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El pasado nos alcanzó

El mucbil pollo de la discordia

Ricardo Maldonado Arroyo-

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“No pueden hacer eso porque se pierde la esencia de la tradición”. Extraje este comentario de una publicación donde ofrecen mucbil pollo relleno de camarón. El mucbil pollo o pib es un platillo de la península de Yucatán elaborado con masa de maíz, relleno de pollo y/o puerco y envuelto en hoja de plátano, que se prepara para la celebración de los Fieles Difuntos. Para un amplio sector de la población es más que un “tipo de tamal”, como lo describió la Secretaria de Cultura federal, es parte de un extenso ritual que comienza meses antes, cuando las personas expresan ansias por degustarlo, hasta el momento en que lo presentan en los altares de las casas, adquiriendo cualidades espirituales, afectivas e identitarias.

La sorpresa y el rechazo ante nuevas versiones de este platillo radica en la gran carga simbólica que encierra su preparación y consumo. Han sido polémicas los mucbil pollos hechos con jamón y queso, mariscos o los llamados pibes veganos, que alteran sustancialmente la receta “tradicional”. También es defendido con vehemencia cuando personas de otros lugares del país expresan desagrado por este platillo de manera pública. ¿A qué se debe esta reacción? En buena medida, a que la cocina yucateca sirve para reafirmar la identidad local frente a los intentos de ser absorbida por el nacionalismo mexicano. La cocina yucateca tiene un fuerte acento regionalista. Baste recordar las críticas enérgicas, algunas rayando en la visceralidad, a marcas de alimentos que sugerían añadir mayonesa o crema a los tacos de cochinita.

¿Cómo entender esta dinámica en torno a la cocina, que a veces deriva en conflicto? El antropólogo Igor Ayora señala que la cocina está compuesta por dos ensamblajes, el culinario y el gastronómico, en negociación constante. Mientras la gastronomía es un conjunto de normas que indican cómo debe prepararse tal o cual platillo, el ensamblaje culinario está abierto a adaptaciones, hibridaciones, intercambios y, en general, a transformaciones. La gastronomía suele ser guardiana de la “tradición”; el ensamblaje culinario, en cambio, está abierto a influencias externas.

Una de las constantes observadas en las cocinas del mundo es que ninguna es estática, todas se transforman. Por eso el ensamblaje culinario-gastronómico es, de hecho, uno solo, donde coexiste lo “auténtico” con los cambios en el gusto, las prácticas y las tecnologías. Son numerosos los factores que están generando nuevas variantes de mucbil pollo, aunque el más señalado es su adaptación al gusto de inmigrantes del centro de México, para quienes no es problemático rellenarlo con queso u otros ingredientes de su preferencia.

Pero las transformaciones obedecen también a otros procesos que se gestaron de manera paralela. Desde la infancia, yo sabía de la existencia de mucbil pollos hechos con iguana, camarón, pulpo, langosta y hasta pejelagarto (o sea, sin pollo). También es cierto que en algunos hogares yucatecos ya es costumbre cocinarlos de jamón y queso o se animaron a consumir la última novedad: pibes de relleno negro. No ha faltado la crítica a quienes los cocinan en horno de gas, lo que significa una contradicción, ya que pib es, en realidad, el nombre de la tecnología para hornear bajo tierra. El famoso pib enterrado (que es casi un pleonasmo) suele percibirse como más “tradicional” que el pib cocido en estufa.

Eso ya no es pib– oí decir a un compañero en referencia a la versión vegana. ¿Hasta dónde la gente de Yucatán reconoce un platillo como pib o mucbil pollo? ¿Cómo ha cambiado nuestra cocina con la presencia de nuevos ingredientes y alternativas gastronómicas? ¿En qué medida denota la composición actual de la población del estado? ¿Qué tanto el mucbil pollo conserva su carácter ritual y qué tanto ha adquirido un carácter profano, dado que ya es posible adquirirlo en cualquier fecha? La invitación no es a aprobar o a desaprobar el mucbil pollo de camarón, sino a reflexionar todo lo que ha sucedido para que hoy esté en la mesa de alguna casa yucateca. Buen provecho.

