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Editorial

El caso Isstey, un atentado contra los trabajadores yucatecos

Mario Alejandro Valdez

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Creado en 1976 por el gobernador Francisco Luna Kan –en tiempos del llamado “desarrollo estabilizador”, cuando el Estado aún  no renunciaba a sus obligaciones sociales-, el Instituto de Seguridad Social de los Trabajadores de Estado de Yucatán (ISSTEY) continúa hoy en día siendo un modelo de institución en cuanto al tema por su eficiencia, cobertura y calidad. Pese a ello, las visiones neoliberales que hoy permean en el Gobierno del Estado de Yucatán, han decretado su extinción, para lo que se ha montado una amplia campaña mediática.

Se inició, desde hace meses, la paulatina interrupción de algunos de sus servicios y, recientemente, se afectó de manera significativa los pagos de cientos de jubilados y pensionados. Esto último, probablemente decidido por un burócrata de mediano escalafón, ha sido la gota que derramó el vaso, y que ha generado una serie de protestas que ya impactaron a nivel nacional, prendiendo un foco rojo en la gestión de Mauricio Vila Dosal.

Desde que inició la actual administración, algunos funcionarios, pero sobre todo algunos “escribidores” de esos de “a tanto la línea”, comenzaron a plantear el tema de la quiebra financiera del ISSTEY. De este modo, repitiendo las frases, sin gran sustento ni argumentación, empezó a informarse que el gobierno estaba diseñando un plan para la reestructuración del Instituto, sugiriendo que el modelo era “inviable”, y que ya “todo el país” había abandonado ese esquema de seguridad social. Los “jilgueros” repetían, sin datos, insistimos, que el quebranto del ISSTEY se debía al uso de sus fondos como “caja chica” por gobiernos anteriores, sin aportar la fuente de esta grave información.

Una primera “reestructuración” se pretendió en términos legales, intentando aminorar el monto de las pensiones al calcularlas en UMAS, pero la tentativa, que hubiera afectado a menos del 10 por ciento de las obligaciones del Instituto, en detrimento de los derechos de trabajadores que laboraron por más de 30 años, sobre todo en el ramo educativo, fue parada en seco cuando los “sesudos” asesores jurídicos del Ejecutivo se percataron que ello violaría disposiciones específicas de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Retirado el aberrante proyecto, la campaña mediática arreció, y a otro “brillante” se le ocurrió afectar las percepciones de los jubilados, ahora sí de todos los niveles, esferas y condiciones, lo que explotó en una serie de movilizaciones que ya llegaron a oídos del presidente Andrés López Obrador, y están presentes todos los días en el corazón de nuestra Ciudad de Mérida.

Ahora bien ¿qué hay sobre el tema del quebranto financiero? Debemos distinguir varios aspectos en este sentido: primero, efectivamente, sabemos que TODOS los gobiernos estatales han hecho uso discrecional de los recursos del ISSTEY precisamente porque es, en principio, una institución sana y equilibrada, sustentable a partir de las aportaciones de los derechohabientes y la comercialización de sus servicios (Centros Comerciales, guarderías, Centro Vacacional); segundo, este manejo irregular de las finanzas del ISSTEY ha sido aprobado por las distintas Juntas de Gobierno, que en reiteradas ocasiones han aceptado terrenos u otros bienes muy por encima del valor del mercado para el pago de las deudas que ha contraído la Secretaría de Hacienda –bajo cualquier denominación que haya tenido-, al retener las cuotas de los derechohabientes y no transferirlas a la institución; tercero, a pesar de que la estructura del ISSTEY se diseñó de manera sustentable –aún en tiempos en los que ese concepto no era común-, diversos gobiernos estatales han dispuesto de la misma como parte de su organigrama, creando puestos innecesarios, pagando salarios desproporcionados y colocando a parientes, amigos y paniaguados, en detrimento de las finanzas y de la calidad de los servicios de la institución.

