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El pasado nos alcanzó

Fondo para la salud: catástrofes y malestares

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El pasado 29 de octubre, miembros de organizaciones con trabajo en VIH/Sida lanzaron huevos contra el Senado de la República, en protesta por una reforma que plantea reintegrar hasta 33 mil millones del Fondo de Salud para el Bienestar a la Tesorería de la Federación. ¿Su objetivo? Destinarlos a otros gastos en salud, presuntamente, la adquisición de vacunas contra Covid-19. Simultáneamente, vocales de la sociedad civil ante el Conasida emitieron un comunicado: “en el caso del VIH y Sida, el fondo ya señalado no ha logrado cubrir la atención integral para las personas que carecen de seguridad social; no incluye comorbilidades (hipertensión, diabetes, cardiopatía, daño renal, etc.), ni infecciones oportunistas, mucho menos gastos hospitalarios, lo cual es causa de que en el país continúen muriendo cerca de cinco mil personas cada año”.

La reforma se aprobó ese mismo día con 242 votos a favor, en su mayoría de Morena. Lo que parece ser un movimiento presupuestario para enfrentar la contingencia, despierta dudas que no terminan de ser contestadas con suficiencia. ¿Por qué tomar dinero del Fondo de Salud para el Bienestar? Cabe mencionar que este fue creado en 2003 con el nombre de Fondo de Protección contra Gastos Catastróficos, de acuerdo con la reforma a los artículos 77 Bis 17, 77 Bis 29 y 77 Bis 30 de la Ley General de Salud, que permitió el financiamiento de la atención a enfermedades de alto costo en el llamado Seguro Popular.

El Fondo cubre actualmente 66 enfermedades consideradas de gasto catastrófico como cuidados intensivos neonatales, ciertos tipos de cáncer, infarto agudo al miocardio o VIH/Sida. A partir de 2020, con la operación del Insabi, tanto el fondo como el servicio de salud cambiaron su nombre para llevar el adjetivo de “salud para el bienestar”. Sin embargo, debido a que la atención es para personas que carecen de seguridad social, cubre únicamente el listado de enfermedades que causan gasto catastrófico y con algunas restricciones de edad. Por ejemplo, no cubre diabetes ni hipertensión y, las enfermedades metabólicas, sólo en menores de 10 años. Por tanto, si todavía el listado es insuficiente y el servicio opera con grandes carencias, ¿por qué “sobraron” 33 mil millones de pesos?

¿Era necesario tomar dinero del mencionado fondo? Está en juego la atención de alrededor de 40 millones de personas afiliadas al Insabi, considerando los resultados de la Encuesta Nacional de Empleo y Seguridad Social de 2018. Los vocales del Conasida sugirieron que los recursos pudieran obtenerse del Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS). Otra propuesta, proveniente de algunos partidos políticos y académicos, era añadir Covid-19 al listado de enfermedades que causan gasto catastrófico, en lugar de reintegrar recursos a la Tesorería, de tal forma que se asegurara su destino en el marco de la misma Ley General de Salud. Siendo más suspicaces, cabe preguntar si no existe un solo proyecto o fondo del gobierno federal que pudiera haber sido aprovechado en el mismo sentido.

¿Está justificado el destino de esos recursos? Todo indica que la única garantía de que se emplearán para adquirir vacunas, es la palabra comprometida de los legisladores y el Ejecutivo Federal. ¿Será suficiente? La reforma no etiqueta los recursos, únicamente declara que se destinarán a “fortalecer” la salud. Esta ambigüedad y el hecho de que caigan en manos de la Tesorería, permite su uso en un amplio rango de acciones de gobierno. Cabe señalar que esta intención no surgió con el Covid-19, en noviembre de 2019 el Congreso de la Unión aprobó la reasignación de 40 mil millones de pesos del Fondo al Insabi. Con la intención de calmar los ánimos, la senadora Patricia Mercado prometió a quienes protestaban que el monto tomado para 2021 del Fondo de Salud para el Bienestar será devuelto posteriormente. Habrá que valorar hasta dónde cumplen su palabra. Las recientes protestas llaman la atención acerca de algo que no sólo atañe a personas con VIH, sino a quienes carecen de seguridad social y su salud se vea comprometida en 2021.

