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Editorial

La derecha de a pie

Inti Torres Villegas

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El campamento que desde hace mas de una semana mantienen algunos integrantes del denominado Frente Nacional Anti-AMLO (FRENAA) en el centro de la Ciudad de México, nos ha regalado una serie de postales a las que muchas y muchos hemos calificado como risibles, burdas y surreales. De igual forma, las delirantes declaraciones de Gilberto Lozano, líder del Frente, y de muchas y muchos de quienes participan en esta movilización, se han hecho acreedoras de toda clase de burlas y descalificaciones. Si bien, las críticas y los cuestionamientos a los dichos y las acciones impulsadas por FRENAA cuentan con sustento suficiente, estos se han acompañado de cierta soberbia caricaturizadora del movimiento, desestimando sus alcances y pasando por alto los factores sociales, históricos y culturales que han contribuido a la génesis de este tipo de expresiones en todo el mundo.

Los erráticos y falaces argumentos de FRENAA, evidencian que más allá de la coyuntura concreta de oposición al desempeño de López Obrador al frente del país, a quienes integran el movimiento los conjunta más bien la fobia al cambio y el miedo a perder un país -y hasta un mundo- que se organiza privilegiando a uno/as a partir de la negación de los derechos de otro/as. Las expresiones clasistas, misóginas, homofóbicas y racistas que caracterizan a las movilizaciones convocadas por el Frente, analogan, nos guste o no, a un sector no menor de la población en México que más allá de aprobar o no la gestión del presidente, se niega férreamente a la concreción del establecimiento de un país sostenido en el ejercicio de derechos.

A pesar de que seria disparatado calificar como auténticos representantes del pueblo al grupúsculo de personas que hasta el día de hoy mantiene ocupado el Zócalo y una parte del centro histórico del otrora Distrito Federal, muchos de sus preceptos conservadores y de ortodoxia religiosa encuentran eco en muchos rincones del país que nada tienen de privilegiados.

Convendrá entender que esa fracción poblacional del país que encuentra y hace eco de lo manifestado en las movilizaciones de FRENAA, ni siquiera integran a las elites económicas con las que se ha relacionado al movimiento, si no que sencillamente son herederos y herederas de una cultura nacional que fundamentalmente se construyó y desarrollo a partir del colonialismo, el machismo, la heteronorma, la ortodoxia de la religión institucionalizada y el adultocentrismo. Gente que asume que estas reprobables estructuras constituyen una normalidad perene, y cuyo desvanecimiento les genera la natural ansiedad que todo cambio social trae consigo.

Estas manifestaciones tendientes hacia la ultraderecha no son para nada un fenómeno emergente, sino más bien la expresión pública de una serie de ideas subyacentes en el país y que quizá como sociedad minimizamos en los últimos tiempos, a causa del fulgor de las transformaciones institucionales que durante los últimos años han ocurrido en México.

Empeñados y empeñadas en avanzar por el camino progresista, de pronto nos ocupamos poco en entender y atender a las expresiones que se oponen a derechos como el matrimonio igualitario, la interrupción legal del aborto, la adopción homoparental, entre otros. Naturalmente, las hemos descalificado y satirizado, sin reparar en que ideas tan profundamente arraigadas sólo puedan erradicarse a través de procesos dialógicos de largo plazo.

Si bien los derechos y su promulgación no pueden nunca postergarse, los cambios sociales que los acompañan, requieren tiempo, paciencia y acciones no confrontativas, sino pedagógicas. A la usanza de los movimientos de izquierda latinoamericana surgidos en la segunda mitad del siglo XX, el progresismo y la avanzada de derechos, requerirán regresar a la base social, retomar y disputar los espacios que hoy, por ejemplo, ocupan las iglesias evangélicas como espacios de convergencia y reflexión social en las zonas de mayor marginación del país. El peligro de la derecha no es propiamente la base adherente de sus ideas, sino la propagación y el encumbramiento de las mismas. Y claro, las y los oportunistas que se aprovechan de estas fuerzas sociales opositoras a las transformaciones.

No se trata de ser condescendientes, pero si de entender que asumir una postura soberbia o que desdeñe sin atender a de las expresiones de la derecha de a pie (por llamarle de alguna forma), en el fondo contribuye a su falaz narrativa tendiente a la victimización y al martirio.

