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Editorial

Elecciones internas en MORENA: desgastante camino de volver al mismo sitio

Inti Torres Villegas

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Después de varias semanas de incertidumbre, el Instituto Nacional Electoral (INE) redefinió nuevamente el mecanismo para la renovación dirigencial de Morena, alcanzando lo que parece ser-ahora si-su versión definitiva. Este proceso ha resultado tan agotador como rocambolesco y se ha dilatado por más de dos años, producto de distintas pugnas al interior del partido. La contienda, desarrollada a través de una serie de encuestas, permitirá definir a quienes ocuparan la presidencia y la secretaria general del partido respectivamente. Cabe destacar, como detalle anecdótico, que son al menos 120 personas quienes se han interesado o inscrito para participar en la elección.

A pesar de esto, son apenas un puñado los nombres que parecieran tener posibilidad de ocupar los cargos en disputa. Para la presidencia suenan: Mario Delgado, Gibran Ramírez y Porfirio Muñoz Ledo. Mientras que, para la secretaria general: Antonio Attolini, Citlalli Hernández y Yeidckol Polevnsky. Todas y todos coincidentes en la urgencia de dinamizar y fortalecer las bases de un partido al que califican-atinadamente-como caótico. Todas y todos, enfrentados (radicalmente) en la visión del cómo hacerlo.

Quizá con excepción de Muñoz Ledo-quien se asume al mismo nivel histórico del presidente-las y los aspirantes se han envuelto narrativamente en la defensa del Obradorismo, como han definido en su conjunto a la serie de principios discursivos que acompañaron durante tres campañas presidenciales al ahora titular del ejecutivo. Lo anterior, se explica en la intención de dejarse arrastrar por la popularidad de la que aún goza el presidente entre su núcleo de votantes. El problema es que en el largo plazo, las palabras no pueden sostenerse exclusivamente en su simbolismo, requiriendo de propuestas coherentes de concreción. En ese sentido, el Obradorismo, no tiene en sí todos los elementos de una corriente política y por momentos pareciera más una estrategia politiquera plagada de slogans y lugares comunes. Planteamientos como “primero los pobres”, “que el pueblo decida” y “hay que desterrar la corrupción”, han palidecido progresivamente convertidas ya en premisas de la administración del estado, no sólo por la natural complejidad que la tarea de su cumplimiento implica, sino también porque nunca existió una estrategia clara que los sostuviera, dando paso a las sistemáticas y pragmáticas decisiones políticas de centralizar el poder y las atribuciones del mismo. Más o menos lo que pasaba en Morena cuando López Obrador lo dirigía.

Poco contribuye a la democracia en el país que quienes aspiran a ocupar un puesto directivo en el partido que ostenta el poder, se plieguen de forma ortodoxa a los dichos y-peor aún-a las acciones del presidente, sin el menor ápice de crítica. Particularmente, cuando estas han contradicho algunas de sus propuestas de campaña, lo que ha significado en lo práctico la mantención de posiciones cuestionables en el ejercicio de la autoridad. Mas que un partido de voces e ideas verdaderamente renovadoras, MORENA parece estar destinado a convertirse en un santuario monosemico de culto político para López Obrador. Al menos, mientras este sea sinónimo de redito electoral.

Si bien, es imposible negar la trascendencia que el jefe del ejecutivo ha tenido en la historia política del país, resulta un error de cálculo atribuirle la entera responsabilidad de la aplastante victoria electoral de 2018 y en las cifras de aprobación que aún mantiene. Estas, se sostienen más en el hartazgo que las y los ciudadanos tenían y tienen por las elites políticas y los partidos que hasta hace unos años ocupaban el poder. El triunfo de López Obrador no se posibilito por lo que propuso, sino gracias a lo se oponía. Quienes aspiran a dirigir MORENA, deberían asumir que el partido, en todo caso, le pertenece más a las y los ciudadanos inconformes que al propio presidente y que, en estricta coherencia, el mismo tendría que darle cabida a las autenticas inconformidades que el titular del ejecutivo ha ido sembrando a su paso. Nadie de las y los que hoy aspiran a cargos al interior del partido parece representarlas.