El pasado nos alcanzó

Revolución sexual mexicana

Ricardo Maldonado Arroyo-

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En julio de 1978 se dio a conocer una organización denominada Frente Homosexual de Acción Revolucionaria (FHAR). Era la primera ocasión en que un grupo de personas homosexuales en México reivindicaba su orientación sexual mediante acciones colectivas y organizadas. En aquellos tiempos, el discurso de la liberación sexual estaba íntimamente ligado a las interpretaciones marxistas de opresión de clase que se extendían al sistema patriarcal. En este caso la opresión se expresaba en la violencia ejercida por los cuerpos policiacos y la negación de la diversidad sexual en casi todos los ámbitos de la vida pública.

Así, desde la izquierda política e inspiradas por los movimientos feministas que cuestionaban la desigualdad, se multiplicaron las organizaciones de diversidad sexual que han batallado en los últimos cuarenta años por el reconocimiento de todos los derechos, sin importar orientación sexual o identidad de género. Hago una sucinta descripción de los primeros años del movimiento de diversidad sexual, ya que en el contexto actual, en el que hay mayor visibilidad de la población LGBTI, es usual perder de vista el carácter revolucionario de dicho movimiento, del que estaban perfectamente conscientes sus iniciadores. Una de las consignas del FHAR era: “ni enfermos ni criminales, simplemente homosexuales”.

Una revolución es un cambio estructural o de paradigma en los ámbitos político, económico, científico o artístico. La Revolución Mexicana, que conmemoramos en días recientes, fue un proceso de transformación de las estructuras político-gubernamentales que regían antes del siglo XX. El actual régimen político mexicano emergió de los conflictos y negociaciones de la Revolución. Pero este régimen no ha dejado de transformarse, las acciones de diversos grupos sociales han generado un efecto multiplicador de sus consecuencias a mediano y largo plazo.

El movimiento de la diversidad sexual es uno de los que más han revolucionado la dinámica social del país porque ha obligado a incluir diversas expresiones de género en la vida pública, reconocer diferentes modelos de familia, cuestionar el machismo y la masculinidad hegemónica, admitir que cada persona es libre de asumir una identidad de género diferente a la asignada, ampliar el marco de la educación sexual integral, visibilizar las violencias sociales e institucionales, construir pautas de convivencia sin discriminación, reforzar el Estado laico, entre otras acciones. El movimiento por la diversidad sexual constituye una gesta revolucionaria de nuestra historia reciente.

Esto no quiere decir que hayan desaparecido las acciones y los sectores que promueven la discriminación por orientación sexual o identidad de género. Baste recordar el voto de legisladores de Baja California, Durango, Sinaloa, Veracruz, Yucatán y Zacatecas contra el matrimonio igualitario y el apoyo que recibieron por una parte de la ciudadanía. Pero, si nos hemos de jactar de las grandes transformaciones de nuestro país, hay que referirse a la lucha histórica de los colectivos LGBTI que, además de pugnar por sus derechos, han logrado mayores libertades para toda la población. Es importante analizar la Revolución Mexicana, pero también lo es reconocer otras revoluciones que han contribuido a cambiar la realidad del México actual.

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Falacias del heroísmo

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El pasado 3 de noviembre, el Subsecretario de Transporte, Carlos Morán Moguel, anunció la emisión del timbre postal “Héroes de cada día”, en honor del personal de salud que atiende pacientes con Covid-19 y otros trabajadores que han permitido el funcionamiento de servicios básicos. La Lotería Nacional rindió homenaje con un billete que lleva la misma ilustración. Durante el desfile militar del 16 de septiembre, el gobierno federal galardonó a 58 profesionales del área de la salud con la medalla “Miguel Hidalgo” por su labor durante la pandemia. En Yucatán, tampoco han faltado muestras de agradecimiento. En julio pasado, el alcalde de Progreso inauguró la glorieta “Al cuerpo médico” y el gobernador, Mauricio Vila, afirmó que las nuevas luminarias del muelle de dicho puerto eran un reconocimiento al personal de salud (afirmación altamente cuestionada).

