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El pasado nos alcanzó

Diversidad sexual y cultura de la paz

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Con bombo y platillo, el Gobierno del Estado de Yucatán recibirá a 27 personas y organizaciones galardonadas con el premio nobel de la paz en la cumbre mundial que se efectuará del 19 al 21 de septiembre en Mérida. El programa comprende ponencias, foros, talleres, laboratorios de paz, conciertos, entre otros múltiples eventos. Por una afortunada decisión (o quizá descuido) de la administración del Gobierno del Estado, la cumbre cerrará con el concierto “Yucatán for peace”, que ofrecerá el famoso cantante puertorriqueño Ricky Martin.

Esto ha sido ocasión inesperada para exhibir la homofobia institucional imperante en la administración local. Ricky Martin no solo es famoso por su rostro o el ritmo de sus caderas, también lo es por ser un promotor activo y constante de los derechos de los colectivos LGBTI, además de estar casado con un hombre y haber procreado mediante gestación subrogada. Ricky Martin encarna todo lo que las elites yucatecas ultra conservadoras se niegan a reconocer, aquello que contraviene sus más rancios valores.

La afirmación anterior no es gratuita ni exagerada, se demostró con dos votaciones en el Congreso de Yucatán, en abril y julio de 2019, cuyo resultado fue el rechazo a las reformas constitucionales para ampliar la figura del matrimonio en la entidad. Las diputadas y los diputados que votaron contra el matrimonio igualitario ignoraron el marco internacional y nacional de derechos humanos, así como la sólida jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. El Gobernador del Estado, Mauricio Vila, guardó el más absoluto silencio. Ahora es la misma clase política (o sus parientes) la que aplaudirá y bailará en primera fila celebrando la paz que reina en sus casas, aunque la discriminación siembre el conflicto fuera de sus paredes.

¿Cuál ha sido la respuesta? Varias organizaciones y personas han acusado en las redes virtuales el doble estándar de los poderes públicos del estado o, para ser más coloquiales, su “doble moral”. La “doble moral” yucateca es un triste distintivo de la dinámica social que prevalece en esta tierra y la forma en que la furia contra la diversidad se atrinchera detrás de la mal llamada defensa de la familia. El reclamo es más que atinado, si se considera que la misma cultura de la paz que el Gobierno del Estado promueve con sus mensajes diseñados en prístinos colores azul y blanco, es incongruente con el rechazo a la diversidad sexual.

La Declaración y programa de acción sobre una cultura de paz, signada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1999, define la cultura de la paz como el conjunto de valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida basados en diferentes aspectos como el respeto a la vida, el fin de la violencia, el arreglo pacífico de conflictos, la satisfacción de las necesidades de desarrollo, entre otros. Yo deseo resaltar que la cultura de la paz también comprende “el respeto pleno y la promoción de los derechos humanos y libertades fundamentales”. Es decir, apegarse al cuerpo de derechos humanos que se ha constituido en las últimas décadas, incluyendo lo relativo a la orientación sexual y la identidad de género, es condición indispensable para la paz. Un contexto donde se legitima la homofobia y la transfobia, es un contexto donde miles de persona viven violencias cotidianas.

La tarea es clara, necesaria e impostergable: que los poderes públicos en Yucatán abandonen motivaciones personales en su valoración de los derechos de los colectivos LGBTI, para tomar decisiones en función del respeto irrestricto a los derechos humanos. Es el mismo Gobierno del Estado el que debe llamar a la erradicación de este espejismo moral que pretenden imponer los sectores ultraconservadores y que hoy muestran, sin habérselo propuesto, como carta de presentación al mundo. Yucatán acumula la basura bajo la alfombra. Es fundamental entender que la paz no se construye con discriminación, por lo que, más que con un cartel en azul y blanco, la paz debería representarse con uno salpicado con los colores del arcoíris.

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El pasado nos alcanzó

Mireles: misoginia y servicio público

Ricardo Maldonado Arroyo-

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José Manuel Mireles lo volvió a hacer. Esta semana, durante la visita a un hospital de Uruapan, el subdelegado del ISSSTE en Michoacán comentó desenfadadamente que un líder sindical lo estaba presionando para que le asignara base a una “nalguita”, en referencia a su pareja sentimental. Para no dejar lugar a dudas de que estaba haciendo uso de la jerga “folklórica” de los mexicanos, remató señalando que él las llama de formas más feas. Le creo plenamente, pues en días previos hubo constancia audiovisual de que también llama “pirujas” a las mujeres. Por “pirujas” se refería a las concubinas de los derechohabientes del ISSSTE.

