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Shino Watabe

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la resistencia de los seres humanos y su capacidad para superar escollos que parecen insalvables, me encontré con la obra de la artista plástica Shino Watabe, quien perdió parcialmente el sentido de la vista como efecto de una enfermedad en el nervio óptico, no así su talento y creatividad.

Conocí el trabajo de Watabe en la muestra “Territorios Explorados” que tuvo lugar en la galería Arte Binario del Centro Nacional de las Artes, como parte del proyecto Arte y Discapacidad que incluye exposiciones, presentaciones y la entrega de financiamiento para proyectos específicos.

La artista nacida en Tokio, que radica en México desde 1990, ha señalado: “cuando adquirí la discapacidad visual pensé que era el fin de mi vida y de mi carrera, sin embargo, hoy es mi mayor fortaleza” Y, en efecto,  resulta casi una contradicción  entender el quehacer de un artista visual sin el sentido de la vista; no obstante, puede ser.

La discapacidad de Shino Watabe viene desde 2008, cuando requirió de un proceso de aprendizaje y adaptación,  hasta llegar al punto en que se encuentra actualmente. Mediante la experimentación de nuevas formas de hacer, ha producido obras que pueden percibirse con todos los sentidos, a fin de no excluir del disfrute del arte plástico a quienes, como ella, viven con debilidad visual.

De esa forma, ha creado piezas que, además, de verse, pueden tocarse e incluso olerse. Utiliza diversos materiales para privilegiar las texturas. Contrariamente a lo que sucede con la mayoría de las exposiciones, en “Territorios Explorados” (y otras anteriores de la misma Watabe)   no sólo está permitido sino  se invita a recorrer las obras con los dedos, con las manos y hasta acercar la nariz para percibir los aromas.

Es el caso de “Aroma asociado a los recuerdos”, un autorretrato de 2019 en técnica mixta sobre madera, en la parte derecha del cuadro la pintora plasmó un ramo de flores que, además de relieves y texturas huele a perfume. Al acercar la nariz se percibe la fragancia, que también queda en las yemas de los dedos  después de tocarlo.

Watabe se pinta desnuda, pero no es una característica que haya adoptado a raíz de su condición visual: “Requiem para la antigua yo” de 2003, “Amor como de canción antigua” de 2013,  “Entre las flores que me traes” de 2018, en técnica mixta sobre madera, ya con los relieves característicos de la actualidad. En todos se hace acompañar por flores. 

Otro de los elementos recurrentes en la muestra son el agua y sus habitantes: carpas, corales, ranas, renacuajos. En ellos despliega el ingenio de combinar diversos materiales para  dotar de  volúmenes, relieves y tramas a las obras, de tal manera que puedan percibirse los detalles al transitarlas con los dedos.

En “Carpas”, por ejemplo, se aprecian las irregularidades de la piel de los peces. Lo mismo sucede en “Fulgor de esperanza” y “Libertad que resplandece”. Es impresionante la minuciosidad del trabajo en “Coral” de 2013, donde pueden verse y palparse cada uno de los milimétricos filamentos.

Shino Watabe ha dicho que uno de los mayores miedos que enfrentó al conocer el diagnóstico médico fue la advertencia de que paulatinamente perdería la memoria de la apariencia de las cosas. Ella se negó a aceptar el olvido y pintó escenas para obligarse a mantenerlas vivas en el recuerdo. Al recorrer la exposición, es posible advertir que una de ellas es la danza, dado el número de cuadros sobre el tema.

En “Mirarte”, obra que se escogió como imagen de la exposición en el CNA, se observa a una persona abriendo sus ojos con los dedos índice y medio, para “ver mejor” y lleva a reflexionar que la autora, perdió parcialmente la habilidad de ver con los ojos para mirar con todo su ser.

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Las televisoras como maestras o la iglesia en manos de Lutero

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del anuncio de la Secretaría de Educación Pública respecto al inicio del ciclo  escolar el próximo 24 de agosto a distancia, a través de canales de la televisión abierta, es evidente que, así como sucede con la salud, la pandemia encontró a México en uno de los peores momentos de su sistema educativo.

