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A propósito de…

Uriel Guillén

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de jóvenes talentosos, conocí a Uriel Guillén Barrera hace seis años, cuando él tenía 14. Acudía a un taller de artes plásticas y desde entonces era evidente su facilidad para la creación con formas y colores.

En este tiempo, lo que más le gustaba a Uriel eran los automóviles. Era feliz observándolos detenidamente por fuera y por dentro. Siempre que podía, inspeccionaba el interior de los vehículos y se quedaba el tiempo suficiente para conocer los detalles, para sentir la energía de esos artefactos rodantes. Cuando no era posible abrir las puertas y abordarlos, los rodeaba, los tocaba y guardaba todas sus características en su mente.

Luego, plasmaba en una pintura a grandes trazos lo que había visto y sentido al contacto con el coche. Siempre ha trabajado en formato grande, los espacios pequeños no son de su agrado. Pintaba su interpretación del auto y lo hacía tan bien, que yo deseaba que algún publicista descubriera su talento, porque imaginaba las escenas de un anuncio en la televisión donde se intercalaran escenas de Uriel trabajando, con detalles de sus cuadros y flashazos del modelo real recorriendo los caminos.

Era muy difícil saber cuál de los coches en un estacionamiento sería el que lo inspirara. No escogía el más grande, ni el más elegante, ni el más moderno; se decidía por el más inesperado: un pequeño coche azul oscuro de modelo atrasado y que mostraba cierto deterioro, por ejemplo.

Tampoco podíamos prever el ángulo o la parte que le interesaba. Algunas veces se enfocaba en la parte frontal, con la defensa, los faros delanteros, el parabrisas, los limpiadores, la placa y la marca. Era igualmente difícil saber cuál sería el detalle por el que empezaría a pintar: algunas veces el logotipo, o bien las llantas. De cualquier forma el trabajo final resultaba asombroso, pero lo que más me atraía era lo mucho que lo disfrutaba.

Con la guía de los maestros del taller, Ximena Schlaepfer y Rosendo Casasola, el panorama temático de Uriel se expandió. Primero la fauna: recuerdo una hermosísima cabeza de gorila que despachó en menos de 20 minutos porque nunca le dedica demasiado tiempo a un cuadro. Entre uno y otro necesita eliminar su exceso de energía y emprende rápidas caminatas.

Hace trazos grandes, porque requiere mover sus brazos libremente cuando pinta. No me lo imagino limitándose a una superficie reducida. Tengo en el recuerdo también unas guacamayas de plumaje rojo y amarillo y un tiburón en el océano.

El año pasado acudí a una exposición individual suya donde confirmé su gran talento, cuyo florecimiento no se ha dado por generación espontánea, sino como resultado de crecer en una familia que vive el arte: su madre, María del Carmen Barrera, toca diversos instrumentos en un grupo de música latinoamericana y su hermana Lucía Guillén es bailarina.

La semana pasada encontré un video de Uriel en su faceta de músico, tocando los bombos como si siempre lo hubiera hecho, pese a que tiene poco tiempo en el taller Yecolti (palabra náhuatl que significa “convidar”).

¡Ah!, por cierto, olvidaba decir que Uriel Guillén Barrera vive con autismo.

A propósito de…

Confinados con el enemigo

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la idea de que el hogar es un lugar seguro en situaciones como la que impone la presencia del coronavirus en el mundo, es necesario considerar que en nuestro país la violencia intrafamiliar es un problema que afecta a una gran cantidad de mujeres, niñas, niños y adolescentes, por lo que lejos de sentirse a salvo en casa, se encuentran atrapados con el enemigo.

En Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) difundió la publicación “Protección de la niñez ante la violencia. Respuestas durante y después del Covid-19”, en la que se plantean varias medidas que el Estado debe implementar, como garantizar el acceso a los servicios de atención y apoyo para los menores así como crear alternativas de alojamiento y mecanismos de alerta para prevenir las agresiones.

El aumento en los niveles de estrés, la inseguridad económica y alimentaria y el confinamiento han elevado radicalmente los niveles de violencia doméstica en México y se requiere de acción inmediata para proteger a la infancia y adolescencia afectada, señaló. Y evidenció que durante la contingencia, se han registrado 115,614 llamadas de emergencia al 911 por abuso sexual, acoso sexual, violación, violencia de pareja y violencia familiar. El número de reportes recibidos en marzo es 28% superior al de enero pasado y 22% mayor al de febrero.