Simultáneamente, trabajadores contratados por el Insabi para atención de Covid-19, han protestado durante los últimos meses por retrasos en los pagos o porque reciben su salario incompleto. En junio hubo protestas en Ciudad de México, Estado de México, Sinaloa y Oaxaca; en septiembre, en Colima y Yucatán. Además, personal sindicalizado de Aguascalientes, Baja California, Chihuahua, Guerrero, Hidalgo, Morelos, Oaxaca, Querétaro, Sinaloa, San Luis Potosí y Tamaulipas han exigido el pago del bono Covid-19 por el alto riesgo que implica la atención de este padecimiento. Sin contar las innumerables ocasiones en que, a lo largo y ancho del país, han denunciado que carecen de equipo de protección e insumos básicos.

¿Por qué existen contradicciones entre las declaraciones de las autoridades y las condiciones laborales del personal de salud? La socióloga Gabriele Rosenthal sostiene que los perpetradores de crímenes de guerra crean y difunden narrativas épicas que silencian dichos crímenes. De esta manera, el heroísmo funciona como una estrategia discursiva para construir una realidad a modo. Guardando las respectivas distancias de una situación de guerra, ¿qué implica esta insistencia en hablar de héroes y heroínas cotidianas en la pandemia del Covid-19? Identifico al menos tres razonamientos falaces.

El primero, pensar que el héroe o la heroína se gestan solos. El heroísmo también es una construcción política. ¿Quién decide cuál es un acto de heroísmo y a quién homenajear, cuándo hacerlo y de qué manera? Sin dejar de lado que existen genuinos reconocimientos a ciertas acciones valiosas para una comunidad, es importante buscar las razones detrás de los elogios y los aplausos. Segundo, pensar que el héroe o la heroína tienen una vocación natural por el sacrificio. El heroísmo es la metáfora del martirio, de la entrega desinteresada y sin límites. Pero el personal de salud no debe ser sacrificado por el bien de la sociedad, en cambio, debe ser justamente retribuido y contar con condiciones suficientes para trabajar. Médicos(as), enfermeros(as), químicos(as), administrativos(as), deben recibir el trato de ciudadanos, de sujetos de derecho. El 1 de julio, trabajadores de diferentes instituciones públicas de salud se apostaron en la entrada de las oficinas centrales del IMSS repitiendo la consigna “¡No somos héroes, somos humanos!” Exigían equipo de protección para Covid-19.

Tercero, el heroísmo halla reconocimiento en el acto simbólico de la inmortalización. La recompensa al sacrificio es un timbre postal, un monumento o unas palabras. Se han erigido monumentos en honor a personas del pasado que, quizá, nunca hubieran sospechado ser objeto de tal distinción; siguiendo la misma lógica, el heroísmo ante el Covid-19 no termina de serlo sin materializarse. Pero, debido a que el personal de salud (como el de recolección de basura, correos o bomberos) no cuenta con un rostro único, ha sido dibujado y esculpido a imagen y semejanza de las aspiraciones de cada proyecto político. ¿Acaso se sienten reconocidos(as) ante tales gestos de agradecimiento?

Mientras, las carencias cotidianas en los hospitales públicos, la falta de material, equipo e insumos que, en ocasiones, el personal de salud adquiere de su propio peculio, así como la injusticia de no recibir sus sueldos a tiempo o completos, se silencian en las representaciones edulcoradas del heroísmo nacional. No necesitamos héroes ni heroínas, mucho menos mártires, necesitamos condiciones institucionales para que el personal de salud pueda desarrollar su trabajo en mejores condiciones. Deuda heredada de administraciones anteriores y que, todo indica, seguirá siendo herencia de las futuras.