El pasado nos alcanzó

Defendiendo a Trump de la censura privada

Ricardo Maldonado Arroyo-

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La suspensión de las cuentas del presidente de Estados Unidos en Twitter, Facebook e Instagram ha reavivado el debate en torno a la libertad de expresión. Jack Dorsey justificó esta decisión por considerar que Trump estaba compartiendo “contenido engañoso” en Twitter, mientras Mark Zuckerberg lo acusó de usar Facebook para “incitar a la insurrección violenta contra un régimen elegido democráticamente”. Lo inesperado sucedió horas después. Pese a carecer de interés en el asunto, el presidente de México advirtió que la decisión de Zuckerberg representaba un “mal presagio” de lo que puede hacer un “poder mediático mundial” y la calificó de “prepotencia” y “arrogancia”. López Obrador formuló un airado alegato por la libertad y el derecho a la información.

Si bien hay afirmaciones rescatables, aprovechar la censura a Trump para recordarnos la relevancia de la libertad de expresión, genera desconcierto. Pues, antes de dar por sentado que se trata de un caso que evidencia atribuciones excesivas de quienes controlan las redes sociales virtuales, debe aquilatarse en función de quién emitió los mensajes y las razones para bloquearlo.

La Organización de Estados Americanos (OEA) denomina censura privada a aquella que ejercen las empresas intermediarias de la información para evitar su mal uso. Debido a que las redes sociales virtuales son medios de comunicación emergentes y manejan volúmenes de información inusitados, su regulación apenas se está construyendo. La Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) considera admisible la censura cuando frena propaganda de guerra, apología del odio, incitación a la violencia o al genocidio, y la circulación de pornografía infantil.

Las reglas para publicar en Twitter, Facebook o Instagram deberían, en teoría, apegarse a estos criterios. En el caso de Trump, la desinformación, entendida como la difusión intencionada de información falsa, es un aspecto igual señalado por la OEA y la CIDH en la Guía para garantizar la libertad de expresión frente a la desinformación deliberada en contextos electorales. Alentar directa o indirectamente a la violencia es un escenario previsto que justifica la censura privada. Algunos seguidores de Trump, por ejemplo, invitaron en Twitter a “colgar a Mike Pence”, el vicepresidente. La responsabilidad de las empresas intermediarias consiste en transparentar y aplicar correctamente los criterios para la moderación de contenidos.

Además, el Marco jurídico interamericano del Derecho a la Libertad de Expresión menciona que los funcionarios públicos de alto rango “están sometidos a ciertas limitaciones en cuanto a constatar en forma razonable…los hechos en los que fundamentan sus opiniones…, en atención al alto grado de credibilidad de la que gozan y en aras de evitar que los ciudadanos reciban una versión manipulada de los hechos”. Es decir, antes de emitir un juicio acerca de la censura a Trump, debe considerarse que es el presidente de Estados Unidos, no un ciudadano común presionado por el gobierno. Asimismo, que, en su calidad de presidente, tampoco ha quedado indefenso para expresarse, pues cuenta con decenas de medios que difunden su opinión.

El derecho a la libertad de expresión protege, sobre todo, al ciudadano común ante la censura del gobierno y sus mecanismos para presionar a los intermediarios de la información. No es el caso de Trump. Los gobiernos suelen tener recursos legales, humanos y materiales suficientes para influir en la información. De hecho, países como Alemania, Turquía o Tailandia han aprobado regulaciones estrictas para las redes sociales virtuales.

Respecto a las declaraciones de López Obrador, considero desafortunada la ocasión. No es la primera vez que se cuestionan las políticas de moderación de contenidos. En 2019, Facebook bloqueó la página Radio Kurruf, administrada por mapuches que protestaban contra el gobierno chileno y, a los pocos meses, Twitter suspendió las cuentas de varios funcionarios cubanos; en 2020 medios rusos, como Sputnik, RIA Novosti y RT, denunciaron ser blancos de censura por parte de Twitter, mismo año en que también suspendió la cuenta del grupo ultraderechista español “Vox”. La censura privada se ha aplicado a grupos de diversas orientaciones ideológicas y políticas. Vaya, para no extenderme más, todos los días hay quejas de personas cuya cuenta ha sido bloqueadas de manera infundada. El algoritmo y quienes están detrás de él siguen haciendo de las suyas.

Cuándo y porqué es necesaria la censura privada continúa causando discrepancias. Es un debate global de gran trascendencia. Pero, ¿por qué invocarlo, precisamente, en defensa de Trump? ¿Será que López Obrador no estaba al tanto de este problema desde que tomó la presidencia? ¿Ignora que Trump lleva un par de años enfrentándose con Zuckerberg y Dorsey? ¿A México le afecta que Trump no pueda usar Twitter ni Facebook? ¿Cuál es el objetivo de López Obrador con estad declaraciones?

