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Editorial

La ultraderecha, una amenaza que no debe desdeñarse

Mario Alejandro Valdez

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De un modo grotesco, el movimiento ultraderechista denominado FRENA acampó en días pasados en el Zócalo de la Ciudad de México. Alrededor de cien personas, con festivas pero casi nunca ocupadas casitas de campaña-los protestantes sólo hacen ahí guardias de pocos minutos, y se hospedan en hoteles aledaños-, lideradas por Gilberto Lozano, un individuo que vocifera posiciones absolutamente demenciales e incluso agrede a los pocos periodistas que se le acercan, los activistas que públicamente buscan la renuncia del presidente para antes del 30 de noviembre parecieran un chiste, una gracejada para salir del tedio de una cuarentena que seguramente se prolongará por muchos meses más. Pero basta una ligera revisión a la información oficial que maneja esta organización para borrarnos la sonrisa e invitarnos a la alerta que siempre debemos de guardar frente a este tipo de expresiones.

En su página oficial, el Frente Nacional Ciudadano proclama claramente su vocación nazi-fascista, su admiración por el Imperio norteamericano y su lucha por la plena reinstauración de un Estado cristiano. ¿Les parece risible? Pues vale la pena recordar que estos tres elementos estuvieron detrás de los Golpes de Estado de la década de 1970 en Chile y Argentina, así como del orquestado contra Evo Morales, apenas en noviembre del año pasado. Pero, además, en el discurso interno de los partidos opositores oficialmente democráticos, como el PAN y el PRI, e incluso del supuestamente izquierdista PRD, constantemente se hacen alusiones a la supuesta dictadura de AMLO, sus “peligrosos” acercamientos a Cuba, y sus también supuestos coqueteos con las posiciones avanzadas de la izquierda en materia de derechos humanos. Paradójicamente, las mayores críticas fundadas hacia el actual gobierno provienen, precisamente, del escaso avance que existe en este último tema, lo que incluso ha llevado a la toma de las oficinas de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en varias partes de la república y a la solicitud de la renuncia de su titular.

Para cualquier observador medianamente informado y comprometido con la objetividad, el gobierno de AMLO va discurriendo, en términos generales, por la senda esperada, que tampoco es muy diferente a la que se comprometió a transitar. Con avances lentos pero bien enfocados en lo administrativo, enfrentando el inmenso compromiso de la pandemia bajo esquemas diferentes al neoliberal -que, por ejemplo, está mostrando evidencias de colapso en Francia-, sus dos grandes pendientes están en la esfera de la violencia, tanto en su ámbito general, vinculada al crimen organizado, como en su aspecto de género, estrechamente relacionada con el sistema patriarcal. En ambos casos, sus políticas han dado resultados muy escasos, y, en cambio, han propiciado el mantenimiento e incluso la exacerbación de las protestas de las víctimas. Sin embargo, y pese al evidente desaseo con el que se conduce MORENA, su partido político, todas las encuestas electorales y mediciones de la opinión pública señalan que, aún con una fuerte erosión, su figura mantiene el apoyo mayoritario, algo que no es poca cosa en las extremas condiciones sociales que nos está tocando vivir.

Parte del hecho de que el presidente mantenga una aceptación popular positiva se debe, precisamente, al tremendo desgaste de sus opositores. Para todos nos resulta evidente que la terrible magnitud que la pandemia ha cobrado en nuestras tierras es más que nada responsabilidad de décadas de abandono de la salud pública -por lo que el llamado de los secretarios de salud de los sexenios neoliberales terminó siendo una expresión ridícula, con efecto bumerán contra sus proponentes-y que el flagelo de la violencia tiene raíces también en situaciones de muchos años, al grado de que los principales funcionarios de seguridad pública de Fox, Calderón y Peña Nieto están, o enfrentando procesos judiciales, o prófugos. De este modo, cuando Marko Cortés, Ricardo Anaya, Felipe Calderón o Dulce María Sauri atacan al presidente en estos temas, sus señalamientos pueden terminar estallándoles en el rostro.