Mas allá de estar o no de acuerdo con el rumbo que ha tomado el país durante la administración actual, es deber de las y los ciudadanos militantes de ejercicio irrestricto de los derechos humanos construir en nuestra cotidianidad estrategias empáticas pero firmes de promoción de los mismos. Adicionalmente a los memes, el twitter y los foros de comentarios de los espacios noticiosos, pensemos en las sobremesas, los mercados, el transporte público, como espacios de disputa pedagógica de las ideas. Quizás ocupados en burlarnos tanto de la derecha que circulaba en caravanas domingueras en sus lujosos autos, hemos dejado de entender y dialogar con la derecha que lo hace todos los días a pie.

A propósito de…

Cortesía en tiempos de COVID

Cristina Martin Urzaiz

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A propósito la transformación de nuestros hábitos a lo largo de este 2020, es de considerarse cómo se han modificado algunos códigos de cortesía. ¿Quién habría imaginado a mediados del año pasado, por ejemplo, que saludar de mano sería no solamente una falta inadmisible, sino un atentado contra la salud e integridad propias y las de aquél con quién chocamos las palmas?

El significado de este acto ha sido diverso a través del tiempo y no siempre con propósitos afectuosos. La imagen más remota de la que se tiene referencia es un relieve procedente de Babilonia del 1800 AC donde se retrata a un rey asirio y uno babilonio estrechando sus diestras.

Aseguran que en la antigua Grecia, cuando dos extraños se encontraban en algún camino o en medio del campo, el primer impulso era sacar la daga y mostrarla al otro, anticipando un posible ataque. Si las intenciones no eran agresivas, se procedía a guardar el arma y tomar con fuerza el antebrazo del desconocido hasta comprobar que no blandiría un cuchillo.

El apretón de manos en sí, tuvo diferentes significados a lo largo de la historia. Para refrendar acuerdos, en la Roma antigua, para cerrar un negocio durante el Renacimiento y finalmente, como una expresión de afecto o respeto al encontrarse con alguien. Hoy, sin embargo, el solo intento  de extender la mano hacia otra persona resulta inadmisible.

Aunque me esfuerzo, no logro recordar cuándo fue la última ocasión en que estreché la mano de alguien. Posiblemente habrá sido en los últimos días de 2019 o en los primeros meses de este 2020. Sin duda, fue antes de marzo pasado, porque en ese mes empezó el confinamiento y la advertencia del peligro de acercarnos a otros.

Un abrazo constituye también un crimen contra la salud propia y ajena. Ese gratificante movimiento mediante el cual se rodean con los brazos mientras se atraen dos personas para manifestarse confianza, amistad, afecto, cariño o amor y cuyos beneficios son magníficos para la salud emocional, al punto de que existe un tratamiento contra el desánimo, la tristeza, el dolor, el enojo o la depresión, denominado “abrazoterapia”.

Personalmente, son estas muestras de afecto las que más extraño. Me declaro aficionada al abrazo. Hoy, en las contadas ocasiones de encuentro– siempre de a pocos–debo contener el reflejo de abrazar a mis seres queridos, mientras me llamo al orden para no permitir la reducción del espacio de, por lo menos, dos metros. Tal vez, podría recompensarme con un abrazo a mí misma, a manera de felicitación, porque nadie de entre mis más cercanos ha enfermado, lo cual debería constituir en sí motivo de felicidad.

En cuanto al beso, ignoro si alguien se permitiría tal trasgresión a las reglas de la sana distancia, porque besar a alguien en tiempos de COVID equivale al mismísimo beso de Judas y no es una parábola.

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La política en Yucatán

Introspección histórica: ¿liberal o conservadora? La Iglesia yucateca en los albores de la Independencia

Mario Alejandro Valdez

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Verano de 1808. A Yucatán, como a todos los confines del Imperio Español, llegan noticias infaustas: la familia real se encuentra prisionera de Napoleón Bonaparte, tropas francesas controlan Madrid y las principales ciudades metropolitanas, muchos pueblos se han levantado en armas para resistir la invasión. Pero en América ¿dónde está el poder? ¿dónde está la legitimidad? Incluso los gobernantes y las élites criollas que controlan los ayuntamientos se harán estas preguntas a todo lo largo de Nuestra América, en un tiempo en que no pocos se decidieron por la Independencia y la libertad. También la Iglesia se cuestionó su proceder, y así como de su seno salieron patriotas como Hidalgo, Matamoros y Morelos, también hubo muchos religiosos que se mantuvieron fieles a la Corona y combatieron la insurgencia.

