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El pasado nos alcanzó

A 40 años de otra pandemia

Ricardo Maldonado Arroyo-

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En el período octubre de 1980-mayo de 1981, cinco hombres jóvenes, todos homosexuales activos, fueron tratados por neumonía por Pneumocystis carinii confirmada por biopsia en tres hospitales diferentes en Los Ángeles, California. Dos de los pacientes murieron”. Con estas líneas del Morbidity and Mortality Weekly Report, publicación del Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, comenzó a escribirse la historia del VIH-Sida, una de las pandemias del mundo contemporáneo que ha replanteado los alcances del conocimiento biomédico y, sobre todo, de la reacción social ante los procesos de salud-enfermedad. Es importante destacar que la experiencia en torno al VIH-Sida ha sido catalizadora de una respuesta multisectorial organizada en el que destaca la lucha de la sociedad civil frente al fenómeno de la discriminación.

A 40 años del citado reporte (5 de junio de 1981), hay varias lecciones que conviene recordar en medio de la actual pandemia de Covid-19. La primera lección consiste en reconocer que la ciencia es un conocimiento acumulado, metódico y que, aplicado, permite salvar a quienes contraen el VIH, pero, a la vez, es perfectible y dinámico. En todos estos años la investigación científica no ha desentrañado todos los secretos del VIH, aunque sí ha logrado generar un panorama muy diferente. En 1981 era una infección mortal y desconocida, en 2021 es un padecimiento crónico, tratado con terapia antirretroviral altamente efectiva y son prometedores los avances en los protocolos para desarrollar una vacuna. Buena parte de los conocimientos adquiridos en la búsqueda de esta vacuna han servido para desarrollar las de Covid-19.

Una segunda lección es que las muertes y las repercusiones a la salud se recrudecen con el estigma y la discriminación. El rechazo a las personas con VIH-Sida y, particularmente, a aquellos grupos de la población que ya cargaban con un estigma social (hombres homosexuales, mujeres transexuales, trabajadoras y trabajadores sexuales, usuarios de drogas inyectables, afrodescendientes), han justificado violaciones a los derechos humanos, negación de servicios de salud, obstáculos para obtener un empleo, criminalización de su condición, segregación y abandono. Esta reacción está emparentada con otros episodios epidémicos ante los que la nociva amalgama de pánico y desconocimiento, generó la idea de que la vulnerabilidad se contrarresta persiguiendo a quienes contraen el VIH. Afortunadamente, la acción de diversos actores, entre los que destaca la sociedad civil, han construido frentes contra la discriminación que surtieron efecto en leyes, políticas públicas y un amplio sector de la ciudadanía consciente de las verdaderas prácticas de riesgo ante el VIH y la necesidad de asumir el autocuidado.

Una lección adicional es que la educación y las estrategias de comunicación son las vías más efectivas para abatir una pandemia a mediano y largo plazo. Los países que han apostado a la educación integral en sexualidad, mensajes de prevención libres de discriminación, insumos de salud básicos como condones y lubricantes, servicios de detección oportuna con personal capacitado y sensibilizado, han logrado, si no frenar la transmisión de VIH, cuando menos estabilizar las tasas de incidencia y favorecer un clima de acogida para quienes han recibido un diagnóstico positivo. Por supuesto que los intereses de los grandes laboratorios juegan con la salud y la enfermedad, la vida y la muerte de las personas, pero cuando los estados añaden medidas punitivas y discriminatorias, se obtiene la fórmula para una propagación descontrolada.

Si bien podría mencionar otras lecciones, he tratado de recoger las más sobresalientes. 40 años de pandemia han trascurrido como un suspiro agónico, entre el dolor de las pérdidas y la convicción de que el VIH es una pandemia que habrá de superarse. Si no se atiende al hecho de que toda enfermedad es, además del resultado de un agente patógeno, la suma de todas las construcciones sociales que le dan significado, el mundo continuará enfrentando pandemias subsecuentes con los mismos temores, la misma perspectiva biomedicalizada y las mismas “soluciones” que propician exclusión y división social.

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El pasado nos alcanzó

Consulta, democracia y demagogia

Ricardo Maldonado Arroyo-

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La necesidad de transitar de la democracia representativa a la democracia participativa, ha propiciado el surgimiento de diferentes mecanismos que otorgan mayor injerencia a la ciudadanía en la toma de decisiones: consejo consultivo, consulta popular, encuesta, foro, iniciativa ciudadana, jurado ciudadano, presupuesto participativo, referéndum, por mencionar los más conocidos. La consulta popular convocada por el gobierno federal para el próximo 1 de agosto pretende ser uno más de estos mecanismos, toda vez que invoca el consentimiento de la ciudadanía para enjuiciar a los ex presidentes de la República.