Nos queda claro entonces que, al menos de momento, no es el campo electoral donde puede estar la amenaza contra el gobierno de López Obrador. Y ver las ridículas casitas de campaña vacías, y escuchar las prepotentes y estúpidas declaraciones de Gilberto Lozano nos pueden llevar a la falsa idea de que tampoco es la ultraderecha nazi-fascista un enemigo a considerar. El problema, desde nuestro punto de vista, es que más allá de figuras grotescas como Lozano, y más allá del desprestigio que justamente marca a personajes como Anaya y Calderón, la ultraderecha se une en torno a la idea de que un gobierno que no se ciña a su visión reaccionaria y anti-humana lo hace parte de la conspiración comunista que pretende acabar con la Iglesia Católica, y que cualquier acción que no sea discriminatoria hacia la sexualidad en realidad es una conjura para volvernos a todos maricones y a todas lesbianas. Y ahí es cuando Calderones, Corteses y Lozanos se toman armónicamente de las manos y añoran los Te Deum que los sacerdotes de antaño cantaban cuando el advenimiento de un nuevo Rey, como también lo hicieron cuando llegó Maximiliano y cuando Victoriano Huerta asesinó a Madero. No digo que no nos divirtamos un poco con el carnaval de los “fifís” en el Zócalo, pero que la risa no nos distraiga de lo fundamental, que es continuar luchando por el progreso de México.   

Editorial

Nuevas lecciones desde Bolivia

Mario Alejandro Valdez

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Hace justo once meses, Evo Morales fue derrocado por un Golpe de Estado impulsado por el gobierno de Donald Trump y la oligarquía racista boliviana. El suceso sorprendió al mundo, pues Morales, pese a ocupar la presidencia de la república desde hacía 14 años, continuaba siendo uno de los mandatarios más populares del planeta, caracterizándose su gestión por espectaculares logros económicos, políticos y sociales. De su rápido derrocamiento, muchos observadores progresistas dedujeron lecciones para la izquierda y los movimientos populares, destacando, entre otros señalamientos, el culto a la personalidad que el líder aimara fomentó o al menos toleró, la facilidad con la que los partidos políticos de derecha, supuestamente democráticos, se prestaron a un ardid absolutamente autoritario y racista, y la proclividad de los mandos del ejército a cambiar de bando y atropellar la legalidad sin el menor resquemor.

El domingo pasado nos han llegado nuevas lecciones desde Bolivia. Un pueblo agredido violentamente por los golpistas, vulnerado por la pandemia, acosado por una espantosa crisis económica, amedrentado por los mismos cuerpos de seguridad que lo había reprimido en innumerables ocasiones durante once meses, salió a votar masivamente y puso en orden el estado de las cosas, restaurando la democracia y devolviendo el poder, de manera contundente, al Movimiento al Socialismo, el partido de Evo Morales. El mundo entero se admira de esta impresionante victoria popular, de la que, nos parece, debemos extraer aprendizajes fundamentales.

Una primera lección es sobre el carácter del movimiento popular. Es sabido que el MAS no es un partido político tradicional, sino una coalición de movimientos de base, de obreros, campesinos, estudiantes, mujeres y que, por tanto, no obedece a la lógica de las élites políticas, sino los auténticos y profundos intereses de cada conglomerado. Este carácter popular es lo que le permitió resistir la andanada de la violencia militar y policiaca, así como la embestida de todos los medios de comunicación e incluso de la Iglesia Católica. Con su gran triunfo del pasado domingo, el MAS no sólo recupera el poder, sino restablece la senda de la transformación de Bolivia hacia una sociedad más justa.