La Iglesia yucateca no fue la excepción. Al contrario: fue de las más distinguidas en aportar al debate y a la acción, si bien en nuestras tierras no hubo combates ni declaratorias abiertas hasta la consumación de 1821. En cambio, la gran cuestión fue el rumbo que debería tomar la Nación ante el vacío de poder. Unirse al francés fue una opción con pocos adeptos. Además de significar traición, para algunos significaba algo mucho peor: novedad. Porque los franceses, jefaturados por José Bonaparte-el célebre “Pepe Botella”, hermano de Napoleón- introdujeron a España sus leyes libertarias, su constitución, su parlamento, su laicismo. Muchos se inclinaron por la expectativa: guardar las formas para cuando regresara el Rey Fernando, al que llamaban “el deseado”. Ninguna novedad, ningún movimiento, conservadurismo total, con respeto irrestricto al absolutismo, aunque faltare la cabeza. En Yucatán esta fue la postura del Obispo Pedro Agustín Estévez y Ugarte, y de muchos de sus curas españoles y criollos. Pero también hubo otros que, a despecho de pertenecer a un cuerpo tradicional y privilegiado, buscaban el cambio, la libertad, la discusión de las ideas y, sobre todo, la renovación social y política, según las tendencias que primaban en la Europa Ilustrada, el liberalismo pues.

Dos sacerdotes yucatecos destacaron sobremanera como padres del liberalismo político en nuestra región: Vicente María Velázquez y Manuel Jiménez Solís, dos jóvenes presbíteros que brillaron en aquellos tiempos por su elocuencia y entusiasmo. Velázquez, que era capellán de la Ermita de San Juan, alojó en la sacristía de su templo una apasionada tertulia, en la que durante varias tardes y noches a la semana se leían y discutían las noticias y las ideas llegadas de Europa. Poco a poco aquella tertulia se fue formalizando en una agrupación conocida como Los Sanjuanistas, que buscaban, en aquellas condiciones de vacío de poder, ensanchar las libertades y la participación popular en las decisiones públicas, luchando por transformar a los súbditos en ciudadanos. Otros miembros destacados del foro Sanjuanista fueron José Matías Quintana-padre de Andrés Quintana Roo- y Lorenzo de Zavala.

El Obispo Estévez no veía con buenos ojos esas manifestaciones, y ordenó el cese de las reuniones en un espacio eclesiástico. Entonces el grupo se trasladó a una casa particular del mismo barrio, y hasta ella concurrían Velázquez y Jiménez, participando activamente en las primeras discusiones auténticamente políticas que tuvieron lugar en el Yucatán moderno. Así, cuando los liberales españoles lograron promulgar una constitución y establecer los Ayuntamientos representativos, electos en votaciones amplias, Los Sanjuanistas fueron el grupo dominante, y los padres Velázquez y Jiménez, si bien sin desempeñar cargos públicos de gobierno, continuaron siendo referentes en la ideología y consejeros en la práctica.

El Obispo Estévez y sus sacerdotes aliados, entre los que podemos mencionar a los padres Diego Hore, vicario de Valladolid, y Francisco de Paula Villegas, párroco de Hecelchakán, se mantuvieron fieles al absolutismo -aun cuando no había Rey que lo representara- y enfrentaron en debates públicos y por la vía de la prensa a los liberales Sanjuanistas, defendiendo los intereses tradicionales de la corporación, como la funcionalidad de la Inquisición y el mantenimiento de diezmos y obvenciones en su beneficio. Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que fue en el seno de la Iglesia de aquella coyuntura en donde se dieron los debates más álgidos, las discusiones más fuertes, las reyertas verbales más enconadas.

Pero “el deseado” finalmente se liberó de la prisión napoleónica, y a su regreso, desconoció todo lo hecho en su nombre por los liberales españoles. Miles sufrieron cárcel o destierro, mientras las instituciones creadas fueron hechas añicos. ¿Qué pasó con los yucatecos Velázquez y Jiménez? Ante la amenaza del gobernador Manuel Artazo de procesarlos como a Zavala y a Quintana, el Obispo Estévez se adelantó y les decretó prisión eclesiástica. Recluidos cada uno en un convento diferente, los sacerdotes liberales fueron encausados, según el derecho canónigo, pero no suspendidos, por lo que continuaban oficiando misa en sus celdas, y se mantuvieron como parte de la Diócesis. De acuerdo con los testimonios de la época, el Obispo y los demás sacerdotes les guardaron respetuoso silencio, y aquella prisión fue más bien como un retiro. Apenas la presión monárquica se diluyó, el Obispo les sugirió a ambos pedir perdón y el sobreseimiento de sus causas por motivos de salud. Así lo hicieron, y recuperaron la libertad. Y cuando una nueva crisis sobrevino, marcando el fin de los tiempos coloniales, el propio Estévez, junto con Velázquez, Jiménez, Hore, Villegas y los demás curas residentes en Yucatán proclamaron la Independencia, aunque luego se volvieran a dividir en el ejercicio político.

