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El pasado nos alcanzó

Morir de amor

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Entre las notas de la semana anterior, varios periódicos informaron de un hombre que se prendió fuego en un local del pasaje Yucatán, aquel que nace en la calle 58 del Centro de Mérida y desemboca en el Portal de Granos. La versión más difundida es que el hombre de 28 años le pidió a su ex pareja reanudar la relación y, al recibir una negativa, decidió inmolarse. Después del hecho, lo trasladaron al Hospital Juárez para atender sus quemaduras. Esta noticia podría ser una más del anecdotario urbano, pero da pie a la reflexión.

Es importante preguntar, antes que nada, cuál es el efecto de este acto sobre la integridad física y emocional de la mujer que lo presenció. Así es, aquí hay una víctima y no está en el hospital. No se trata de una muestra desesperada de amor. La agresión del hombre contra sí mismo, al margen de desconocer detalles y antecedentes, muy probablemente es resultado de un ciclo de violencia. Lenore Walker planteó que las mujeres víctimas de violencia atraviesan tres fases en la relación con su agresor: un proceso de acumulación de tensión en el que la hostilidad se reduce, generalmente, a violencia verbal, luego, la descarga de violencia física, que se acompaña de negación de ambas partes y, por último, el arrepentimiento o “luna de miel”, cuando el agresor pide perdón y trata de rectificar. El arrepentimiento suele ser engañoso porque suele reiniciar el ciclo de violencia.

En esta fase de arrepentimiento, algunos hombres pueden caer en comportamientos y actitudes que ponen en riesgo a sus parejas (o ex parejas) y a sí mismos. Atentar contra la propia vida está asociado a baja autoestima, inseguridad y un alto grado de dependencia emocional. El perfil de los agresores se caracteriza por una necesidad de control y posesión de la otra persona. Perderla les genera tal grado ansiedad que pueden recurrir a amenazas y chantajes emocionales. “Si me dejas, me mato”, de ninguna manera es una expresión de amor, es una forma violenta de restablecer el control. En los casos más trágicos, la separación termina en el asesinato de la víctima: “si me dejas, te mato”.

Por otra parte, la construcción social de la violencia se asienta en estereotipos y mandatos de género que promueven el ejercicio de la autoridad masculina y obligan a las mujeres a aceptarla. Además, el modelo del amor romántico, resultado de un largo proceso histórico, y reproducido por medios de comunicación e instituciones de diversa índole, perpetúa ideas como la entrega absoluta, el amor eterno y el vínculo indisoluble de dos personas. El amor romántico genera, justifica y enaltece las diferentes formas de violencia. Las relaciones entre personas del mismo género tampoco escapan al ciclo de violencia y al maltrato, pero han sido menos estudiadas.

Si me dejas ahora no seré capaz de sobrevivir, me encadenaste a tu falda y enseñaste a mi alma a depender de ti”, reza una canción popular de José José. En el mundo contemporáneo, en el que las mujeres están logrando el reconocimiento de derechos y reclaman autonomía, hay hombres que se niegan a establecer relaciones basadas en el diálogo, el acuerdo y la negociación. Son incapaces de dar una respuesta no violenta a situaciones que los desestabilizan. Para que la violencia de género deje de ser protagonista de la nota roja, es preciso reconocer nuestra responsabilidad como hombres y comprender que nadie tiene que morir de amor.

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El pasado nos alcanzó

A 40 años de otra pandemia

Ricardo Maldonado Arroyo-

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En el período octubre de 1980-mayo de 1981, cinco hombres jóvenes, todos homosexuales activos, fueron tratados por neumonía por Pneumocystis carinii confirmada por biopsia en tres hospitales diferentes en Los Ángeles, California. Dos de los pacientes murieron”. Con estas líneas del Morbidity and Mortality Weekly Report, publicación del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, comenzó a escribirse la historia del VIH-Sida, una de las pandemias del mundo contemporáneo que ha replanteado los alcances del conocimiento biomédico y, sobre todo, de la reacción social ante los procesos de salud-enfermedad. Es importante destacar que la experiencia en torno al VIH-Sida ha sido catalizadora de una respuesta multisectorial organizada en el que destaca la lucha de la sociedad civil frente al fenómeno de la discriminación.

A 40 años del citado reporte (5 de junio de 1981), hay varias lecciones que conviene recordar en medio de la actual pandemia de Covid-19. La primera lección consiste en reconocer que la ciencia es un conocimiento acumulado, metódico y que, aplicado, permite salvar a quienes contraen el VIH, pero, a la vez, es perfectible y dinámico. En todos estos años la investigación científica no ha desentrañado todos los secretos del VIH, aunque sí ha logrado generar un panorama muy diferente. En 1981 era una infección mortal y desconocida, en 2021 es un padecimiento crónico, tratado con terapia antirretroviral altamente efectiva y son prometedores los avances en los protocolos para desarrollar una vacuna. Buena parte de los conocimientos adquiridos en la búsqueda de esta vacuna han servido para desarrollar las de Covid-19.

