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El pasado nos alcanzó

Encuentro con el colonialismo

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Cuando cursaba la educación primaria aprendí una canción que a veces no puedo evitar tararear: “Cristóbal Colón descubrió América el 12 de octubre de 1492, porque La Niña, La Pinta y La Santa María bailaron boogie boogie todo el santo día, en la barriga, en la barriga del mar”. Con estos versos aprendí que los europeos “descubrieron” América y la colonizaron. Igual aprendí que el 12 de octubre se conmemoraba el “Día de la Raza”, ocasión para celebrar la “hispanidad” con banderitas de todos los países latinoamericanos.

Esta visión cándida del colonialismo pronto se trastocó. En 1992, a 500 años de dicha coyuntura histórica, hubo numerosas protestas y contrafestejos porque la colonización tuvo como consecuencia la dominación de los pueblos originarios de América, en varios casos, expresada con intentos de exterminio y, cuando no fue así, por su subordinación económica y cultural. La conciencia del eurocentrismo, así como de un proceso inacabado de desigualdad social por cuestiones étnicas, hizo que se hablara del “encuentro” de dos mundos, en lugar del “descubrimiento” de América. Ya no volví a ver banderitas celebrando la llegada de los conquistadores españoles.

El filósofo argentino Walter Mignolo encuentra una conexión profunda entre colonialismo y modernidad, lo que confirma la compleja relación con nuestro pasado colonial. Los pueblos colonialistas europeos identifican la Ilustración del siglo XVIII con el proyecto modernizador que pretendieron llevar a todo el mundo. El mercado, los valores sociales, la producción del conocimiento, la diplomacia, la comida, el vestido, las artes, los deportes, la diversión, todo quedó atravesado por el deseo de modernidad. Mignolo hace notar que esta ruptura del pensamiento y las formas de vida se dio antes en América, durante el siglo XVI, con el colonialismo, porque los habitantes de América se enfrentaron a sistemas políticos, económicos y religiosos que transformaron radicalmente su visión del mundo.

El lugar de América en el sistema-mundo propició que fuera visto como un continente periférico cuya vocación era dotar de materias primas a las metrópolis europeas. Los habitantes de América fueron construidos de acuerdo a los criterios de la modernidad como sujetos no modernos: indios que no eran esclavos, pero cuya mano de obra se podía explotar; indios evangelizados pero que recaían constantemente en la idolatría, por lo que había que vigilarlos; indios nobles, pero rudos, salvajes; indios pacificados, pero de quienes había que desconfiar porque en cualquier momento se rebelaban; súbditos del rey, pero que tenían que ser tratados como menores de edad. Ni siquiera la población blanca se escapa de estas clasificaciones. Los criollos, aun cuando fueran idénticos a sus madres y a sus padres, eran americanos y, por tanto, subordinados a quienes nacieron en Europa.

Después la independencia de las colonias americanas, los estados-nación emergentes nunca abandonaron este pensamiento moderno. Por eso las relaciones de poder se mantuvieron casi intactas; los pueblos originarios, las mujeres, los campesinos, siguieron ocupando posiciones subordinadas; las oligarquías heredaron los valores modernos, y las reafirmaron controlando el gobierno, la religión y la economía. El mayor cambio del proyecto moderno/colonialista es que ahora el foco de las aspiraciones era Estados Unidos. Con su proyecto de expansión territorial y económico, a expensas del continente americano, durante los siglos XIX y XX asumimos que ser modernos, disfrutar del progreso y una vida digna, era ser como Estados Unidos.

Por supuesto que no pretendo satanizar el periodo colonial, pues es parte fundamental de nuestro pasado, somos sociedades que heredamos tanto de los colonizadores, como de los colonizados, de quienes nacieron en América y de quienes emigraron al continente. Pero es necesario reconocer que entre la herencia existe una profunda desigualdad, conflictos nunca resueltos, exclusiones que hoy entendemos como injusticia y discriminación. En 1992, por primera vez, escuché de la necesidad de repensar el colonialismo. En pleno siglo XXI la tarea no se ha acabado.