Son numerosas las personas que han desaprobado las declaraciones misóginas de Mireles, incluso el Senado lo exhortó a renunciar a su cargo, por lo que está clara la gravedad del asunto. Me gustaría destacar un par de razones por las que este caso merece atención. La primera, es la disculpa implícita del presidente de la República al proceder de Mireles, a cuya buena voluntad apela para ofrecer una disculpa y adquirir el compromiso de educarse, pues es importante que “todos nos perdonemos y que todos estemos dispuestos a rectificar”. Además, si reincide, “ya sería otra cosa”.

El equívoco es pensar que las palabras “nalguita” y “piruja”, en boca de un servidor público de alto rango, son una simple ofensa o una anécdota incómoda. En realidad, son muestra de la impunidad que reina en los distintos órdenes gobierno cuando se incurre en expresiones y actos misóginos. La Ley general de responsabilidades administrativas, incluye entre las directrices del servicio público promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos, dado que la misma Constitución Política es garante de la igualdad, la no discriminación y está redactada con base en los mencionados derechos. Además, el Código de ética de los servidores públicos del gobierno federal, menciona entre sus principios los de igualdad y no discriminación, así como la equidad de género; y la Ley general de acceso de las mujeres a una vida libre de violencia, hace mención particular de la violencia institucional.

Con estos y otros fundamentos, la Secretaría de la Función Pública ya inició una investigación a Mireles. El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y el Instituto Nacional de las Mujeres igual se han pronunciado al respecto. Pero no basta con investigar, la ciudadanía está en espera de una sanción. Recientemente, en Yucatán y Quintana Roo se despidió a dos servidores públicos que hicieron declaraciones de odio contra las mujeres, en el contexto de las protestas en el Ángel de la Independencia. ¿Cuál será el destino del subdelegado de ISSSTE?

La segunda razón que deseo destacar es la disculpa pública del propio Mireles: “Siempre he tenido un gran respeto por la mujer, no nada más porque yo salí de una mujer sino porque la mujer es la fuerza de nuestras vidas, la mujer es la alegría de nuestra nación, y también porque fue una mujer la que nos enseñó nuestros primeros pasos, fue una mujer la que nos enseñó nuestras primeras palabras, también fue una mujer la que nos dio amor, fue una mujer la que nos enseñó a amar y, en pocas palabras, fue una mujer la que nos hizo hombres”.

Al exponer los motivos por los que las mujeres merecen respeto, lo hace por las razones equivocadas. Mireles sintetiza los principios generales con los que el machismo ha definido a las mujeres. Estas son dignas de respeto porque son madres, porque crían, por sus virtudes femeninas, como la alegría y el amor, no por su calidad de personas y ciudadanas. El machismo tiene un esquema perverso para dividir a las mujeres que merecen respeto de las que no (¿pirujas?). Esta disculpa pública solo reafirma la desastrosa exhibición de ignorancia acerca de la perspectiva de género y unas cuantas dosis de soberbia pues, mínimo, el señor debió aceptar que alguien le pasara el dictado para no caer nuevamente en declaraciones misóginas.

Si siguiéramos el proyecto de buenas intenciones del presidente de México, tendríamos que preguntarnos ¿cuántas expresiones misóginas se necesitan para recibir una sanción?, ¿cuántas y cuáles ameritan la renuncia de quien ocupa un alto cargo público?, ¿cuántas capacitaciones se necesitan para erradicar la misoginia de las instituciones que deberían prevenirla?, ¿qué es lo que no vemos fuera de las cámaras?, ¿cuántos “mireles” hay por ahí usando sus cargos para decirle “pirujas” a las mujeres, mientras el personal tiene que aplaudir?, ¿qué tanto es tantito? La respuesta nos la dará el gobierno federal en los próximos días, con las medidas que aplique para corregir esta situación.

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El pasado nos alcanzó

Los cuerpos de los hombres a debate

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El aborto ha estado por décadas en el flechero de la opinión pública. La función reproductiva de las mujeres, el derecho a decidir sobre sus cuerpos, a continuar o interrumpir un embarazo, ha desatado debates interminables, en los que hemos participado mujeres y hombres, por igual. Sin embargo, es la postura de las primeras, sus decisiones, organización y protesta, la que debe prevalecer y jugar un papel protagónico en la conformación de políticas públicas relativas al aborto. ¿Entonces cuál es la aportación de los hombres al debate?