Por otro lado, es importante señalar que el éxito del voto duro de MORENA no es -tal y como se presume- el resultado exclusivo de un trabajo territorial sistemático, sino de haber heredado nichos y estructuras de votación clientelar principalmente del PRD y del PRI, con todo y sus cuestionables estructuras operativas. Lo anterior, evidencia que por sí mismos no son suficientes los fundamentos valóricos, ideológicos y políticos del que se dice ser un partido de izquierda, cuando en la práctica, electoral y de administración pública, se mantienen los vicios de la clase política en México. MORENA, hay que decirlo, se queda corto como la alternativa aglutinadora de la verdadera izquierda en el país, en parte porque opera (admitámoslo) bajo la lógica del sistema vertical y autoritario que dice estar cambiando.

El partido en el poder, contrario a una de sus premisas fundamentales, hoy pareciera existir únicamente para ejercer el poder mismo.

Quizá -cada uno a su muy particular estilo y desde su muy distinta posición- han sido Gibran Ramírez y Muñoz Ledo, quienes se han permitido ser críticos del presidente y sus decisiones. El primero, a lo mejor con más timidez, aprovechando su rol como intelectual mediático y el segundo, envalentonado por la fama (un tanto fundamentada) de ser el político en activo con mayor experiencia en el país. Ambos -por cierto- enfrentados en una guerra irreconciliable de descalificaciones. Según las encuestas preliminares, ninguno de ellos encabeza las preferencias para ser el próximo presidente de MORENA. Es el diputado Mario Delgado quien hasta ahora se perfila como el futuro titular de ese cargo.

Esto, pareciera ser una buena noticia para López Obrador, quien valora y aprovecha las lealtades incondicionales y acríticas, mucho más que a las figuras divergentes que pudieran hacerle frente al interior de su propio movimiento. No obstante, el titular del ejecutivo quizá tenga sobrecalentada la calculadora política, evaluando las consecuencias de una eventual ruptura con una figura del (cuestionable) peso político de Muñoz Ledo, si este llegase a perder la presidencia.

Mientas tanto, tomando en cuenta que seguramente la presidencia la ocupara un hombre y considerando los lineamientos de paridad de genero que obligan a que un hombre y una mujer ocupen simultáneamente los cargos de la presidencia y secretaria general del partido, Citlalli Hernández, que va en formula de facto con Muñoz Ledo, ocuparía este último. Este panorama, plantea a una presidencia y a una secretaria general no del todo armonizadas entre sí. Básicamente, lo que ocurre ahora mismo.

A reserva de los resultados, lo único de lo que los morenistas pueden tener certeza es que el resultado de esta elección poco abonara a la unidad y organización del partido, ni tampoco lo dotara de pluralidad y de verdadera representación popular. Lo mas seguro, termine exacerbando una lucha intestina que poco tiene que ver con esa entelequia a la que llaman Obradorismo, y si mucho con el ejercicio del poder.

Editorial

Nuevas lecciones desde Bolivia

Mario Alejandro Valdez

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Hace justo once meses, Evo Morales fue derrocado por un Golpe de Estado impulsado por el gobierno de Donald Trump y la oligarquía racista boliviana. El suceso sorprendió al mundo, pues Morales, pese a ocupar la presidencia de la república desde hacía 14 años, continuaba siendo uno de los mandatarios más populares del planeta, caracterizándose su gestión por espectaculares logros económicos, políticos y sociales. De su rápido derrocamiento, muchos observadores progresistas dedujeron lecciones para la izquierda y los movimientos populares, destacando, entre otros señalamientos, el culto a la personalidad que el líder aimara fomentó o al menos toleró, la facilidad con la que los partidos políticos de derecha, supuestamente democráticos, se prestaron a un ardid absolutamente autoritario y racista, y la proclividad de los mandos del ejército a cambiar de bando y atropellar la legalidad sin el menor resquemor.

El domingo pasado nos han llegado nuevas lecciones desde Bolivia. Un pueblo agredido violentamente por los golpistas, vulnerado por la pandemia, acosado por una espantosa crisis económica, amedrentado por los mismos cuerpos de seguridad que lo había reprimido en innumerables ocasiones durante once meses, salió a votar masivamente y puso en orden el estado de las cosas, restaurando la democracia y devolviendo el poder, de manera contundente, al Movimiento al Socialismo, el partido de Evo Morales. El mundo entero se admira de esta impresionante victoria popular, de la que, nos parece, debemos extraer aprendizajes fundamentales.