Una segunda lección ya se vislumbraba desde noviembre pasado: la derecha NUNCA es democrática y jamás juega “limpio”. Cuando está en la oposición, se queja ensordecedoramente de persecuciones y fraudes-reales o ficticios-, pero cuando detenta el poder, utiliza sin el menor escrúpulo toda la fuerza del Estado para mantenerse en el privilegio, cueste lo que cueste, sin ninguna consideración por los derechos humanos, las leyes o los compromisos políticos. Ese carácter anti-democrático de la derecha en ocasiones, como en noviembre de 2019, se presenta como una ventaja, pero en otras, como ahora, en octubre de 2020, se revierte por su incongruencia y notoria falsedad.

Una tercera lección también se apuntó desde el inicio de la crisis: los mandos militares se mueven por dinero y ambición, y no por motivaciones como la ideología, la lealtad o el cumplimiento de la ley. Estratégicamente, Evo los apapachó durante su largo período de gobierno, manteniéndolos como un grupo aparte, dotado de privilegios y condiciones ausentes en el resto de la burocracia. Morales pensó así asegurar su apoyo, pero tristemente, y con el riesgo de su vida, de la de sus principales colaboradores y de la de los miembros del movimiento popular en general, constató lo contrario.

Una cuarta lección es probablemente la más dolorosa, pero también la más valiosa: los movimientos que en su radicalismo caen en la intolerancia y la exclusión, pese a su raigambre legítima y popular, terminan traicionándose a sí mismos y provocando un empeoramiento de las condiciones que dicen combatir. Así, tristemente, no pocas líderes feministas y dirigentes indígenas y obreros justificaron el Golpe de Estado, aduciendo errores y desviaciones de Evo, al que acusaron de dictador. Y aún cuando el ejército golpista asesinó y violó a cientos de mujeres y hombres en resistencia, continuaron durante los meses del terror racista afirmando que “todo fue por culpa del macho indígena”. La derecha sabe muy bien que la única formula para vencer al pueblo es “divide y vencerás”, por lo que la lección aquí es que toda exclusión, por legitima que parezca, ayuda al opresor y agrede al oprimido.

Lecciones de validez universal, pero de especial significado para Nuestra América, y particularmente para nuestro país, donde el gobernante MORENA no ha podido-o no ha querido-construir un auténtico movimiento de base, donde la derecha anda desbocada y descaradamente jugando al golpismo, donde el gobierno popular de López Obrador está manteniendo, y en algunos casos incluso acrecentando, el poder del ejército, y donde muchos movimientos populares, con una idea de “purismo” que roza el fanatismo religioso, promueven la intolerancia y la exclusión. ¡Nuestra admiración al pueblo boliviano! ¡No desdeñemos el valor de sus lecciones!

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A propósito de…

Cortesía en tiempos de COVID

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito la transformación de nuestros hábitos a lo largo de este 2020, es de considerarse cómo se han modificado algunos códigos de cortesía. ¿Quién habría imaginado a mediados del año pasado, por ejemplo, que saludar de mano sería no solamente una falta inadmisible, sino un atentado contra la salud e integridad propias y las de aquél con quién chocamos las palmas?

El significado de este acto ha sido diverso a través del tiempo y no siempre con propósitos afectuosos. La imagen más remota de la que se tiene referencia es un relieve procedente de Babilonia del 1800 AC donde se retrata a un rey asirio y uno babilonio estrechando sus diestras.

Aseguran que en la antigua Grecia, cuando dos extraños se encontraban en algún camino o en medio del campo, el primer impulso era sacar la daga y mostrarla al otro, anticipando un posible ataque. Si las intenciones no eran agresivas, se procedía a guardar el arma y tomar con fuerza el antebrazo del desconocido hasta comprobar que no blandiría un cuchillo.

El apretón de manos en sí, tuvo diferentes significados a lo largo de la historia. Para refrendar acuerdos, en la Roma antigua, para cerrar un negocio durante el Renacimiento y finalmente, como una expresión de afecto o respeto al encontrarse con alguien. Hoy, sin embargo, el solo intento  de extender la mano hacia otra persona resulta inadmisible.

