Conecta con nosotros

Editorial

Una coalición para España

José Miguel García Vales

Publicado

en

El domingo 10 de noviembre, los españoles acudieron de nuevo a las urnas para intentar aclarar la correlación de fuerzas y desbloquear la situación política que ha mantenido a España con un gobierno provisional desde marzo de este año. Y el resultado estuvo lejos de poner las cosas en orden. La fragmentación del parlamento, el conflicto catalán y el ascenso de la extrema derecha hacen que formar un gobierno estable sea más complicado.

Al igual que las elecciones generales de abril, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), fue el vencedor del proceso, alcanzando 120 escaños (tres menos que en abril), equivalente al 28.0% del total de los sufragios. De acuerdo al sistema parlamentario de gobierno español, para formar gobierno se requiere una mayoría absoluta de 176 escaños. Esto obliga a que el partido que obtuvo más votos y más diputados acuerde con otros partidos políticos su apoyo para lograr una mayoría. En el proceso anterior no se lograron acuerdos para formar gobierno, por lo que fue necesario repetir elecciones.

Como adelantamos, ahora formar gobierno es más complicado por la dificultad de articular una mayoría. Si en abril el bloque de la izquierda (PSOE-Unidas Podemos) tenía una base de 165 escaños, después de las elecciones de domingo ese bloque está formado por 158 diputados (120 del PSOE, 35 de Unidas Podemos y 3 de Más País). Por el lado de la derecha, en las elecciones de primavera tuvieron 147 diputados entre el Partido Popular, Ciudadanos y Vox. En otoño, este bloque tiene una representación de 150 diputados. Es decir, los bloques ideológicos y de representación nacional tienen una diferencia de 8 diputados. Para superar la franja de 176 diputados y tener una mayoría, se debe llegar a acuerdos con partidos de diferentes posiciones ideológicas y otros que representan a las distintas regiones españolas.

Así, hay 23 escaños entre independentistas catalanes (anticapitalistas, republicanos y de derecha), 12 entre partidos vascos (PNV y EH Bildu), 2 por las Islas Canarias, 2 por Navarra, 1 por Galicia, 1 por Cantabria y 1 por Teruel. Esta dispersión geográfica, es la más diversa que se ha presentado en el Congreso Español. Sumando a los partidos nacionales, hace un total de 16 partidos, cuando en abril de 2019 fueron 13 y en las elecciones de 2016 habían sido 9 partidos.

A simple vista, la posibilidad de sumar apoyos que permitan formar un gobierno es reducida. Sin embargo, PSOE y Unidas Podemos dieron un primer paso comprometiéndose a un gobierno de coalición. El mismo que intentaron negociar entre abril y septiembre y que se empeñaron en dinamitar. Entonces, el acuerdo se rompió al no ponerse de acuerdo en los ministerios (secretarías de Estado) y las competencias que asumirían Unidas Podemos, así como la postura ante el conflicto catalán. Pero, ante el crecimiento electoral de la derecha y especialmente de Vox -un partido ultraderechista con tesis contarías a la inmigración, los derechos de las mujeres, los servicios públicos o las identidades existentes en España-, el acuerdo que no fue posible en 5 meses se concretó en menos de 48 horas.

PSOE y Unidas Podemos firmaron un documento en el que definen sus prioridades para conformar un gobierno “rotundamente progresista”: 1) creación de empleo digno, estable y de calidad, 2) política social con escuelas de 0-3 años, salud pública, sostenibilidad de las pensiones, derecho a la vivienda, ciencia como motor de la innovación y lucha contra la corrupción, controlar casas de apuestas, 3) lucha contra el cambio climático, 4) fortalecer pequeñas y medianas empresas y autónomos, 5) derecho a la muerte digna y eutanasia, 6) cultura como derecho y fomento al deporte, 7) políticas feministas, 8) revertir la despoblación, 9) garantizar la convivencia en Cataluña dentro de la Constitución y 10) justicia fiscal y equilibrio presupuestario.