Sin dudar del buen ánimo de quienes acudan a votar, considero preocupante que el ímpetu democrático se canalice a ejercicios de autocomplacencia gubernamental. En una experiencia previa de 2018, López Obrador convocó a un par de consultas relacionadas con programas y acciones que son emblema del gobierno actual: el aeropuerto de Santa Lucía, el Tren Maya, el Corredor Interoceánico, la refinería Dos Bocas, Sembrando Vida, Jóvenes Construyendo el Futuro, becas Benito Juárez, pensión universal para adultos mayores y personas con discapacidad. Si bien era un planteamiento propositivo, existía un sesgo de origen: la convocatoria se efectuó a través de la Fundación Arturo Rosenblueth, la estructura de Morena y sus allegados. Como era de esperarse, todos los puntos enumerados recibieron porcentajes de aprobación que rondaban el 90%, con la participación de alrededor de un millón de personas. En aquella ocasión el INE no se involucró porque fueron consultas efectuadas antes de que López Obrador asumiera la Presidencia.

Consultar a la ciudadanía es un propósito deseable, pero se vuelve estéril al perder de vista su finalidad. ¿Fueron las anteriores o será la presente consulta decisivas en la toma de decisiones? ¿O una forma de buscar eco entre la población de lo que ya está decidido? Respecto a su propósito, el artículo 35 de la Constitución señala que son objeto de consulta popular los temas de “trascendencia nacional” y no podrán serlo los derechos humanos ni las garantías para su protección, los principios consagrados en el artículo 40 de la misma, la permanencia o continuidad en el cargo de los servidores públicos electos, la materia electoral, el sistema financiero, el Presupuesto de Egresos de la Federación, las obras de infraestructura en ejecución, la seguridad nacional y la organización, funcionamiento y disciplina de la Fuerza Armada.

Aunque la consulta popular del 1 de agosto alude a un tema de interés nacional, existen varias razones para desestimarla. Antes que nada, el resultado es predecible. Difícilmente alguien lamentará que enjuicien a los pillos que tuvimos por presidentes, acción que ya es de suyo legítima si la Fiscalía cuenta con evidencia de delitos. Además, la pregunta es vaga. Al no poder someter al voto popular el ejercicio de acción penal, la Suprema Corte tuvo que reelaborar la pregunta dejándola tan abierta que bien podría aprovecharse para juzgar a Antonio López de Santa Anna, Victoriano Huerta o Gustavo Díaz Ordaz. Los resultados tampoco son vinculantes para el Poder Judicial, no tendrá efecto jurídico alguno sobre los delitos que pudieran o no imputarse a los ex presidentes. Nuevamente, esto sólo puede suceder mediante debido proceso. Por tanto, la consulta se reduce a un ejercicio meramente simbólico, con el que se brinda a los votantes la sensación de que la justicia está en sus manos.

Entonces, ¿para qué realizarla? Consultar por consultar es un recurso demagógico que fortalece el entramado de poder dando la impresión de que hay una voluntad colectiva que apunta en la misma dirección. La de 2018, más que inclinar la balanza de las decisiones, buscaba legitimar acciones de gobierno que otras consultas (por ejemplo, las hechas en comunidades mayas) han puesto en tela de duda. La de 2021 parece que no será distinta, salvo que se espera un mayor número de votantes debido a que se pondrá a funcionar el complejo aparato del INE.

No, no es el INE el que desalienta la participación en la consulta, es la misma desconfianza en un proceso cuyo resultado ya se puede anticipar. El 1 de agosto en la tarde el presidente de la República ofrecerá un mensaje a la nación felicitándola por su destacada participación y agradeciendo que comparta su buen juicio. Su imagen, robustecida por el respaldo de los resultados de la votación, brillará mediáticamente, mientras los procesos contra los ex presidentes continuarán aguardando mejor momento.

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Morir de amor

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Entre las notas de la semana anterior, varios periódicos informaron de un hombre que se prendió fuego en un local del pasaje Yucatán, aquel que nace en la calle 58 del Centro de Mérida y desemboca en el Portal de Granos. La versión más difundida es que el hombre de 28 años le pidió a su ex pareja reanudar la relación y, al recibir una negativa, decidió inmolarse. Después del hecho, lo trasladaron al Hospital Juárez para atender sus quemaduras. Esta noticia podría ser una más del anecdotario urbano, pero da pie a la reflexión.

Es importante preguntar, antes que nada, cuál es el efecto de este acto sobre la integridad física y emocional de la mujer que lo presenció. Así es, aquí hay una víctima y no está en el hospital. No se trata de una muestra desesperada de amor. La agresión del hombre contra sí mismo, al margen de desconocer detalles y antecedentes, muy probablemente es resultado de un ciclo de violencia. Lenore Walker planteó que las mujeres víctimas de violencia atraviesan tres fases en la relación con su agresor: un proceso de acumulación de tensión en el que la hostilidad se reduce, generalmente, a violencia verbal, luego, la descarga de violencia física, que se acompaña de negación de ambas partes y, por último, el arrepentimiento o “luna de miel”, cuando el agresor pide perdón y trata de rectificar. El arrepentimiento suele ser engañoso porque suele reiniciar el ciclo de violencia.