Aunque me esfuerzo, no logro recordar cuándo fue la última ocasión en que estreché la mano de alguien. Posiblemente habrá sido en los últimos días de 2019 o en los primeros meses de este 2020. Sin duda, fue antes de marzo pasado, porque en ese mes empezó el confinamiento y la advertencia del peligro de acercarnos a otros.

Un abrazo constituye también un crimen contra la salud propia y ajena. Ese gratificante movimiento mediante el cual se rodean con los brazos mientras se atraen dos personas para manifestarse confianza, amistad, afecto, cariño o amor y cuyos beneficios son magníficos para la salud emocional, al punto de que existe un tratamiento contra el desánimo, la tristeza, el dolor, el enojo o la depresión, denominado “abrazoterapia”.

Personalmente, son estas muestras de afecto las que más extraño. Me declaro aficionada al abrazo. Hoy, en las contadas ocasiones de encuentro– siempre de a pocos–debo contener el reflejo de abrazar a mis seres queridos, mientras me llamo al orden para no permitir la reducción del espacio de, por lo menos, dos metros. Tal vez, podría recompensarme con un abrazo a mí misma, a manera de felicitación, porque nadie de entre mis más cercanos ha enfermado, lo cual debería constituir en sí motivo de felicidad.

En cuanto al beso, ignoro si alguien se permitiría tal trasgresión a las reglas de la sana distancia, porque besar a alguien en tiempos de COVID equivale al mismísimo beso de Judas y no es una parábola.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: ¿liberal o conservadora? La Iglesia yucateca en los albores de la Independencia

Mario Alejandro Valdez

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Verano de 1808. A Yucatán, como a todos los confines del Imperio Español, llegan noticias infaustas: la familia real se encuentra prisionera de Napoleón Bonaparte, tropas francesas controlan Madrid y las principales ciudades metropolitanas, muchos pueblos se han levantado en armas para resistir la invasión. Pero en América ¿dónde está el poder? ¿dónde está la legitimidad? Incluso los gobernantes y las élites criollas que controlan los ayuntamientos se harán estas preguntas a todo lo largo de Nuestra América, en un tiempo en que no pocos se decidieron por la Independencia y la libertad. También la Iglesia se cuestionó su proceder, y así como de su seno salieron patriotas como Hidalgo, Matamoros y Morelos, también hubo muchos religiosos que se mantuvieron fieles a la Corona y combatieron la insurgencia.

La Iglesia yucateca no fue la excepción. Al contrario: fue de las más distinguidas en aportar al debate y a la acción, si bien en nuestras tierras no hubo combates ni declaratorias abiertas hasta la consumación de 1821. En cambio, la gran cuestión fue el rumbo que debería tomar la Nación ante el vacío de poder. Unirse al francés fue una opción con pocos adeptos. Además de significar traición, para algunos significaba algo mucho peor: novedad. Porque los franceses, jefaturados por José Bonaparte-el célebre “Pepe Botella”, hermano de Napoleón- introdujeron a España sus leyes libertarias, su constitución, su parlamento, su laicismo. Muchos se inclinaron por la expectativa: guardar las formas para cuando regresara el Rey Fernando, al que llamaban “el deseado”. Ninguna novedad, ningún movimiento, conservadurismo total, con respeto irrestricto al absolutismo, aunque faltare la cabeza. En Yucatán esta fue la postura del Obispo Pedro Agustín Estévez y Ugarte, y de muchos de sus curas españoles y criollos. Pero también hubo otros que, a despecho de pertenecer a un cuerpo tradicional y privilegiado, buscaban el cambio, la libertad, la discusión de las ideas y, sobre todo, la renovación social y política, según las tendencias que primaban en la Europa Ilustrada, el liberalismo pues.

