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El pasado nos alcanzó

Turismo y racismo latente

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Una mujer morena, vestida con huipil yucateco y sandalias, se hinca a masajear con granos de cebada los pies de una huésped del hotel. Esta permanece sentada, envuelta con una bata de baño y sosteniendo una cerveza en la mano izquierda. Posteriormente, se remoja en una tina de madera, acompañada de un hombre. La mujer vestida de huipil se acerca a la tina para verter cerveza sobre la huésped, mientras masajea su cabello. Las imágenes descritas corresponden a la publicidad de un hotel de Yucatán que ofrece, literalmente, baños de cerveza. Las imágenes desataron polémica por la manera en que representa a las mujeres mayas. Unas personas expresan preocupación por su posible trasfondo racial y clasista, otras las califican de inocuas y, unas más, se han entusiasmado con la idea del baño de cerveza, desestimando cualquier lectura que signifique afrenta a las mujeres mayas.

¿En verdad es inocua o deseable este tipo de publicidad? Me atrevo a afirmar que no, porque está relacionada con lo que el antropólogo Eduardo Restrepo define como ‘racismo latente’, es decir, un tipo de racismo tan sutil y naturalizado, que aparenta no serlo. El racismo es un sistema de clasificación en las que las cualidades físicas y/o culturales de las personas se jerarquizan, justificando estereotipos, así como su posición en la sociedad. Frases como “trabajar como negro para vivir como blanco”, “los indígenas son muy flojos, todo lo quieren regalado” o la lapidaria: “la culpa no es del indio, sino de quien lo hace compadre”, reflejan el racismo con que hemos sido educados y que es difícil percibir porque no suelen tomarse como ofensivas o denigrantes.

Una particularidad del racismo en México es que su principal blanco no ha sido la población negra, los “amarillos” o los “pieles rojas”, sino la población indígena, que históricamente ha ocupado una posición subalterna. Esta historia de conquista y subordinación, muchas veces, de explotación, es de todos conocida. Las empresas turísticas en Yucatán venden nuestra historia sin negar lo anterior, pero exaltando la herencia arquitectónica, lingüística, gastronómica, musical y artesanal que capta la atención del visitante, particularmente, todo aquello relacionado con la cultura maya. El objetivo es causar placer a los sentidos, generar una experiencia memorable. El sector turístico está consciente de que la mayoría de los visitantes buscan conocer, recrearse y disfrutar, no apropiarse de los problemas de la localidad.

Sin embargo, cuando el producto turístico romantiza la desigualdad y el racismo, recreando la subordinación para causar placer, hay un dilema ético. Todavía más, si representa a la población maya racializando ciertas labores de servicio. El hotel que representa a una mujer maya dando masajes con cebada y baños de cerveza no inventó el hilo negro. En las haciendas turísticas he visto a hombres vestidos a la usanza de los campesinos, representando la manera en que se trabajaba el henequén o jalando caballos montados por turistas para que se tomen fotos. En restaurantes he visto mujeres con huipil sentadas sobre banquillos haciendo tortillas a la vista de los comensales.

Estas labores no son problemáticas por sí mismas, pero deben ser cuestionadas cuando son racializadas, es decir, cuando refuerzan el imaginario de que son propias de la población maya, representada con ciertas cualidades físicas y elementos diacríticos como la vestimenta. ¿Exagero? Imagine que la mujer haciendo tortillas en el restaurante fuera rubia, alta, vestida con blusa de tirantes, sombrero de ala ancha, pantalón de mezclilla y tenis (una posible turista extranjera). ¿Tendría el mismo “encanto” y “autenticidad” que el estereotipo de mujer maya? ¿Corresponde a la imagen de quien se esperaría esté preparando tortillas? Piénselo.

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El pasado nos alcanzó

Salvar las instituciones públicas de salud

Ricardo Maldonado Arroyo-

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Entre mis recuerdos más recurrentes de infancia está el acudir a consulta de la mano de mi madre, al hospital regional del ISSSTE ubicado en Mérida. Mientras esperaba a ser atendido, admiraba el elevador y el aire acondicionado, tecnologías que no formaban parte de mi cotidianidad. Desde muy pequeño supe qué era un carnet de consulta, una orden de laboratorios y un expediente clínico. En mi cabeza todas las personas tenían que hacer lo mismo para recibir atención médica. En ningún momento consideré que atenderme en el ISSSTE fuera un problema, por el contrario, comprendía perfectamente que, de esa manera, mi madre podía destinar su salario a otras necesidades de la casa.