El organismo internacional enfatizó que 6 de cada 10 menores de uno a 14 años sufren maltrato en su hogar, situación que empeora por el confinamiento. Además, en marzo se recibieron 22,628 llamadas por violencia de pareja,  lo cual representa un crecimiento de 23% respecto a  febrero y 33%  más que en enero.

En contraste, al posicionarse al respecto, el presidente Andrés Manuel López Obrador, aseguró el 6 de mayo que “la familia en México es excepcional, es el núcleo humano más fraterno, esto no se da en otras partes, lo digo con todo respeto, o sea, son de las cosas buenas que tenemos”

Aunque el titular del Ejecutivo mantiene una posición que desestima la gravedad  tanto de la violencia de género como de la intrafamiliar, la Red Nacional de Refugios informó que los reportes recibidos han registrado un incremento de más del 80 por ciento y las solicitudes de asilo en estos espacios han aumentado 30 por ciento. Casi la mitad de las llamadas corresponden a la Ciudad de México y el Estado de México

Algunas cifras evidencian que, no obstante las ideas idílicas respecto a la familia mexicana, “el hogar” puede ser terrorífico: UNICEF informa que en México, 63% de niñas, niños y adolescentes ha experimentado al menos una forma de castigo psicológico o físico en casa; cada día 34 niñas son embarazadas en hechos de violencia sexual, ocurrida principalmente en el seno familiar, según datos del Instituto Nacional de las Mujeres (Inmujeres)

En su sitio oficial, Inmujeres advierte: “Con la puesta en marcha de las medidas destinadas a contener la pandemia del COVID-19, las mujeres nos encontramos más expuestas a vivir actos de violencia doméstica

El Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México, informó  que la violencia contra mujeres y menores de edad dentro de los hogares aumentó en un 120% desde que se declaró la emergencia y confinamiento, el 23 de marzo.

Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en el Hogar elaborado por ONU Mujeres México, casi el 80% de ellas han sufrido violencia; en el  52% por ciento de los casos, la agresión proviene de la pareja. Sin embargo, casi el 79% de estas mujeres no buscan apoyo institucional ni presentan una denuncia, por diversas razones.

La representante del organismo, Belén Sanz, urgió a pensar en respuestas rápidas y coordinadas que pongan en el centro los derechos de las mujeres y las niñas, porque las emergencias humanitarias, los desastres y las pandemias las colocan en mayor riesgo de violencia.

La propia secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero  reconoce: “El incremento de la violencia intrafamiliar en esta emergencia sanitaria se relaciona con el confinamiento pero también se debe al estrés económico y posible desempleo de los responsables de los hogares”.

No es que todos los hogares de México sean sucursales de la casa del terror. Hay muchas familias cuyos miembros se relacionan con respeto y armonía, hasta donde es posible. No obstante, subestimar un problema social tan grave y evidente equivale a dejar en la indefensión a millones de seres humanos, sobre todo a los más vulnerables.

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A propósito de…

¿Nueva normalidad?

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del anuncio de que el país ingresará a lo que se ha denominado “nueva normalidad”, que sustituirá a la situación de emergencia en la que nos encontramos, me hago decenas de cuestionamientos respecto a ¿qué puede considerarse normal?

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define que la normalidad es “Cualidad o condición de normal” y pone un ejemplo que es muy pertinente hoy: “Volver a la normalidad”. Ahí mismo se enlistan las acepciones de lo que es normal: “Que se halla en su estado natural. Habitual u ordinario. Que sirve de modo o regla. Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano”

¿Por qué se eligieron esos términos para definir la anormal y absolutamente antinatural circunstancia en la que viviremos en adelante y en tanto se descubre y se tiene acceso a la cura, a la vacuna o a la inmunidad universal para el SARS CoV-2 o coronavirus? ¿Se trata de un eufemismo, con la intención de suavizarnos la perspectiva de lo que será la vida en los próximos meses o años?

De acuerdo con la información del gobierno federal respecto al programa de inicio (que no regreso) de la nueva normalidad, en los próximos 4 días se buscará establecer medidas para “blindar” a 269 localidades que no han registrado contagios ni limitan con otros que pudieran exportarles la epidemia, para que sean los primeros en reanudar actividades, a partir del lunes próximo.

En este punto me surgen nuevas dudas, la primera de ellas radica en el hecho de que muchos de los municipios que se han clasificado como “de la esperanza” carecen de servicios de salud adecuados, por lo tanto resulta sumamente difícil asegurar, sin vacilación, que están libres de contagios. Me pregunto, asimismo, ¿cómo podría establecerse un cerco sanitario efectivo en una localidad en la que se reanudarán actividades si, por ejemplo, los maestros llegan desde otras comunidades o los productos se deben transportar hacia o desde otras regiones para comercializarlos?