Recientemente, y sólo después de que el caso ISSTEY ha cobrado dimensiones políticas, un grupo de diputados afines al Ejecutivo interpuso denuncias por los supuestos malos manejos, pero podemos adelantar que, si esas acusaciones tienen un curso legal adecuado, NO arrojarán mayores resultados, ya que obviamente los manejos se dieron en apego a la normativa y disposiciones administrativas, por lo que los fraudes, de haber existido, estarán perfectamente velados detrás de miles de documentos adecuadamente sustentados. El problema del ISSTEY no está en el robo de sus fondos, sino en la aceptación, como pago de deuda, de bienes ajenos a su interés y funciones, monstruosamente sobrevalorados, en perjuicio de los derechohabientes. Pero todo, seguramente, bajo impecables formas legales.

Entonces, las denuncias sobre malos manejos en el ISSTEY deberían dirigirse contra sus más altos directivos y, sobre todo, contra las Juntas de Gobierno que tomaron decisiones que afectaron y afectan el patrimonio de todos los derechohabientes. El curso de estas denuncias, y su desahogo favorable en algo resarcirá las finanzas de la institución, pero realmente ese no es el punto toral. El problema de fondo, es que el actual gobierno neoliberal de Yucatán pretende cancelar sus responsabilidades legales para con los más de 20 mil burócratas estatales y municipales, activos, pensionados y jubilados, que gozan de los derechos creados por la Ley del ISSTEY, y que aportaron y aportan cotidianamente cuotas más que suficientes para garantizar esos beneficios. Una política de austeridad real, y no la simulación que en la práctica vemos día a día, denuncias bien sustentadas y bien gestionadas, así como un rescate financiero en condiciones favorables, permitirán en el corto plazo al ISSTEY marchar a plenitud. Pero eso sería contrario al “librito” neoliberal que dirige los pasos de nuestro gobernador, pues, al parecer, lo social no es su fuerte. ¿Será que al menos su olfato político lo impulse a rectificar?

El pasado nos alcanzó

El feminismo como enemigo público

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El pasado 25 de noviembre hubo una marcha silenciosa en Mérida para exigir la erradicación de la violencia contra las mujeres. Antes de iniciar, la policía estatal detuvo a 6 jóvenes por llevar consigo pinturas de aerosol y tijeras, las maltrataron y lesionaron. Esto despertó fuerte polémica porque organizaciones de la sociedad civil denunciaron que la policía realizó detenciones arbitrarias, mientras que otro sector de la población justificó la medida. Los argumentos variaron, desde quien aplaudió el uso de la fuerza pública como medida “preventiva”, hasta quienes invitaban abiertamente a agredir a las manifestantes (irónico, además, por el motivo de la protesta). Cabe mencionar que las detenciones se dieron en el marco de un operativo policiaco de proporciones inusitadas.

¿Pero cuál era el objetivo de dicho operativo? A decir de personas que opinaron en redes sociales, se estaba protegiendo el patrimonio. Y es aquí donde me embargó el asombro. El 25 de noviembre por la noche no se dañó un solo monumento, negocio o vivienda, ni siquiera las bancas públicas o la jardinería. Las mujeres en Mérida protestaron fuertemente vigiladas. Algunas que han vivido episodios de abuso por parte de policías, tuvieron que dominar la zozobra. Al finalizar la manifestación la ciudad estaba impoluta, pero en la mente de muchas personas no estaba esa marcha, estaba la pintura verde con que cubrieron el Monumento a la Madre durante la protesta de septiembre de este mismo año. A pesar de que la manifestación del 25 de noviembre en Mérida fue claramente distinta a la de la Ciudad de México, el linchamiento mediático fue el mismo. Si no hubo daños al patrimonio, ¿por qué la insistencia en apuntar con el dedo a las manifestantes?