De concretase, sería el primer gobierno de coalición desde la Segunda República en los años treinta, previa al golpe de estado franquista. De acuerdo a reportes de prensa, la coalición no es bien vista por el sector empresarial. Sin embargo, la Unión Europea celebra que el cuarto país más importante del continente pueda formar gobierno.

Se prevé que los debates parlamentarios para la formación de gobierno sean entre el 16 y el 20 de diciembre. Para entonces se habrán hecho la consultas con el Rey Felipe IV, con el fin de proponer un candidato. En una primera votación, se debe alcanzar la mayoría de los 176 diputados. En caso de no lograrlo, basta tener más síes que no es, con las respectivas abstenciones que permitan las sumas para formar gobierno.

En caso de que el PSOE y Unidas Podemos logren formar gobierno, sería el segundo país más importantes de Europa con un gobierno de izquierda, pues Alemania está gobernada por la gran coalición de cristiano demócratas de Merkel y socialistas, Francia por los liberales de Macron e Italia con los apoyos del Movimiento 5 Estrellas y el Partido Democrático; todo en espera de que sucede con el Brexit y las elecciones británicas.

España tiene ante sí los retos comunes de crear empleo y prosperidad social para sus habitantes, de contribuir a la construcción de Europa y restablecer la convivencia territorial (Cataluña, falta de infraestructuras en ciertas regiones y evitar que otras zonas pierdan población). No hay otro camino que la coalición. Una coalición que también pare a la extrema derecha.

La política en Yucatán

Introspección histórica: la prensa y la Guerra de Castas

Mario Alejandro Valdez

Publicado

en

Justo Sierra O’Reilly es una de las glorias mayores de las letras yucatecas. Escritor de nivel nacional, es considerado el padre de la novela histórica, uno de los giros más importantes del romanticismo. Fue también un dedicado historiador, además de activo diplomático, político y jurisconsulto, que llegó a colaborar, al final de su vida, con el gobierno de Benito Juárez. Pero, creemos, su legado más importante lo escribió –literalmente- en el ámbito periodístico, un ramo que cultivó con pasión y asiduidad desde su juventud hasta su muerte. De hecho, sus escritos históricos y novelísticos vieron la luz en los periódicos que dirigió, entre los que destacan El Museo Yucateco (1841-1842), Registro Yucateco (1845-1846) y El Fénix (1848-1851).

Cabe destacar las amplias virtudes literarias de don Justo Sierra antes de analizar su legado periodístico: sus escritos poseen una extraordinaria legibilidad –cualidad que le permite atrapar al lector e inducirlo, por el interés despertado y la claridad utilizada, a concluir rápidamente la lectura del texto-, una esmerada corrección –no muy común en sus tiempos-, una notable base documental –algo también muy singular en su época-, una ingente imaginación –que en ocasiones entraba en contradicción con el punto anterior-, y una extraordinaria versatilidad temática. Sus credenciales literarias son, pues, enormes y muy legítimas.

Pero, muy aparte de sus talentos, Sierra O’Reilly era un hombre de su tiempo: hijo no reconocido de un importante sacerdote católico y de una criolla de buena posición, el periodista pasó su infancia en el pueblo de Tixcacaltuyú, Yaxcabá, una población en la que su familia, sin ser rica, representaba el predominio blanco sobre la mayoría indígena. Con el tiempo, abrazó el liberalismo y rechazó la influencia clerical, pero jamás superó su visión racista y discriminatoria. En sus ojos –y, por ende, en sus letras- sólo los criollos tienen una existencia real y protagónica. Indígenas y mestizos son meras sombras, accidentes, seres sin valor y sin futuro, degradados por su origen, sus vicios y la explotación que habían sufrido a lo largo de los siglos coloniales.

El estallido de la Guerra de Castas, en julio de 1847, encontró a don Justo en la cúspide de su accionar político, recién casado ni más ni menos que con la hija del entonces gobernador. En ese contexto, su suegro lo envió a los Estados Unidos para intentar conseguir cualquier tipo de ayuda a fin de derrotar la sublevación. Desde la desesperación de la distancia, Sierra O’Reilly fue escribiendo las letras lapidarias que le darían –desde la perspectiva de los blancos yucatecos- sentido a lo que llamó “lucha entre la civilización y la barbarie”.