Una segunda lección es que las muertes y las repercusiones a la salud se recrudecen con el estigma y la discriminación. El rechazo a las personas con VIH-Sida y, particularmente, a aquellos grupos de la población que ya cargaban con un estigma social (hombres homosexuales, mujeres transexuales, trabajadoras y trabajadores sexuales, usuarios de drogas inyectables, afrodescendientes), han justificado violaciones a los derechos humanos, negación de servicios de salud, obstáculos para obtener un empleo, criminalización de su condición, segregación y abandono. Esta reacción está emparentada con otros episodios epidémicos ante los que la nociva amalgama de pánico y desconocimiento, generó la idea de que la vulnerabilidad se contrarresta persiguiendo a quienes contraen el VIH. Afortunadamente, la acción de diversos actores, entre los que destaca la sociedad civil, han construido frentes contra la discriminación que surtieron efecto en leyes, políticas públicas y un amplio sector de la ciudadanía consciente de las verdaderas prácticas de riesgo ante el VIH y la necesidad de asumir el autocuidado.

Una lección adicional es que la educación y las estrategias de comunicación son las vías más efectivas para abatir una pandemia a mediano y largo plazo. Los países que han apostado a la educación integral en sexualidad, mensajes de prevención libres de discriminación, insumos de salud básicos como condones y lubricantes, servicios de detección oportuna con personal capacitado y sensibilizado, han logrado, si no frenar la transmisión de VIH, cuando menos estabilizar las tasas de incidencia y favorecer un clima de acogida para quienes han recibido un diagnóstico positivo. Por supuesto que los intereses de los grandes laboratorios juegan con la salud y la enfermedad, la vida y la muerte de las personas, pero cuando los estados añaden medidas punitivas y discriminatorias, se obtiene la fórmula para una propagación descontrolada.

Si bien podría mencionar otras lecciones, he tratado de recoger las más sobresalientes. 40 años de pandemia han trascurrido como un suspiro agónico, entre el dolor de las pérdidas y la convicción de que el VIH es una pandemia que habrá de superarse. Si no se atiende al hecho de que toda enfermedad es, además del resultado de un agente patógeno, la suma de todas las construcciones sociales que le dan significado, el mundo continuará enfrentando pandemias subsecuentes con los mismos temores, la misma perspectiva biomedicalizada y las mismas “soluciones” que propician exclusión y división social.

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¿Cómo puedo ayudarte?

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Para abordar a alguien con diagnóstico de Covid-19, la pregunta adecuada no es ¿cómo te contagiaste?, sino ¿cómo puedo ayudarte? La primera pregunta está inspirada en el temor, la segunda, en la solidaridad. Pensaba en estas dos maneras disímbolas de reaccionar ante una noticia cada vez más frecuente en nuestras comunidades. Yucatán se está acercando a los 50 mil casos acumulados de Covid-19. Los investigadores Angus Dawson y Bruce Jennings reflexionaban, años antes de la pandemia actual, que la solidaridad es un concepto ausente en los análisis éticos de la salud pública o, de estar presente, no se define ni caracteriza. Reflexión que obliga a valorar en qué medida nuestra respuesta individual, colectiva e institucional ante la pandemia ha sido solidaria.

Por una parte, está la insistencia en el contagio. La información acerca de los factores de riesgo (proximidad física, deficiente higiene de manos) se ha empleado muchas veces para sembrar discordia y pánico a la enfermedad, en vez de fomentar hábitos de autocuidado. Todo se reduce a precisar el momento del contagio, a describirlo, escudriñar en la memoria dónde y cuándo hubo un descuido o una acción “irresponsable”. Pero no existe modo de identificar el momento preciso en que el Sars-Cov2 ingresó al cuerpo de la persona infectada, si fue al acudir al supermercado, al tomar el autobús para ir al trabajo, por la visita que recibió de un familiar o el beso de buenas noches que le dio a su pareja. ¿Cómo te contagiaste?, es una interrogante de respuesta incierta. Pensar en ello sólo genera ansiedad a los pacientes y nada abona a su recuperación.

¿Cómo puedo ayudarte?, en cambio, da pie a acciones solidarias que nos protegen como comunidad. “La solidaridad nos permite ver que su condición en realidad está indisolublemente relacionada con la mía. Esto no se debe simplemente a que su condición pueda ser una amenaza para mí (debido, por ejemplo, a un contagio), sino a que nuestros estados de salud son interdependientes”, sostienen Dawson y Jennings.