Con esto se confirma el poderoso efecto del discurso promovido en años recientes, que ha reducido el movimiento feminista de Yucatán a un episodio irrelevante, creando una imagen distorsionada de las mujeres feministas como peligrosas e irracionales. Sin importar cuántos argumentos fundamentan la protesta, todos se desestiman recordando el Monumento a la Madre, como una especie de afrenta imperdonable que amerita repudio perpetuo y justifica el uso desproporcionado de la fuerza pública. La campaña para desprestigiar el movimiento ha suprimido décadas de lucha de las mujeres y sus múltiples formas de protesta.

En todos estos años el debate público ha prestado escasa atención a la acción colectiva por los derechos de las mujeres. Afortunadamente, hay personas que asocian el feminismo en Yucatán con mujeres que llevan más de dos décadas realizando manifestaciones año con año en el centro de Mérida, incluso, han participado o presenciado algunas de ellas. También conocen las estrategias empleadas, sus principales demandas y los cambios legislativos logrados con el cabildeo de las organizaciones feministas. Saben de casos emblemáticos de violencia por los que han exigido justicia y cuál ha sido la respuesta del gobierno, muchas veces indolente. Es decir, conocen a cabalidad los objetivos, estrategias y logros del movimiento feminista en Yucatán. ¿Usted también los conoce?

Entre tanto, medios de dudosa reputación presentan el feminismo como una amenaza para los bienes públicos y privados, desvíando la atención de todas las violencias que viven las mujeres, incluyendo la saña con que varias han sido asesinadas. Contribuyen a la criminalización de la protesta cuando magnifican el potencial destructivo de un aerosol, o a su ridiculización, como en días recientes, cuando las mujeres entonaron la canción “Un violador en tu camino”. El discurso contrafeminista caricaturiza a las mujeres feministas, las denigra, hace énfasis en su aspecto para descalificarlas a priori. Pero la realidad es esta: nadie ha sufrido lesiones en Yucatán por un ataque con aerosol. En cambio, hasta octubre de 2019 ya se habían acumulado 224 casos contra la libertad y seguridad sexual en el estado. Calcule los casos no denunciados. El feminismo incomoda porque cuestiona nuestros valores y comportamientos, pero no es nuestro enemigo, el enemigo es la complicidad social que favorece la impunidad de los agresores, legitima la violencia y la represión. No nos dejemos cegar con un poco de pintura.

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Editorial

MORENA y la derecha yucateca

Mario Alejandro Valdez

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MORENA

Al cumplirse el primer año de gobierno de AMLO, organizaciones de ultraderecha de todo el país llevaron a cabo breves y desoladas protestas en las plazas y espacios públicos del país. La ciudad de Mérida no fue la excepción, y en el Monumento a la Bandera se reunieron unos 300 conservadores, que durante algunos minutos agitaron banderas y expresaron discursos con escasas argumentaciones y mucho rencor. Los MORENISTAS locales se burlaron en redes sociales de la escasa convocatoria derechista y lo tomaron como un triunfo para el presidente y para el movimiento progresista en general.

Pero realmente la izquierda tuvo muy poco que festejar en nuestro Estado este primero de diciembre. Es cierto que los fanáticos intolerantes que promueven un Golpe Militar tienen en Yucatán tan pocos seguidores como en el resto del país, pero eso no quiere decir que hoy estemos sensiblemente mejor que hace doce meses en los temas cruciales de la política, la economía y la sociedad. Lo cierto es que la derecha, pese a haber perdido la votación presidencial en julio de 2018 aquí en nuestras tierras, y aunque el PRI le ganó a nivel local el Congreso y la mayoría de los Ayuntamientos, mantiene férreamente bajo control las estructuras de poder, y ello, en gran medida, por responsabilidad de MORENA, e incluso del propio López Obrador.