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Candidaturas fuera del closet

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El IEPAC ha considerado algunos cambios para la jornada electoral del 6 de junio en Yucatán. Entre ellos, el Acuerdo C.G.-048/2020, publicado el pasado mes de noviembre, que obliga a los partidos políticos a otorgar un mayor número de candidaturas a personas que se identifican como indígenas, así como de otros grupos vulnerados e históricamente discriminados, a saber, jóvenes (de 29 años o menos), adultos mayores (60 años o más) y miembros de los colectivos LGBTI. Me enfocaré en estos últimos.

No discutiré la intención del Acuerdo, pues concuerdo en la necesidad de incrementar la representación de grupos sociales discriminados. No obstante, desconcierta que las autoridades electorales tengan que orillar a los partidos políticos a diversificar la composición de sus candidaturas. Y es que estas medidas incluyentes y enmarcadas en los derechos humanos son, lamentablemente, la respuesta a una realidad vergonzosa de nuestro régimen: la discriminación practicada por la clase política. Así, la paridad de género es respuesta a la violencia política contra las mujeres, la representatividad de pueblos indígenas es respuesta al racismo y, la de los colectivos LGBTI, respuesta a la homofobia, lesbofobia y transfobia. Aunque estas se han atenuado en los últimos años, de ningún modo han sido erradicadas.

El mencionado Acuerdo no inaugura la presencia de los colectivos LGBTI en las boletas, pues hombres gays y mujeres lesbianas han llegado desde hace años a cargos de elección popular. Sin embargo, el IEPAC busca ahora que los(as) candidatos(as) externen abiertamente su orientación sexual, lo que contraviene vetustas reglas de la política mexicana. No se trata, por supuesto, de obligar a las personas a salir del closet, pero es asombroso que en pleno 2021 se siga pensando que la preferencia de los votantes se inclinará por aquel candidato o candidata que ofrezca una imagen heterosexual o conforme a los valores de la “familia mexicana”, o que asumirse públicamente lesbiana o transgénero afectará el resultado de las votaciones. No es casualidad que más de un candidato se haya casado en días previos las elecciones para, supuestamente, granjearse la simpatía de los votantes.

Hasta ahora no he hallado una investigación seria que fundamente la relación entre la preferencia de los votantes y la orientación sexual o la identidad de género del candidato(a). Por el contrario, hay indicios de que el rechazo a la diversidad sexual sí puede dañar la imagen de quienes ocupan un cargo público, al menos, entre ciertos grupos sociales. En Estados Unidos, un grupo de investigadores encabezados por Patrick R. Grzanka descubrió que los votantes LGBTI que están familiarizados con los conceptos relativos a la diversidad sexual y se rodean de amistades LGBTI tienden a votar por candidatos(as) que apoyan sus derechos.

Las nuevas generaciones aprecian más la honestidad de las figuras públicas que se asumen como parte de los colectivos LGBTI y tienden a reprobar la homofobia y la transfobia. Los resultados electorales refuerzan este argumento. A las legisladoras Patria Jiménez y Enoé Uranga, pioneras hace más de dos décadas en declararse abiertamente lesbianas, les han seguido otras como Jesusa Rodríguez, Celeste Ascencio Ortega, Wendy Briceño, así como los legisladores Benjamín Medrano y Temístocles Villanueva. En otros lugares del mundo, la diversidad sexual ha escalado más alto, con Elio Di Rupo, ex primer ministro de Bélgica; y los actuales primeros ministros de Irlanda, Leo Varadkar; Islandia, Jóhanna Sigurðardóttir; Luxemburgo, Xavier Bettel; y Serbia, Ana Brnabić.

¿Por qué candidatos homosexuales, bisexuales y transgénero tienen que cuidar su imagen política negando a sus parejas, vida sentimental y expresiones de género, mientras candidatos heterosexuales hacen gala de su vida privada e imágenes que escenifican la fantasía de la familia mexicana blanca y heterosexual? ¿En verdad esto les da más votos? ¿No será que los gurús de la mercadotecnia política y líderes de los partidos políticos, en lugar de plantear estrategias de campaña eficaces, están proyectando su anquilosado sistema de valores?