Una primera lección es sobre el carácter del movimiento popular. Es sabido que el MAS no es un partido político tradicional, sino una coalición de movimientos de base, de obreros, campesinos, estudiantes, mujeres y que, por tanto, no obedece a la lógica de las élites políticas, sino los auténticos y profundos intereses de cada conglomerado. Este carácter popular es lo que le permitió resistir la andanada de la violencia militar y policiaca, así como la embestida de todos los medios de comunicación e incluso de la Iglesia Católica. Con su gran triunfo del pasado domingo, el MAS no sólo recupera el poder, sino restablece la senda de la transformación de Bolivia hacia una sociedad más justa.

Una segunda lección ya se vislumbraba desde noviembre pasado: la derecha NUNCA es democrática y jamás juega “limpio”. Cuando está en la oposición, se queja ensordecedoramente de persecuciones y fraudes-reales o ficticios-, pero cuando detenta el poder, utiliza sin el menor escrúpulo toda la fuerza del Estado para mantenerse en el privilegio, cueste lo que cueste, sin ninguna consideración por los derechos humanos, las leyes o los compromisos políticos. Ese carácter anti-democrático de la derecha en ocasiones, como en noviembre de 2019, se presenta como una ventaja, pero en otras, como ahora, en octubre de 2020, se revierte por su incongruencia y notoria falsedad.

Una tercera lección también se apuntó desde el inicio de la crisis: los mandos militares se mueven por dinero y ambición, y no por motivaciones como la ideología, la lealtad o el cumplimiento de la ley. Estratégicamente, Evo los apapachó durante su largo período de gobierno, manteniéndolos como un grupo aparte, dotado de privilegios y condiciones ausentes en el resto de la burocracia. Morales pensó así asegurar su apoyo, pero tristemente, y con el riesgo de su vida, de la de sus principales colaboradores y de la de los miembros del movimiento popular en general, constató lo contrario.

Una cuarta lección es probablemente la más dolorosa, pero también la más valiosa: los movimientos que en su radicalismo caen en la intolerancia y la exclusión, pese a su raigambre legítima y popular, terminan traicionándose a sí mismos y provocando un empeoramiento de las condiciones que dicen combatir. Así, tristemente, no pocas líderes feministas y dirigentes indígenas y obreros justificaron el Golpe de Estado, aduciendo errores y desviaciones de Evo, al que acusaron de dictador. Y aún cuando el ejército golpista asesinó y violó a cientos de mujeres y hombres en resistencia, continuaron durante los meses del terror racista afirmando que “todo fue por culpa del macho indígena”. La derecha sabe muy bien que la única formula para vencer al pueblo es “divide y vencerás”, por lo que la lección aquí es que toda exclusión, por legitima que parezca, ayuda al opresor y agrede al oprimido.

Lecciones de validez universal, pero de especial significado para Nuestra América, y particularmente para nuestro país, donde el gobernante MORENA no ha podido-o no ha querido-construir un auténtico movimiento de base, donde la derecha anda desbocada y descaradamente jugando al golpismo, donde el gobierno popular de López Obrador está manteniendo, y en algunos casos incluso acrecentando, el poder del ejército, y donde muchos movimientos populares, con una idea de “purismo” que roza el fanatismo religioso, promueven la intolerancia y la exclusión. ¡Nuestra admiración al pueblo boliviano! ¡No desdeñemos el valor de sus lecciones!

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A propósito de…

Cortesía en tiempos de COVID

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito la transformación de nuestros hábitos a lo largo de este 2020, es de considerarse cómo se han modificado algunos códigos de cortesía. ¿Quién habría imaginado a mediados del año pasado, por ejemplo, que saludar de mano sería no solamente una falta inadmisible, sino un atentado contra la salud e integridad propias y las de aquél con quién chocamos las palmas?

El significado de este acto ha sido diverso a través del tiempo y no siempre con propósitos afectuosos. La imagen más remota de la que se tiene referencia es un relieve procedente de Babilonia del 1800 AC donde se retrata a un rey asirio y uno babilonio estrechando sus diestras.