El pasado nos alcanzó

Derecho a la reproducción asistida

Ricardo Maldonado Arroyo-

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El pasado 11 de octubre se publicó la tesis de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) que reconoce el derecho de las parejas de matrimonios homosexuales a recurrir a la reproducción asistida. La reproducción asistida es la asistencia médica que, basada en resultados de investigación científica, tiene por objetivo la fecundación y el nacimiento de un ser vivo; comprende técnicas como la inducción de la ovulación, la criopreservación de ovocitos y embriones, la inseminación artificial, la fertilización in vitro, la gestación subrogada, por mencionar las más conocidas. Este es un gran paso en México, toda vez que sienta otro antecedente para que las parejas homosexuales se amparen ante obstáculos para hacer uso de servicios de reproducción asistida, fundados en discriminación a las familias homoporantales y lesboparentales.

La SCJN argumentó su tesis con principios como la protección legal a todo tipo de familias, el respeto a la decisión de ser padre o madre, el derecho a la vida privada y la familia, el derecho a la autonomía reproductiva, el acceso a los beneficios del progreso tecnológico, la libre elección y acceso a métodos para regular la fecundidad. La tesis publicada derivó del amparo en revisión 553/2018, del que resultó una tesis anterior publicada el 21 noviembre de 2018, por la que se reconoció el derecho de una pareja de hombres a asentar a su hijo en el Registro Civil de Yucatán, con los apellidos de ambos. La SCJN concluyó que en casos de reproducción asistida la autoridad no siempre podrá basarse en la filiación biológica, por lo que es necesario reconocer la filiación legal que emana de la voluntad procreacional, es decir, el compromiso de ambos padres de asumir todos los derechos y obligaciones de la filiación. Respecto al mismo, cabe mencionar que se trató de gestación subrogada, no habiendo, por parte de la mujer que prestó su vientre, interés alguno en reclamar la maternidad.

El hecho de que el amparo en revisión se tratara de dos hombres y, por tanto, personas que no pueden gestar, hace de este un caso emblemático. Si bien se ha debatido la validez ética de la gestación subrogada, lo importante de las dos tesis de la Suprema Corte es la equiparación de las parejas homosexuales con las parejas heterosexuales. No hay que perder de vista que tanto las primeras como las segundas recurren a las técnicas de reproducción asistida, así que las posibilidades y limitaciones que marque la ley deben aplicar sin distinción del tipo de familia. Yucatán tiene un vacío legal en cuanto a la reproducción asistida que ya no debiera ser empleado para negar su acceso a las familias homoparentales y lesboparentales.

En un ámbito personal, también es un caso emblemático para Yucatán y para el país, porque los padres tuvieron que atravesar un largo y costoso proceso para obtener la atención médica de la reproducción asistida, así como otro largo y costoso proceso legal para obtener el acta donde su hijo lleva los apellidos de ambos. Sólo personas que tienen la convicción de la paternidad o la maternidad tienen el arrojo de emprender una empresa que las mismas autoridades locales obstaculizaron. Saber que en nuestro estado hay dos personas que defienden con decisión inquebrantable la forma en que está compuesta su familia, es esperanzador en el contexto actual, donde la injerencia de grupos religiosos se afinca con mayor fuerza. La decisión de esta pareja no sólo ha beneficiado a su familia, sino a todas aquellas que, en situación similar, podrán recurrir a las tesis en comento para protegerse. Personas así hacen el cambio en nuestra sociedad y merecen todo nuestro reconocimiento.

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El pasado nos alcanzó

Quien tenga oídos, que escuche y actúe

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Grande ha sido la incomodidad por el pronunciamiento de diferentes personalidades en torno al matrimonio igualitario y la despenalización del aborto, que señalan directa o indirectamente el actuar de los poderes públicos del estado de Yucatán. Durante la cumbre de premios Nobel de la Paz, efectuada en Mérida, el actor Diego Luna, la cantante Joy Huerta, los cantantes Miguel Bosé y Ricky Martin, así como las premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú Tun y Shirin Ebadi, hicieron llamamientos a las autoridades locales, particularmente al Congreso del Estado, para atender el reclamo de los colectivos LBTI de reconocer plenamente todos sus derechos.

Algunos integrantes del Congreso dijeron respetar la opinión de dichos personajes, pero dejaron en claro que la decisión estaba tomada. La presión fue tal que, después de recibir una carta de organizaciones locales, el gobernador del estado, Mauricio Vila, exhortó a los legisladores a que, de volver a efectuarse la votación por el matrimonio igualitario, hicieran público el sentido del su voto. Nuevamente, hubo quien salió a manifestar su respeto a la opinión del gobernador, pero pidiendo que él, en reciprocidad, respetara la división de poderes.