Hace falta información acerca de las razones por las que la construcción, la minería y la fabricación de equipo para transporte ascendieron al rango de “esenciales”, al punto que podrán realizarse inclusive en las entidades con mayor índice de contagios, es decir las consideradas dentro del semáforo en rojo.

En la “nueva normalidad” habremos de estar atentos al color que corresponda a nuestra entidad, para conocer qué puede y qué no puede hacerse, dependiendo de la gravedad de los niveles de contagio. Eso será a partir del primer día de junio, fecha en la que la autoridad sanitaria determinará y dará a conocer semanalmente la situación del semáforo que, a diferencia de los que regulan el tráfico, tendrá 4 colores, porque se sumará el anaranjado.

Advirtieron que la clasificación cromática de los estados no será definitiva, sino que puede modificarse de una semana a otra. Aquí otra inquietud de mi parte: Si una semana una región se encuentra dentro del rango limítrofe verde, pero incrementan los contagios hasta llegar a anaranjado, ¿tendrán que dejar de acudir a la escuela los niños el próximo lunes para ajustarse a las indicaciones según la gama?

Es posible que los cambios no sean tan drásticos, dado que cada color tendrá cuatro niveles, de acuerdo con la gráfica que se dio a conocer en la conferencia matutina de ayer en el Palacio Nacional.

Sin embargo, se establece como primer punto de todos los colores, incluso el verde más claro –por identificarlo de alguna manera – mantener las medidas preventivas de lavado de manos y sana distancia, así como el cuidado moderado de las personas vulnerables, es decir, los adultos mayores, quienes viven con alguna enfermedad crónica, aquellos con un  sistema inmune deprimido por alguna condición preexistente y las mujeres embarazadas.

A partir de que otros países han decidido reabrir las actividades económicas, culturales y sociales, han circulado algunos vídeos al respecto. El del ingreso a una escuela en China es estremecedor, porque se observa a niños pequeños, tal vez de preescolar o de los primeros niveles de primaria, formados, conservando la sana distancia, para luego pasar a un procedimiento de “desinfección” que incluye zapatos, mochilas y hasta ellos mismos, al hacerlos girar frente a un aparato que lanza vapores, en una escena con mucho de castrense y poco de pedagógico.

En otro vídeo, también de un colegio, al parecer en alguna ciudad europea, se puede ver a  otro grupo de niños, en el patio de la escuela, cada uno en el centro de un área delimitada en el suelo de 1.5 metros cuadrados, durante el recreo, sin interactuar, ni siquiera se hablan, mucho menos juegan.

Una más. En un bar alemán, varios jóvenes, distanciados unos de otros, brindan levantando grandes y espumeantes tarros de cerveza. Si se obviara el asunto de la lejanía entre ellos, es una escena común en aquel país y nada llamaría la atención, excepto porque ¡todos llevan cubrebocas! ¿Cómo van a beber?

Por mi parte, no puedo considerarme en la normalidad hasta que sea posible reunirme con las personas a quienes amo; hasta que me encuentre con mis amigas y las abrace largamente; hasta besar a mis familiares una y otra vez. Mientras no sea así, aunque me digan que estamos regresando a la normalidad  me encontraré en una condición anómala.

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Enmascarados

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito del uso de los cubrebocas con la intención de bloquear la llegada del coronavirus a las vías respiratorias a través de la nariz y la boca, surgen infinidad  de reflexiones respecto a la sensación de cubrir nuestro rostro o estar rodeados de seres irreconocibles.

Los tapabocas nos remiten a la inclinación de la humanidad, casi desde sus inicios, de ocultar la cara con máscaras de diversos tipos y materiales. Los arqueólogos han relacionado las que datan de tiempos más remotos con rituales y ceremonias. A semejanza de las que portamos hoy para protegernos del Covid 19, que es un enemigo invisible y prácticamente desconocido, las primeras tenían la defensa como finalidad y el miedo como  causa.

Les servían como  parapeto frente a fenómenos naturales, animales salvajes o aquello para lo que no tenían explicación. En África las usaban para conectar con sus antepasados o para comunicarse con ciertos animales. Es bien conocida la función de las máscaras egipcias como parte de los rituales funerarios.