Fueron estos escritos, muchos de ellos publicados en El Fénix en un largo ensayo histórico que tituló “Consideraciones sobre el origen, causas y tendencias de la sublevación de los indígenas, sus probables resultados y su posible remedio”, y que luego fuera publicado como libro con el título de Los indios de Yucatán, los que propiamente crearon el concepto popular de la Guerra de Castas como una guerra de exterminio. Fue Sierra O’Reilly, con la visión colonialista heredada de su padre sacerdote y su madre criolla, quien materializó en letras impresas los profundos temores de los blancos ante la siempre temida rebelión maya; y fue este visión reduccionista la que borró de aquella historia la presencia entre los rebeldes de decenas de líderes de diferentes grupos étnicos–incluidos los criollos-para crear la imagen de que los rebeldes eran una horda de salvajes sedientos de sangre, alcohol y sexo.

Aquejado de lepra –paradójicamente, un padecimiento que en esos tiempos provocaba una crudelísima discriminación-, Sierra O’Reilly murió joven, antes de cumplir 50 años, pero su visión racista sobre la Guerra de Castas permeó el imaginario yucateco por el siguiente siglo, lo que incluye la obra de historiadores tan destacados como Serapio Baqueiro, Eligio Ancona y Juan Francisco Molina Solís. No fue sino hasta la segunda mitad del siglo XX cuando una historia ya profesional comenzó a desmantelar muchos de los mitos sobre la Guerra, en una labor de la que aún falta mucho por hacer.

¿Cómo pudo la prensa tener una influencia tan grande en una sociedad básicamente ágrafa? Efectivamente, los periódicos de la época se editaban tan sólo por cientos, en un Yucatán en el que las personas alfabetizadas no representaban ni la décima parte de la población. Pero ello multiplicaba la influencia de los pocos leídos e instruidos, muchos de ellos sacerdotes y profesores, que en sus sermones y clases reproducían aquella ideología de exclusión, intolerancia y temor, que, además, se afincaba en bases modeladas por los siglos de dominio y explotación colonial.

Así, podemos considerar que la prensa de la época de la Guerra de Castas jugó un papel preceptivo en la construcción de una identidad anti-indígena en las ciudades, las villas y muchos pueblos de Yucatán. Un contexto en el que grandes genocidas, como Eulogio Rosado y Francisco Cantón, se convirtieron en héroes y recibieron –y aún reciben- grandes homenajes por haber perpetrado masacres contra el pueblo maya y los rebeldes de 1847. Todavía en 1906, cuando la visita de Porfirio Díaz, el dictador fue presentado como el gran vencedor de la guerra contra la barbarie.

Pero así como fue el Porfiriato el marco para dar por concluida la Guerra de Castas, también fue la época de los grandes proyectos de desarrollo y de las grandes luchas interoligárquicas. La prensa fue también escenario privilegiado de estos nuevos encuentros, como veremos en nuestra próxima colaboración.   

También te puede interesar: Introspección histórica, la prensa, trinchera fundamental de la lucha por el poder

Continuar Leyendo

Editorial

NO PUEDO RESPIRAR

Frei Betto

Publicado

en

Fueron las últimas palabras de George Floyd: “No puedo respirar”. Yo tampoco. No logro respirar en este Brasil (des)gobernado por militares que amenazan las instituciones democráticas y exaltan el golpe de Estado de 1964 que implantó 21 años de dictadura; elogian a torturadores y escuadrones de la muerte; establecen un toma y daca con notorios corruptos del Centrão; plagian ostensiblemente a los nazis; manipulan símbolos judíos: traman, en reuniones ministeriales, cómo actuar fuera de la ley; profieren palabrotas en reuniones oficiales, como si estuvieran en un antro de facinerosos; se burlan de quien observa los protocolos de prevención de la pandemia y salen a las calles, indiferentes a los 30 mil muertos y sus familias, como para celebrar tamaña letalidad. 