En los márgenes de este discurso oficial, las redes virtuales eran un río con miles de publicaciones donde se desató la más oprobiosa xenofobia, homofobia y lesbofobia de nuestra sociedad. Entre ellas, llamó poderosamente mi atención la defensa enardecida del voto contra el matrimonio igualitario, descalificando sin prudencia alguna: “¿quiénes son esos cantantes, fuereños, que vienen a decirnos cómo gobernarnos?, ¿quiénes son para cambiar los valores con que Yucatán está conforme?, ni siquiera han recibido el Nobel de la Paz, “sólo” cantan y actúan”, clamaban múltiples voces en los espacios virtuales.

Al respecto hago notar que Rigoberta Menchú es Nobel de la Paz 1992, por su promoción decidida de los derechos indígenas en Guatemala; Shirin Ebadi es Nobel de la Paz 2003 por la defensa de los derechos humanos en Irán, particularmente de mujeres e infantes; Ricky Martin es activista LGBTI, embajador de la UNICEF por su labor contra la trata y explotación sexual de niñas y niños; Miguel Bosé es parte de ALAS, fundación que promueve la salud y educación de la infancia en América Latina; Joy Huerta coopera con organizaciones protectoras de animales y sostiene una dirigida a incentivar la participación política de latinos en Estados Unidos; Diego Luna se ha involucrado en la promoción y defensa de los derechos humanos, particularmente, por feminicidios y abusos a migrantes. Pero estos tampoco fueron méritos suficientes.

No bien había cerrado el mes, y una celebridad más, Yalitza Aparicio, aprovechó su visita en Yucatán para manifestar su apoyo al matrimonio igualitario y la despenalización del aborto, en el marco del congreso “Gente Nueva”, realizado en la Universidad Anáhuac Mayab, ante el desconcierto de los organizadores. Para la actriz era importante posicionarse, considerando que el mismo día del evento se había aprobado la despenalización del aborto en su natal Oaxaca.

Como era de esperarse, llovieron las descalificaciones, algunas con explosivas mezclas de racismo, xenofobia, clasismo y misogonia, y hubieran seguido en el mismo tenor, si no fuera porque un líder juvenil del PAN declaró que “ojalá hubiesen abortado a Yalitza”, lo que le hizo acreedor a exposición pública a nivel nacional. Pero en Yucatán sobran blancos de la ira. Personas en las redes, incluso medios de comunicación, reforzaron el ataque contra Michelle Fridman, Secretaria de Turismo que organizó la mencionada Cumbre, pero no por su desempeño como funcionaria, sino por “chilanga” y “lesbiana”.

¿Quién más debe alzar la voz para que escuchen quienes toman decisiones en el estado? ¿Por qué tienen que venir personas de fuera a decirnos que caminamos por el rumbo equivocado? Bueno, porque a las mujeres de Yucatán que han pasado décadas protestando, a los activistas LGBTI que han insistido otros tantos años, pocas veces se les escucha. No son personas ajenas, no son de fuera, son quienes han organizado, una tras otra, manifestaciones que enfrentan la férrea resistencia de esta sociedad donde diariamente se pide la muerte de las “feminazis”, las “aborteras” y los “maricones”. Los cadáveres también se han acumulado con el tiempo, pero parecen invisibles. Son voces ahogadas. Si quienes toman decisiones no escuchan a las organizaciones de derechos humanos de Yucatán, ni a personas que defienden los derechos humanos en otras latitudes, ¿a quién escuchan realmente?

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El pasado nos alcanzó

Cuando Mérida se convirtió en Fuenteovejuna

Ricardo Maldonado Arroyo-

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– ¿Quién pintó el monumento a la madre? -preguntó el alcalde de Mérida, -¡fuimos todas!- contestaron las mujeres en protesta. Ante el interés de Renán Barrera, alcalde de Mérida, por sancionar a quienes hayan pintado el mencionado monumento durante la reciente protesta para despenalizar el aborto, organizaciones no gubernamentales y ciudadanas independientes se han hecho responsables, y defienden su derecho a manifestarse, en el marco internacional de derechos humanos que contempla este tipo de acciones.

El comunicado #FuimosTodasRenán trata de frenar la campaña de criminalización de la protesta que ha avivado la flama del odio contra las movilizaciones feministas. ¿Suena exagerado? Tal vez desde la pantalla del celular o de la computadora, lo único que salta a la vista es que se dañó un monumento histórico. Pero, ¿se han percatado cuántos medios lo han fotografiado en estos días, la formulación de los encabezados, el inusitado interés por publicar todos los detalles? Nunca importó tanto el monumento a la madre. Son decenas los que han aprovechado cada nota para retratar a mujeres violentas, irracionales, cuyo único propósito es afectar a la ciudanía. ¿En serio en esto consiste una protesta feminista? ¿Ha estado presente en una? ¿No se le hace sospechosa tanta cobertura mediática?