En América, las civilizaciones precolombinas las empleaban para vincularse con sus deidades y rendirles culto, para rituales relacionados con la muerte y el inframundo. Los gobernantes las llevaban para evidenciar su poder; los guerreros para adquirir las características que se adjudicaban a los animales que evocaban: jaguares, leopardos, tigres y  águilas.

Entre los griegos y los romanos eran parte del disfraz que utilizaban los integrantes del teatro. En el Renacimiento italiano se usaron para diversión y son  famosos los antifaces del Carnaval de Venecia, algunos ricamente ornamentados con piedras preciosas y plumas, como un mecanismo para trasgredir los límites sociales con la licencia del anonimato.

Muchos delincuentes se han enmascarado para cometer actos vandálicos, pienso en aquellos ladrones de diligencias de las películas de vaqueros, lo que me remite a los hechos inadmisibles que han tenido lugar en diversas localidades de nuestro país, en los que, ocultos por los cubrebocas, algunos individuos atacan a los trabajadores de la salud, quienes deberían recibir todo nuestro respeto y reconocimiento, especialmente en estos momentos.

Las máscaras se han usado desde los primeros tiempos de la humanidad como parte de los rituales para ahuyentar enfermedades. Los chamanes y los curanderos las han integrado a  sus sesiones de sanación desde tiempos remotos.

La primera careta empleada como escudo frente a la enfermedad  de la que se tiene evidencia, fue la que portaban los médicos en tiempos de la segunda oleada de la  peste negra o bubónica en Italia. Era aquella que evocaba la cabeza de un pájaro, con lentes de vidrio para proteger los ojos, un largo pico que rellenaban de sustancias aromáticas como  ámbar gris, hojas de menta, estoraque, mirra, láudano, pétalos de rosa, alcanfor y clavo de olor, así como paja, que funcionaba como filtro para evitar el paso de los vapores o miasmas, a los que atribuían el contagio de la peste.

La indumentaria se completaba con sombrero, camisa, pantalón, capa, guantes y botas, todo elaborado de cuero negro, ya que se pensaba que el contagio podría darse a través de los poros de la piel. Llevaban una vara, para ahuyentar a los enfermos que pretendían acercárseles.

Lamentablemente, todo aquel uniforme lejos de protegerlos los exponía más, ya  que las culpables de transmitir la enfermedad eran unas pulgas huéspedes de las ratas que, en aquellos, tiempos convivían con las personas en calles, casas y barcos. Es posible imaginar que se hallarían muy cómodas entre el calor de aquella vestimenta y se darían gusto succionando la sangre de quienes la portaban.

Actualmente, a partir del inicio de la pandemia de Covid 19, se generalizó el uso del tapabocas a nivel mundial. Todo el que se arriesga a salir de su casa o aun dentro si manifiesta algún síntoma que pudiera insinuar el contagio, se emboza.

Que se haga un uso correcto de los también llamados barbijos es otro asunto, pero casi todos lo portan. ¿Por qué pongo en duda la efectividad de tales artilugios?, porque muchos los llevan cubriendo únicamente la barba; hay quienes tapan la boca, pero dejan la nariz descubierta, lo que es más cómodo, pero menos efectivo; he visto a alguien estirarlo y soltarlo sobre su rostro, como un juguete elástico; hay vídeos de vendedores ambulantes soplando en las bolsas de plástico para abrirlas y luego introducir los tapabocas que venderán en alguna esquina.

Los hay de colores, de neopreno, lavables, ergonómicos, con carbón activado, hipoalergénicos, de polipropileno, de algodón, artesanales, decorados con motivos infantiles, estampados a cuadros, de flores, de grecas, con bigotes, inspiradas en héroes o antihéroes de Marvel, con rostros de animales, logotipos de equipos de futbol soccer o americano. Incluso hay quien viste con ingenuidad pasmosa, humor  negro o involuntario ánimo premonitorio, una sonrisa cadavérica.

Y como la superficialidad parece ser el sino de nuestro tiempo, me entero de que en eventos de la moda que se realizaron en algunas importantes ciudades, a principios del año – otros fueron cancelados –  se repartieron cubrebocas a los asistentes, algunos de ellos creados y firmados por  conocidos diseñadores. Entre los invitados a tales eventos, había quienes llevaban modelos especiales y personalizados.

Algunas de esas máscaras se venden hasta en 300 dólares, lo cual no deja de ser ofensivo y evidencia hasta donde pueden llegar las apariencias y el exhibicionismo, mientras el personal médico de muchos países carece del equipo indispensable. En el mismo sitio donde obtuve la información anterior publicaban “Los tapabocas de los famosos”, pero eso ya era demasiado para mí.

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