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El mucbil pollo de la discordia

Ricardo Maldonado Arroyo-

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“No pueden hacer eso porque se pierde la esencia de la tradición”. Extraje este comentario de una publicación donde ofrecen mucbil pollo relleno de camarón. El mucbil pollo o pib es un platillo de la península de Yucatán elaborado con masa de maíz, relleno de pollo y/o puerco y envuelto en hoja de plátano, que se prepara para la celebración de los Fieles Difuntos. Para un amplio sector de la población es más que un “tipo de tamal”, como lo describió la Secretaria de Cultura federal, es parte de un extenso ritual que comienza meses antes, cuando las personas expresan ansias por degustarlo, hasta el momento en que lo presentan en los altares de las casas, adquiriendo cualidades espirituales, afectivas e identitarias.

La sorpresa y el rechazo ante nuevas versiones de este platillo radica en la gran carga simbólica que encierra su preparación y consumo. Han sido polémicas los mucbil pollos hechos con jamón y queso, mariscos o los llamados pibes veganos, que alteran sustancialmente la receta “tradicional”. También es defendido con vehemencia cuando personas de otros lugares del país expresan desagrado por este platillo de manera pública. ¿A qué se debe esta reacción? En buena medida, a que la cocina yucateca sirve para reafirmar la identidad local frente a los intentos de ser absorbida por el nacionalismo mexicano. La cocina yucateca tiene un fuerte acento regionalista. Baste recordar las críticas enérgicas, algunas rayando en la visceralidad, a marcas de alimentos que sugerían añadir mayonesa o crema a los tacos de cochinita.

¿Cómo entender esta dinámica en torno a la cocina, que a veces deriva en conflicto? El antropólogo Igor Ayora señala que la cocina está compuesta por dos ensamblajes, el culinario y el gastronómico, en negociación constante. Mientras la gastronomía es un conjunto de normas que indican cómo debe prepararse tal o cual platillo, el ensamblaje culinario está abierto a adaptaciones, hibridaciones, intercambios y, en general, a transformaciones. La gastronomía suele ser guardiana de la “tradición”; el ensamblaje culinario, en cambio, está abierto a influencias externas.

Una de las constantes observadas en las cocinas del mundo es que ninguna es estática, todas se transforman. Por eso el ensamblaje culinario-gastronómico es, de hecho, uno solo, donde coexiste lo “auténtico” con los cambios en el gusto, las prácticas y las tecnologías. Son numerosos los factores que están generando nuevas variantes de mucbil pollo, aunque el más señalado es su adaptación al gusto de inmigrantes del centro de México, para quienes no es problemático rellenarlo con queso u otros ingredientes de su preferencia.

Pero las transformaciones obedecen también a otros procesos que se gestaron de manera paralela. Desde la infancia, yo sabía de la existencia de mucbil pollos hechos con iguana, camarón, pulpo, langosta y hasta pejelagarto (o sea, sin pollo). También es cierto que en algunos hogares yucatecos ya es costumbre cocinarlos de jamón y queso o se animaron a consumir la última novedad: pibes de relleno negro. No ha faltado la crítica a quienes los cocinan en horno de gas, lo que significa una contradicción, ya que pib es, en realidad, el nombre de la tecnología para hornear bajo tierra. El famoso pib enterrado (que es casi un pleonasmo) suele percibirse como más “tradicional” que el pib cocido en estufa.

Eso ya no es pib– oí decir a un compañero en referencia a la versión vegana. ¿Hasta dónde la gente de Yucatán reconoce un platillo como pib o mucbil pollo? ¿Cómo ha cambiado nuestra cocina con la presencia de nuevos ingredientes y alternativas gastronómicas? ¿En qué medida denota la composición actual de la población del estado? ¿Qué tanto el mucbil pollo conserva su carácter ritual y qué tanto ha adquirido un carácter profano, dado que ya es posible adquirirlo en cualquier fecha? La invitación no es a aprobar o a desaprobar el mucbil pollo de camarón, sino a reflexionar todo lo que ha sucedido para que hoy esté en la mesa de alguna casa yucateca. Buen provecho.

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