Respecto a lo anterior, sólo me restan un par dudas que habrán de resolverse los siguientes días: 1. ¿Están los partidos políticos interesados en otorgar mayor representatividad a la diversidad sexual o será mera simulación? ¿Tendremos otro episodio como el de “las juanitas” de 2009, pero ahora con los colectivos LGBTI? 2. ¿Cómo otorgarán candidaturas el PAN y el PES, cuya plataforma política niega expresamente el matrimonio igualitario?

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2020: el año que se comprimió

Ricardo Maldonado Arroyo-

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He leído a más de una persona afirmar que este año se fue en un abrir y cerrar de ojos. Pese a que el Covid-19 detuvo muchas actividades, existe la percepción de que el tiempo transcurrió aceleradamente. Una dimensión en la que el tiempo parece moverse a velocidades inusitadas, es el conocimiento tecnocientífico. Investigadores, personal de salud, gobiernos y laboratorios privados se volcaron a conocer el virus causante (Sars-Cov-2), describir de manera pormenorizada sus efectos, identificar los factores que facilitan su transmisión y, de esta manera, han obrado la gesta esperanzadora de contar con vacunas a un año apenas de ser declarada la contingencia sanitaria en Wuhan.

Para comprender qué tan acelerado ha sido este proceso, compárese con la peste bubónica. De acuerdo al historiador Sheldon Watts, en 1347 hubo un brote de peste que en cinco años acabó con, al menos, la quinta parte de la población del occidente europeo. La lógica para interpretar los procesos de salud-enfermedad era diferente. Los médicos de la época reforzaron la idea de que la peste representaba un castigo divino. Ni siquiera lograron establecer conexiones con la llamada “plaga de Justiniano”, ocurrida entre los siglos VI y VII. Cuando hubo un rebrote en la década de 1450, magistrados italianos llegaron a la conclusión de que la peste era contagiosa. En consecuencia, se tomaron medidas como el confinamiento de la población, cierre de mercados y cuarentenas en las embarcaciones.

Hasta el siglo XVIII, las medidas dictadas por las autoridades civiles se siguieron guiando por las ideas del orden y el control, como los cordones sanitarios cuya intención era evitar la diseminación de enfermedades. En 1894, durante el brote de peste en Hong Kong, dos médicos, Kitasato Shibasaburo y Alexandre Yersin descubrieron, casi simultáneamente, el bacilo Yersinia pestis, agente causal de la peste. También en esos años se confirmó que el vector era la pulga de la rata. Después de todo, la peste no era un castigo celestial ni era contagiosa. A partir del descubrimiento del bacilo, existe un tratamiento con antibióticos y los brotes se controlaron con mayor efectividad.

Pero esta historia que atraviesa siglos y varios pueblos del mundo, hoy parece remitir a un tiempo en el que este transcurría tan despacio que rebasaba el horizonte de las vidas humanas. La historia del Covid-19, en cambio, es una muestra de cómo el tiempo y el espacio en el mundo contemporáneo se ha comprimido. Desde nuestras casas, nos hemos enterado, casi en tiempo real, cómo el Sars-Cov-2 apareció en China, llegó a Corea del Sur, Japón, Italia, España, Reino Unido, Estados Unidos y, por supuesto, a México y el resto del mundo. Los medios de comunicación han relatado minuto a minuto los nuevos hallazgos en torno a la enfermedad, desde sus síntomas, hasta la aprobación y aplicación de las vacunas.

Este fenómeno social y global me reconforta, no porque me embargue una ingenua confianza en las capacidades humanas, sino porque es un indicio concreto de que la mayor parte de la humanidad vivirá para narrar la historia del Covid-19 en primera persona. El 2021 promete ser agotador y, lamentablemente, la pandemia seguirá cobrando vidas, pero los recursos que la ciencia pone a nuestro alcance hacen la diferencia. Aunque el conocimiento científico es falible y tiene que ser cuestionado y renovado, es más confiable que otros que brindan una falsa sensación de seguridad. Es necesario recalcarlo en un momento en que en México empieza a cundir la negación del Covid-19, el terror a las vacunas y las promesas de curas milagrosas. En medio de una dinámica en el que el tiempo se abrevia y las ansias se multiplican, el 2021 pondrá a prueba la paciencia, solidaridad y discernimiento de la población mexicana.

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