es ¡abogado! ¿Cómo es posible que un profesional del derecho no considere la violencia familiar como un delito que requiere la intervención de las autoridades?

Otra escena: En un parque público, un hombre se dedica a mostrar los genitales a las mujeres que pasan. A algunos metros se encuentra un módulo de vigilancia. Las afectadas se dirigen a dos uniformados, solicitando su intervención. ¡Acabamos de toparnos con un exhibicionista! Informa una de ellas. ¿Un qué?, pregunta el oficial. Un exhibicionista, de esos que se descubren cuando pasan las mujeres, responde de inmediato. ¿Y qué es lo que exhibe?, insiste el policía, casi sonriente, con la intención de avergonzar a la mujer. Lo que exhibe, responde ella segura y firmemente, son los genitales, el pene, los testículos. Para ese momento, el agresor ha desaparecido.

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En la fila de la caja de un supermercado, una joven con Síndrome de Dawn, de pronto, le informa  a la mujer que la acompaña, posiblemente su madre, dado el trato entre ellas: El maestro nos toca, ¿Qué?, inquiere la acompañante asombrada. Que el maestro nos toca cuando estamos en clase. En contraste con la actitud sincera y espontánea de la joven, que habla en un volumen perfectamente audible para quienes esperan su turno de pagar los víveres, la mujer a quien se dirige, se nota desconcertada, voltea alrededor y, queriendo quitarle peso a lo escuchado afirma ¡Ay esta muchacha tan imaginativa! La persona a la que le hace el comentario la mira directamente a los ojos y, con toda firmeza, le advierte ¡Si fuera mi hija, yo le creería!

 Uno más: En algunos de los secuestros de mujeres en el Metro de la Ciudad de México, si alguien atendía a la petición de ayuda, el atacante empezaba a hablarle cariñosamente a la víctima, para dejar claro que había una relación entre ellos, lo cual, al parecer, desactiva la llamada de auxilio, porque para algunos se justifica la agresión si viene del padre, del hermano, del novio o del esposo.

Hoy mismo me entero de una mujer que, otra vez, tuvo que lanzarse de un taxi Uber en marcha, ante el peligro de ser secuestrada por el chofer. Ni siquiera había terminado de hacer la denuncia cuando empezaron las descalificaciones. ¿Por qué alguien inventaría algo así?  Victimizar a la víctima.

Finalmente, escuché a una mujer quitándole importancia al abuso cometido por un maestro de secundaria en contra una de sus alumnas, asegurando que se trataba de una “relación consensuada” y que la adolescente “ya era muy vividita”. ¿En qué extraño lugar del universo podría considerarse que la relación sexual entre un maestro cuarentón y su alumna de segundo de secundaria de 13 ó 14 años es resultado de una decisión libre de la chica?

En una sociedad en la que el machismo está tan arraigado que un abogado despoja de todo carácter delictivo al maltrato si se da dentro de la familia; los policías se divierten obligando a las mujeres que denuncian a dar todo tipo de detalles; donde se pretende restar importancia a la valiente denuncia de abuso sexual por parte de una joven; donde una mujer acusa  a una adolescente de propiciar que un adulto la agreda, victimizándola una y otra vez y donde es común que las mujeres nos apliquemos calificativos discriminatorios, la solución parece muy lejana y el peligro se multiplica hasta el infinito.

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