Conforme crecía, aprendí que un amplio sector de la población prefiere no consultar en instituciones públicas de salud porque teme malgastar el tiempo en burocracia, empeorar su estado de salud durante la espera o, sencillamente, morir en el intento. Aprendí que en esas instituciones no existe personal médico, sino “matasanos”, o que programar una cirugía es una proeza. Y también comprendí, en carne propia, que esta percepción tiene su razón de ser en prácticas que niegan el derecho a la salud, así como las carencias materiales y humanas de clínicas y hospitales.

También he visto a familias perder gran parte de su patrimonio pagando servicios privados de salud que están fuera de su alcance. Las he visto endeudarse, empeñar y vender sus pertenencias, con tal de que sus seres queridos no caigan en el IMSS o el Hospital O’Horán. He escuchado su angustia por no poder pagar una noche más de hospital o el costoso tratamiento de una enfermedad terminal. El llamado gasto catastrófico en salud es una mal que empobrece todos los días a quienes menos tienen.

Pero esto no debería suceder en un país donde el derecho a la salud se procura a través de la seguridad social y la inversión pública, y con un enorme gremio de profesionales altamente preparados. Las instituciones públicas de salud deberían despertar confianza y ser motivo de orgullo para la población mexicana. Hoy que una pandemia nos amenaza, el Estado únicamente ha podido hacerle frente a través de dichas instituciones, que son el pilar del sistema nacional de salud. ¿Qué pasaría si las todas las personas enfermas de Covid-19 tuvieran que pagar las cuentas de un hospital privado? ¿Cuál sería el impacto de la contingencia sin los hospitales de la Secretaría de Salud, el IMSS, el ISSSTE, la SEDENA y PEMEX?

Ahora bien, las dramáticas escenas que hoy nos preocupan, las condiciones laborales que agobian al personal de salud, las limitaciones materiales y humanas para atender la demanda de pacientes, no se originaron con esta pandemia, más bien, se potenciaron y volvieron plática obligada. El abandono de la infraestructura hospitalaria y el racionamiento de los insumos es añejo y no ha cambiado con el gobierno actual. Es un abandono justificado con el desprestigio, con la propagación de la idea de que al hospital público sólo se va a morir. A la clase política no le ha interesado remediarlo, porque ni siquiera se atienden en las mencionadas instituciones, y contribuyen a su deshonra evitando que sus familias pongan un pie en clínicas públicas.

Es de dominio popular que el mayor problema de los servicios públicos de salud es el presupuesto, constantemente insuficiente, no pocas veces recortado. Pero ¿qué sería del IMSS si los legisladores tuvieran que atenderse en él u obtener una incapacidad como cualquier otro ciudadano? ¿Qué sería del Hospital O’Horán si la familia del gobernador tuviera que atenderse en él? ¿Qué sería del servicio de urgencias del ISSSTE si los funcionarios federales del alto rango ahí llevaran a sus hijos(as)? Son instituciones que nunca valorarán ni mejorarán si las elites políticas no corren la misma suerte que el resto de la clase trabajadora, si su salud, vida e integridad, no dependen de la calidad de la atención en el sector público, en vez de pagar por la atención del mismo médico en un consultorio privado. Yo aprendí que mi vida estaba atada a las instituciones públicas de salud cuando mi madre me llevaba a consultar al ISSSTE, cuando estuve hospitalizado en el IMSS, cuando me valoraron la vista en el O’Horán. Si no las fortalecemos, cualquier crisis sanitaria será incontrolable.

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El pasado nos alcanzó

La irresponsabilidad mata

Ricardo Maldonado Arroyo-

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La frase que sirve de título al presente texto es lema de una campaña del Gobierno del Estado de Yucatán relacionada con el Covid-19. Apareció en espectaculares de varios puntos de la ciudad, acompañada de imágenes de personas hospitalizadas con mensajes como “¿ya no aguantabas el encierro?”, “¿tantas ganas tenías de ir a la playa?”, “¿disfrutaste esa fiesta con amigos?”. En un principio consideré desafortunado que gastaran nuestros impuestos en una estrategia de comunicación cuyo objetivo es echar más leña al fuego en una sociedad polarizada, temerosa y en duelo, y que tampoco proporciona información valiosa para prevenir el Covid-19.