En marzo del año pasado, Joaquín Díaz Mena y una parte de su estructura política, migró del derechista PAN al izquierdista MORENA, en lo que fue uno de los movimientos más complejos de la coyuntura política correspondiente a la elección presidencial pasada. Es público que AMLO invitó y recibió la adhesión de cientos de líderes estatales y nacionales, particularmente procedentes del PRD, del PRI y del Partido Verde, siendo en mucha menor medida el apoyo de políticos panistas. Pero ¿Panistas del conservador Yucatán? ¿Particularmente Joaquín Díaz Mena, alguien sin una trayectoria que lo identificara con la democracia o el progresismo? Fue realmente llamativo, y nos atrevemos a afirmar que muy pocos votos reales le significó a MORENA, lo que deducimos de la enorme disparidad entre la votación por AMLO en Yucatán (455 mil votos, para el 40%) respecto de la que recibió Díaz Mena (231 mil votos, 20%). La mayor parte del sufragio capturado por “Huacho” procedió del voto duro de la izquierda, en tanto que el apoyo obtenido por el llamado “efecto AMLO” –en realidad, un voto de castigo motivado por los fracasados gobiernos nacionales del PRI y el PAN-, diluyó su votación estatal entre los Mauricios Vila y Sahuí.

Pese a la escasa significación electoral de Díaz Mena, los acuerdos con el ex-panista fueron privilegiados por encima del trabajo partidista y de la afinidad ideológica. “Huacho” ser convirtió así, justo hace un año, en el “superdelegado” de AMLO, ocupando con su gente, toda ella procedente del PAN, la enorme mayoría de los espacios políticos y administrativos de la estructura federal en Yucatán. El asunto es grave, pues no se trata únicamente de la sustitución de una élite por otra, sino del arribo o la continuidad de un grupo comprometido económicamente con las visiones empresariales neoliberales, socialmente con la oligarquía  y políticamente con la derecha. Ello, aunado al cariz conservador del gobierno del Estado, nos muestra una profunda involución para Yucatán en plena Cuarta Transformación.

El sector izquierdista de MORENA, liderado por el joven historiador Mario Mex, ha intentado por todos los medios denunciar la situación anterior e impulsar una auténtica política progresista en Yucatán, en todos los ámbitos. Ejemplos de ello los tenemos claramente en la promoción de los derechos humanos, el apoyo al matrimonio igualitario y a las protestas feministas, así como en la participación de Mex en las instancias nacionales del partido. Hasta ahora, todo ha sido inútil, y la derecha enquistada en MORENA continúa manteniendo el control, en perfecta connivencia ideológica con el panismo en el poder local, con el que sólo chocan frontalmente en el ámbito de los intereses personales.

La discusión sobre la profundidad y los logros de la Cuarta Transformación es cosa aparte. Como toda tendencia política, tiene sus pros y sus contras, sus logros y sus limitaciones. Pero en Yucatán, históricamente “el Estado que no se parece a otro”, la derecha mantiene una contundente hegemonía tanto en el PAN como en MORENA, en tanto que el PRI observa la coyuntura, al menos hasta ahora, como convidado de piedra.

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A propósito de…

Pregones y gritos destemplados

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito de la forma en que la Ciudad de México se expresa; mientras intento escribir esta columna, llegan a mis oídos todo tipo de sonidos que me distraen una y otra vez, reclamando mi atención, de manera que no me dejan alternativa y me obligan a cambiar el tema del que escribiré.

Inicio un párrafo y escuchó la grabación del vendedor de pan, que todas las noches ofrece su producto: “Cocoles, hay cocoles, pida sus cocoles”. Apenas da vuelta a la esquina y ya lo está sustituyendo otra voz que sale de las potentes bocinas de un automóvil que invita “Señora, señorita,  pida sus bisquetes calientitos, recién elaborados, para el café o para el chocolate, pida sus bisquetes calientitos, yo se los recomiendo”. Detengo mis dedos sobre el teclado, en espera de que cese el  bullicio.

Pero es en vano. Una tonadilla como de cajita musical, sustituye a los bísquets, ahora para ofrecer: “Mamá, mamá cómprame tamalitos de elote. Ricos tamalitos de elote de Zacatlán”, con voz infantil.  Cuando reduce significativamente el volumen del anuncio hago el ademán de inclinarme sobre las teclas.