 “No puedo respirar” cuando veo la democracia asfixiada; la Policía Miliar protegiendo a neofascistas y atacando a quien defiende la democracia; al presidente más interesado en liberar armas y municiones que recursos para combatir la pandemia; al Ministerio de Educación dirigido por un semianalfabeto que amenaza con repetir la “noche de los cristales” de los nazis, proclama que odia a los pueblos indígenas y propone encarcelar a los “vagabundos” del Supremo Tribunal Federal.

“No puedo respirar” al ver a los comandantes de las Fuerzas Armadas callados delante de un presidente desaforado que no esconde que tiene como prioridad de gobierno su protección y la de sus hijos, todos sospechosos de graves crímenes y de complicidad con asesinos profesionales. 

No puedo respirar” ante la inercia de los partidos que se autocalifican de progresistas, mientras la sociedad civil se moviliza en contundentes manifestaciones de indignación y en defensa de la democracia.

No puedo respirar” ante ese empresariado que, con los ojos puestos en el lucro e indiferente a las víctimas de la pandemia, presiona para que se abran de inmediato sus negocios, mientras que los lechos hospitalarios están llenos y se multiplican en los cementerios las fosas comunes como encías desdentadas de Tánatos.

“No puedo respirar” cuando en Brasil y en los Estados Unidos se agrede, encarcela, tortura y asesina a ciudadanos por el “crimen” de ser negros y, por tanto, “sospechosos”. Me falta el aire al ver a João Pedro, un muchacho de 14 años, perder la vida dentro de su casa al recibir un tiro de fusil por la espalda mientras jugaba con sus amigos. O a repartidores asesinados por policías que nos consideran imbéciles cuando tratan de justificar la muerte de tantos civiles desarmados.

No puedo respirar” al pensar que el bárbaro crimen cometido contra George Floyd se repite diariamente y esos asesinatos permanecen impunes porque no hay una cámara para filmarlos. O al ver a Trump, desde lo alto de su arrogancia, reaccionar a las protestas antirracistas amenazando con callar a los manifestantes acusándolos de terroristas y haciendo intervenir las tropas del ejército.  

¿Cómo oxigenar mi ciudadanía, mi espíritu democrático, mi tolerancia, al verme cercado por imitadores del Ku Klux Klan; por generales improvisados como ministros de Salud en plena tragedia sanitaria; por manifestantes que infringen impunemente la ley de seguridad nacional; y por una Bolsa de Valores que sube mientras millares de ataúdes bajan a las tumbas que reciben a las víctimas de la pandemia?

 ¡Tengo que respirar! No dejar que sofoquen a la sociedad civil, los medios de comunicación, la libertad de expresión, el arte, los derechos civiles, el futuro de la generación condenada a vivir este presente nefasto.

 Respiro, a pesar de todo, cuando leo lo que el diseñador Marc Jacobs posteó en Instagram después de que las protestas en Los Ángeles destruyeran uno de sus establecimientos: “Nunca dejes que te convenzan de que los vidrios rotos o el saqueo son violencia. El hambre es violencia. Vivir en las calles es violencia. La guerra es violencia. Bombardear a las personas es violencia. El racismo es violencia. La supremacía blanca es violencia. La carencia de cuidados de salud es violencia. La pobreza es violencia. Contaminar fuentes de agua para obtener ganancias es violencia. Una propiedad puede recuperarse, las vidas no.

 Hago míos los versos de Cora Coralina: quiero “más esperanza en mis pasos que tristeza sobre mis hombros”.

Frei Betto es autor, entre otros libros, de la novela histórica Minas de Ouro (Rocco).

 www.freibetto.org/>    twitter:@freibetto.