Sin embargo, tras reflexionar con detenimiento, me inclino a pensar que quizá el lema describe muy bien las decisiones tomadas por el Gobierno del Estado en los últimos meses de confinamiento. Esta es mi lectura:

La irresponsabilidad mata porque ciega ante las condicionantes socioeconómicas que impiden protegerse de los contagios. Para diseñar estrategias contra la pandemia, no bastaba con reunir a secretarias y secretarios de gobierno, encumbrados líderes de cámaras empresariales o la crema y nata de la política local. Era necesario que aquellas reflejaran la voz de obreros, amas de casa, pequeños comerciantes, albañiles, carniceros, trabajadoras domésticas, secretarias, entre otros miembros de una clase trabajadora cuya realidad es sensiblemente diferente a la de quienes están tomando decisiones. Hay consecuencias prácticas de tales decisiones que cualquier usuario(a) de transporte público con jornada completa de trabajo pudo prever. Es ahora, no sólo durante las campañas políticas, que es preciso recoger sus inquietudes.

La irresponsabilidad mata porque antepone intereses empresariales y políticos a la salud de la clase trabajadora. La insistencia en reportar disponibilidad en hospitales donde el personal de salud llevaba semanas clamando auxilio, sacó a flote los intereses que prevalecen en Palacio. El Gobierno del Estado montó un teatro mediático para anunciar la habilitación del Centro de Convenciones Siglo XXI como hospital temporal, pero omitiendo que no contaba con personal de salud. ¿De qué sirven las camillas y los ventiladores sin profesionales que atiendan? La escenografía se cayó con las contradicciones entre los semáforos del gobierno federal y local, hasta que el Gobernador admitió que los hospitales estaban saturados. En medio de la polémica, grandes empresarios aprovecharon el semáforo naranja para reactivar la producción y los servicios que les generan ganancias, sin garantizar condiciones óptimas para los trabajadores.

La irresponsabilidad mata cuando fomenta la perversa clasificación de personas en responsables e irresponsables, buenas y malas, conscientes e inconscientes. Esta visión reduccionista del Covid-19 ignora deliberadamente que nadie desea “matar” a sus seres queridos ni hay forma de saber la circunstancia exacta en que se dio el contagio. La sociedad yucateca está herida y los próximos años seguirá llorando a sus muertos. ¿Qué pensarán los familiares de las personas fallecidas cuando vean esos espectaculares? ¿Cómo se sentirán quienes visitaron a familiares o amistades, por razones que no podemos juzgar sin conocer sus motivaciones? ¿Qué sentirá la persona que estuvo encerrada a piedra y lodo y, sin embargo, fue hospitalizada de gravedad? ¿Desea el Gobierno del Estado añadir encono y remordimiento a un proceso de enfermedad que de por sí es confuso y trágico? ¿Se le habrá olvidado su otro lema: “unidos como uno solo”?

Ni sociedad civil ni gobierno causaron esta pandemia; además, nuestra respuesta es un complejo entramado de acciones individuales y colectivas. Por tanto, al Gobierno del Estado no le corresponde erigirse en juez de las primeras, sino en líder de las segundas. Es honesto admitir que ha tomado decisiones sensatas, como suspender clases o entregar despensas y apoyos económicos a personas desempleadas, pero se opacan con su displicencia ante las condiciones en que vive la mayor parte de la sociedad yucateca que, definitivamente, no se encuentra en playas ni fiestas con amigos. Estoy de acuerdo, sembrar discordia en medio de una crisis sanitaria global es irresponsable.