En esta fase de arrepentimiento, algunos hombres pueden caer en comportamientos y actitudes que ponen en riesgo a sus parejas (o ex parejas) y a sí mismos. Atentar contra la propia vida está asociado a baja autoestima, inseguridad y un alto grado de dependencia emocional. El perfil de los agresores se caracteriza por una necesidad de control y posesión de la otra persona. Perderla les genera tal grado ansiedad que pueden recurrir a amenazas y chantajes emocionales. “Si me dejas, me mato”, de ninguna manera es una expresión de amor, es una forma violenta de restablecer el control. En los casos más trágicos, la separación termina en el asesinato de la víctima: “si me dejas, te mato”.

Por otra parte, la construcción social de la violencia se asienta en estereotipos y mandatos de género que promueven el ejercicio de la autoridad masculina y obligan a las mujeres a aceptarla. Además, el modelo del amor romántico, resultado de un largo proceso histórico, y reproducido por medios de comunicación e instituciones de diversa índole, perpetúa ideas como la entrega absoluta, el amor eterno y el vínculo indisoluble de dos personas. El amor romántico genera, justifica y enaltece las diferentes formas de violencia. Las relaciones entre personas del mismo género tampoco escapan al ciclo de violencia y al maltrato, pero han sido menos estudiadas.

Si me dejas ahora no seré capaz de sobrevivir, me encadenaste a tu falda y enseñaste a mi alma a depender de ti”, reza una canción popular de José José. En el mundo contemporáneo, en el que las mujeres están logrando el reconocimiento de derechos y reclaman autonomía, hay hombres que se niegan a establecer relaciones basadas en el diálogo, el acuerdo y la negociación. Son incapaces de dar una respuesta no violenta a situaciones que los desestabilizan. Para que la violencia de género deje de ser protagonista de la nota roja, es preciso reconocer nuestra responsabilidad como hombres y comprender que nadie tiene que morir de amor.

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¿Cómo puedo ayudarte?

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Para abordar a alguien con diagnóstico de Covid-19, la pregunta adecuada no es ¿cómo te contagiaste?, sino ¿cómo puedo ayudarte? La primera pregunta está inspirada en el temor, la segunda, en la solidaridad. Pensaba en estas dos maneras disímbolas de reaccionar ante una noticia cada vez más frecuente en nuestras comunidades. Yucatán se está acercando a los 50 mil casos acumulados de Covid-19. Los investigadores Angus Dawson y Bruce Jennings reflexionaban, años antes de la pandemia actual, que la solidaridad es un concepto ausente en los análisis éticos de la salud pública o, de estar presente, no se define ni caracteriza. Reflexión que obliga a valorar en qué medida nuestra respuesta individual, colectiva e institucional ante la pandemia ha sido solidaria.

Por una parte, está la insistencia en el contagio. La información acerca de los factores de riesgo (proximidad física, deficiente higiene de manos) se ha empleado muchas veces para sembrar discordia y pánico a la enfermedad, en vez de fomentar hábitos de autocuidado. Todo se reduce a precisar el momento del contagio, a describirlo, escudriñar en la memoria dónde y cuándo hubo un descuido o una acción “irresponsable”. Pero no existe modo de identificar el momento preciso en que el Sars-Cov2 ingresó al cuerpo de la persona infectada, si fue al acudir al supermercado, al tomar el autobús para ir al trabajo, por la visita que recibió de un familiar o el beso de buenas noches que le dio a su pareja. ¿Cómo te contagiaste?, es una interrogante de respuesta incierta. Pensar en ello sólo genera ansiedad a los pacientes y nada abona a su recuperación.

¿Cómo puedo ayudarte?, en cambio, da pie a acciones solidarias que nos protegen como comunidad. “La solidaridad nos permite ver que su condición en realidad está indisolublemente relacionada con la mía. Esto no se debe simplemente a que su condición pueda ser una amenaza para mí (debido, por ejemplo, a un contagio), sino a que nuestros estados de salud son interdependientes”, sostienen Dawson y Jennings.

Por consiguiente, saber los mecanismos de transmisión del Sars-Cov2 debe facilitar una respuesta efectiva y organizada para atender a quienes lo han contraído. La atención se extiende más allá de los hospitales y se traslada la intimidad del hogar, las redes familiares y de amistad. Por eso el gobierno federal ha emitido recomendaciones para casos a los que se da seguimiento en domicilio. La realidad es que, sin la ayuda de personas cercanas, el paciente no podría guardar los cuidados respectivos. Hay que hablar con claridad: el aislamiento total no es posible, pero sí reducir al mínimo la interacción con otras personas, procurando las medidas de prevención. Sin dicha ayuda, el paciente estaría obligado a proveerse personalmente de satisfactores básicos y atención médica.

Relacionar solidaridad con salud es un recordatorio del rumbo que nos llevará a amortiguar los efectos de la pandemia. Las personas que están enfermas de Covid-19 no representan una amenaza, sino un sector vulnerable de la población que apela a la solidaridad para recuperar la salud. Una comunidad que acusa, divide y segrega, incrementa el impacto de la enfermedad. Si además el gobierno institucionaliza esta actitud, el resultado es desastroso. Ahora que Yucatán transita por un repunte en los casos de Covid-19 es necesario que la solidaridad nos guie para que, a la tragedia de las pérdidas humanas, no se añada la tragedia de una sociedad dividida por el miedo.

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