Aseguran que en la antigua Grecia, cuando dos extraños se encontraban en algún camino o en medio del campo, el primer impulso era sacar la daga y mostrarla al otro, anticipando un posible ataque. Si las intenciones no eran agresivas, se procedía a guardar el arma y tomar con fuerza el antebrazo del desconocido hasta comprobar que no blandiría un cuchillo.

El apretón de manos en sí, tuvo diferentes significados a lo largo de la historia. Para refrendar acuerdos, en la Roma antigua, para cerrar un negocio durante el Renacimiento y finalmente, como una expresión de afecto o respeto al encontrarse con alguien. Hoy, sin embargo, el solo intento  de extender la mano hacia otra persona resulta inadmisible.

Aunque me esfuerzo, no logro recordar cuándo fue la última ocasión en que estreché la mano de alguien. Posiblemente habrá sido en los últimos días de 2019 o en los primeros meses de este 2020. Sin duda, fue antes de marzo pasado, porque en ese mes empezó el confinamiento y la advertencia del peligro de acercarnos a otros.

Un abrazo constituye también un crimen contra la salud propia y ajena. Ese gratificante movimiento mediante el cual se rodean con los brazos mientras se atraen dos personas para manifestarse confianza, amistad, afecto, cariño o amor y cuyos beneficios son magníficos para la salud emocional, al punto de que existe un tratamiento contra el desánimo, la tristeza, el dolor, el enojo o la depresión, denominado “abrazoterapia”.

Personalmente, son estas muestras de afecto las que más extraño. Me declaro aficionada al abrazo. Hoy, en las contadas ocasiones de encuentro– siempre de a pocos–debo contener el reflejo de abrazar a mis seres queridos, mientras me llamo al orden para no permitir la reducción del espacio de, por lo menos, dos metros. Tal vez, podría recompensarme con un abrazo a mí misma, a manera de felicitación, porque nadie de entre mis más cercanos ha enfermado, lo cual debería constituir en sí motivo de felicidad.

En cuanto al beso, ignoro si alguien se permitiría tal trasgresión a las reglas de la sana distancia, porque besar a alguien en tiempos de COVID equivale al mismísimo beso de Judas y no es una parábola.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: ¿liberal o conservadora? La Iglesia yucateca en los albores de la Independencia

Mario Alejandro Valdez

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Verano de 1808. A Yucatán, como a todos los confines del Imperio Español, llegan noticias infaustas: la familia real se encuentra prisionera de Napoleón Bonaparte, tropas francesas controlan Madrid y las principales ciudades metropolitanas, muchos pueblos se han levantado en armas para resistir la invasión. Pero en América ¿dónde está el poder? ¿dónde está la legitimidad? Incluso los gobernantes y las élites criollas que controlan los ayuntamientos se harán estas preguntas a todo lo largo de Nuestra América, en un tiempo en que no pocos se decidieron por la Independencia y la libertad. También la Iglesia se cuestionó su proceder, y así como de su seno salieron patriotas como Hidalgo, Matamoros y Morelos, también hubo muchos religiosos que se mantuvieron fieles a la Corona y combatieron la insurgencia.

La Iglesia yucateca no fue la excepción. Al contrario: fue de las más distinguidas en aportar al debate y a la acción, si bien en nuestras tierras no hubo combates ni declaratorias abiertas hasta la consumación de 1821. En cambio, la gran cuestión fue el rumbo que debería tomar la Nación ante el vacío de poder. Unirse al francés fue una opción con pocos adeptos. Además de significar traición, para algunos significaba algo mucho peor: novedad. Porque los franceses, jefaturados por José Bonaparte-el célebre “Pepe Botella”, hermano de Napoleón- introdujeron a España sus leyes libertarias, su constitución, su parlamento, su laicismo. Muchos se inclinaron por la expectativa: guardar las formas para cuando regresara el Rey Fernando, al que llamaban “el deseado”. Ninguna novedad, ningún movimiento, conservadurismo total, con respeto irrestricto al absolutismo, aunque faltare la cabeza. En Yucatán esta fue la postura del Obispo Pedro Agustín Estévez y Ugarte, y de muchos de sus curas españoles y criollos. Pero también hubo otros que, a despecho de pertenecer a un cuerpo tradicional y privilegiado, buscaban el cambio, la libertad, la discusión de las ideas y, sobre todo, la renovación social y política, según las tendencias que primaban en la Europa Ilustrada, el liberalismo pues.