Compárelo ahora con la cantidad de notas dedicadas estos días al rescate en Yucatán de una mujer de 26 años desaparecida en Chihuahua. ¿Nos ha importado saber que es sintomático de las redes de trata que operan en el estado? ¿Ha interesado a estos medios indagar al respecto? ¿Tenía usted conocimiento del caso? Bueno, en la protesta feminista se exigía justicia por situaciones como esta. También se ha aprovechado para contrastar la actitud aparentemente violenta de esas mujeres, con la “pacífica” y edulcorada manifestación del Frente Nacional por la Familia, efectuada el mismo día. Nadie habla de que las acciones del Frente tienen, entre otros propósitos, que se siga encarcelando a mujeres por abortar, sin importar sus condiciones socioeconómicas o si fueron violadas. ¿Considera que ese es un propósito pacífico? En esa manifestación nadie habló de Evelia, mujer indígena de Tixmehuac que está a punto de terminar su condena de 12 años por haber sufrido un aborto espontáneo, después de haber sido violada y sin contar con las garantías jurídicas para un debido proceso, pues es mayahablante. ¿Es esto lo que queremos para las mujeres de Yucatán? ¿No le parece que estamos centrando nuestra atención en un incidente para descuidar lo realmente importante?

Desde otro ámbito, hay quienes defienden a rajatabla el patrimonio histórico. El susodicho monumento está inspirado en la obra de André Lenoir, y se le regaló a la ciudad a principios de siglo XX para ensalzar la maternidad, como se hizo en todas las ciudades que aspiraban a ser modernas. Ideal de maternidad que, cabe mencionar, se promovía en contraposición a los derechos que exigían por esos mismos años, mujeres como Elvia Carrillo Puerto, incluyendo el acceso a anticonceptivos y a la interrupción del embarazo. No extrañe, por tanto, que haya sido objeto de las pintas. Lo que para unas personas es símbolo de modernidad y candor, para otras, es símbolo de opresión.

Pero en los medios virtuales es donde ha brotado lo peor de nuestra sociedad. La campaña que criminaliza la protesta feminista, orquestada por miembros de iglesias, gobiernos, empresas y medios de comunicación, ha consentido que hombres expresen con total libertad y plena impunidad su llamado a matar, violar, torturar y desaparecer mujeres. ¿No lo considera alarmante? ¿No le parece absolutamente desproporcionado? ¿No acaso es un delito? A lo largo de mi vida, he visto grafitis y daños irreparables en el Centro Histórico, pero nunca que pidieran muerte y sufrimiento para los responsables. Todavía en 2017 el INAH denunciaba la alteración o semidestrucción de 63 casas del Centro Histórico a manos de sus dueños. Estas casas podrían tener hasta 300 años más de antigüedad que el monumento a la madre. ¿Cuántos insultos y amenazas han merecido estos daños al patrimonio? ¿Cuántos videos tendría que hacer Renán Barrera para expresar su indignación?

Lo más mezquino del contexto descrito, es que nadie se hará responsable si surge la tragedia. Miles de mujeres feministas en México han sido asesinadas, la mayoría de manera brutal, en medio de una atmósfera de odio en la que han participado autoridades y medios de comunicación. Fotografías y nombres de mujeres activistas de Yucatán están circulando ahora mismo invitando a agredirlas, a perseguirlas, a acosarlas, a maldecirlas. Si son violentadas, ¿admitiremos que fuimos todos?, ¿que nuestra sociedad alimentó el odio contra ellas?, ¿nos haremos responsables de sus lesiones o de su vida, como ellas se han hecho responsables de las pintas? ¿Merecerá el interés del Ayuntamiento? En la magnífica obra dramática de Lope de Vega, Fuenteovejuna, los habitantes del pueblo, hartos de los abusos del comendador, deciden asesinarlo. Conscientes de que era una causa justa, todo el pueblo se responsabiliza. Así lo han hecho las mujeres que protestaron para despenalizar el aborto. Pero, si la causa es injusta, ¿quién se hará responsable? ¿Quién dirá “yo incité a violentarlas”?

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