Si la epidemia de SARS Cov-2 irrumpió en un país con un rezago de 4 décadas en la infraestructura hospitalaria, 327 hospitales abandonados o en construcciones sin terminar, prácticas corruptas en la adquisición de medicamentos y connivencia entre las autoridades anteriores y las farmacéuticas con el otorgamiento de contratos desventajosos para las finanzas nacionales y, por ende, para los usuarios, la situación educativa no está en mejores condiciones.

De acuerdo con datos del Instituto Nacional de la Infraestructura Física Educativa INIFED, el año pasado el 31 por ciento de las escuelas de educación básica presentaba un daño estructural y el 33 por ciento funcionaba con alguna estructura atípica, el 55 por ciento tenía carencias de accesibilidad y el 63 por ciento no contaba con servicios de Internet.

En primaria, el 67 por ciento de los planteles tenían al menos un estudiante con discapacidad y sólo el 33 por ciento contaba con personal especializado para darles la atención requerida. Sólo el 62 por ciento de las escuelas refirieron que todos sus alumnos tenían libros de texto gratuitos.

¿Qué puede importar eso cuando las clases tendrán lugar a distancia? Importa en tanto que los estudiantes carecen de las bases académicas para asumir la responsabilidad de su formación en adelante y hasta el final de la pandemia, teniendo al aparato de televisión como docente.

De acuerdo con los resultados de la prueba PLANEA, en 2018 los niveles de desempeño de los alumnos de sexto año de primaria fueron los siguientes: en Lenguaje y Comunicación, el 49 por ciento de los estudiantes alcanzaron el nivel I, es decir, insuficiente; el 33 por ciento el nivel II, básico; el 15 por ciento, nivel III satisfactorio y el 3 por ciento alcanzó el nivel IV, sobresaliente. En cuanto a matemáticas, los resultados no fueron mejores, 59 por ciento de los alumnos se ubicaron en el nivel I; 18 por ciento el nivel II; 15 por ciento el nivel III satisfactorio y el 8 por ciento el nivel IV.

Con una formación académica tan deficiente, más de 25 millones de estudiantes y sus familias deberán depositar su confianza en aquellos que durante décadas consideramos corresponsables de la catástrofe educativa del país: las televisoras privadas.

Venimos de cuatro décadas en las que se buscó la privatización de la enseñanza y el Estado se desentendió de la obligación de mejorarla. Armaron campañas para desprestigiar a los profesores, se permitió el funcionamiento de instituciones “patito” en todos los niveles, desde  jardines de niños en viviendas unifamiliares adaptadas, hasta universidades a las que no se les escatimó el reconocimiento oficial, no obstante el paupérrimo nivel académico.

Durante todo ese tiempo, muchos identificamos a las televisoras como participantes en la decadencia educativa, con  la emisión de programas basura que nada aportaban al mejoramiento intelectual de la sociedad. Por el contrario, insistieron en la presentación de estereotipos y de contenidos de ínfima calidad. Además, coadyuvaron al desastre de salud  actual al promover el consumo de productos dañinos.

Aquellos que por décadas han bombardeado al público con mensajes misóginos, excluyentes, homófobos, discriminadores y clasistas; han contribuido a las campañas de desprestigio contra los profesores; han participado en el empobrecimiento y degradación del idioma y, en síntesis, han alimentado la ignorancia, serán los encargados de hacer llegar algo, que difícilmente podría llamarse educación, a niños y adolescentes.

Recordemos uno de los momentos más reprobables del quehacer de las televisoras en contra del bienestar de los mexicanos, cuando el conductor de noticias de Televisión Azteca, Javier Alatorre conminó a la población a “no hacer caso” al subsecretario López Gatell, como parte de una campaña de su jefe Ricardo Salinas, contra las medidas de confinamiento y sana distancia. A la fecha no se ha determinado el peso de tal mensaje en el agravamiento de la pandemia.

Se podrá argüir que “no queda de otra” en la actual situación de emergencia, cuando la prioridad es la salvaguarda de la salud de los más jóvenes, pero utilizar a las televisoras como medios para distribuir los contenidos educativos, así sea temporalmente, equivale a “dejar la iglesia en manos de Lutero”, como decían nuestros antepasados.

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Alguna vez existieron los políticos honrados

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de las numerosas evidencias del despilfarro y la deshonestidad que privaron en México durante los sexenios del llamado periodo neoliberal, no puedo evitar hacerme la pregunta ¿es posible que un político sea honrado?