Escuela de vida y escuela de política, la Iglesia colonial albergó a la vez tendencias liberales y conservadoras; independistas y colonialistas; constitucionalistas y absolutistas… Pero al final, casi siempre, prevaleció el espíritu de cuerpo, el sentido de identidad, la unión en torno a la jerarquía… Aún muy lejos de ser monolítica, la Iglesia en tiempos de crisis reacciona protegiéndose sobre sí misma, como veremos en otra coyuntura grave desatada pocas décadas después de la que hoy rememoramos.

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Editorial

Plebiscito constitucional en Chile

Inti Torres Villegas

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Más allá de dichos y hechos orientados a reinstalar el orden, el gobierno de Chile no alcanzó a reaccionar durante el del estallido social iniciado en octubre de 2019. La fútil decisión gubernamental de echar para atrás el aumento en el costo del metro de Santiago, pasó inadvertida después iniciada la revuelta. La misma suerte corrió la denominada Nueva Agenda Social, presentada por el presidente Piñera como respuesta a las movilizaciones. Esta era apenas un paliativo a muchas de las demandas históricas de la sociedad en Chile, relacionadas con la modificación del sistema de pensiones, la gratuidad educativa, el mejoramiento de los servicios públicos de salud, el fin de la depredación medioambiental, el reconocimiento y la dignificación de los pueblos originarios, entre muchas otras que pueden sintetizarse en el anhelo de la modificación del modelo subsidiario impuesto durante la dictadura militar y contenida en la constitución elaborada por ese régimen en 1980.

Bajo esta premisa, comenzó a resonar un viejo anhelo muchas veces frustrado desde la vuelta de la democracia en 1990: redactar una nueva constitución nacional. Quizás a regañadientes, las fracciones de izquierda y de derecha en el Congreso comenzaron una serie de negociaciones que tuvieron su corolario el 25 de noviembre, cuando se anunció la propuesta de un plebiscito para que las y los chilenos expresaran si querían o no redactar una nueva constitución y el esquema para hacerlo. Después de semanas de negociación, se fijó celebrar el ejercicio de participación en abril del 2020, mismo que se reprogramó para el 25 de octubre de ese año, a causa de la pandemia de COVID-19. Las opciones plantean la posibilidad de aprobar o rechazar la redacción de una nueva constitución y las alternativas para hacerlo.

La posibilidad de redactar una nueva constitución para Chile, moderó temporalmente las movilizaciones masivas, pero impulsó a una serie de dinámicas autoconvocadas de dialogo, reflexión y participación ciudadana de cara al plebiscito.

Un grupo de chilenas y chilenos que nos compartieran su percepción, sus críticas ysus anhelos de cara al plebiscito a celebrarse el domingo próximo.

30 años de neoliberalismo: el legado de la dictadura pinochetista

Loreto Valenzuela, santiaguina de 34 años, señaló que el alza al precio del metro-motivación inicial para las primeras protestas en Santiago- fue en realidad parte de un aumento sistemático no sólo al transporte en la capital, sino en general al costo de vida en el país, mismo que no se condice con los salarios promedio en Chile. El país, señala Loreto, se ha caracterizado por su desigualdad. Lo anterior, coincide con el hecho de que, atendiéndose a la medición del índice GINI, en efecto el país andino es el más desigual de la región.

Mientras tanto, Carlos, sociólogo de 35 años y habitante de Concepción, reflexionó señalando que más allá de las grandes causas sociales en el país, como al gratuidad de la educación, el medioambiente y el reconocimiento a la autonomía de los pueblos originarios, entre otras que han sido abanderadas principalmente por la izquierda, el aumento en los 30 pesos en el costo del metro capitalino, fue de alguna forma el corolario simbólico de la nula capacidad de agenda que tienen las y los chilenos promedio para decidir sobre los asuntos del país.  El aumento termino de colmarle la paciencia a la clase trabajadora,  y muchos de sus miembros ni siquiera estaban politizados hasta antes del estallido. En ese sentido, él mismo tuvo una génesis ideológica, permitiendo hacerle frente a un sistema de vida que, tanto en el ámbito público como en el privado, resultaba una experiencia cotidiana humillante para las personas.