Quedan aun rastros de la caja de música que se dirige al norte, cuando por el punto cardinal opuesto llega el vendedor de “Esquites calientitos, oiga usted nada más, hechos con elotes tiernitos, con chilito y limón o si prefiere con queso y mayonesa, oiga usted nada más”

Para ese momento, no solamente se diluye el asunto al que pensaba destinar mi columna de esta semana, sino que pierdo completamente la concentración. ¿Cómo puede alguien realizar un trabajo reflexivo en esta estruendosa ciudad?, me pregunto mientras escucho el penetrante, fortísimo silbato producido por el vapor del  carrito que lleva camotes y plátanos horneados.

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Ante el clamor de las voces citadinas no tengo más remedio que dedicarle este texto a la voz de la ciudad que puede ir desde el ding dong metálico dulcísimo del triángulo del vendedor de alegrías – los dulces elaborados con semilla de amaranto y miel – hasta la estridente y chillona voz de la grabación de los compradores de objetos usados: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores, estufas, lavadoras, microondas o algo de fierro viejo que vendan”

¡Qué diferente del rítmico grito de los antiguos ropavejeros! Como el que inmortalizó un actor de mediados del siglo anterior Joaquín Paradavé en su película de 1946, cuando gritaba “Sombreros, zapatos, botellas o ropa usada que vendaaaaan”

El silbido del afilador, que en otros tiempos se consideraba agorero de buenas nuevas, siempre que no se le viera, solo se le oyera; el ruido de la campana que anuncia el paso del camión recolector de basura, al que ahora los choferes le han agregado el escándalo del claxon en cada esquina en la que se detienen para recopilar los desechos domésticos, porque hoy ningún escándalo es excesivo.

Y como el tema me escogió a mí y no al revés, recuerdo una referencia al “pregonero” hecha por el historiador Luis González Obregón  en su narración “Cómo ahorcaron a un difunto” de un acontecimiento sucedido en 1649, en el virreinato: “Sepan los habitantes y estantes de esta ciudad de México –gritaba el pregonero – cómo hoy a las siete horas de la mañana, mientras oían misa los presos de la Cárcel de Corte, este hombre, que había quedado en la enfermería a excusa de que estaba malo y que se hallaba ahí preso, por haber asesinado a un alguacil del pueblo de Iztapalapan, en el ínterin que los dichos presos oían la dicha misa, se bajó a las secretas y se ahorcó sin que nadie lo viese ni lo sospechase” Varios párrafos le dedica González Obregón al reporte de aquel protoperiodista.

Y si de aquella rústica publicidad se trata, me es indispensable recordar cómo escuchó las calles de la ciudad Francis Eskine Inglis, mejor conocida como Madame Calderón de la Barca, en su crónica “La Vida en México”, escrita alrededor de 1840, ya en el periodo independiente de nuestro país.

Refiere que desde el amanecer se escuchaban los gritos callejeros: Carbón, señor. Mantequilla de real y de a medio. Cecina buena. Hay sebo. Tejocotes por venas de chile. Gorditas de horno caliente. ¿Quién quiere petates de Puebla, petates de cinco varas?

Las voces cambiaban conforme transcurrían las horas. Al mediodía eran los pasteles de miel, el queso, el requesón, los bocadillos de coco, los billetes de lotería, las tortillas de cuajada. Por la tarde, las nueces, las castañas asadas, los tamales de maíz.

Resignada a que en esta ciudad abunda de todo menos el silencio,  sigo el ejemplo del director de orquesta Enrique Arturo Diemecke, quien, durante un concierto en el Conservatorio Nacional de Música, al escuchar la proximidad de un avión, bajó la batuta, haciendo una pausa para que el ruido de motor no osara distorsionar la armonía de los instrumentos, que retomaron con precisión el acorde exacto cuando el aeroplano dejó de oírse.

Además de un gran concierto fue una clase magistral de eso que llamamos fluir con la vida.

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