Justamente, encuentro un ejemplar de la colección Cuadernos mexicanos que editaban la Secretaría de Educación Pública y la CONASUPO; su título “Políticos Honrados” incluye una serie de relatos cortos de diversos autores acerca de anécdotas protagonizadas por hombres del servicio público cuya integridad y honradez eran su principal bien.

Se trata sobre todo de personajes de la Reforma, aunque incluye a algunos anteriores. Es el caso del insurgente José María Morelos, de quien el historiador Julio Zárate escribió: “Inmensas sumas de dinero pasaron por sus manos en esos cinco años (1810-1815) y todas las aplicó a la causa que propugnaba, sin dejar nada para sí, al grado que tuvo que vender su ropa para emprender la marcha de Uruapan a Tehuacán

Esta lectura deja muy claro el insulto que representó para El Siervo de la Nación bautizar con su nombre el famosísimo avión presidencial adquirido por 218 millones de dólares por Felipe Calderón y utilizado sin recato por Enrique Peña Nieto.

Santos Degollado es uno de mis héroes favoritos de la historia de México por su honestidad y sencillez a prueba de todo. El escritor Victoriano Salado Álvarez relata cómo lo soldados del regimiento que comandaba Degollado, durante la guerra contra los invasores franceses, lo observaban cuando zurcía, por la noche,  su único pantalón negro, mientras custodiaba varios sacos de arpillera que contenían ¡un millón de pesos de entonces! de la hacienda pública. Uno de ellos exclamó ¡qué hombre, mientras custodia cientos de miles de pesos, remienda su ropa para no ser gravoso a nadie!

Federico Gamboa dedicó un texto a la honradez de Guillermo Prieto, también de la pléyade que acompañó a Juárez: “Es probado que pasaron por sus manos cerca de 300 millones de pesos, cuando la desamortización de los bienes eclesiásticos y que no sólo no conservó ni uno de ellos, sino que renunció a la suma de 200 mil pesos que de gratificación le correspondían como ministro de Hacienda

Acerca de Ignacio Ramírez, El Nigromante quien fue secretario de Justicia y de Fomento, también en tiempos juaristas, el periodista Francisco Sosa aseguró que manejó millones de pesos durante esos encargos, pero “ni sus más encarnizados enemigos podrían decir que se hubiese manchado apropiándose la parte más insignificante de los tesoros que por sus manos pasaron

José María Arteaga fue gobernador de Querétaro y de Jalisco y jefe de las tropas republicanas en Michoacán dijo en una ocasión “prefiero que mi familia muera en la miseria y no que digan que algún día, al verla con lujo, si está rica es porque su padre robó cuando fue gobernador del estado”. La víspera de su ejecución envió una carta a su madre expresándole: “Mamá, no dejo otra cosa que mi nombre sin mancha, respecto a que nada de lo ajeno he tomado”. Junto con la misiva le entregaron un reloj y un real.

El periodista liberal Guillermo Prieto describió así al general Vicente Guerrero: La tez morena, el cabello tosco, amontonado sobre la frente, sus ojos negros de una penetración y una dulzura incomparable, patilla pobladísima, boca recogida y sincera. Luego narra que Iturbide, en una ocasión, le dejó un cuantioso caudal a Guerrero y al encontrarse nuevamente, las tropas de este último se encontraban andrajosas y hambrientas, extrañado le preguntó por qué no había tomado algo del dinero para sus hombres, “porque me lo dejó en depósito”, respondió.

Hoy en que la honestidad y la ética parecen ser letra muerta y cada día nos enteramos de nuevas rapacerías en lo que fue la fiesta de los millones de los pasados 30 años, en que los políticos, líderes sindicales y funcionarios del gobierno  exhibían con total desparpajo la opulencia, frente a un país con la mitad de su población viviendo en pobreza y pobreza extrema, es como un bálsamo saber que alguna vez el gobierno no fue sólo un instrumento de enriquecimiento personal.

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Sobreviviendo Ayotzinapa

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de los nuevos datos de las investigaciones respecto a la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Isidro Burgos, luego de casi seis años, resurge la pregunta: ¿Cómo han podido sobrevivir los padres, las familias y las comunidades de la zona a un golpe tan demoledor, a la incertidumbre acerca de la situación de los hijos, a la indiferencia y desprecio de las autoridades de todos los niveles de gobierno durante el sexenio pasado?