Si bien cada uno tiene una perspectiva diferente, por ejemplo, yo suscribo el derecho de las mujeres a decidir si desean abortar o no (aunque, en realidad, ninguna necesita mi opinión o consentimiento para decidir), ahora es necesario enfocar nuestra reflexión en otra dirección: lo importante no es lo que los hombres pensemos respecto al cuerpo o la reproducción de las mujeres, o a la maternidad, sino lo que los hombres pensamos y decidimos respecto a nuestros propios cuerpos y a la paternidad.

Por décadas, políticas relacionadas con el control natal y la salud reproductiva han facilitado elementos para decidir la cantidad y espaciamiento de los hijos, impulsando la toma de decisiones de las mujeres y su ingreso al mercado laboral (con los asegunes y las paradojas que esto les ha significado). Sin embargo, el baluarte de tales políticas, los métodos anticonceptivos, son, en su mayoría, dispositivos que inciden en los cuerpos de las mujeres. El aborto tiene la misma lógica: el embarazo continúa o se interrumpe en ellas. Indicadores como las tasas de natalidad, fertilidad o fecundidad, se formulan en función de las mujeres. Inclusive, cuando los grupos ultraconservadores hablan de paternidad responsable o acciones en favor de la vida, están hablando de decidir respecto a los cuerpos de las mujeres.

No quiero generar un mal entendido, las políticas relacionadas con salud sexual y reproductiva han contribuido a mejora la calidad de vida en muchos hogares. Pero políticas que incentiven el rol de los hombres apenas están asomando con timidez, por ejemplo, mediante las campañas para hacerse la vasectomía. Siglos de dominación de los hombres en todos los ámbitos, han depositado en las mujeres la responsabilidad de la reproducción, la crianza y el hogar. Hemos bebido nociva sabiduría popular a través de dichos como “el hombre llega hasta donde la mujer lo permite”.

Solo para invitar a la reflexión, me gustaría tomar prestado el eslogan de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal: “educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”. ¿Cómo traducir estas pautas al rol de los hombres? Primero, significa hacer hincapié en una educación sexual integral que forme hombres alejados de comportamientos violentos, capaces de decidir y aceptar las decisiones de sus parejas sexuales, de exigir respeto por su cuerpo y respetar el cuerpo de las demás personas. Se lee fácil, pero implica contravenir al bombardeo sexista y patriarcal de nuestro entorno, y en el que la mayoría de los hombres aprendimos a serlo.

Respecto a los métodos anticonceptivos, significa reconocer que la decisión de usarlos es más sencilla en nuestros cuerpos. No hay uno más fácil de usar, económico, con menos riesgos, que el condón masculino, además de que protege contra numerosas infecciones de transmisión sexual, ventaja que no ofrecen otros métodos. Por si fuera poco, el sector salud y diversas organizaciones no gubernamentales los regalan. Sobre la anticoncepción permanente, la vasectomía es una cirugía menor, con menos complicaciones y consecuencias que la ligadura de trompas, además de un tiempo de recuperación breve. Cabe añadir que los hombres tenemos la posibilidad biológica de fecundar varias veces en un año, mientras las mujeres solo pueden dar a luz una vez en el mismo lapso. ¿Qué pasaría si contabilizaran la cantidad de hijos por hombre, al igual que se cuentan por cada mujer? ¿Entonces por qué la anticoncepción sigue siendo un asunto predominantemente de mujeres? El machismo ofrece amplias respuestas.

Finalmente, modificaría el último segmento del eslogan: respeto a la decisión de las mujeres para preservar sus vidas. Lo que nos corresponde, como parejas, padres, hermanos o hijos, es escuchar y respetar las decisiones que las mujeres tomen en relación al embarazo. Si deciden continuarlo, debemos apoyarlas para que se acerquen a los servicios de salud donde les atiendan durante el embarazo y el parto, si deciden interrumpirlo, identificar los servicios más seguros y en condiciones óptimas para practicar un aborto. Podemos dialogar, preguntar, incluso disentir, pero la última palabra respecto al aborto lo tienen las mujeres. A nosotros nos corresponde hacernos cargo de nuestros propios cuerpos.

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El pasado nos alcanzó

El espejo de la migración

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Los mexicanos al concebirnos como emigrantes, como personas que abandonamos nuestra tierra para buscar mejores oportunidades en otro país, con frecuencia, Estados Unidos, somos capaces de percibir abusos e injusticias causadas por la discriminación y el odio, pero al recibir inmigrantes en nuestro país, específicamente a los centroamericanos y caribeños, la indignación suele extraviarse.