Este descontento venía acumulándose desde hace años a partir del desvanecimiento de lo que define como el Sueño Americano a la chilena, que implica la promesa de un estatus de vida que es inalcanzable para la gran mayoría de habitantes quienes, a pesar de trabajar intensamente no alcanzan a cubrir sus necesidades básicas, sin recurrir al endeudamiento personal.

De la calle a las asambleas: reencontrarse y participar

Carlos añade que el estallido de 2019 interpeló el concepto chileno de vivir en colectivo. Muchos espacios, barrios, edificios residenciales, vecindades, se rencontraron, no sólo compartiendo espacios de resguardo durante el toque de queda, sino también en la organización de reuniones informativas. En muchos sectores sociales del país, acostumbrados a cultivar principalmente su vida privada y familiar, se puso de manifiesto la necesidad de compartir más.

Muchell, activista y educadora popular de 29 años, coincide en el diagnóstico, señalando que una de las muchas consecuencias de la dictadura militar era la innegable descomposición del tejido social en Chile, cuya ciudadanía se percibía de manera individualista. Antes del estallido social, la gran mayoría de las personas vivía vidas indignas, sumidas en un ciclo de trabajo precarizado, consumismo y endeudamiento. Atendiendo a lo anterior, lo generado en las movilizaciones, en las asambleas -territoriales, barriales y temáticas-, ha significado un proceso de dignificación colectiva y de transformación. Lo interesante es que no fue privativo de las personas que participaron activamente de las acciones del estallido social, sino que se volvió parte de la cotidianidad del país. Los mercados, el transporte público y los bares se convirtieron en escenario de análisis sobre la realidad que había vivido el país desde la vuelta a la democracia.

Muchell destaca las diferencias entre mujeres y hombres a la hora de hacer política. Para ejemplificarlo, señala que casi el 90% de las personas encargadas de desarrollar la lógica de las asambleas era mujeres, en tanto los hombres seguían proponiendo esquemas verticales de organización.

Estas expresiones de hacer política desde el cuidado individual y comunitario, dieron paso a diversas estrategias de respuesta popular a la pandemia. Si bien en el país existe una larga tradición en la organización de ollas comunes (comedores comunitarios) y brigadas populares formadas para diversos propósitos, éstas adquirieron una nueva dimensión a partir de dos grandes postulados del estallido social: dignidad y solidaridad.

Por su parte Pablo y Fernanda, residentes de Cañete, destacan como efecto indirecto de esta nueva forma de hacer política es el rencuentro con otras actividades que hasta octubre del año pasado no formaban parte de su cotidianidad. Fernanda, comenzó a interesarse por el diseño gráfico y es ahora la encargada de este rubro de la Coordinadora Provincial Nahuelbuta. Mientras Pablo volvió a una cabina de radio y conduce semanalmente un espacio de dialogo y entrevistas orientadas al tema constituyente.

Plebiscito constitucional: La cautela del paso a paso

Con un optimismo realista, definen Fernanda y Pablo sus expectativas respecto a una nueva constitución, siendo recelosos del futuro actuar de la clase política chilena. Sin embargo mantienen  confianza en las y los chilenos que posibilitaron a través del estallido la oportunidad de redactar una nueva constitución para el país.

Por su parte, Loreto espera que una nueva constitución modifique el modelo social, político y económico impuesto en dictadura y dejar atrás,  el legado de la misma. Para hacerlo, será necesaria la convención constituyente, ya que de alguna forma podría darle participación a la ciudadanía en la toma de decisiones y la elaboración de las leyes, lo cual nunca ha ocurrido..

Mientras tanto, desde Concepción, Carlos define sus expectativas como modestas, entendiendo la complejidad que proceso reviste. Sin dejar de mencionar temas como la protección del medio ambiente, la autonomía de los pueblos originarios y la reformulación de los sistemas de educación y salud, plantea que el principal cambio sería transformar el principio subsidiario del Estado para dar paso a uno de corte social que garantice los derechos de todas y todos. Sin embargo, concluye, que no hay pecado en pedir y que ninguna causa debe ser desestimada en el largo camino constituyente. El desafío es mantener la dignidad.

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