Los padres de los jóvenes desaparecidos han resistido con una fuerza y una perseverancia difíciles de explicar en sus circunstancias, en medio de un dolor capaz de devastar a cualquier ser humano ¿Qué mantiene su determinación, a qué se aferran para enfrentar una lucha de tales dimensiones cada hora durante más de 2 mil días? Solamente lo puedo explicar porque tienen un propósito: encontrar a sus hijos con vida, saber la verdad y cerciorarse de  que la justicia se aplique.

Con esta pregunta en la mente, me encuentro con el estudio de FUNDAR, Centro de Análisis e Investigación AC, “Yo sólo quería que amaneciera. Impactos Psicosociales del Caso Ayotzinapa”,  de un grupo interdisciplinario integrado por psicólogos, médicos, antropólogos, coordinado por  Ximena Antillón Najilis, quien se ha especializado en acompañamiento psicosocial de víctimas de graves violaciones a los derechos humanos.

Se trata de una serie de testimonios de las familias de los jóvenes heridos y  de familiares de los 43 estudiantes, así como la interpretación psicológica frente a las diversas etapas: el intento de  criminalización de los normalista por parte del gobierno; la búsqueda individual de madres y padres que los llevó a recorrer cerros y minas; la inacción de las autoridades para encontrarlos; la premura por cerrar el caso; el invento de la llamada “verdad histórica” y la lucha por conocer la verdad-verdad y por difundir lo sucedido, “para que no se repita

Los relatos de madres y padres dan cuenta de que el ingreso de sus hijos a la normal rural responde a la necesidad de acceder a una de las pocas oportunidades de educación superior, además de no representar una carga económica durante su formación, pues la escuela contribuye a la manutención de los estudiantes.

Los hechos – exponen los autores – sobrepasan la capacidad psíquica de elaboración de los familiares y aparece la negación como un mecanismo de defensa, que posteriormente da paso a la aceptación de los hechos, con una enorme dificultad para darles sentido.

Aquí, algunas de las dolorosas expresiones de los familiares:

 “Después de esto pues fue como una pesadilla y aún sigo pensando que es una pesadilla, que quisiera yo despertar de esa pesadilla y que todo eso no fuera”.

Sí, porque es un martirio de todos los días estar pensando, que si ya comerían, que si no estarán pasando frío, que si no los estarán torturando o qué pasa, o sea en la cabeza te vuelve loca, ya no sabes ni qué pensar

Siempre tenemos así como un nudo, como que nos falta algo, y la verdad que sí nos falta. Nada comparable con lo de antes, antes estábamos contentos, si una vez comíamos al día estábamos muy contentos. Hoy, aunque comemos las tres veces al día, no estamos contentos. Es por eso que así vamos llevándola, así vamos viviendo

Pues pensando que dónde estarán o qué les estarán haciendo, ¿tendrán de comer, tendrán alguna ropa para taparse? Uno qué sabe pues

“¡Qué diera yo porque ya llegara mi hijo, verlo llegar, bajar de ese carro, que ya viene! Porque siempre cuando estaba en la escuela, en la Prepa, él siempre paraba el carro ahí al frente, ya veía yo que se paraba la camioneta y ya veía que se bajaba él. Y ahora así pasa, a veces se paran luego los carros y digo: “¿Vendrá mi hijo ahí?”. Y así me la paso, pensando, esperándolo y esperándolo, por eso digo yo que esto es lo peor que le puede pasar a una madre que uno está sufriendo

“Yo sólo quería que amaneciera. Impactos Psicosociales del Caso Ayotzinapa” dedica un capítulo a la forma en que los hechos afectaron a niñas y niños.

Antes no dormían – manifiesta un menor respecto a sus padres – esperaban que él llegara, todos estábamos dormidos menos ellos. Ya jamás duermen. Mis papás estaban tristes, nosotros nos quedábamos con mi abuelita. Ahora no nos dejan platicar de él. Yo juego para extrañarlo menos.

Respecto a la pregunta inicial acerca de cómo han podido sobrevivir las familias de los normalistas a un golpe tan devastador, los autores del estudio de FUNDAR sostienen que la búsqueda de justicia es una forma de afrontamiento del duelo traumático y se convierte en el motor y el centro del proyecto de  vida.

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