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La antigua desigualdad

Ricardo Maldonado Arroyo-

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– ¿Qué sucederá ahora? -, me preguntó un amigo, mientras charlábamos respecto a la “nueva normalidad” y las luces del semáforo que nos tiene en vilo. Él es obrero y teme perder su trabajo, de por sí mal remunerado, pero, a la vez, es consciente del riesgo de enfermar de Covid-19. Mi incapacidad para ofrecer una respuesta mínimamente estructurada, me obligó a reflexionar cuál es la posición de cada persona ante un panorama donde la esfera de la salud y la económica entran en una relación excluyente. Desarrollar las actividades económicas implica exponer la salud y viceversa.

La “nueva normalidad” se basa en al menos tres principios repetidos hasta el cansancio: evitar el contacto físico con otras personas, reducir la movilidad y maximizar la higiene. La solución parece sencilla, hasta que se inserta en la realidad social. Recientemente se dio a conocer el estudio de Héctor Hernández Bringas, de la UNAM, denominado “Mortalidad por Covid-19: notas preliminares para un perfil sociodemográfico”, en el que destaca que el 71.2% de las personas fallecidas tenía apenas educación básica, arriba del 60% desempeñaba trabajos manuales, del sector informal o no remunerados y el 51.6% fue atendido en hospitales de la Secretaría de Salud. Los datos arrojan un perfil de mayor vulnerabilidad en los estratos socioeconómicos de menores ingresos. Pero es importante no caer en la falacia estigmatizante de que esto es causa de ignorancia, irresponsabilidad o hábitos poco saludables.

En primer lugar, es necesario reconocer que no hay personas quietas en casa sin contacto con el exterior. Hay quienes están más tiempo en casa, pero no es posible proveerse de todos los insumos y servicios necesarios para sobrevivir sin personas en el exterior. De qué lado están unos y otros, es el primer síntoma de desigualdad. Además, es frecuente que quienes trabajan fuera de casa tengan contacto con muchas personas. ¿Cómo exigirles sana distancia a cajeros(as) de supermercado, repartidores de comida, taxistas o trabajadoras de maquila?

En segundo lugar, reducir la movilidad también tiene efectos dispares según las condiciones socioeconómicas. No es lo mismo acudir en vehículo propio a una oficina donde una, dos o tres personas ocupan la misma pieza, que abordar cuatro autobuses para llegar a una nave donde laboran 30 obreros. Las personas con mayor ingreso podrían recorrer 300 km. durante la semana, visitar su casa en la playa, incluso tener reuniones virtuales con decenas de personas y su riesgo de contagio sería menor que el del trabajador que tiene que utilizar el anquilosado e ineficiente sistema de transporte urbano. El problema no es sólo la cantidad de gente moviéndose sino qué condiciones tienen para hacerlo.

En tercer lugar, pensar en higiene es fácil frente a la computadora. Pero ¿de qué manera se protegen recolectores de basura, albañiles, operadores de transporte, trabajadores de limpieza y cargadores? Pensaba estas líneas mientras observaba a una docena de trabajadores de mantenimiento de parques y jardines abordar la caja de una camioneta de redilas, usando playeras a modo de cubrebocas. Si profundizamos en los factores estructurales de la desigualdad, la brecha se abre aún más: ¿cómo pedir higiene a quienes carecen de agua potable, electricidad y una vivienda digna?, ¿con qué autoridad se demanda a las personas que habitan minúsculas viviendas de interés social que permanezcan en ellas, mientras las personas que las aprobaron y se las vendieron habitan otras de mil metros cuadrados?, ¿cómo exigirles que cuiden su alimentación a trabajadores que salen de casa y lo que tienen a mano es un refresco de cola y una torta de asado?

Ciertamente la “nueva normalidad” no generó esta desigualdad, pero pretende funcionar teniéndola como base. Si se sigue pensando que los contagios de Sars-Cov2 se dan únicamente por decisiones individuales, como sociedad caeremos en la tentación del linchar sujetos aislados. Hace años que se descubrió que muchas enfermedades gastrointestinales se previenen procurando que las personas cuenten con agua potable para lavarse las manos, limpiar los alimentos y hervirla para su consumo. Y, sin embargo, años después, el 10% de la población mexicana no tienen acceso al agua potable. Cambiar el panorama para frenar el Covid-19 es aún más complejo, porque implica combatir la desigualdad en casi todos sus aspectos. Nuestros hospitales no están llenos de gente irresponsable, sino del fruto de una antigua desigualdad que está cobrando factura.

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