También te puede interesar: La pandemia del hambre

Continuar Leyendo

El pasado nos alcanzó

Salvar las instituciones públicas de salud

Ricardo Maldonado Arroyo-

Publicado

en

Entre mis recuerdos más recurrentes de infancia está el acudir a consulta de la mano de mi madre, al hospital regional del ISSSTE ubicado en Mérida. Mientras esperaba a ser atendido, admiraba el elevador y el aire acondicionado, tecnologías que no formaban parte de mi cotidianidad. Desde muy pequeño supe qué era un carnet de consulta, una orden de laboratorios y un expediente clínico. En mi cabeza todas las personas tenían que hacer lo mismo para recibir atención médica. En ningún momento consideré que atenderme en el ISSSTE fuera un problema, por el contrario, comprendía perfectamente que, de esa manera, mi madre podía destinar su salario a otras necesidades de la casa.

Conforme crecía, aprendí que un amplio sector de la población prefiere no consultar en instituciones públicas de salud porque teme malgastar el tiempo en burocracia, empeorar su estado de salud durante la espera o, sencillamente, morir en el intento. Aprendí que en esas instituciones no existe personal médico, sino “matasanos”, o que programar una cirugía es una proeza. Y también comprendí, en carne propia, que esta percepción tiene su razón de ser en prácticas que niegan el derecho a la salud, así como las carencias materiales y humanas de clínicas y hospitales.

También he visto a familias perder gran parte de su patrimonio pagando servicios privados de salud que están fuera de su alcance. Las he visto endeudarse, empeñar y vender sus pertenencias, con tal de que sus seres queridos no caigan en el IMSS o el Hospital O’Horán. He escuchado su angustia por no poder pagar una noche más de hospital o el costoso tratamiento de una enfermedad terminal. El llamado gasto catastrófico en salud es una mal que empobrece todos los días a quienes menos tienen.

Pero esto no debería suceder en un país donde el derecho a la salud se procura a través de la seguridad social y la inversión pública, y con un enorme gremio de profesionales altamente preparados. Las instituciones públicas de salud deberían despertar confianza y ser motivo de orgullo para la población mexicana. Hoy que una pandemia nos amenaza, el Estado únicamente ha podido hacerle frente a través de dichas instituciones, que son el pilar del sistema nacional de salud. ¿Qué pasaría si las todas las personas enfermas de Covid-19 tuvieran que pagar las cuentas de un hospital privado? ¿Cuál sería el impacto de la contingencia sin los hospitales de la Secretaría de Salud, el IMSS, el ISSSTE, la SEDENA y PEMEX?

Ahora bien, las dramáticas escenas que hoy nos preocupan, las condiciones laborales que agobian al personal de salud, las limitaciones materiales y humanas para atender la demanda de pacientes, no se originaron con esta pandemia, más bien, se potenciaron y volvieron plática obligada. El abandono de la infraestructura hospitalaria y el racionamiento de los insumos es añejo y no ha cambiado con el gobierno actual. Es un abandono justificado con el desprestigio, con la propagación de la idea de que al hospital público sólo se va a morir. A la clase política no le ha interesado remediarlo, porque ni siquiera se atienden en las mencionadas instituciones, y contribuyen a su deshonra evitando que sus familias pongan un pie en clínicas públicas.

Es de dominio popular que el mayor problema de los servicios públicos de salud es el presupuesto, constantemente insuficiente, no pocas veces recortado. Pero ¿qué sería del IMSS si los legisladores tuvieran que atenderse en él u obtener una incapacidad como cualquier otro ciudadano? ¿Qué sería del Hospital O’Horán si la familia del gobernador tuviera que atenderse en él? ¿Qué sería del servicio de urgencias del ISSSTE si los funcionarios federales del alto rango ahí llevaran a sus hijos(as)? Son instituciones que nunca valorarán ni mejorarán si las elites políticas no corren la misma suerte que el resto de la clase trabajadora, si su salud, vida e integridad, no dependen de la calidad de la atención en el sector público, en vez de pagar por la atención del mismo médico en un consultorio privado. Yo aprendí que mi vida estaba atada a las instituciones públicas de salud cuando mi madre me llevaba a consultar al ISSSTE, cuando estuve hospitalizado en el IMSS, cuando me valoraron la vista en el O’Horán. Si no las fortalecemos, cualquier crisis sanitaria será incontrolable.

Continuar Leyendo

RECOMENDAMOS