Dos sacerdotes yucatecos destacaron sobremanera como padres del liberalismo político en nuestra región: Vicente María Velázquez y Manuel Jiménez Solís, dos jóvenes presbíteros que brillaron en aquellos tiempos por su elocuencia y entusiasmo. Velázquez, que era capellán de la Ermita de San Juan, alojó en la sacristía de su templo una apasionada tertulia, en la que durante varias tardes y noches a la semana se leían y discutían las noticias y las ideas llegadas de Europa. Poco a poco aquella tertulia se fue formalizando en una agrupación conocida como Los Sanjuanistas, que buscaban, en aquellas condiciones de vacío de poder, ensanchar las libertades y la participación popular en las decisiones públicas, luchando por transformar a los súbditos en ciudadanos. Otros miembros destacados del foro Sanjuanista fueron José Matías Quintana-padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala.

El Obispo Estévez no veía con buenos ojos esas manifestaciones, y ordenó el cese de las reuniones en un espacio eclesiástico. Entonces el grupo se trasladó a una casa particular del mismo barrio, y hasta ella concurrían Velázquez y Jiménez, participando activamente en las primeras discusiones auténticamente políticas que tuvieron lugar en el Yucatán moderno. Así, cuando los liberales españoles lograron promulgar una constitución y establecer los Ayuntamientos representativos, electos en votaciones amplias, Los Sanjuanistas fueron el grupo dominante, y los padres Velázquez y Jiménez, si bien sin desempeñar cargos públicos de gobierno, continuaron siendo referentes en la ideología y consejeros en la práctica.

El Obispo Estévez y sus sacerdotes aliados, entre los que podemos mencionar a los padres Diego Hore, vicario de Valladolid, y Francisco de Paula Villegas, párroco de Hecelchakán, se mantuvieron fieles al absolutismo -aun cuando no había Rey que lo representara- y enfrentaron en debates públicos y por la vía de la prensa a los liberales Sanjuanistas, defendiendo los intereses tradicionales de la corporación, como la funcionalidad de la Inquisición y el mantenimiento de diezmos y obvenciones en su beneficio. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que fue en el seno de la Iglesia de aquella coyuntura en donde se dieron los debates más álgidos, las discusiones más fuertes, las reyertas verbales más enconadas.

Pero “el deseado” finalmente se liberó de la prisión napoleónica, y a su regreso, desconoció todo lo hecho en su nombre por los liberales españoles. Miles sufrieron cárcel o destierro, mientras las instituciones creadas fueron hechas añicos. ¿Qué pasó con los yucatecos Velázquez y Jiménez? Ante la amenaza del gobernador Manuel Artazo de procesarlos como a Zavala y a Quintana, el Obispo Estévez se adelantó y les decretó prisión eclesiástica. Recluidos cada uno en un convento diferente, los sacerdotes liberales fueron encausados, según el derecho canónigo, pero no suspendidos, por lo que continuaban oficiando misa en sus celdas, y se mantuvieron como parte de la Diócesis. De acuerdo con los testimonios de la época, el Obispo y los demás sacerdotes les guardaron respetuoso silencio, y aquella prisión fue más bien como un retiro. Apenas la presión monárquica se diluyó, el Obispo les sugirió a ambos pedir perdón y el sobreseimiento de sus causas por motivos de salud. Así lo hicieron, y recuperaron la libertad. Y cuando una nueva crisis sobrevino, marcando el fin de los tiempos coloniales, el propio Estévez, junto con Velázquez, Jiménez, Hore, Villegas y los demás curas residentes en Yucatán proclamaron la Independencia, aunque luego se volvieran a dividir en el ejercicio político.

Escuela de vida y escuela de política, la Iglesia colonial albergó a la vez tendencias liberales y conservadoras; independistas y colonialistas; constitucionalistas y absolutistas… Pero al final, casi siempre, prevaleció el espíritu de cuerpo, el sentido de identidad, la unión en torno a la jerarquía… Aún muy lejos de ser monolítica, la Iglesia en tiempos de crisis reacciona protegiéndose sobre sí misma, como veremos en otra coyuntura grave desatada pocas décadas después de la que hoy rememoramos.

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