El horror nos alcanzó. Un sujeto con ideas racistas abrió fuego en un supermercado del Paso, Texas. ¿Su objetivo? Mexicanos que suelen hacer compras en la ciudad. La indignación no se hizo esperar en medios de comunicación y redes virtuales; el gobierno mexicano exigió procesar al sujeto por terrorismo; el actual gobierno estadounidenses condenó, por primera vez, el racismo, la intolerancia y el supremacismo blanco. Por supuesto, como mexicano me uno a la exigencia de justicia y de visibilizar la responsabilidad de Donald Trump al incitar al odio contra nuestros connacionales.

Pero los días se van sucediendo y, como toda tragedia, los ánimos se enfrían. Deseo rescatar el rescoldo de la indignación que nos embargó con la tragedia, para reflexionar la posición ambivalente de nuestra mirada nacionalista en relación con la migración. Al concebirnos como emigrantes, es decir, como personas que abandonamos nuestra tierra para buscar mejores oportunidades en otro país, con frecuencia, Estados Unidos, somos capaces de percibir abusos e injusticias causadas por la discriminación y el odio, por ser diferentes física o culturalmente. Pero al recibir inmigrantes a nuestro país, la indignación suele extraviarse.

Los inmigrantes centroamericanos encuentran un país que no los quiere. México, más que como un hermano, se comporta como un administrador indolente de la miseria de sus semejantes, ora frenándolos, ora explotándolos o dejándolos transitar no sin antes pagar un alto peaje. Y así como en Estados Unidos el gobierno y los sectores sociales racistas fomentan el rechazo a los migrantes del sur, en México, funcionarios corruptos y organizaciones criminales hacen de la migración un negocio (incluso con sus compatriotas), mientras amplios sectores expresan públicamente la amenaza que representa la migración de centroamericanos. En el imaginario de muchos mexicanos, aquellos sólo traen delincuencia, violencia, mayor demanda de servicios y empleo. Justo como nos perciben los supremacistas blancos.

Aquí es donde se asienta el punto de inflexión. Habrá quien argumente que nosotros no somos como ellos, los blancos supremacistas. Somos un espectro cultural variopinto y el racismo se expresa de manera diferente. Tendría razón, hay diferencias históricas y culturales notables, pero también estaría en un error, porque existen peligrosas coincidencias. En ambos lados de la frontera a quien se rechaza es al migrante del sur. En Estados Unidos no tienen empacho en recibir a británicos, alemanes o finlandeses que, además de blancos, lleguen con capital. En México tampoco hay objeción por recibir a estadounidenses o canadienses que, además de blancos, traen al menos el dinero de sus jubilaciones. En otras palabras, se rechaza al pobre.

En este sentido, conviene referir a Akhil Gupta, quien ha dedicado parte de su obra a reflexionar la cambiante territorialización de la pobreza. Gupta hace notar que hay una añeja asociación entre seguridad y pobreza, que ha configurado un Norte donde las poblaciones ricas tratan de preservar su seguridad, alejándose de los pobres del Sur. Los pobres que habitan el Norte también representan una amenaza a la seguridad. La globalización trastoca esta pretendida separación entre Norte y Sur porque acelera el contacto, el intercambio y, por supuesto, el desplazamiento entre distintos puntos geográficos. Este contacto, desde el punto de vista de la seguridad, representa un riesgo.

Esto explica en parte que México juegue un rol ambivalente en la política global al expresar su oposición al muro en la frontera norte, mientras tratar de impedir el cruce de centroamericanos en la frontera sur, como condición necesaria para mantener el libre comercio con Estados Unidos; al denunciar como terrorismo el ataque en El Paso, mientras permite la trata de centroamericanos y normaliza su muerte. ¿O acaso ya olvidamos la masacre de San Fernando, Tamaulipas, en 2010, en la que murieron 72 ciudadanos centroamericanos y sudamericanos? La migración relacionada con la pobreza se trata como un asunto de seguridad.

Cuando nos miremos en el espejo de los Estados Unidos debemos recordar que en nuestro país existen 50 millones de pobres. Reproducir las políticas de seguridad, pero, sobre todo, reproducir los imaginarios acerca de la inmigración, solo llevará a respuestas violentas, sintomáticas de descomposición social. No, no somos supremacistas raciales, ojalá nunca lo seamos, pero el nacionalismo exacerbado y una historia donde el color de la piel sí importa, son la fórmula para escenarios indeseables.

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