Por consiguiente, saber los mecanismos de transmisión del Sars-Cov2 debe facilitar una respuesta efectiva y organizada para atender a quienes lo han contraído. La atención se extiende más allá de los hospitales y se traslada la intimidad del hogar, las redes familiares y de amistad. Por eso el gobierno federal ha emitido recomendaciones para casos a los que se da seguimiento en domicilio. La realidad es que, sin la ayuda de personas cercanas, el paciente no podría guardar los cuidados respectivos. Hay que hablar con claridad: el aislamiento total no es posible, pero sí reducir al mínimo la interacción con otras personas, procurando las medidas de prevención. Sin dicha ayuda, el paciente estaría obligado a proveerse personalmente de satisfactores básicos y atención médica.

Relacionar solidaridad con salud es un recordatorio del rumbo que nos llevará a amortiguar los efectos de la pandemia. Las personas que están enfermas de Covid-19 no representan una amenaza, sino un sector vulnerable de la población que apela a la solidaridad para recuperar la salud. Una comunidad que acusa, divide y segrega, incrementa el impacto de la enfermedad. Si además el gobierno institucionaliza esta actitud, el resultado es desastroso. Ahora que Yucatán transita por un repunte en los casos de Covid-19 es necesario que la solidaridad nos guie para que, a la tragedia de las pérdidas humanas, no se añada la tragedia de una sociedad dividida por el miedo.

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El pasado nos alcanzó

Diseminación de la marcha de la diversidad sexual

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Durante mi formación profesional en la Facultad de Ciencias Antropológicas tuve la fortuna de coincidir con el antropólogo Armando Rivas Lugo, pionero en el estudio de la marcha del orgullo gay en Mérida. Él describe la marcha como una acción convencional, o sea, organizada con la cooperación de diversas instituciones, pero también disruptiva, toda vez que altera el curso habitual de la dinámica citadina, y transgresora, porque visibiliza expresiones de género que son castigadas, prohibidas o negadas en otros ámbitos.

La primera edición de la marcha del orgullo en Mérida se celebró en junio de 2003, encabezada por Mammie Blue, una de las figuras icónicas del travestismo en Yucatán. Resulta particularmente interesante que no se trate de un evento aislado, sino de un movimiento social que replica símbolos, discursos y prácticas diseminados globalmente, debido a una historia de opresión compartida por personas de todo el mundo. El origen de las marchas se atribuye a los disturbios en el bar Stonewall Inn de Nueva York, en 1969, donde la policía organizó una redada para detener a personas transgénero, travestis y homosexuales. Al año siguiente un contingente desfiló para conmemorar este hecho.

Paulatinamente, los colectivos LGBTI han sumado miles de puntos del globo terráqueo a este desfile festivo y de protesta que tiene lugar, usualmente, durante el mes de junio. Amsterdam, Berlín, Londres, Madrid, Nueva York, París, Río de Janeiro, Toronto, San Francisco, Sidney, Taipei, son algunas de las ciudades donde se organizan los contingentes más numerosos. En nuestro país, la primera Marcha del Orgullo Homosexual de la Ciudad de México data de 1979. Juan Jacobo Hernández, hombre de letras que fue miembro del Frente Homosexual de Acción Revolucionaria, compartió las palabras de tan importante suceso, archivadas para la memoria: “las humillaciones y las violaciones a nuestros derechos humanos tampoco tienen fronteras, por ello, hermanados con millones de homosexuales en todo el mundo levantamos nuestra voz y unimos nuestros esfuerzos contra las dictaduras: la dictadura heterosexual, la imposición de entrometerse en nuestras vidas, nuestros cuerpos.”

La hermandad evocada en aquellos años ha extendido sus brazos hasta otras poblaciones de Yucatán, donde los colectivos LGBTI se han apropiado del discurso de la diversidad y la igualdad de derechos, para salir a las calles y mostrarse públicamente. Ya son catorce los municipios donde se organiza la marcha de la diversidad sexual. Además de Mérida, en 2017 Progreso abrió el derrotero del arcoíris, luego, Valladolid y Ticul y, finalmente, este 2021, se añadieron Akil, Motul, Muna, Peto, Tecoh, Tekax, Tekit, Tixpéhual, Tizimín y Umán. El hecho de que más comunidades se interconecten a una celebración de escala global es consecuencia, no de una ideología impuesta, como acusan grupos ultraconservadores, sino de una poderosa identificación con condiciones de exclusión y discriminación que se viven lo mismo en grandes metrópolis que en poblaciones rurales.

Pero lo más alentador es que también conecta a las personas mediante un sistema de valores que privilegia las libertades, los derechos y la inclusión de todas las personas, sin importar orientación sexual ni identidad de género. Hoy la causa de la diversidad sexual es cobijada por amplios sectores sociales, no únicamente por los colectivos LGBTI. De tal forma que las marchas de la diversidad sexual ya forman parte del calendario cívico de numerosas localidades, incluyendo Mérida. Y, como todo acto cívico, está a la vista de cualquier persona, porque la discriminación nos debe avergonzar como sociedad y, la igualdad, enorgullecer.

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