Dos sacerdotes yucatecos destacaron sobremanera como padres del liberalismo político en nuestra región: Vicente María Velázquez y Manuel Jiménez Solís, dos jóvenes presbíteros que brillaron en aquellos tiempos por su elocuencia y entusiasmo. Velázquez, que era capellán de la Ermita de San Juan, alojó en la sacristía de su templo una apasionada tertulia, en la que durante varias tardes y noches a la semana se leían y discutían las noticias y las ideas llegadas de Europa. Poco a poco aquella tertulia se fue formalizando en una agrupación conocida como Los Sanjuanistas, que buscaban, en aquellas condiciones de vacío de poder, ensanchar las libertades y la participación popular en las decisiones públicas, luchando por transformar a los súbditos en ciudadanos. Otros miembros destacados del foro Sanjuanista fueron José Matías Quintana-padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala.

El Obispo Estévez no veía con buenos ojos esas manifestaciones, y ordenó el cese de las reuniones en un espacio eclesiástico. Entonces el grupo se trasladó a una casa particular del mismo barrio, y hasta ella concurrían Velázquez y Jiménez, participando activamente en las primeras discusiones auténticamente políticas que tuvieron lugar en el Yucatán moderno. Así, cuando los liberales españoles lograron promulgar una constitución y establecer los Ayuntamientos representativos, electos en votaciones amplias, Los Sanjuanistas fueron el grupo dominante, y los padres Velázquez y Jiménez, si bien sin desempeñar cargos públicos de gobierno, continuaron siendo referentes en la ideología y consejeros en la práctica.

El Obispo Estévez y sus sacerdotes aliados, entre los que podemos mencionar a los padres Diego Hore, vicario de Valladolid, y Francisco de Paula Villegas, párroco de Hecelchakán, se mantuvieron fieles al absolutismo -aun cuando no había Rey que lo representara- y enfrentaron en debates públicos y por la vía de la prensa a los liberales Sanjuanistas, defendiendo los intereses tradicionales de la corporación, como la funcionalidad de la Inquisición y el mantenimiento de diezmos y obvenciones en su beneficio. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que fue en el seno de la Iglesia de aquella coyuntura en donde se dieron los debates más álgidos, las discusiones más fuertes, las reyertas verbales más enconadas.

Pero “el deseado” finalmente se liberó de la prisión napoleónica, y a su regreso, desconoció todo lo hecho en su nombre por los liberales españoles. Miles sufrieron cárcel o destierro, mientras las instituciones creadas fueron hechas añicos. ¿Qué pasó con los yucatecos Velázquez y Jiménez? Ante la amenaza del gobernador Manuel Artazo de procesarlos como a Zavala y a Quintana, el Obispo Estévez se adelantó y les decretó prisión eclesiástica. Recluidos cada uno en un convento diferente, los sacerdotes liberales fueron encausados, según el derecho canónigo, pero no suspendidos, por lo que continuaban oficiando misa en sus celdas, y se mantuvieron como parte de la Diócesis. De acuerdo con los testimonios de la época, el Obispo y los demás sacerdotes les guardaron respetuoso silencio, y aquella prisión fue más bien como un retiro. Apenas la presión monárquica se diluyó, el Obispo les sugirió a ambos pedir perdón y el sobreseimiento de sus causas por motivos de salud. Así lo hicieron, y recuperaron la libertad. Y cuando una nueva crisis sobrevino, marcando el fin de los tiempos coloniales, el propio Estévez, junto con Velázquez, Jiménez, Hore, Villegas y los demás curas residentes en Yucatán proclamaron la Independencia, aunque luego se volvieran a dividir en el ejercicio político.

Escuela de vida y escuela de política, la Iglesia colonial albergó a la vez tendencias liberales y conservadoras; independistas y colonialistas; constitucionalistas y absolutistas… Pero al final, casi siempre, prevaleció el espíritu de cuerpo, el sentido de identidad, la unión en torno a la jerarquía… Aún muy lejos de ser monolítica, la Iglesia en tiempos de crisis reacciona protegiéndose sobre sí misma, como veremos en otra coyuntura grave desatada pocas décadas después de la que hoy rememoramos.

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